Cuando florezcan los almendros (Almond Valley 1) Capítulo Treinta #3
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Capítulo Treinta #3

Agradezco que estemos en mitad de la nada para no preocuparme por mis gemidos descontrolados, demasiado fuertes para un piso en la ciudad.

“Eres la mujer más cabezota, impulsiva y distraída que conozco, Sage Reid. Cómo no me vas a gustar si eres la causa de que se me esté yendo la cabeza.”

De repente me levanta del suelo, haciéndome soltar un gritito de sorpresa. Me da la risa floja, que desaparece en cuanto me deja caer sobre la cama y se cierne sobre de mí. Apoyo mis manos sobre su pecho y beso la línea de su mandíbula hasta llegar a la comisura de sus labios hinchados.

Un fuerte gemido escapa de mi garganta cuando desliza una mano por mi estómago hasta rozar la hebilla del cinturón.

“Dime qué quieres,” susurra, volviendo la vista a mis ojos.

Suelto una risa aireada y me retuerzo bajo su cuerpo, presa de sus fornidos brazos.

“Ya lo sabes…”

“Quiero que lo digas en voz alta.”

Su tono autoritario me hace apretar las piernas, intentando mitigar el calor acumulado.

“A ti, Wade. Te quiero a ti.”

Me mira durante un segundo que se me hace eterno y, justo cuando comienzo a desesperarme, acorta la distancia y se lanza hacia mí para besarme con un hambre animal. No tiene nada que ver con los besos que nos hemos dado hasta ahora; está cargado de intenciones que van más allá de un juego de niños.

“Wade… llevamos horas besándonos, necesito más…,” gimoteo entre sus brazos, apartándome para intentar controlar mi respiración.

“No sabes lo mucho que me pone que tengas las mismas ganas que yo de hacer esto,” dice jadeante, levantándose de la cama al verme pelear con mis pantalones para bajármelos.

Se me entrecorta la respiración ante sus palabras y, sin pensarlo, impulso mis caderas hacia arriba para desabrocharme el cinturón y quitarme los pantalones. Wade me imita, y puedo sentir su impaciencia a través de sus movimientos apresurados.

Sin poder controlarme, comienzo a salivar al verlo bajarse los pantalones junto a sus calzoncillos, y trago con fuerza al descubrirlo desnudo cuando se endereza.

Sí, es obvio con las amigas que tengo que me había preguntado cómo la tendría Wade, pero nunca habría imaginado que fuera tan grande.

Me mira de arriba abajo y siento que las mejillas me arden de la vergüenza cuando sus ojos se posan en las cicatrices que cubren mi piel. No dice una palabra ni pregunta por su origen; en silencio, se acerca al borde de la cama y se agacha.

Sus labios rozan con ternura cada una de esas marcas, y siento que se me corta la respiración, mientras un nudo se instala en mi garganta, lleno de una emoción profunda y dolorosa .

“¿Estás segura?,” pregunta, levantando la vista para mirarme a los ojos, y algo me dice que lo estaría matando si respondiera que no.

Asiento con energía, irguiéndome sobre mis codos para mirarlo con la cabeza ladeada.

“¿Qué te hace pensar que eres tú quien tiene más ganas que yo de hacer esto?,” pregunto entrecerrando los ojos, señalando con la cabeza su evidente erección.

Suelta una risa ronca —el mejor sonido que he escuchado en mi vida—, y su calidez me envuelve cuando se tumba a mi lado.

“Por lo empapada que estás, diría que estamos igualados,” murmura, pasando la mano entre mis piernas para sentir mi humedad. Me muerdo el labio con fuerza para no gritar. “No tenemos suficiente tiempo como para hacer todas las cosas que quiero hacer contigo, Sage.”

“¿Quién dice eso?”

Un brillo de sorpresa ilumina su mirada y, cuando abre la boca para responder, lo silencio con un beso que deja claro todo lo que siento hacia él.

Wade me corresponde al instante con la misma intensidad. Me sujeta de las caderas y, en un rápido movimiento, me levanta para dejarme sentada a horcajadas sobre él. Mi cabello nos cubre como una cortina, volviendo a encerrarnos en nuestro propio mundo.

Desliza su agarre hacia abajo hasta rodear mis curvas, y me aprieta con fuerza a la vez que eleva las caderas para rozarse contra mí. Mis pechos rozan su torso mientras voy dejando besos húmedos por su cuello y su clavícula.

Siento su erección presionando contra mi zona más sensible y, al rozarla con ganas, deseando ese placer que tanto anhelo, consigo arrancarle un gemido ronco.

“Cuidado,” sisea con la mandíbula apretada. “No querrás que esto acabe antes de empezar.”

“Me muero por sentirte dentro de mí,” digo en un susurro, mordiéndome el labio inferior.

Cierra los ojos un momento, y me hace jadear contra su boca cuando mete una mano entre nuestros cuerpos pegados para rozar mi centro. Presiona con el pulgar el punto exacto, moviéndolo en círculos lentos que me hacen perder la cabeza.

Me agarro a sus hombros para mantener el equilibrio, pero acabo clavándole las uñas con fuerza del placer.

“¿Te gusta así?,” pregunta mordiéndose el labio inferior.

Asiento antes de cerrar los ojos, gimoteando al olvidarme de cómo se hablaba mientras intento recordarme una y otra vez que debo respirar.

Es cuando desliza un dedo dentro de mí que pierdo la concentración y gimo en su boca.

“Joder, qué estrecha estás.”

Comienzo a moverme encima de él, buscando el roce perfecto para dejarme llevar. Introduce otro dedo, haciendo que la fricción se intensifique y mis movimientos se vuelvan cada vez más inseguros y torpes, como si mi cuerpo estuviera perdiendo el control.

El calor se acumula rápidamente, y cuando la sensación se vuelve insoportable, me aferro con fuerza a sus hombros.

“Eso es, Sage. Córrete sobre mí.”

Wade me besa la clavícula con cuidado, a diferencia de sus movimientos que me hacen gemir cada vez más alto.

“Me voy a…,” consigo decir entre jadeos. “Wade…”