Cuando florezcan los almendros (Almond Valley 1) Capítulo Veintinueve #3
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Capítulo Veintinueve #3

Wade parece entender la batalla que se libran entre mi cabeza y mi corazón, porque se levanta lentamente de la mesita de café.

Sin apartar la vista de mí, da un paso hacia delante, e instintivamente abro las piernas, dejando espacio para que las suyas queden entre las mías.

Se inclina con una lentitud que me hace arder de impaciencia.

Cuanto más se acerca, más segura estoy de lo que siento por él; de lo que quiero de él.

Me odio por no poder moverme, ni siquiera para inclinar la cabeza hacia atrás para darle toda la atención que se merece.

Como si me leyera el pensamiento, apoya las manos en el respaldo del sofá, enjaulándome entre sus fuertes brazos. Se me corta la respiración cuando se agacha hasta que su cabeza queda a la altura de la mía. Si me inclinara tan solo unos centímetros, estoy segura de que nuestros labios se rozarían.

Pero Wade permanece inmóvil, mirándome con cientos de pensamientos revoloteando en sus ojos.

“Wade…,” susurro jadeante, tan cerca que nuestros alientos se entrelazan. Bajo la mirada a sus labios, y el corazón me da un vu elco cuando se los humedece lentamente con la lengua.

Joder… ¿Por qué tiene que provocarme así justo ahora, cuando no puedo ni moverme?

“Dime,” murmura, con la vista fija en mis labios.

“Yo… quiero que tú… tú…,” balbuceo, incapaz de pensar con claridad cuando lo tengo tan cerca.

“¿Sí?” Su voz ronca me coge desprevenida, y tengo que reprimirme para no soltar un gemido.

Ya no sé qué quería decir. No cuando me mira con esa cara, llena de deseo y promesas a las que sería incapaz de negarme. Sin darme cuenta, veo que mi mano se alza y roza su mejilla con suavidad. Wade inclina la cabeza, cerrando los ojos mientras deslizo las puntas de mis dedos sobre su mandíbula.

Puedo sentir su calidez y el latir de su corazón, tan acelerado como el mío.

Entonces me sorprende abriendo los ojos con un suspiro profundo que me roza la mejilla, erizándome la piel. Aparta la cabeza lentamente, como si le doliera separarse de mí, y da un paso atrás para poner distancia entre nosotros.

“No puedo aprovecharme de una convaleciente,” murmura con una sonrisa ladeada, con una mezcla de ternura y picardía que no sabía que me volvería tan loca.

Pero… ¿qué cojones…?

Abro y cierro la boca varias veces, boqueando como un pez fuera del agua. Todavía siento el roce rasposo de su incipiente barba sobre las puntas de mis dedos.

“Lo siento, Sage, no debería haber hecho eso,” dice alejándose, pero su voz está teñida de una satisfacción que no se molesta en esconder. No hay ni rastro de culpa en su tono. No lo siente ni lo más mínimo.

Una sonrisa satisfecha ilumina su rostro. ¿Por qué no se ve tan afectado como yo? ¿Cómo puede decir esas cosas y quedarse tan tranquilo cuando nuestros cuerpos están tan cerca?

Me odio por no poder controlarme… pero od io a Wade todavía más por hacerme esto cuando no puedo moverme para darle una colleja por calienta bragas ni para agarrarlo del cuello de la camiseta y besarlo como se merece.

Las siguientes cuatro semanas son un borrón difuso en mi memoria, llenas de dolor y una lentitud propia de una escena de acción de película.

Cada vez que respiro profundamente o hago un mínimo movimiento, siento un pinchazo de dolor en la clavícula que me hace cerrar los ojos para no soltar más lágrimas.

Sabía que la recuperación para este tipo de fractura es angustiosa y que la única tarea que se puede hacer es descansar, pero está siendo muy difícil no ceder ante la locura.

Apenas salgo de casa porque necesito ayuda para levantarme del sofá y de la cama y, como el dolor es tan fuerte y ni los analgésicos parecen funcionar, temo estar sola, desmayarme del dolor y caerme.

Lo último que necesito es estar más tiempo del necesario convertida en un mueble más de la casa de Wade.

Que hablando de él… No se ha separado de mí en ningún momento.

Me ayuda por las mañanas a ir de la cama al sofá; hace la comida y me da de comer los días que todo me duele tanto que no puedo ni moverme; se queda conmigo por las tardes hablando o jugando a las cartas para que esté acompañada y, cuando me ve agobiada porque no puedo ni cambiarme de ropa sola, llama a Lib para que venga para echarme una mano con la ducha.

Su ayuda es perfecta e inmejorable, y volvería a tirarme de Mud en marcha las veces que hiciera falta si siempre fuera a recibir esta atención. Y no lo digo solo por el trato, sino porque viene de Wade Weston.

Me incorporo con cuidado en el sofá, arrastrándome hasta el borde del cojín para no impulsarme con las manos.

Como han pasado varias semanas desde la caída, supuestamente ya puedo hacer vida normal, pero no lo hago porque me da miedo hacer algún movimiento raro, apoyarme mal y joderme más la clavícula.

Así que siempre intento hacer el mínimo esfuerzo.

Hablando con Lib esta mañana —pues se acercó a casa a desayunar conmigo—, le comenté que quería trabajar en la tienda ahora que el dolor ha cesado notablemente y ya no me duelen los brazos.

Al principio estaba reticente, pero le expliqué y prometí que solo me encargaría de la caja y de tomar pedidos.

Para las llamadas puedo usar unos auriculares, así tampoco tendría que levantar el brazo para llevarme el teléfono a la oreja.

Gracias a mi infalible persuasión —después de tantos años perfeccionándola—, terminó cediendo. Lib se encargará del huerto lo que queda del mes, y a mí me toca ir todas las mañanas a The Green Basket.

El plan es perfecto: no paso más horas en casa y me mantengo entretenida. El único problema, que no había visto hasta ahora, es que no tengo cómo ir.

Lib vive al otro lado de Almond Valley y Julie en River Cross, así que tengo que volver a usar mis métodos de persuasión para convencer a Wade.

Para cuando consigo levantarme del sofá —aproximadamente un cuarto de hora después—, tengo la respiración agitada del esfuerzo y me siento agotada por usar toda mi concentración para no caerme.

Sujetándome del respaldo del sofá, cruzo la estancia hacia la ventana que da a la zona trasera de la propiedad.

Aparto la cortina para asomarme, y sonrío al examinar cada detalle del paisaje.

Veo a los caballos con las mantas puestas comiendo del montón de heno que hay en mitad del prado.

El calor ha desaparecido del pueblo, dejando paso al frío de finales de noviembre que, de momento, resulta soportable.

Justo en ese momento, los farolillos se encienden y el campo se ilumina con una luz cálida que lo envuelve todo.

Me fijo en el camino, donde no hay ni rastro de las últimas hojas naranjas del otoño.