Capítulo Veintisiete #2
Aprieto las piernas para salir al trote y entrar en calor, porque estos días he aprendido a las malas que, si vas a salir de casa después de que se esconda el sol, debes llevar una chaqueta contigo.
No había pensado que estaría tanto tiempo paseando sola por el bosque con Mud, así que mi único abrigo es una camiseta ajustada de manga larga.
El sonido de un motor me obliga a coger las riendas con firmeza, frenar a Mud y guiarlo hacia un lado del camino.
Me giro sobre la montura y trato de distinguir quién se acerca.
La incertidumbre me pone en tensión, pero se disipa al reconocer las cálidas luces que colgamos hace semanas, cuando limpiamos la entrada de la casa de Wade.
Estoy apenas a unos minutos de mi apartamento, y por aquí no pasa nadie más que nosotros.
Cuando la camioneta que podría reconocer en cualquier parte aparece entre los árboles, no puedo evitar revolverme en mi asiento y morderme el interior de la mejilla con nerviosismo.
Wade frena a mi lado, y me mira inquisitivamente con el antebrazo tatuado apoyado en la ventanilla bajada.
“¿Qué tal va tu nuevo caballo a prueba de bombas?,” saluda.
“Bien,” respondo, encogiéndome de hombros, intentando que no se note lo nerviosa que me pone después de tanto tiempo sin hablar. “Estas semanas hemos estado trabajando con las chicas para que se acostumbre a pasear con otros caballos.”
“Sí, os he visto.”
Inhalo despacio, intentando calmar los latidos desbocados que retumban con fuerza en mi pecho.
“El otro día salimos juntas por última vez,” continúo, con un ligero temblor en la voz. “Los chicos del establo también estaban por allí, y Mud no se asustó con nada. Parece que todo va bien y se ha acostumbrado a la gente, al ajetreo y a estar cerca de otros caballos.”
Lo veo asentir una vez, mordiéndose el labio inferior. Si no los hubiera probado nunca, no me costaría tanto resistirme a inclinarme hacia él para volver a saborearlos.
“Voy a ir a casa, que mañana quiero estar descansada,” balbuceo atropelladamente, girándome a toda prisa para que no vea el rubor de mis mejillas.
“¿Habéis estado en la tienda de Lib?”
Cierro los ojos, tomándome un segundo para relajar los hombros y no lanzarme hacia la camioneta para cometer una ilegalidad. Por el amor de Dios, ¿tiene un radar para querer hablar en los momentos más incómodos?
“Sí, estos días hemos estado con ella. Creo que voy a soñar con hojas y castañas,” contesto soltando una risa nerviosa, moviendo las caderas para que Mud avance al paso, deseando salir de esta burbuja llena de… ¿tensión sexual?, ¿incomodidad?
Pero Wade no se queda atrás. Arranca la camioneta y conduce a mi lado, como si todavía no quisiera despedirse. A este no lo gana nadie a cabezota…
“Alguien de la familia tenía que seguir con la tradición,” dice casi para sí. “Emily siempre era la que ponía adornos por todas partes...”
“O sea que solo les importa el festival a tu madre y tu hermana,” digo en tono burlón.
“Al que más le importaba era a mi padre. Era su estación favorita porque fue cuando conoció a Emily. Mi madre empezó a adorarla por lo mismo. Y a Lib… todo esto le recuerda a él.”
Me quedo en silencio un momento, sin saber bien qué decir.
No esperaba este giro en la conversación, y una oleada de culpa me cae encima como un balde de agua fría.
Tal vez Wade solo necesita hablar con alguien, o simplemente ser escuchado, y yo he tomado su insistencia como un juego.
Me siento mal por haber tratado de huir.
Freno a Mud con cuidado, lo suficiente como para que Wade también detenga el coche. Me planteo si debería fingir que Tate no me ha contado nada o si debo darle el pésame.
“Es el primer año que no lo celebramos en familia, por eso Emily no ha decorado nada,” añade, y me limito a escucharlo con atención, sin atreverme a mirarlo. “Es extraño, ¿sabes? Que no estemos juntos, celebrando algo tan importante para él.”
