Cuando florezcan los almendros (Almond Valley 1) Capítulo Veintiocho #3
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Capítulo Veintiocho #3

Tengo que encontrar la forma de decírselo cuando estemos a solas. Porque a cabezonería no nos gana nadie, y si seguimos así, no vamos a llegar a ninguna parte.

La noche cae sobre nosotros, y el lugar se ilumina gracias a unas pequeñas estacas con luces encima que han clavado por todo el camino para la ruta.

Llega hasta River Cross para que no sea un suicidio volver a casa en mitad de la noche.

La gente comienza a irse y, a pesar de estar pasando un buen rato, el cansancio me puede y decido que es el momento de marcharse.

“Bueno, chicos, ha estado genial pero creo que me voy retirando,” anuncio, poniéndome en pie.

Todos me miran con fastidio y empiezan a insistir para que me quede un rato más, pero niego con una sonrisa y les prometo que nos veremos pronto.

“Me voy contigo,” dice Sage de pronto, levantándose del suelo de un salto. Hace unos segundos estaba con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en el hombro de Tate, pero ahora parece completamente despierta.

“¿Estás segura?,” pregunto, frunciendo el ceño.

Asiente con energía, poniéndose la chaqueta negra por encima tras sentir un pequeño escalofrío. Busco mis guantes en el bolsillo trasero de mis vaqueros y se los tiendo.

“Sí, vámonos.” Vuelve a asentir, cubriéndose las manos con la tela, que le queda tiernamente grande.

“¿No quieres seguir babeándome la sudadera?,” pregunta mi hermano en tono burlón a su espalda.

El rostro de Sage se tiñe de un rojo intenso, pero asiente otra vez y pasa por mi lado a toda prisa.

“¡Nos vemos! Ha sido la celebración perfecta. Cumplió todas las expectativas, Lib,” exclama por encima del hombro, sin dejar de avanzar hacia los caballos.

Me despido entre risas y acorto la distancia entre nosotros con un par de zancadas largas.

“¿Estás segura de que quieres volver ya?”

Quiero asegurarme de que estará cómoda volviendo conmigo o si prefiere hacerlo con sus amigas.

“Sí, sí, cuanto antes mejor. Estoy agotada, como habrás podido comprobar,” murmura, tapándose la boca con una mano al bostezar.

“Y aún tenemos que hacer el camino de vuelta a caballo,” le recuerdo, dándole un pequeño empujón.

Suelta una risita, y tras fallar dos veces al intentar levantar la pierna hasta el estribo, me lanza una mirada divertida.

“Ayuda, por favor,” musita, haciendo un mohín.

Me acerco para agarrar su pierna y darle el impulso intentando esconder mi sonrisa. Aunque Mud no sea muy alto, Sage tampoco lo es, y está acostumbrada a usar un taburete para subirse.

Seguimos las luces del camino en silencio, escuchando cada vez más a lo lejos el murmullo de las conversaciones y la música de la fiesta.

La luna llena ilumina el cielo, creando sombras azules sobre nuestros rostros.

Los árboles nos abrazan como un manto que se mece con la brisa fresca de otoño, fría y oscura, tan silenciosa como la nieve antes de tocar el suelo.

Estamos llegando a Willow Lake, a medio camino de casa, cuando un ruido a nuestra izquierda nos hace girar la cabeza en esa dirección.

“Será un conejo,” murmuro, intentando que mi tono suene tranquilizador.

“¿Y si es un zorro? Podría ser un oso también. Por aquí hay osos, ¿no? Ay, madre, ¿¡y si es un oso!?”

Sage comienza a desvariar con nerviosismo, y muevo a Shiny para colocarme más cerca de ella.

Nuestras rodillas casi se rozan, y acerco una mano para agarrar la suya. No parece pensárselo dos veces cuando me sujeta con fuerza como si necesitara el contacto. Hago caso omiso al cosquilleo que me recorre el cuerpo, intentando concentrarme solo en ella.

“No es un oso, Sage. Y, si lo fuera, no nos va a atacar.”

“¿Cómo puedes saberlo?,” pregunta, escéptica, alzando la voz. “¿Te lo ha dicho?”

Casi se me escapa la risa, pero me muerdo el labio inferior mientras niego con la cabeza.

“No va a pasar nada, Sage. Intenta calmarte, vas a poner nervioso a Mud.” Miro al caballo, que todavía observa hacia la izquierda con las orejas en alto en señal de alerta.

