Capítulo Treinta #4
Me dejo llevar entre fuertes espasmos, sintiendo cómo me contraigo alrededor de sus dedos.
Tiemblo del placer y todo se nubla a mi alrededor. Porque, joder… acabo de correrme encima de Wade Weston.
Gracias a los dedos de Wade Weston.
“Gracias…,” gimoteo sin saber qué narices estoy diciendo.
Porque… ¿qué coño estoy diciendo? De todas las palabras que se me vienen ahora mismo a la cabeza, ¿por qué mi cerebro ha escogido decir justo esa en voz alta?
Escucho cómo Wade suelta una risa entrecortada, y cuando me armo de valor para abrir los ojos, me encuentro con que él me mira con un brillo cariñoso.
“Eso digo yo,” murmura, deslizando sus dedos completamente empapados fuera de mí. “¿Ha sido suficiente?”
“No. Te quiero dentro de mí, Wade,” contesto con seguridad, un poco atontada tras haber tenido uno de los mejores orgasmos de mi vida.
Wade se ríe ligeramente, haciéndome vibrar sobre él. En un movimiento ágil, sin darme tiempo a reaccionar, me gira y me tumba de espaldas, situándose sobre mí.
“Llevaba demasiado tiempo deseándote…,” murmura contra mis labios antes de darme un beso húmedo que me deja aturdida.
“¿Cuánto?”
“Semanas…,” dice con voz grave, besando mi clavícula. “Meses…” Otro beso en el hombro. “Desde el día de la subasta…” Besa la comisura de mis labios.
“¿La subasta?,” pregunto, sin ocultar mi sorpresa.
Se encoge de hombros y se inclina para rozar sus labios con los míos.
“Tal vez antes…,” admite con la voz cargada de algo diferente.
¿Antes?
Pero no me da tiempo a preguntar ni a procesarlo, porque me besa con ansia, arrastrándome de nuevo a nuestra burbuja de placer.
Se aparta un momento para abrir el cajón de la mesita de noche; veo que abre una caja de condones nueva y saca uno.
Se lo pone en silencio, rodeados de nuestros jadeos y los fuertes latidos de nuestros corazones acelerados.
Se inclina de nuevo sobre mí, apoyando los antebrazos a cada lado de mi cabeza. Nuestros labios se buscan con hambre, y sin perder tiempo, rodeo su cintura con las piernas. Él se alinea con mi cuerpo y se desliza dentro de mí con una embestida firme y segura.
Contenemos la respiración a la vez, mirándonos con intensidad, compartiendo la misma sensación.
“Dame un momento,” susurra, mordiéndose el labio inferior y maldiciendo en voz baja. “Joder, está muy apretado.”
Le dirijo una mirada sedienta, esperando que se acostumbre a mí mientras siento cómo me llena por dentro. Me besa despacio, y un gemido profundo escapa de mi garganta cuando se retira lentamente solo para clavarse de nuevo con un movimiento más intenso.
“Más fuerte…,” jadeo sobre su boca.
Hace lo que le pido, gimiendo entre dientes. No deja de tocarme ni un instante, como si necesitara sentirme de todas las formas posibles. Sus manos recorren mi cuerpo o me besa hasta que pierdo la noción del espacio y el tiempo.
Mis caderas se mueven al compás de sus embestidas, buscando ajustarme a su ritmo. Escucho el roce de su cuerpo chocando contra el mío mientras nuestros alientos se entremezclan. Un gemido escapa sin control de mi garganta cuando levanta mi pierna y la apoya sobre su hombro.
“Mierda, Sage…,” gime, clavando sus dientes suavemente en mi cuello.
Su voz ronca me sacude por dentro, pero pierdo el control cuando desliza una mano hasta donde nos unimos y comienza a dibujar círculos sobre mi punto más sensible.
Gimo su nombre mientras él se hunde dentro de mí una y otra vez con fuerza, con ansia, como si quisiera quedarse grabado en mí para siempre.
“Córrete conmigo dentro, Sage,” jadea entre estocadas. “No voy a aguantar mucho más.”
Me besa con fuerza, y no tardo mucho en deshacerme entre sus brazos.
“Wade…”
Su nombre en mis labios anuncia mi rendición ante el placer y clavo mis uñas con fuerza cuando exploto con él llenando todos mis huecos.
Siento que va a correrse cuando me contraigo a su alrededor y sus movimientos se vuelven más torpes. Apenas pasan unos segundos cuando el orgasmo de Wade se une al mío, fundiéndonos en uno solo.
Apoya su frente sobre la mía y nos tomamos un momento para recuperar el aliento.
“Madre mía, Sage, ha sido...”
“Increíble,” termino, dejando caer la cabeza sobre el colchón con una sonrisa satisfecha en los labios.
Wade se desliza fuera de mí con una ligera risa y, tras deshacerse del condón, se acuesta a mi lado. Ruedo sobre la cama hasta apoyar mi mejilla en su pecho desnudo, dejándome envolver por el calor de su piel y el sonido firme —y aún acelerado— de sus latidos.
“Quédate a dormir,” murmura, rodeándome con sus brazos.
“Vale,” susurro con la voz soñolienta, sin molestarme en reprimir el bostezo que me obliga a cerrar los ojos y acurrucarme más contra él.
Todo lo que implica lo que estamos haciendo, lo que hemos hecho, no es suficiente para encender mis alarmas. He seguido lo que dictaban mis deseos, sí, pero también he dejado que mi corazón participe.
Incluso Wade lo ha hecho.
«Cómo no me vas a gustar si eres la causa de que se me esté yendo la cabeza».
Si lo que ha dicho es cierto, no tengo nada de qué preocuparme. Estoy casi segura de que siente lo mismo que yo… o quizá incluso más.