Capítulo Treinta
Sage
“ S age, ¿todo bien por ahí?” El grito de Julie proviene del otro lado de la puerta que tengo a mi espalda, dentro del almacén.
No llevo ni cinco minutos sola…
Resoplo, porque hoy Julie va a encargarse de hacer inventario mientras a mí me toca la zona de la tienda. Apenas me ha dado tiempo de abrir The Green Basket y mi compañera ya está preocupada.
“Sí, Julie, todo bien,” contesto elevando la voz para que me escuche.
Pongo los ojos en blanco, aunque no pueda verme, y sigo con mi tarea de preparar los pedidos que tienen que venir a recoger los clientes hoy.
Llevo una semana y media trabajando en la tienda de Lib.
No he trabajado nunca en el almacén por miedo a volver a lesionarme, así que siempre estoy atendiendo al público y con los pedidos.
Ayer por la tarde, en mi última revisión con el médico, me comunicó que ya estaba cien por ciento recuperada y que podía comenzar a hacer vida normal —incluyendo trabajar en el campo y montar a caballo.
Ya he avisado a mis amigos de la noticia, pero todavía les da algo de pánico que haga el mínimo esfuerzo y me siguen tratando como si fuera una muñeca de porcelana .
Es un tanto frustrante —verlos en estado de alerta cuando me tienen cerca—, pero confío en que se les pasará en unos días y se acostumbrarán a la nueva-antigua yo.
Escucho cómo chirría la puerta del almacén al abrirse, y sigo pasando los pedidos del ordenador a la libreta para diferenciarlos cuando los prepare. Una mano cálida se posa en mi codo, pero no me giro porque aquí solo estamos dos personas.
“Dime, Julie,” murmuro, concentrada en la tarea.
“Hoy me tengo que ir pronto, cielo,” dice en tono de disculpas. Dejo lo que estaba haciendo para mirarla. “Ha sido algo repentino, en serio. Mi primo me acaba de llamar de Silvermoor y necesita que lo recoja. Su camioneta lo ha dejado tirado en mitad de un camino y no logra arrancarla.”
“Julie, no pasa nada.” Trato de tranquilizarla al ver que se retuerce las manos con nerviosismo. “Ve a buscarlo y yo me encargo.”
“Hoy creo que no había muchos pedidos. Si te encuentras mal puedes cerrar antes...”
Asiento, esbozando una sonrisa.
“No te preocupes, Julie. Si necesito cualquier cosa, llamo a Lib.”
Me mira con los labios apretados, no muy convencida de esta decisión improvisada. Sé que no puedo convencerla para que no se preocupe, así que le aprieto el hombro con una sonrisa y vuelvo a girarme hacia el mostrador.
“Vale,” susurra detrás de mí.
Escucho cómo suelta el aire en un suspiro quejumbroso, y me tengo que morder el interior de la mejilla para no reírme. A veces Julie es tan dramática…
A los veinte minutos, Julie se despide de mí como si se fuera a la guerra y no me fuera a volver a ver en años.
Le prometo que estaré bien y que seguiré sus instrucciones si pasa algo o si me duele la lesión.
Se marcha esbozando una pequeñísima sonrisa, y me quedo sola en la tienda rodeada de pedidos a medio hacer .
La mañana resulta tranquila, incluso aburrida, pero me mantengo entretenida la mayor parte del tiempo haciendo cestas de verduras y charlando con los vecinos que vienen más por la conversación que por comprar.
Estos meses en casa me he dado cuenta de lo mucho que me gusta este pueblo y su gente.
Todos los clientes me preguntan por mi clavícula, mostrando preocupación sincera por mi salud.
Cuento la misma historia unas diez veces en toda la mañana, pero cuando casi es la hora de cerrar, me siento más arropada que nunca.
Quedarme aquí era una opción remota, casi imposible. Pero, con cada día que pasa, lo veo más claro: este es mi lugar. Por River Cross, Almond Valley, los Weston… por Wade.
Sin él, estos meses hubieran sido un infierno. Me lo imagino sin tener que pensarlo mucho: sola en mi apartamento, dando rienda suelta a la locura y arrancándome la cabeza yo solita.
Wade me ha salvado no una, sino dos veces.
Es atento y leal. Se preocupa por mí como nunca nadie había hecho; siempre buscando mi comodidad por encima de cualquier cosa, fijándose en cada detalle y marcando la diferencia. A veces incluso puede ser cariñoso.
Quién lo diría, ¿eh?
Se ha convertido en una de las personas en las que más confío. Quizá incluso en algo más, si permito que mi corazón sueñe.
El tintineo de la puerta me saca de mis dilemas amorosos antes de que me haga demasiadas ilusiones. Porque, viendo cómo se comporta Wade conmigo, me atrevería a decir que sería correspondido… ¿no?
Me levanto del suelo, donde estaba terminando de organizar los cajones tras el mostrador, y me giro hacia la puerta para saludar al nuevo cliente.
Mi corazón se detiene un segundo al ver al hombre que acaba de entrar.
Abro la boca con sorpresa, aunque mis latidos se reanudan en cuanto me doy cuenta de que no es el Weston que estaba esperando.
“¡Hola, Tate! ¿Qué hay?,” saludo con demasiada efusividad, dándole un susto al aparecer de un salto al otro lado del mostrador.
