Cuando florezcan los almendros (Almond Valley 1) Capítulo Veintiocho #2
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Capítulo Veintiocho #2

“Créame. Si tuviera pareja, lo sabría,” zanjo con un tono brusco.

“Está bien, está bien. No hace falta enfadarse,” dice riendo, y Dorian cambia el peso de pierna con incomodidad. “Os dejo que disfrutéis de la fiesta y bienvenido sea el otoño.”

Se despide de los dos con un apretón de manos, guiñándole un ojo a mi amigo antes de marcharse .

“¿Tienes novia y no me lo has contado?” Abre la boca con dramatismo, llevándose una mano al pecho fingiendo ofenderse.

Pongo los ojos en blanco, propinándole un codazo.

“No me jodas, Dorian.”

“La señora Lewis necesita un nuevo entretenimiento,” dice riendo. “Hay que estar muy aburrido para meterse en la vida de los demás. Para meterse tanto, como hace ella.”

“Te juro que no entiendo en qué momento le ha parecido buena idea insistir preguntando si tengo novia,” digo haciendo una mueca. “¿Qué parte no le quedó clara? ¿El no o el está equivocada su fuente súper fiable ?”

Dorian suelta una carcajada, llevándose consigo parte de mi cabreo. Relajo un poco los hombros al ver cómo se toma con humor el rato incómodo que me ha hecho pasar la señora Lewis.

“No te rías, desgraciado,” bromeo. “A ti te ha llamado paria a la cara.”

Pero logro el efecto contrario y continúa riéndose con fuerza, consiguiendo que varios vecinos nos miren con extrañeza.

“En serio, tío, deja de reírte. Van a pensar que soy gracioso y que el marginado del pueblo es mi amigo.”

“Es que normalmente no eres tan gracioso.”

“Ja, ja. ¿Intentas robarme el puesto?”

“Te lo digo en serio, Wade,” consigue decir entre risas. “No acostumbras a hacer bromas, por eso cuando las haces son el triple de graciosas. Es como un evento único en la vida.”

“El puñetazo que te voy a dar sí que va a ser único en tu vida…”

Levanto la mano como si fuera a pegarle, pero solo le doy una colleja con poca fuerza.

“¡Papá!”

Una voz infantil nos hace girarnos hacia la derecha, y nos encontramos con los rizos de Daisy acercándose a toda prisa hacia nosotros.

“Pero si es la persona más guapa de River Cross.” La cara de mi amigo se ilumina al verla, y abre los brazos para abrazarla.

Observo la escena con una sonrisa boba en los labios, pero me quedo de piedra cuando veo quién se acerca por detrás con cara de preocupación.

“¡Mira a quién me he encontrado!,” exclama la niña, señalando a Sage con una sonrisa enorme con la que enseña los numerosos huecos entre sus escasos dientes.

Los hombros de Sage se relajan al instante cuando ve a la niña en los brazos de su padre.

No sería la primera vez que Daisy hace de las suyas y se va corriendo sin avisar.

Probablemente Sage haya estado buscándola un buen rato, a juzgar por cómo coge grandes bocanadas de aire y el pecho le sube y baja con rapidez.

Saluda a Dorian con una sonrisa más tranquila y, cuando se gira hacia mí, me mira con un destello de complicidad en los ojos.

“¿Os está gustando la ruta?,” pregunta cuando Daisy deja de contarle a su padre con todo lujo de detalles cómo ha sido encontrarse con ella. Los ojos le brillan de la ilusión, y Dorian tiene que bajarla de vuelta al suelo porque le quiere agarrar la mano a Sage.

Ay, Daisy, te entiendo tanto...

“Hasta ahora ha estado bien, pero la mejor parte está al llegar,” contesta Dorian, lanzándole una mirada rápida a Daisy, que estruja los dedos de Sage con sus manos. “La barbacoa de la noche siempre es más divertida. La gente mayor se va y el ambiente mejora.”

“Siendo padre, tú deberías entrar en ese grupo,” bromeo, ganándome un codazo en las costillas.

“Jamás me perderé una celebración en Oak Valley, Wade.” Me apunta con un dedo amenazante. “Es una promesa.”

“Entonces cuando Daisy crezca y vaya sola, volverás a casa traumatizado,” añade Sage soltando una risa.

“Ya veremos…,” gruñe, maldiciendo por lo bajo al pensarlo .

“¿A ti te está gustando, Sage?,” le pregunto de vuelta.

Me vuelvo hacia ella, que se muerde distraída el labio inferior al mirarme. Joder… tiene que dejar de hacer eso.

“Es diferente,” dice, encogiéndose de hombros. “Nunca había celebrado la llegada del otoño, por no decir de ninguna estación, pero creo que podría acostumbrarme.”

“Pues todavía no has visto nada,” digo, sacudiendo la cabeza. “Aquí celebramos más fiestas propias que las que ponen en los calendarios de otros países.”

“La Navidad en comparación es una mierda,” asiente mi amigo.

Sage se ríe, e intercala la mirada entre los dos.

“Se os ve muy unidos.”

“Llevamos toda la vida siendo amigos.”

“¿Amigos?” Sus ojos brillan con diversión cuando alza una ceja. “Pero solo por hoy, ¿no? Me han contado por ahí que sois enemigos por naturaleza.”

Me guiña un ojo descaradamente antes de girarse hacia Dorian y sacarle la lengua.

Pongo los ojos en blanco, justo cuando añade:

“Qué fiestas más esperanzadoras… reconciliando a los que más se detestan. El pueblo entero debe estar conmocionado.”

