Cuando florezcan los almendros (Almond Valley 1) Capítulo Veintinueve #2
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Capítulo Veintinueve #2

Hago lo que puedo por mantenerme impasible, aunque por dentro mi corazón parece estar bailando salsa, y agradezco cuando Lib suspira, dándose por vencida, y cambia de tema.

“Te he traído ropa,” dice, enseñándome la bolsa que —me acabo de dar cuenta— cuelga de su hombro. Murmuro un “gracias” muy bajito, y me dejo hacer cuando me ayuda a levantarme de la camilla, me quita la bata del hospital y me viste con la ropa limpia.

Me quejo del dolor más veces de las que me gustaría admitir durante todo el proceso, y Lib me mira con una mezcla de pena y diversión cada vez que suelto una maldición.

Hacía años que no sentía un dolor tan intenso, y agradezco en silencio que mi amiga no se fije —o finja no hacerlo— ni me pregunte por las cicatrices que cubren mis piernas y mi abdomen.

“Te tomaste al pie de la letra el consejo que te di, eh…,” bromea con una sonrisa ladeada al ajustarme la camiseta sin mangas.

Suelto una risita, seguida de un siseo de dolor al mover los hombros.

“Dijiste que en caso de emergencia me tirase.”

“Pero no en el bosque en mitad de la noche,” dice, sacudiendo la cabeza con resignación.

“Miré a ambos lados antes de tirarme,” insisto.

Me mira entornando los ojos, resoplando con incredulidad. “Eres de lo que no hay, Sage Reid.”

“Me limito a sobrevivir.” Y me encojo de hombros mentalmente, porque eso es lo que he hecho toda la vida: sobrevivir.

“Has tenido suerte de que Wade fuera detrás de Mud y te encontrara.”

Emito un sonido de asentimiento, sintiendo un calor cada vez más familiar en el pecho al pensar en él y al recordar que no se ha apartado de mí en toda la noche.

“Hablando de Mud… ¿lo habéis encontrado?”

Niega con la cabeza, desviando la vista hacia el botón de mis vaqueros, que falta por abrochar.

“Pregúntaselo luego a mi hermano.”

La miro recoger la habitación, mi ropa de ayer y la riñonera con mis cosas. Guarda el móvil dentro, que me sorprende que haya sobrevivido a la caída, y posa una mano en mi espalda para guiarme hacia la salida .

Firmo el alta como puedo al llegar a la recepción y salimos juntas del hospital.

“¿Y Emily y Wade?,” pregunto al verla abrir la puerta del copiloto de su camioneta.

“Mi madre lo ha obligado a ir a casa a ducharse y descansar,” contesta distraídamente, cerrando la puerta cuando entro. “Te llevo yo a casa de mi hermano,” añade al subirse detrás del volante.

“¿A la casa de tu hermano?” Alzo una ceja, obligándome a no moverme hacia ella.

“Ajá.” Asiente. “Órdenes de Wade,” añade sin dar más explicaciones.

Cuando llegamos a la casa contigua a mi apartamento, Lib me acompaña hasta el salón y me ayuda a sentarme con cuidado en el sofá. Se ofrece para prepararme la comida, dejándome sola en la estancia que apenas conozco.

Regresa tras varios minutos que se me hacen eternos con un cuenco de comida líquida y una pajita, y me sorprende al despedirse de pronto, diciendo que Julie tiene problemas en la tienda y necesita irse.

Suena a excusa, pero la preocupación en su mirada y la forma en que se agacha para darme un beso en la mejilla con cariño dicen lo contrario.

Antes de salir, me hace prometerle que voy a descansar y a quedarme quietecita.

Vuelvo a quedarme sola, y es una sensación extrañamente desagradable. No hay ni rastro de Wade en la casa, silenciosa como una noche de invierno, y no puedo evitar preguntarme cómo estará. ¿Habrá dormido algo? ¿Se sentirá culpable?

Observo el salón con detenimiento, parándome en cada detalle de la limpia y ordenada sala.

Cuelgan de las paredes de madera varios cuadros de tulipanes rosas, dándole un toque de color a la estancia.

Me fijo en la repisa frente a mí, justo debajo de la ventana que da al patio trasero, y me llama la atención los marcos de fotografías que descansan encima.

Pero uno de ellos, el que tiene adornos florales, me hace entrecerrar los ojos para enfocarlo.

Distingo en la distancia a un hombre y un niño con rizos, ambos sonriendo.

Justo cuando estoy a punto de levantarme del sofá —haciendo el esfuerzo de mi vida tras quedarme un rato observando la imagen—, escucho unos pasos bajando las escaleras a toda prisa.

Abro los ojos de par en par al encontrarme con la espalda de Wade en el rellano, recién duchado y… sin camiseta.

Me quedo paralizada unos segundos, observando con detenimiento los músculos de su espalda. Se nota que hace ejercicio todos los días en el trabajo con la maquinaria pesada, porque está bien definido. Más que bien, de hecho.

Hago el esfuerzo de mi vida por cerrar la boca y aclararme disimuladamente la garganta al ver que no se ha percatado de mi presencia.

“Wade,” lo llamo en un jadeo, como si hubiera corrido una maratón. El rubor me sube a las mejillas, y me odio por no poder apartar la cara.

Se gira como un resorte, abriendo la boca al verme sentada en su sofá en una postura bastante ortopédica. Me fijo en que lleva una camiseta en la mano, y tengo que rezar para que se la ponga pronto si no quiere que me dé un infarto.

