Capítulo Veintinueve
Sage
U n pitido monótono, acompañado de un murmullo constante —como el de una máquina en funcionamiento—, y el olor a desinfectante me dan la bienvenida cuando recupero el conocimiento.
No recuerdo en qué momento me desmayé, pero la primera imagen que me viene a la mente es la cara de Wade torcida de la preocupación, sosteniéndome entre sus brazos.
Recuerdo el olor a cuero, la suavidad de su camiseta contra mi mejilla y un susurro a lo lejos.
Su voz ronca, rota de la conmoción, me viene a la memoria: «Vas a ponerte bien. Vas a ponerte bien».
Tengo la boca seca, pero cuando trato de tragar, es en vano.
Un pinchazo me recorre los hombros cuando intento mover la cabeza, y tengo que apretar los puños con fuerza para no gritar.
Debería abrir los ojos y averiguar dónde estoy, pero creo que por la tela que siento bajo los puños me puedo hacer una idea.
Trato de calmarme y no mover demasiado mi pecho al respirar. Comienzo a ser consciente del dolor, y creo que volveré a desmayarme si hago algún movimiento brusco.
Lenta, muy lentamente, abro un ojo, pero vuelvo a cerrarlo al instante. La potente luz fría de la habitación me ha deslumbrado, y una mueca se dibuja en mis labios sin poder contenerla. Vuelvo a intentarlo, esta vez con los dos párpados, y me obligo a mantenerlos abiertos.
Me encuentro con una habitación sobria, fría y vacía de hospital. Blanca del suelo al techo con un montón de aparatos a mis lados. Hay un sillón granate a mi izquierda, justo delante de un enorme ventanal con las cortinas abiertas, por el que puedo ver un parque iluminado por el sol de la mañana.
Intento mantener la calma mientras trato de hacer memoria de lo que ocurrió ayer.
Me despedí de todos en Oak Valley y volví a casa con Wade; era una noche silenciosa y agradable, hasta que un ruido asustó a Mud…
Recuerdo intentar controlarlo, sujetarme a su cuello con todas mis fuerzas, y lo último que recuerdo haber hecho antes de que se volviera todo negro fue gritarle al viento que me iba a tirar y arrojarme a un lado del camino.
Me recibió un golpe que me dejó sin aliento.
Después perdí la consciencia pero, en las imágenes borrosas que me aparecen como flashbacks, siempre está Wade: sujetándome, hablándome, tocándome la cara…
Un gemido de dolor escapa de mi garganta al tratar de recolocarme en la camilla. Cierro los ojos con fuerza al sentir un pinchazo en la clavícula, y me pregunto si vendrá alguien a decirme qué coño está pasando.
No sé cuánto tiempo pasa hasta que la puerta se abre lentamente, como si tratara de no hacer ruido. Abro los ojos como un resorte, y trato de enfocar el rostro de la persona que me mira desde el otro lado de la habitación entre destellos de luz demasiado potente.
Cuando mi vista se acostumbra a la claridad, se me corta la respiración al encontrarme con el rostro cansado de Wade. Sus ojeras están más marcadas de lo normal y se muerde el labio inferior con nerviosismo.
Mi cuerpo se relaja al ver que es él y no otra persona, porque, aunque no me detengo a pensar en lo que significa, realmente no quería ver a nadie más.
“Estás despierta,” susurra, todavía de pie al lado de la puerta cerrada.
Cojo aire lentamente y contesto con un “sí”, pero de mi garganta seca solo sale un sonido estrangulado. El ceño de Wade se profundiza, y da unos pasos hacia mí.
“Agua,” vuelve a susurrar, antes de moverse a toda velocidad por la habitación.
Su presencia llena todos los rincones de la fría estancia, tiñéndolos de algo más cálido, como si con solo estar aquí pudiera hacerla más acogedora.
Mi corazón palpita con fuerza al sentirlo cerca, y mis ojos se fijan en cada movimiento como si me hubiera hipnotizado.
Quiero darle las gracias, decirle lo mucho que aprecio que me haya seguido por el oscuro bosque y me haya salvado.
Quiero agradecerle que esté aquí, conmigo.
Lo veo desaparecer a mi derecha, y suelto un gemido de impotencia al no poder girar la cabeza para mirarlo.
“Ahora voy.”
Vuelve a aparecer en mi campo de visión, justo a mi lado, y me acerca un vaso lleno de agua con una pajita dentro. Me inclino hacia delante en un acto reflejo, pero el dolor me deja sin aliento unos segundos como si me hubieran pegado en la boca del estómago.
“No te muevas,” murmura con la voz ronca, cargada de angustia. Acerca la pajita hacia mí y bebo, dejando que mis párpados se cierren. “Cuando termines de beber te contaré lo que me ha dicho el médico y luego te llevaré a casa, ¿vale?”
Hago un sonido afirmativo, sin soltar la pajita, y escucho cómo suelta el aire con un suspiro cansado. No sé cuánto tiempo llevará por aquí, pero si ha pasado la noche conmigo, espero que no haya dormido en ese sillón.
“Estoy bien,” susurro, moviendo la cabeza con cuidado para quitarme la pajita de la boca.
Wade deja el vaso en la mesita a mi derecha y se mueve hasta los pies de la cama.
Me lanza una mirada de preocupación y culpa, con los labios apretados y los brazos cruzados sobre su pecho.