Dorian suelta una carcajada. “Los Weston y los Thorne algún día volverán a juntarse,” dice sonriente, dándome una palmada en la espalda.

Sage nos observa con cariño y una sonrisa cálida dibujada en los labios.

“¿Es una promesa?,” pregunto, torciendo la boca.

Suelta una risa, pero asiente con firmeza: “Sin duda.”

Llegamos a Oak Valley casi a la noche, con el sol escondido entre las nubes y siendo un grupo mucho más reducido que al comienzo de la ruta.

Apenas somos treinta personas, pero el ambiente festivo, las risas y la energía consiguen que parezca que somos un ejército.

Galopamos juntos como si fuéramos de caza, formando grupos más pequeños entre amigos.

Mis hermanos, Luke, Sage, Julie y yo nos hemos entretenido hablando, así que nos hemos quedado atrás, a varios metros de distancia del resto de gente.

La compañía no podría ser mejor y, aunque apenas participo en la conversación, disfruto solo con escuchar sus anécdotas o cuando discuten sobre cualquier tontería.

Además, cada vez que Tate y Julie hablan, el rostro de ella se tiñe de un rojo intenso y Sage me da un codazo o me lanza una mirada cómica, esté donde esté.

Intento contener la risa, pero cuando me quedo atrás y la veo girarse hacia mí desde la cabeza del grupo con los ojos como platos, no puedo evitar soltar una carcajada.

Nadie se burla de mi inusual buen humor, pero sí noto las miraditas de soslayo cada vez que sonrío por algo que dice Sage o cuando la risa me sacude el cuerpo.

Me siento ligero, como si me hubiera liberado de unas pesadas cadenas.

Por primera vez en meses, tengo la sensación de que puedo ser yo mismo, sin preocuparme por cómo debería sentirme en cada momento.

Desde que murió mi padre, he tratado de contener mis emociones, como si al no hacerlo pudiera contagiar a mi familia con más tristeza.

Seguir adelante de alguna manera. Pero no estaba siendo consciente del daño que me estaba haciendo, del daño que le hacía a mi familia al cerrarme así.

Me distancié, levantando un muro enorme a mi alrededor.

Por eso la llegada de Sage me ha descolocado tanto.

De pronto siento algo más que la necesidad de trabajar hasta acabar agotado, sin fuerzas ni para pensar.

La pena no ha desaparecido, pero se ha quedado en un segundo plano porque lo que Sage me hace sentir es más fuerte.

He encontrado en ella una razón para levantarme cada mañana, aunque solo sea para recibir una sonrisa adormilada y escuchar su “buenos días” medio arrastrado y torpe.

Las palabras que me dijo ayer siguen dando vueltas en mi cabeza como un mantra: «Lo que los mantiene vivos es nuestra memoria… No es un para siempre… solo un hasta que volvamos a encontrarnos».

Y creo que encontrar la fuerza para aceptarlo y convivir con ello vale más que llorar hasta que se me nublen los sentidos.

“¿Vas a echarte más o estás comiendo con los ojos?”

La voz burlona de Sage me pilla por sorpresa, haciéndome pegar un salto. Por poco sale volando el pedazo de carne del plato de plástico que llevo en las manos. Sage se parte de risa a mi lado, y se me hace imposible contener la sonrisa.

“¿Has terminado de burlarte de mí?,” bufo con desaprobación, pero no dejo de sonreír.

Me alejo de la mesa de piedra para no entorpecer el paso a la gente que quiere servirse, y Sage se mueve conmigo.

“No te tomaba por un hombre asustadizo, Wade Weston.”

“Te sorprendería la de cosas que aún no sabes sobre mí.”

Me sorprende mi tono insinuante, y a Sage parece que también, porque alza las cejas sin apartar la vista.

“¿Eso es una promesa?,” repite lo que dijimos Dorian y yo en el almuerzo en un tono tan casual que se me escapa la risa.

Me mira con diversión, pero entonces baja la vista a mis labios y veo un brillo familiar en sus ojos que me revuelve algo en el estómago.

Sin poder contenerme, hago lo mismo, fijando la vista en su boca entreabierta.

Juro que el corazón se me salta un latido al ver cómo se pasa la lengua por los labios para humedecerlos.

Es desconcertante lo rápido que nos metemos en nuestra propia burbuja, aislándonos del mundo exterior como si estuviéramos solos cuando nos encontramos rodeados de gente.

Vecinos, de hecho.

Ese fugaz pensamiento me arrastra de vuelta a la realidad. Carraspeo con fuerza, desvío la mirada y me rasco la nuca con incomodidad, rompiendo la intimidad del momento.

“Creo que voy a ver si Tate necesita ayuda con la carne…,” murmuro atropelladamente. Ella da un paso atrás y suelta una risa nerviosa.

“Sí… yo también debería volver con Lib y Julie. Creo que estaban a punto de hacer un concurso de a ver quién bebe más cerveza en un minuto.”

Estoy a punto de disculparme por el cambio repentino entre nosotros y la brusquedad del momento, pero Sage desaparece antes de que me dé tiempo a abrir la boca.

Me quedo ahí parado, pensando qué es lo que está pasando entre nosotros y por qué parece que queremos lo mismo pero ninguno se atreve a admitirlo en voz alta. Somos adultos con cabeza y cierta madurez. No debería ser tan complicado…

Tal vez yo estoy esperando que sea ella quien dé el primer paso, y ella está esperando lo mismo de mí.