“¿Cómo estás? ¿Qué te dijo el médico?”
Me trago el resoplido y repito una a una las mismas palabras que usé ayer. Cuando salí de la consulta fui a casa de Emily, donde estaba toda la familia, y les expliqué lo que me habían dicho en el hospital. Que estoy bien y puedo trabajar.
“Eso es genial, Sage,” dice con emoción cuando termino, pero su ceño fruncido con preocupación expresa lo contrario.
“Tate, te digo lo mismo que a Julie: estoy bien, no me encuentro mal y, si me ocurriera algo, os avisaría. ¿Vale?”
Suspira con fuerza, desviando la mirada hacia el suelo.
“Lo sé, lo sé. Es solo que… ha sido un susto enorme. Aunque hayan pasado semanas, he estado desde el accidente muy preocupado por ti.”
Me muerdo el interior de la mejilla al sentir un nudo en el estómago por causar tanta preocupación. Acorto la distancia entre nosotros y rodeo su cintura con mis brazos. Me abraza de vuelta con cuidado de no hacer mucha fuerza, y me da un pequeño beso en la coronilla.
“Lo siento mucho, Tate,” murmuro con la voz amortiguada por su pecho. Me da unas suaves palmadas en la espalda, como si entendiera que no lo digo solo por mi accidente. “¿A qué has venido?,” pregunto al apartarme de él.
Suelta una pequeña risa que aligera el ambiente. “Venía a recoger unas herramientas que dejé en el almacén hace meses. Una de las máquinas de mi padre se ha vuelto a estropear y hay que arreglarla.”
“¿Y no es más fácil cambiarla por una nueva?”
Tate echa la cabeza para atrás para soltar una carcajada, y me mira con un brillo de diversión en los ojos.
“Eso llevo diciéndole meses a mi hermano y no me escucha. Está empeñado en seguir usándolas por el valor sentimental, pero es que esta no es la única que no funciona. La segadora también nos da problemas todos los veranos y siempre nos atrasa el trabajo porque Weston tiene que partirse la espalda para arreglarla,” explica, al borde del colapso de la impotencia que debe de sentir.
Se pasa las manos por la cabeza, sin importarle el desastre que está haciendo con su pelo.
“Vaya…,” contesto distraída, dándole vueltas a una posible solución.
Mi idea es bastante descabellada y es probable que Wade mate a su hermano, pero es lo mejor que se me ocurre y puede que la única forma de que se deshaga de una vez de la maquinaria que no funciona sin perder su valor sentimental.
Me quedo pensativa detrás del mostrador mientras Tate se adentra en el almacén para coger sus cosas. Cuantas más vueltas le doy, más me convence, y para cuando mi amigo sale por la puerta, la he perfeccionado tanto que es increíble.
“Hazme un favor, Tate. Mañana llévame a casa la máquina que no funcione bien cuando tengas un hueco por la tarde. Si Wade pregunta, dile que no se podía arreglar y que la has tirado.”
“Estás loca,” bufa, mirándome como si me hubiera salido otra cabeza.
“Hazlo por el bien de tu salud mental,” digo haciendo un puchero.
“Mi salud mental no podría peligrar más haciendo lo que me pides, Sage. Cuando le suelte la bomba a Weston mi única preocupación será estar pendiente de que no me dispare.”
Me echo a reír sin poder evitarlo, ganándome una mirada de desaprobación por su parte. Es incluso más dramático que Julie, y eso es mucho decir.
“Eres un exagerado,” digo sonriente.
Tate gruñe por lo bajo, pero se pasea por la tienda con el ceño fruncido como si se lo estuviera pensando. El silencio se alarga hasta que chasquea la lengua contra el paladar, haciéndome levantar la vista.
“No sé qué tienes en mente, pero Wade me va a cortar los huevos,” murmura, parándose frente al escaparate. Sonrío ahora que no puede verme, porque sé que ya lo he convencido.
“Venga, Tate…,” insisto. “Te invitaré a The Red durante todo el año que viene.”
“Me voy a meter en un buen lío, Sage. Espero que merezca la pena.”
Se gira para mirarme, y una enorme sonrisa se instaura en mis labios.
“Creo que sí.”
A la tarde siguiente, cuando llego de trabajar en la tienda, el corazón casi se me sale del pecho cuando me encuentro a Tate cumpliendo con su palabra. Me espera sentado en las escaleras del porche con un abrigo negro, el pelo despeinado y el ceño fruncido.
“Weston casi me asesina,” anuncia cuando salgo de mi camioneta.
“Es por una buena causa,” digo con una sonrisa, provocándole un bufido. “Ayúdame a separar las piezas más grandes antes de que te vayas.”
Movemos las máquinas hacia el lateral de la casa, dejándolas detrás de la primera línea de árboles para que no se vean desde el camino.
Tate me ayuda a cargar con las estructuras más pesadas sin preguntarme para qué quiero este montón de chatarra.
No se lo diría ni aunque me pagase, así que agradezco su falta de curiosidad -o que se esté mordiendo la lengua.
Cuando terminamos de desmontarlo todo y dejarlo colocado donde le pido, me da un rápido abrazo antes de subirse a su camioneta para volver al trabajo .
“Te llamaré más tarde si sigo vivo.”
Suelto una risita, despidiéndome con la mano, y me pongo manos a la obra para no perder ni un segundo.