Sage coge aire con fuerza, dándome un apretón en la mano que se siente como un golpe directo al corazón. Pero, justo cuando me suelta y estira la mano hacia el cuello de Mud para tranquilizarlo, el caballo se gira bruscamente hacia la derecha.

No le da tiempo a coger las riendas.

“Ay, no…”

Es lo último que escucho antes de que el caballo salga corriendo en dirección contraria, perdiéndose por la oscuridad del bosque.

Espoleo a Shiny y salgo tras ellos, apretando las piernas con fuerza para que vaya más deprisa mientras los busco entre las sombras. No dejo de gritar su nombre, tratando de enfocar lo que tengo delante para no caerme.

“¡Sage!”

La llamo una y otra vez, golpeándome con las ramas bajas de los árboles a medida que avanzo al galope. Escucho sus quejidos entremezclados con mi respiración agitada y el ruido de los cascos sobre la tierra.

“¡Me voy a tirar!,” grita a mi derecha, haciéndome cambiar de rumbo de inmediato.

“¡Sage, espera!”

Trata de calmar a Mud, pero solo escapan de su garganta sonidos estrangulados de puro pánico.

Intento alcanzarla, pero una sombra entre la maleza cae al camino justo delante de mí.

Veo a Mud desaparecer desbocado entre la oscuridad, y me apresuro para socorrerla, rezando para que no se haya golpeado con alguna piedra o peor.

Me bajo de Shiny de un salto sin esperar a que se detenga y prácticamente me tiro a su lado. Está tumbada de lado, con el pelo cubriéndole las mejillas, gimiendo de dolor.

“Sage, Sage, Sage… mírame,” susurro, girándola con cuidado para ponerla bocarriba.

Enmarco su rostro entre mis manos, esperando que abra los ojos.

Pero los mantiene entrecerrados, la respiración acelerada y la boca torcida en una mueca de sufrimiento.

Palpo el suelo bajo ella, buscando alguna piedra o rama puntiaguda, pero no encuentro nada.

No veo sangre. No tiene heridas abiertas, y mis hombros se aflojan un poco.

Vuelvo a mirarla con el ceño fruncido, buscando sus manos frías sobre la tierra, sintiendo un dolor profundo en el pecho.

Es la misma punzada que sentí cuando a mi padre le dio el ataque al corazón en aquel concurso.

La impotencia por no poder quitarle el dolor.

La preocupación que me consume el alma. Y la confusión que me paraliza.

Me siento como si me hubieran apuñalado.

Se me nubla la mente por un momento al pensar que la voy a perder.

“Sage, por favor, quédate conmigo. Por favor, dime qué te duele,” susurro, desesperado, volviendo a revisar su cuerpo en busca de daños.

Suelta un quejido cuando le toco la clavícula, y no puedo evitar sentir una pizca de alivio al haber dado con la fuente de su dolor. Solo tengo que mantenerla consciente.

“Lo siento, lo siento…,” siseo entre dientes. “Te voy a levantar, ¿vale? Te vas a recuperar.”

“Mud…,” murmura en voz muy baja, casi sin aliento.

“No te preocupes por él. Iré a buscarlo cuando tú estés a salvo. Ahora solo me importas tú.”

Paso un brazo por su espalda y otro bajo sus rodillas, levantándola con cuidado contra mi pecho. Gime de nuevo, y me agarra la camiseta en un puño, aferrándose a mí.

“Ya está, Sage. Te llevo al hospital. Todo va a ir bien. Vas a ponerte bien. ¿Me oyes? Vas a ponerte bien,” repito una y otra vez, más para mí que para ella, mientras la acomodo sobre Shiny.

Subo detrás de ella, pasando un brazo por su cintura y sujetando las riendas con la otra mano.

“¿Estás cómoda? ¿Te duele algo más?,” pregunto, inclinándome hacia un lado para mirarla.

Se me escapa un gemido ahogado de impotencia al ver sus ojos cerrados. Debe haberse desmayado del dolor, pero aun así no puedo dejar de hablarle.

«Vas a ponerte bien».

Lo repito una y otra vez, como si con esas palabras pudiera salvarla. Y no paro hasta que, por fin, diviso el cartel de urgencias iluminado en una de las calles de River Cross.

Cuando el médico se acerca a mí a toda prisa con una camilla y se la lleva, no siento alivio. En vez de sentir que puedo volver a respirar, es como si el tiempo se detuviera por completo.