“Siempre podéis celebrarlo el año que viene, Wade. Seguís siendo una familia unida, solo que ha ocurrido una tragedia inesperada.”
Me armo de valor y me giro para mirarlo. Sus ojos, cargados de tristeza y añoranza, me atraviesan como una herida que no es mía, pero que duele igual.
“Supongo que habrás visto los trofeos del guadarnés,” dice, apretando los labios, y asiento con pesadumbre.
Los habré limpiado cientos de veces desde que llegué.
“Paul Weston, el nombre que está grabado en ellos, era mi padre.” Hace una pequeña pausa y traga saliva, como si él también sintiera un nudo en la garganta.
“Falleció de un ataque al corazón el mismo día que ganó uno de los trofeos. Era un concurso de Raid. Su caballo, South, y él quedaron primeros. Horas después de llegar a la línea de salida, cuando estábamos celebrando su victoria, una ambulancia se lo llevó al hospital. Su corazón dejó de funcionar de un momento a otro. Mi padre era un hombre fuerte, testarudo, y pensábamos que saldría adelante. Tristemente no fue así.”
Siento un dolor familiar en el pecho al ver la similitud con mi historia. Mi abuelo también se fue de un día para otro, sin darme tiempo a prepararme ni procesarlo.
“Lo lamento mucho, Wade,” susurro, con la voz cargada de emoción.
“Al menos se fue alcanzando una última meta, rodeado de su familia y de la gente que lo quería,” añade, encogiéndose de hombros con un intento de mantener la compostura, pero el leve temblor en su voz deja ver cuánto le duele.
“Yo también perdí a mi abuelo, que era como un padre para mí,” me sorprendo diciendo.
Wade alza la vista hacia mí, y siento el impulso de abrirme como él ha hecho conmigo y confesarle una parte de mí.
“Mis padres murieron en un accidente de tráfico poco después de que yo naciera. No los recuerdo, pero mi abuelo hablaba tanto de ellos que siempre los he sentido cerca.”
Una sonrisa nostálgica se asoma en mis labios al recordar algunas anécdotas.
“En cambio, la pérdida de mi abuelo sí fue dura. Traumática. Yo era solo una niña y nadie con esa edad merece pasar por lo que yo pasé. Ni por la pérdida ni por todo lo que vino después. Pero ahora que soy adulta y el tiempo ha pasado, aunque el dolor sigue ahí, tan presente como el primer día, ya no trato de olvidarlo. Recuerdo a mi abuelo en los detalles: los caballos, el olor a heno, el tacto de la tierra húmeda del huerto…” Hago una pausa, con un nudo en la garganta, pero me obligo a continuar, alzando la vista para mirar sus intensos ojos verdes.
“Nada nos prepara para perder a nuestra figura paterna. Pero hay que aprender a sobrellevarlo y a no despedirnos del todo. Lo que los mantiene vivos es nuestra memoria. A mí de alguna manera me reconforta pensar que no es un para siempre, solo un… hasta que volvamos a encontrarnos.”
“Vaya… lo siento mucho, Sage,” dice en voz baja. “¿Qué pasó cuando tu abuelo falleció? ¿Tenías algún familiar con el que vivir?”
Sonrío con tristeza, negando con la cabeza.
“Esa historia es para otro día. Lo siento.”
“Está bien. No pasa nada. No tienes que disculparte.”
Nos quedamos en silencio unos segundos, pero ya no hay ni rastro de incomodidad entre nosotros. El viento mueve las hojas de los árboles y las luces entre las ramas tintinean con el vaivén.
La piel descubierta de mis clavículas se eriza con el frío, y le lanzo una rápida mirada a Wade, observando cómo el último resplandor del sol tiñe su rostro de tonos cálidos.
“¿Volvemos a casa? No mentía cuando dije que necesito descansar.”
“Y yo que pensaba que era una táctica para alejarte de mí,” contesta con una pequeña sonrisa ladeada.
“Me resulta imposible alejarme de ti, Wade Weston.” Reprimo el impulso de girarme para ver su reacción, y avanzo al trote hacia nuestra casa con una sonrisa pintada en los labios.