Capítulo Treinta y Uno
Wade
C reo que no había dormido tan bien en mi vida.
Me desperezo con una sonrisa en los labios, hundiéndome en la almohada para protegerme de la inusual claridad que inunda en mi habitación esta mañana.
Ayer se me debió de olvidar correr las cortinas antes de acostarme, y la luz me molesta cuando abro los ojos sin querer.
Suelto un quejido soñoliento, y ruedo por la cama para darme la vuelta.
Cuando mi cabeza toca la otra almohada, un extraño pero familiar olor a lirios me nubla la mente.
Abro los ojos y recorro la habitación con la mirada.
El olor a lirios. Las cortinas abiertas. La cama deshecha. Mi ropa esparcida por el suelo…
Sage.
Aquí no hay nadie más. Recuerdo que le pedí que se quedara a dormir y, pocos minutos después, ya estaba profundamente dormida sobre mi pecho, rodeándome con sus brazos y con nuestras piernas entrelazadas.
El corazón se me rompe un poco al pensar que se habrá marchado temprano para no tener que verme porque lo de ayer fue cosa de una noche. O peor aún… un error.
Me paso las manos por la cara intentando despejarme, y salgo de la cama sintiendo que el mundo es un poco más solitario que ayer, cuando estaba convencido de que teníamos una conexión especial.
No sé si ella lo sintió igual, pero para mí fue el mejor sexo de mi vida.
Nunca había confiado tanto en alguien. Fue como si supiéramos, sin decir una palabra, lo que el otro necesitaba para llegar al máximo placer; como si conociéramos nuestros cuerpos al milímetro, como si lo hubiéramos hecho miles de veces.
Mierda… me encantaría acostarme con Sage miles de veces.
Me pongo unos pantalones de chándal para bajar a tomar un café, pero no dejo de darle vueltas a lo que podrá haber pasado con Sage.
Ni siquiera se me había pasado por la cabeza la posibilidad de que no sintiera algo por mí, no después de cómo ha evolucionado nuestra relación y la confianza que hemos construido.
Después de todo lo que hemos pasado, de este tiempo viviendo juntos… pensé que podríamos tener algo más que una amistad.
Aunque Sage haya dejado claro que no quiere ni verme, largándose de esta manera sin avisarme, tenemos una conversación pendiente para saber cómo va a ser nuestra relación a partir de ahora.
Lo último que quiero es que todo se vuelva incómodo o que dejemos de ser amigos por haber pasado una noche inolvidable juntos.
Porque, joder, no pienso olvidarla en mi vida.
Entro en la cocina restregándome los ojos y buscando la cafetera a tientas, pero me quedo petrificado en cuanto abro bien los párpados.
Sage está de espaldas a mí, cocinando algo en la sartén.
Me quedo con la boca abierta de la sorpresa, incapaz de apartar la vista.
Lleva el pelo suelto y despeinado, los rizos apuntando en todas direcciones.
Y cuando bajo la mirada por su cuerpo, tengo que tragar con fuerza cuando veo que solo lleva una camiseta.
Mi camiseta.
Dios… ¿se puede enmarcar una imagen en mi cabeza?
Abro la boca para anunciar mi presencia, pero justo se da la vuelta y esboza una sonrisa que ilumina su rostro, dejándome sin palabras.
“Te has despertado,” susurra, acercándose a mí con la espátula en la mano.
“Pensaba que te habías ido,” murmuro con la voz ronca de haberme despertado hace unos minutos. No aparto la vista de ella, como si fuera un espejismo que desaparecerá si parpadeo.
Pone los ojos en blanco, pero sus mejillas se colorean cuando suelta una risita y da otro paso hacia mí. Nuestros pies descalzos casi se tocan, y tengo que bajar la cabeza para mirarla.
“No es algo que entre dentro de mis planes a corto plazo,” dice con una sonrisa ladeada.
No creo que Sage sea consciente de todo lo que significa para mí esa frase, todo lo que provoca en mi pecho, de cómo mi corazón me va a estallar de la alegría.
“Entonces deberíamos aprovechar el tiempo,” digo con la voz ronca, sucumbiendo al deseo.
Da un paso atrás que me hace echar de menos su calor al instante, pero me hace un gesto con la cabeza hacia la encimera. Me tomo la libertad de pasar las manos por debajo de mi camiseta, y la agarro de su cintura desnuda para alzarla y sentarla en la madera.
“Lo haría yo, pero no quiero tentar a la suerte con la clavícula,” murmura, mordiéndose el labio inferior mientras me mira con un brillo precioso en los ojos.
Me sitúo entre sus piernas abiertas, y escucho cómo suelta un gritito cuando mi erección roza la parte interna de su muslo. Entierro una mano en su pelo para inclinarla hacia atrás, y con la otra la sujeto de la cintura, pegándola a mí para que no quede espacio entre nosotros.
Acorto la distancia que nos separa, viendo cómo me espera con los labios entreabiertos y la respiración entrecortada.
Contorneo sus labios con la lengua, y, cuando tira de la cinturilla de mis pantalones con su mano libre, le doy un beso profundo pero tierno. Nuestras lenguas se encuentran en un vaivén lento, mezclando su sabor a café con el olor familiar a lirios que siempre la envuelve.
