Capítulo Treinta #2
Me enfrasco en la tarea sin darme un respiro para descansar, sudando por todo el cuerpo a pesar del frío terrible de inicios de diciembre.
Pierdo la noción del tiempo y, para cuando levanto la cabeza con confusión porque no veo nada, me sorprendo al ver que el sol ya ha desaparecido entre los árboles.
Estoy rodeada de oscuridad, así que cojo una de las linternas del almacén de Wade para iluminar mi obra.
Busco meticulosamente entre las piezas algún hueco o detalles sin arreglar, pero sonrío al comprobar que está todo como imaginé que lo dejaría.
Instalo una última cosa antes de limpiarlo todo y dejar las herramientas donde estaban. Con la ilusión bailando en mi pecho, subo a casa para darme una ducha rápida y voy a la cocina como último destino.
Estoy terminando de hacer la cena cuando la puerta de la entrada se abre con fuerza. Me muerdo el interior de la mejilla al imaginar la agradable conversación que habrán tenido los hermanos Weston, pero no me dejo intimidar ante el enfado de Wade porque sé que en unos minutos se desvanecerá.
O al menos, eso espero…
“¿Qué hay?,” saludo como si nada cuando lo escucho entrar en la cocina, y me mantengo ocupada removiendo la comida en la olla como si fuera necesario.
Suelta un bufido a mi espalda, y tengo que apretar los labios para no sonreír.
“Mi hermano tiene suerte de seguir con vida,” farfulla, dejándose caer en la silla que siempre ocupa cuando comemos juntos.
“¿Qué ha pasado?,” pregunto con fingida preocupación, girándome para mirarlo con mi mejor cara de póquer.
“El imbécil de Tate se ha deshecho esta mañana de la segadora de mi padre sin consultármelo antes. Cuando le pregunté que por qué lo había hecho así, sin más, su mierda de excusa fue que ya no funcionaba,” explica escupiendo cada palabra, hecho una furia. “Maldito idiota,” masculla entre dientes.
Aprieto los labios y me doy la vuelta antes de que vea mi sonrisa.
“¿Pero funcionaba bien?”
No contesta al instante, y hago acopio de todas mis fuerzas para no estallar en carcajadas. No me quiero imaginar el quebradero de cabeza que le voy a quitar a Wade en cuanto vea que ya no va a tener que reparar esas máquinas nunca más —aunque ahora solo vea la parte negativa.
“Debían pasar por un mantenimiento dos veces al año, pero… es más por el valor sentimental,” murmura, menos enfadado pero con el corazón visiblemente más implicado.
No añado nada más, y el silencio nos acompaña mientras cenamos.
El enfado de Wade va desapareciendo a medida que la comida mengua, a diferencia de la tensión que se va acumulando en mi cuerpo.
La duda por no saber si le gustará o no me está poniendo de los nervios.
Tengo que respirar hondo varias veces con disimulo para que Wade no sospeche nada, y, cuando hemos terminado, no aguanto quieta ni un segundo más.
Me levanto a toda prisa de la mesa y recojo los platos para ponerlos a remojo en el fregadero. Cegada por la incertidumbre, me muerdo el labio inferior y no le doy tiempo a la duda cuando me acerco a Wade.
Sin darle tiempo a rechistar, cojo su mano con fuerza y lo guío escaleras abajo a toda prisa.
“Sage, ¿qué haces? Hace demasiado frío a estas horas para salir sin abrigo,” se queja detrás de mí.
“Será solo un momento, tengo que enseñarte una cosa.”
Él suspira, pero se deja llevar sin oponer resistencia.
Freno en seco cuando llegamos al lateral de la casa, y me giro para ver su reacción. Parece que no entiende nada, porque me mira de vuelta con el ceño fruncido.
“Ya sé que te cuesta dejar de mirarme, Wade, pero quiero que te fijes en lo que hay ahí.”
Abre la boca para excusarse, pero la cierra cuando enarco las cejas. Una sonrisa se instaura en mis labios al comprobar que tengo razón.
Wade da unos pasos hacia delante y su expresión cambia por completo al fijarse en lo que tiene frente a sus narices.
“Sage…”
“No digas nada aún, espera un segundo.”
Salgo corriendo hacia el panel de los interruptores y levanto el de los nuevos farolillos. Pequeñas lucecitas aparecen como luciérnagas en medio de la noche, iluminando el rostro sorprendido de Wade.
De manera automática, mis labios se ensanchan en una enorme sonrisa al ver sus ojos brillando de la emoción. Me acerco lentamente para acariciarle el brazo, y siento su cuerpo ablandarse ante mi contacto.
Sigo su mirada para ver mi creación: las piezas de la vieja segadora convertidas en unas jardineras llenas de tulipanes rosas.
“No sé si he elegido bien las flores. Como tu salón está decorado con tulipanes, pensé-”
“Es perfecto, Sage,” murmura con la emoción impregnada en la voz.
Le doy un suave apretón, y el corazón comienza a latirme con más fuerza cuando posa una mano sobre la mía. Apoyo la cabeza en su brazo mientras mantenemos la mirada fija en mi pequeño acto simbólico.
“Después de todos estos meses cuidándome, pendiente de mí y haciendo que estuviera lo más cómoda posible… Sentía que te lo debía.”