Bajo la mirada hacia sus músculos sin poder evitarlo, pero me obligo a volver a su cara con las mejillas encendidas.
No parece consciente del efecto que causa en mí, sino que sus cejas se fruncen todavía más y traga con fuerza antes de hablar.
“Tu clavícula está fracturada,” dice de sopetón.
Abro la boca, pero la cierro al instante.
“El médico dice que no es muy grave y no hace falta operar,” continúa, y siento cómo desaparece el peso enorme que no me dejaba respirar.
“Te ha mandado reposo absoluto, no podrás montar ni trabajar ni hacer las cosas sola. Tienes revisión una vez a la semana y, como mínimo, estarás recuperada en un mes y medio.”
Inspiro con fuerza antes de volver a abrir la boca, pero otro quejido sale de mi garganta sin poder controlarlo.
“Esa es una de las cosas que tienes que controlar, Sage,” murmura en un tono más dulce.
Pestañeo una vez en señal de afirmación, y vuelvo a intentar respirar más despacio.
“¿Tú estás bien?,” susurro con la voz ronca pese a haber bebido agua.
Wade tuerce la boca, ladeando la cabeza. “No soy yo quien está en una cama de hospital.”
Pongo los ojos en blanco, intentando moverme lo menos posible.
“A juzgar por tu aspecto, tú también has pasado la noche en un hospital, Wade,” digo con suavidad. “¿Has dormido algo? Te ves cansado.”
“No te preocupes por mí.” Niega con la cabeza. Desvía la vista hacia la ventana mientras se pasa una mano por la cabeza. “Soy yo quien tiene que cuidar-”
“¡Sage!” El estridente grito de Lib retumba por el pasillo, cortando a Wade de improvisto.
Un extraño silencio se instaura entre nosotros, y me quedo pensando en lo que estaba a punto de decirme.
La puerta se abre de un golpe y una Lib despeinada aparece en el umbral. Intercala la mirada entre Wade y yo, y, por la forma en la que agarra el pomo con fuerza y aprieta los labios, juraría que está a punto de echarse a llorar.
“Lib, estoy bien,” consigo susurrar con la voz cargada de emoción. Si ella llora, yo también.
Deja salir un suspiro tembloroso sin soltar la puerta, y se queda ahí, paralizada. Un movimiento detrás de ella capta mi atención, y reconozco el pelo suelto de Emily cuando bordea a su hija para entrar.
Le lanza a Wade una mirada que no entiendo, pero él gira la cara y hace como si no la hubiera visto.
“Sage, cielo, ¿cómo te encuentras?” Su cálida voz me da la bienvenida, y su preocupación me aprieta algo en el pecho. Lo último que quería era generar drama y ser una carga para su familia.
“Estoy bien,” susurro con la voz pastosa. “Gracias por venir. No tendríais que haberlo hecho.”
“Oh, no te preocupes, cielo.” Hace un gesto con la mano para restarle importancia, sonriendo con cariño. “No es ninguna molestia. Queríamos asegurarnos de que estuvierais bien antes de volver a casa.”
“¿Te dan el alta hoy?,” pregunta Lib a su espalda, mirándome como si ella hubiera sido la causante del accidente.
“Sí,” contesta Wade con la voz rasposa. Carraspea antes de continuar: “Los médicos dicen que no es nada grave y que se puede ir hoy mismo. No puede hacer esfuerzos y tiene que llevar el cabestrillo. Reposo absoluto.” Repite todo lo que me ha dicho hace unos minutos sin emoción en la voz.
Emily lo mira con los labios apretados, a lo que él responde enarcando las cejas. Le hace un pequeño gesto con la cabeza señalando la puerta, y me regala una sonrisa de despedida junto con una disculpa antes de salir. Observo cómo Wade la sigue, y frunzo el ceño cuando se marcha sin mirarme.
Mi amiga sigue de pie en la puerta, y trato de esbozar una sonrisa serena para tranquilizarla.
“No pasa nada, Lib. Te prometo que estoy bien.”
“Estaba muy preocupada,” suelta, dando unos pasos vacilantes hacia mí. “Pensé que te habías muerto, Sage. O peor.”
“¿Qué es peor que la muerte?,” pregunto, sin poder evitar recurrir al humor en situaciones que me superan.
“Quedarte parapléjica,” contesta muy seria, pero aprieta los labios para contener una sonrisa. “Cuando Wade nos llamó, hace una hora, pensaba que no te despertarías nunca y que sería muy grave.”
Frunzo el ceño, preguntándome por qué no los llamó en cuanto me trajo al hospital y por qué, cuando al fin lo hizo, no les dijo que estaba bien.
“Pero estoy bien, Lib. Me he despertado hace un rato. No te preocupes más, ya ha pasado, ¿vale?”
Trato de animarla, y parece que funciona, porque acorta la distancia que nos separa y envuelve una de mis manos entre las suyas.
“¿Cómo está tu hermano? ¿Ha dormido aquí?,” pregunto, mirando de soslayo el asiento del rincón.
Me mira con curiosidad, ladeando imperceptiblemente la cabeza.
“La enfermera nos acaba de decir que no se ha separado de ti en toda la noche, Sage.”
Alza las cejas, esperando una respuesta, pero no digo nada. No es el momento de contarle a Lib que he besado a su hermano, y menos para confesarle que creo que lo que siento por él va más allá de la amistad.