La temperatura sube en cuestión de segundos, y Sage roza mi erección con sus dedos, haciéndome jadear sobre sus labios. Me toca con una lentitud, como si estuviera tanteándome, que me hace estremecer, y muevo las caderas hacia delante para buscar un mayor alivio.
La beso despacio, a diferencia de ayer en mi cama, contorneando sus curvas, disfrutando de la calidez de su piel desnuda bajo mis manos.
“Espera, no tan rápido,” me obligo a decir sobre sus labios. Le doy otro beso lento, uno que se prolonga hasta que sus dedos se aferran a mi nuca y gime suavemente, provocando una sacudida en mi erección. “Primero quiero hablar contigo.”
Apoya una mano en mi pecho para apartarse y hace un mohín que borro al instante con un suave beso. Me mira mordiéndose el interior de la mejilla y se aleja unos centímetros sin llegar a soltarme.
“Está bien… dime,” dice con cuidado.
Me armo de valor, respirando hondo, y suelto de golpe:
“¿En qué queda esto?”
Frunce el ceño. “¿A qué te refieres?”
“Tú y yo.”
Suspira profundamente, pasándose la mano por el pelo enmarañado. Contengo la respiración cuando carraspea y se queda en silencio.
Me alejo de ella, y cruza las piernas instantáneamente, desviando la vista hacia la ventana con los labios apretados.
“Es indudable que hay algo,” me sorprende diciendo. Mi corazón vuelve a latir, pero no me permito anticiparme a su respuesta.
Asiento cuando se gira para mirarme de nuevo.
“Más allá de la atracción física.” Vuelvo a asentir. “Y los sentimientos están implicados.”
“Siento algo por ti, Sage.”
Veo cómo coge aire con fuerza y clava los dedos en el borde de la encimera.
“Yo también, Wade.”
Siento que mi corazón roto en mil pedazos tras la muerte de mi padre se recompone y todas las piezas se unen.
Es triste que el amor de mi familia no haya bastado para recomponerme, pero de alguna manera también resulta bonito que Sage, la persona más diferente a mí que he conocido, haya conseguido hacerme sentir otra vez un amor tan profundo.
Porque estoy seguro de que la quiero.
Lo descubrí en sus meses de rehabilitación: al ayudarla a levantarse cada día de la cama, darle de comer y hablar durante horas. Me he dado cuenta de que solo quiero pasar tiempo con ella.
Quiero contarle partes de mi vida que no he contado a nadie; decirle cómo me siento cuando estoy con ella y cómo me hace sentir cuando se va; abrirme y hablar de mis sueños y metas a largo plazo… Quiero estar con Sage, protegerla y cuidarla, ser compañeros de vida.
“Entonces… ¿esto significa que tenemos algo?,” pregunta, mirándome con cautela.
“A mí me parece bien si a ti te parece bien,” contesto, aguantando la respiración.
“Si eso significa que puedo besarte cuando quiera… entonces sí.”
Con una sonrisa enorme, se inclina hacia mí para agarrarme de la cinturilla de mis pantalones y tirar de mí. En cuanto mis muslos chocan contra el borde de la encimera, Sage me rodea con las piernas, me clava las uñas en la espalda y me besa con una intensidad que me hace ver las estrellas.
Porque, si esto no es el cielo, entonces debe ser lo más parecido a tener el universo entero entre mis manos.
Salgo de la camioneta con una sonrisa en los labios, muriéndome de anticipación por volver a ver a Sage después de un largo día trabajando.
Llevamos una semana durmiendo juntos; incluso ha vuelto a traer algunas de las cosas que había dejado en mi piso cuando vivía conmigo.
Aunque ya habíamos compartido mi casa antes, esto es distinto.
Ahora no la siento como una compañera de piso temporal, sino como algo a largo plazo… incluso para siempre.
Me dirijo directamente a la parte trasera de mi casa, sabiendo que Sage estará allí trabajando con Mud. Lleva toda la semana visitándolo por las tardes hasta que el sol se pone. Su persistencia y lealtad hacia el caballo me llenan de orgullo.
Y, en cuanto a encontrar a Mud después del accidente…
Me bastó un paseo con Shiny por el bosque donde lo perdimos para encontrarlo muerto de miedo cerca de un pequeño riachuelo.
Se acercó a nosotros al instante, reconociendo nuestro olor, y lo llevé a casa antes de que Sage pudiera echarlo de menos.
Es inspirador que haya vuelto a montar después del accidente. Estaba convencido de que no volvería a acercarse a un caballo, teniendo en cuenta lo dura que fue la rehabilitación y lo traumática que fue esa noche.
Pero me ha cerrado la boca, porque se arma de paciencia cada vez que ve a Mud, con el único objetivo de que supere todos sus traumas y miedos. Respeta sus tiempos y lo trata con delicadeza, siempre buscando que no lo pase mal durante el proceso.
Paso por delante del pequeño rincón lleno de tulipanes que Sage hizo en honor a mi padre. Siempre me saca una sonrisa y me hace desear que desde donde quiera que esté, pueda ver lo que ha hecho Sage por mí y por él, sin siquiera conocerlo.
“Wade, por fin estás aquí.”