“No me debes nada, Sage,” susurra, sin apartar la vista de las flores.
“Pero quería hacerlo. Te lo merecías, Wade.” Y añado en un tono divertido: “Luke y Tate también se lo merecían.”
Suelta una carcajada que le sacude los hombros, haciendo que mi cuerpo vibre en sintonía y mi corazón se ensanche de cariño.
“¿Te gusta?”
“Es la flor favorita de mi padre,” confiesa. “Es lo más bonito que alguien ha hecho en su honor por mí, Sage.”
Nos quedamos observando el pequeño rincón en el bosque en honor a su padre, y su mano se desliza por la mía hasta entrelazar nuestros dedos. Me da un suave apretón, y se me corta la respiración al girarme hacia él y ver que me observa con un brillo cariñoso en los ojos.
“No tengo palabras,” murmura, intercalando la vista entre mis ojos y mi boca.
“A veces los actos valen más que las palabras,” contesto en un hilo de voz, aunque estoy demasiado afectada por cómo me mira como para pensar con claridad en lo que quiero decir.
Bajo su atenta mirada, desvío la mía hacia sus labios entreabiertos, y mi corazón comienza a palpitar con fuerza por la anticipación al ver cómo se acerca despacio.
Apenas nos separan unos centímetros, y un estremecimiento me recorre el cuerpo entero cuando roza sus labios con los míos con una suavidad que me desarma.
El suave contacto me hace temblar , y todo a mi alrededor desaparece cuando, por fin, acorta la distancia y me besa con fuerza.
Mis manos se mueven solas a su nuca y gimo contra su boca al sentir su abrazo.
Sus dedos se hunden en mi cabello y tiran levemente, arrancándome un suspiro que él aprovecha para profundizar el beso.
Me recorre con las manos, esta vez sin pausa, colándose bajo mi camiseta hasta encontrar mi piel.
Un jadeo rompe el silencio ante el contacto, y Wade lo interpreta como una invitación para seguir explorando.
Su palma asciende hasta rozar la curva de mis pechos, y me arqueo hacia él con la mente nublada del deseo, necesitando sentir sus manos por todo mi cuerpo .
“Wade,” jadeo con la respiración entrecortada. Me besa otra vez con fuerza, agarrándome el cuello con delicadeza; estoy obsesionada con el contraste entre sus gestos.
El aroma a cuero y el calor de su cuerpo me envuelven, y no pienso en nada más que en sentirlo todavía más cerca.
Mis manos bajan por sus brazos hasta la cinturilla de sus pantalones, y el gruñido que escapa de su garganta me sacude entera.
Mueve la cadera y el roce me arranca un gemido que me obliga a acercarme aún más.
“Joder, Sage. Me moría por volver a besarte,” gruñe contra mis labios, enterrando las manos en mi pelo para sujetarlo y moverlo a su antojo. Nunca me había importado tan poco que se me enredara. “No es sano lo mucho que he pensado en ti, preguntándome si volveríamos a hacerlo.”
Todo parece ir demasiado despacio; lo quiero contra mí, encima de mí, dentro de mí… no aquí, de pie y con ropa.
“¿Solo besarme?,” jadeo contra su boca.
Wade gruñe, besándome con fuerza y, sin perder ni un segundo, me coge de las caderas y me alza.
Entrelazo las piernas en su cintura, y la nueva postura hace que su erección roce justo donde más lo necesito.
Me muevo instintivamente contra él, y el sonido ronco que deja escapar hace que el calor en mi interior se vuelva insoportable.
Wade se mueve a tientas y, sin darme cuenta, llegamos a su habitación. No dejamos de besarnos entre gemidos y jadeos. Tiro de su nuca para morderle despacio el labio inferior.
“Sage, me estás volviendo loco,” murmura con voz ronca, aferrándose a mis curvas para atraerme hacia él.
Sonrío sobre su boca y aprovecho que nos hemos separado un instante para explorarlo con las manos.
Recorro su ancha espalda, sus hombros y brazos llenos de tatuajes que me ponen tanto, sintiendo cada músculo en tensión.
Wade me observa con intensidad, como si no quisiera perderse ni un detalle de mi rostro mientras lo examino así.
Mis mejillas se calientan por la intimidad del momento, pero no dejo de tocarlo, mirándolo con una sonrisa ladeada cuando deslizo una mano por el interior de su camisa.
Mi cuerpo arde de deseo al sentir los firmes músculos de su abdomen, y no dudo en desenroscar las piernas de su cadera para bajarme. Apenas mis pies tocan el suelo, me acerco de nuevo para quitarle la camisa por encima de la cabeza sin desabrocharla.
No pierde ni un segundo antes de hacer lo mismo con la mía.
“Joder, Sage. Eres preciosa.” Alza las manos para recorrerme los pechos desnudos con delicadeza, y me basta una mirada a sus ojos oscurecidos para saber lo que quiere hacer conmigo.
“No sabía que te gustara tanto,” consigo murmurar con la voz entrecortada.
Cierro los ojos y me arqueo hacia él cuando comienza a besarme el cuello, bajando por mis clavículas hasta llegar a mi pecho y morderme los pezones con la fuerza justa.
Pellizca uno de ellos mientras observa mi expresión de placer, intensificando la humedad entre mis piernas antes de ir a por el otro.