Capítulo Veintisiete
Sage
E l tiempo pasa demasiado rápido como para asimilar lo ocurrido.
El verano ha llegado a su fin, arrastrando con él el calor sofocante.
Después de la tormenta que casi se lleva el huerto y el sustento de los caballos, no volvió a llover en una semana, así que tuvimos que hacer modificaciones en el huerto y el granero por el agua.
Fueron días estresantes en los que no tuvimos tiempo para pensar, con apenas unos minutos para comer.
No lo he pasado peor en mi vida, y eso que he estado en la subasta, trabajando con Wade a contrarreloj.
Y, bueno, hablando de Wade…
Con todo el ajetreo de la tormenta, no volvimos a hablar de lo ocurrido.
Las cosas entre nosotros son… ¿raras? No llega a ser incómodo, pero no tenemos la cercanía que habíamos conseguido antes de besarnos.
Por la cara que pone cada vez que me ve, como si se sorprendiera de que todavía existo, no sé si es que se arrepiente de lo sucedido.
Como no hemos tenido tiempo ni para pensarlo, tampoco me he parado a preocuparme por no haberlo visto por aquí.
No debería darle demasiadas vueltas. Normalmente no nos vemos mucho, así que ahora no debería importarme que no hayamos hablado del beso… ¿verdad?
No se lo he contado a nadie, así que cargo con la espinita clavada en el pecho yo sola. No sé si es por vergüenza o porque si lo digo en voz alta se volverá real, y entonces me comeré la cabeza pensando en que deberíamos hablar del tema.
No somos nada. Nos besamos y ya. No ha significado nada.
¿O sí?
Dios… a veces detesto a mi propia cabeza.
“Sage, sujétame la escalera, que no quiero inaugurar el festival en silla de ruedas,” me dice Lib a metro y medio del suelo, agarrándose al tejado después de haber hecho equilibrios para no caerse hacia atrás.
“Voy, voy.” Me apresuro a sujetarla por los escalones, mirando hacia arriba para ver cómo mi amiga engancha las guirnaldas con forma de hojas naranjas en el escaparate de The Green Basket.
El otoño ya está aquí, y, con él, la festividad más esperada del año —según afirma Lib una y otra vez.
Se nota que las temperaturas han bajado y ya no hace un calor extremo, porque la gente pasea por las calles de River Cross sin ir buscando la sombra.
El ambiente festivo se palpa en el aire, junto a la brisa fresca que balancea los pequeños farolillos de madera, adornados con motivos otoñales, suspendidos de los viejos postes de luz de las calles.
Una gran pancarta nos dio la bienvenida cuando llegamos al pueblo, donde habían escrito a mano:
Festival de las Hojas y las Riendas
River Cross
Los escaparates del resto de tiendas de la calle también están decorados con dibujos de castañas y calabazas en tonos naranjas, rojos y marrones. Incluso han pegado hojas secas en los respaldos de los bancos.
Sin duda los habitantes de este pueblo se toman en serio este festival.
“Sage, ¿puedes venir a ayudarme dentro?,” pregunta Julie, asomándose por la puerta de la tienda. Lleva un vestido marrón oscuro que realza el tono rubio de su pelo suelto, y no puedo evitar sonreír al verla tan emocionada con la fiesta de hoy.
“Está conmigo, Julie. Danos cinco minutos,” responde Lib desde las alturas, tambaleándose ligeramente al subir otro escalón.
Miro hacia el peto vaquero que lleva puesto, parcheado con hojas naranjas tanto por el pecho como por la espalda.
Bajo la vista hacia mi propio conjunto con el ceño fruncido, aunque me río internamente al ver que también he caído en la tradición sin darme cuenta.
Mi top crema de manga corta, que deja mi ombligo a la vista, tiene un pequeño dibujo de unas castañas a la altura del pecho.
Lo he combinado con una falda vaquera oscura que me llega hasta los tobillos y unos zapatos cerrados marrones.
No sé cómo ha pasado, pero claramente apruebo el código de vestimenta otoñal del pueblo.
“Tate me ha dicho que viene al pueblo en un rato, por si necesitamos ayuda con algo,” anuncio, sujetando con fuerza la escalera para que no se mueva hacia los lados.
Lib se pone de puntillas para poner el último enganche de la cinta, y se sacude las manos en la falda del peto.
“Esto ya está. Dile que no hace falta,” me dice sin aliento, buscando los escalones con el pie para bajar. “Vamos a ayudar a Julie con lo que sea que necesite.”
Le mando el mensaje a Tate, que me contesta al instante con el emoticono del pulgar hacia arriba, y sigo a Lib al interior de la tienda.
La nueva estación también ha llegado al interior de The Green Basket, con botes de cristal llenos de castañas, calabazas de diferentes tamaños por el suelo y ramas con vegetación colgando de los estantes.
“¡Ayuda!,” grita Julie desde el otro lado del mostrador.
Nos giramos rápidamente y la vemos tratando de levantar una caja enorme de una de las baldas.