“Ya estás aquí,” susurra sin ocultar el alivio, dando unos pasos hacia mí. “¿Te ha ayudado Lib?” Parpadeo una vez, sin poder hacer movimientos con la parte superior de mi cuerpo por el cabestrillo. “¿Cómo te encuentras?”

“Incómoda y dolorida, pero no por la caída, sino por la postura en la que me ha dejado tu hermana aquí.” Hago una mueca. “Me estoy clavando algo en la espalda y necesito ayuda para levantarme.”

Suspira con fuerza, poniéndose la camiseta y sentándose en la mesita de café de madera delante de mí.

“Podrías habérselo pedido a Lib antes de que se fuera.”

“Iba a hacerlo, pero de repente tenía mucha prisa en irse a la tienda a ayudar y no quería molestarla más.”

Wade me mira con los ojos entrecerrados.

“No eres ninguna molestia, Sage.”

Reprimo un suspiro, mordiéndome el labio inferior.

“Me siento una carga…,” susurro, sin poder contener el comentario, sintiéndome incluso peor por exteriorizarlo.

Niega con la cabeza, bajando la mirada al suelo, pero no añade nada más. No quiero que se sientan culpables ni que se preocupen, pero tampoco que estén pendientes de mí. Es complicado en mi estado, lo sé. Me da rabia no poder ser autosuficiente y depender de ellos para cualquier cosa.

Incluso para recolocarme en el sofá…

“¿Puedo?” Se inclina hacia delante, levantando las manos.

Parpadeo como asentimiento, e intento no estremecerme al sentir sus cálidas manos cuando me sujeta por la cintura para levantarme con cuidado.

Cuando estoy al borde del sofá, coloca un cojín a mi espalda y vuelve a recostarme sobre él.

Respiro hondo, y el aroma a cuero me inunda.

Cuando parece satisfecho con mi nueva postura, Wade se aleja, y el calor de su cuerpo desaparece tan pronto como llegó.

“¿Mejor?”

Me aclaro la garganta, sintiéndola seca de pronto, desviando la vista hacia cualquier parte menos a sus intensos ojos verdes.

“Sí, gracias,” susurro, sintiendo los latidos de mi corazón retumbando con fuerza en mis oídos.

“No es nada.”

Hace el amago de levantarse, pero, sin pensarlo mucho, susurro un bajísimo “espera” que no escucho ni yo por encima de mis latidos pero que a él le hace enarcar ambas cejas.

“Gracias,” susurro, con la voz temblorosa. “Por todo, no solo por esto. Gracias por salir detrás de mí, ayudarme y llevarme al hospital. Me has salvado, Wade.”

Escucho cómo coge aire con fuerza y gruñe cuando se pasa una mano por la cabeza.

“No tienes que darme las gracias, Sage. No es algo que suponga un problema. Lo volvería a hacer mil veces si son necesarias.”

La intensidad con la que me mira me provoca un calor en el pecho que se expande hasta acumularse entre mis piernas, y no puedo evitar ruborizarme por mi propia desvergüenza.

“¿Por qué?,” jadeo.

“Porque me importas y quiero que estés a salvo.”

Mi corazón se para, mi boca se abre y he olvidado por completo cómo coño se hacía para respirar.

«Me importas y quiero que estés a salvo».

«Lo volvería a hacer mil veces».

Sus palabras se quedan grabadas en mi mente, y sé que esta noche no podré dormir porque estaré ocupada dándoles mil vueltas.

¿En qué momento todo entre nosotros se ha vuelto tan…

difuso? Desde el beso, siento que todo ha cambiado, pero no logro entender si para bien o para mal.

No hay incomodidad en el ambiente, solo tensión…

¿sexual? Sea lo que sea, es evidente que no está resuelta.

Ay madre.

Creo que estoy teniendo un momento de lucidez. La confusión se va desvaneciendo poco a poco, y deja espacio a una certeza.

La certeza de que estoy empezando a sentir algo por Wade.

De pronto, la cabeza me va a estallar y el mundo me da vueltas.

¿Me voy a desmayar?

“¿Por eso me has traído a tu casa y no a la mía?,” pregunto en un hilo de voz .

Y lo sé. Solo por cómo me mira, ya sé la respuesta.

Abre la boca, pero vuelve a cerrarla, como si se hubiera quedado sin palabras. Lo veo coger aire sin dejar de mirarme, y siento como si el mundo a nuestro alrededor se desvaneciera cuando cierra los ojos y asiente.

“Así es más fácil cuidarte,” murmura con la cabeza gacha.

Mi corazón da un brinco y mi cuerpo se convierte en gelatina. Es como si hubiéramos creado una burbuja donde solo existimos él y yo, y me da miedo que se rompa. Una punzada directa al corazón me atraviesa al darme cuenta de que quiero quedarme ahí dentro toda la vida.

“Wade, me he fracturado la clavícula, no estoy inválida.”

Intento bromear, pero mi tono suena demasiado serio, tembloroso ante el peso de sus palabras.

“Es lo que quiero hacer,” responde con seguridad.

Alza la mirada y la clava en mí con tanta intensidad que temo que lea todo lo que siento por él.

“Déjame cuidarte, Sage.”

Abro la boca para contestar, pero solo consigo tomar aire, demasiado afectada como para reaccionar.