Capítulo Veintinueve #4
Pero es algo que se mueve justo debajo de mí lo que me hace desviar la mirada hacia ese punto.
Wade está sentado en la mesa del jardín, la que tiene las dos sillas aburridas y oxidadas, y me llama la atención la manera en la que parece que está hablando consigo mismo.
Resopla y gesticula con los brazos de manera exagerada mientras mueve nerviosamente una pierna.
Me muerdo el interior de la mejilla, barajando si debería ir a hablar con él o volver a la cama. Pero estoy harta de quedarme en casa, así que, casi sin darme cuenta, estoy bajando las escaleras del porche a toda prisa para acompañarlo.
Lo encuentro en el mismo sitio, sentado en la vieja silla con el ceño fruncido mientras observa el prado con la mirada perdida.
“¿Qué hay?,” saludo a varios metros con una pequeña sonrisa.
Wade se gira hacia mí y me mira con la boca entreabierta, pálido de repente como si hubiera visto un fantasma.
“¿Sage?” Confuso, sus cejas se juntan, casi formando una única línea.
“La misma,” contesto, ensanchando mi sonrisa. “Que yo sepa que no tienes más vecinas, ¿o debería decir compañeras de piso? Creo que no podría ser otra.”
Abre y cierra la boca varias veces, y a mí me entra la risa al verlo tan desencajado. ¿Desde cuándo Wade se queda sin palabras?
Como si necesitara tiempo para procesar que soy real, me examina de arriba abajo, y trato de aligerar el ambiente haciendo un par de poses divertidas.
Llevo un jersey mostaza que me queda tres tallas grandes y unos vaqueros anchos que arrastran el suelo aun llevando mis zapatillas crema favoritas con suela gruesa.
Tras cuatro semanas viviendo en pijama, hoy me apetecía arreglarme un poco.
El dolor me ha dado una tregua estos últimos días, así que quería aprovecharlo para darme una ducha sola y vestirme con algo más que una camiseta ancha y una sudadera gastada.
Lo que llevo no es ropa formal ni me he esforzado mucho al elegirla, pero es cómoda y mucho más elegante que los pantalones rosas de algodón con los que duermo.
“¿Todo bien?,” pregunto, sentándome en la otra silla de exterior.
Wade se gira en su asiento para mirarme, y, en un instante, relaja las facciones y sus hombros caen, liberando cualquier tensión.
“Todo bien,” asiente con una pequeñísima sonrisa. “¿Cómo te encuentras hoy? Tienes buena cara.”
Sonrío encantada porque, aunque no sea un cumplido directo, me alegra saber que desde fuera tampoco tengo tan mal aspecto.
“Apenas me duele la clavícula,” digo ilusionada. “He logrado ducharme y vestirme yo sola. Todo un logro, lo sé.”
“Ya iba siendo hora…,” bromea, inclinándose hacia delante.
Apoya los antebrazos en la mesa, que se ve diminuta en comparación con sus músculos marcados, y tengo que cruzar las piernas para mitigar el calor que me recorre de pronto al imaginármelo encima de mí.
“Además, esta mañana he hablado con tu hermana para trabajar en la tienda. Estaré allí las próximas semanas haciendo el turno de Lib y ella se encargará del huerto.”
“¿Qué te ha dicho el médico?”
Me encojo de hombros con cuidado antes de contestar: “En la revisión de ayer me dijo que estaba todo bien y que ya podía hacer esfuerzos. Aun así me da un poco de miedo hacerme daño, así que solo me encargaré de tomar pedidos y cobrar en la caja.”
“Sin prisa, Sage,” dice, apretando los labios con comprensión.
“No te fuerces a hacer nada de lo que no estés segura. Y no pasa nada si algo te duele. Lo dejas y reposas unos minutos; Julie lo entenderá y seguro que te echará una mano si la necesitas.” Asiento, escuchándolo con atención.
“Tómate tu tiempo para recuperarte. No tenemos prisa.”
“¿ Tenemos ?,” me sale preguntar en tono burlón.
Soy de lo que no hay… de todas las cosas alentadoras que me ha dicho, voy y me quedo con la última frase para hacer una estúpida broma.
Wade pone los ojos en blanco, exasperado, pero esboza una sonrisa ladeada.
“Pues claro,” dice con seguridad, lanzándome una mirada intensa que me hace apretar los muslos.
“¿Necesitas que te recuerde quién te ha levantado y acostado todos los días en las últimas semanas? ¿O quién te ha hecho la comida y dado de comer? Estamos en esto juntos, Sage. Si la cosa empeora, volveremos a empezar. Nunca estarás sola, ¿vale? Yo siempre estaré ahí para sujetarte.”
Siento un nudo en la garganta que no se va ni tragando varias veces. Sé que si intento hablar no va a salir ningún sonido de mi garganta, así que me limito a esperar unos segundos bajo la atenta mirada de Wade hasta que la sensación se desvanece.
“¿Tanto te preocupas por mí?,” consigo pronunciar en un susurro tembloroso.
“Pues claro, Sage,” contesta en el mismo tono. “No sé si sientes lo mismo, pero yo estoy seguro de que siempre me preocuparé por ti.”
“Yo también, Wade. Te lo aseguro.”
Mi corazón late fuerte contra mi pecho, y compartimos una sonrisa que lo dice todo sin necesidad de usar más palabras. No sé cuánto tiempo pasamos así, mirándonos en silencio. Solo sé que me siento segura bajo la atenta mirada de Wade.
En algún momento, cuando ya no siento los dedos de los pies del frío, entramos juntos en nuestra casa como hemos hecho otras mil veces. Pero esta vez es diferente, porque nuestros latidos están acompasados.