“Y era yo la que temía acabar en silla de ruedas,” se ríe Lib con reproche, corriendo hacia ella. Yo me quedo en mi sitio, resultando inútil por mi corta estatura. “¿No podías esperar un poco?,” le dice, sujetando la base de cartón con ambas manos para bajarla con cuidado.
“Me muero de hambre,” se queja Julie, haciendo un mohín, y tengo que morderme el interior de la mejilla para no reírme. “Tus cinco minutos se pueden convertir en horas… No creí que pesaría tanto.”
La jefa resopla, pero la veo girando la cabeza para disimular una sonrisa.
“Yo también me muero por unas alitas de The Red, así que acabemos ya con esto, por favor,” digo, acercándome a ellas para ayudar a colocar los adornos de la caja.
Para cuando terminamos de decorar la tienda, comer y salir del local, apenas podemos caminar por la calle, abarrotada de gente y repleta de puestos callejeros.
Yo pensaba que por la mañana ya se respiraba un ambiente festivo, pero la energía de ahora es otro mundo.
Niños corriendo con sus nuevas guirnaldas, parejas de todas las edades paseando de la mano, familias charlando con los vendedores en medio de la carretera…
Parece que todo el mundo está de celebración y el buen humor, sin duda, es contagioso.
“Me quedaría a pasar la tarde, pero el primer día siempre hay demasiada gente y es una mierda,” dice Lib, mirándome de reojo, alzando la voz para que la escuchemos por encima del barullo.
Esbozo una sonrisa agradecida, y la sigo por un lateral de la calle para llegar al aparcamiento de su tienda.
“Mejor venimos otro día,” asiento, girándome hacia Julie.
“Esta vez os doy la razón… Pero yo todavía no quiero volver a casa,” replica ella, haciendo un puchero. “¿Trabajamos una última vez con Mud para la ruta?”
“Por mí bien.”
Nos vendrá bien repetir el ejercicio una vez más, después de todo el mes trabajando con la ayuda de mis amigas para que no salga corriendo cada vez que ve a alguien nuevo o a otros caballos.
“Claro, vamos. Me da miedo que se asuste al ver a mi hermano y te des la hostia de tu vida.”
“¿A Tate?”
“A cualquiera de los dos,” responde soltando una risa.
“Todavía es pronto para que salga todo bien, Sage.” Su tono se vuelve más serio, y hace una pausa mientras entramos en mi camioneta.
“En el peor de los casos, si se desboca y no entra en razón, te tiras al suelo y dejas que se vaya. Es imposible tranquilizar a un caballo en esa situación, fuera de casa y rodeado de desconocidos… sobre todo después de todo lo que ha pasado.”
Aprieta los labios, mirándome con pena y comprensión al recordar su historia.
Les hablé sobre la anterior vida de Mud al pedirles ayuda cuando me propuse quitarle el miedo a la gente y prepararlo para la ruta de otoño.
A Julie le caían las lágrimas a borbotones al imaginarse lo mal que tuvo que haberlo pasado con su antiguo dueño, y Lib se cogió un cabreo enorme, jurándonos que si algún día se encuentra a ese hombre, no se hará responsable de sus actos.
Suelto un suspiro cansado, poniendo en marcha el motor.
“Una parte de mí cree que va a salir todo bien, que no se asustará y se mantendrá tranquilo. Confío en Mud, y sé que él confía en mí.”
“A veces la confianza no es suficiente, cielo,” murmura Julie desde el asiento trasero.
“Lo sé…” Me incorporo a la carretera, de vuelta a casa.
“Hemos trabajado meses y estoy muy orgullosa de lo que hemos conseguido. Si sale mal, me volveré a subir. No se podrá decir que no lo intentamos,” intento bromear, recibiendo unas sonrisas pequeñas de mis amigas.
“Ya sabía que me iba a llevar muchos golpes,” mi voz se apaga al recordar las palabras de Wade.
“Nunca te des por vencida, Sage. Nosotras estaremos para cuidarte cada vez que te caigas,” dice Julie sonriente .
“Y para recordártelas cuando te recuperes para reírnos de ti,” añade Lib entre risas.
Aparco la camioneta frente a la casa de Emily, y salimos a pasear con los caballos mientras reímos e imaginamos los peores escenarios posibles.
Empezamos con mis posibles caídas —cada una más ridícula y dolorosa que la anterior—, pero pronto nos desviamos hacia otra persona.
Lib incluso hace una representación gráfica de lo que haría si se cruza con Evan: gritar como si la hubieran disparado y huir al galope.
Mud no se asusta con nada —ni siquiera con los gritos de Lib—, y cuando nos cruzamos con Luke y Dorian trabajando en el establo, tampoco se inmuta.
Pasamos una tarde diferente por el campo, improvisando carreras y picándonos con cualquier tontería, riéndonos incluso antes de empezar a galopar.
Los árboles que rodean el camino también se han teñido de tonos naranjas y rojos como el atardecer que nos acompaña de fondo. Lo único que se escucha por encima del silencio son las herraduras de Mud chocando contra la tierra del sendero, que van dejando una estela de polvo a medida que avanzamos.