Cuando florezcan los almendros (Almond Valley 1) Capítulo Veintiséis #3
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Capítulo Veintiséis #3

Los truenos anuncian la llegada de la tormenta, pero no reaccionamos. Nos quedamos ahí debajo, con la ropa empapada y la respiración agitada. Me giro para mirar a Wade, y el corazón se salta un latido al ver que ya me estaba mirando con los labios entreabiertos.

Se me corta la respiración por un segundo, y un cosquilleo me recorre los dedos por la anticipación.

Siento la urgencia de tocar su piel cálida y, como si me hubiera escuchado decirlo en voz alta, Wade da un paso hacia mí.

Acorta la distancia entre nosotros hasta que nuestros alientos se entremezclan y nuestros brazos se rozan.

Pequeñas gotas de lluvia resbalan sobre su rostro, y levanto una mano para secarlas.

Esta vez cumplo con mi cometido y, al posar las yemas de mis dedos sobre su piel, escucho cómo su respiración se acelera y el brillo en sus ojos me deja sin aliento.

Mis mejillas se sonrojan y mis latidos retumban en mis oídos.

Como si me pidiera permiso, inclina la cabeza hacia un lado, y no tengo que pensarlo antes de asentir.

Mi mirada se posa en sus labios, que esbozan una sonrisa ladeada.

El calor que antes ardía en mis mejillas se desliza por mi cuerpo y se instala entre mis piernas al ver el deseo reflejado en su rostro .

Roza mis labios con delicadeza y los separo en un acto reflejo.

Se aparta un segundo, observándome como si buscara otra confirmación...

o como si simplemente se estuviera deleitando con la vista.

Y, casi sin darme tiempo a procesarlo, me sostiene de la nuca con suavidad y me besa con urgencia.

El contraste en sus gestos me hace soltar un suspiro contra sus labios, y Wade aprovecha el gesto para deslizar su lengua en mi boca.

Giro la cabeza hacia un lado para intensificar el beso, y sus manos recorren mi cuerpo como si no quisiera dejarse ni un rincón por explorar.

Primero roza mis clavículas, luego baja por mi brazo hasta alcanzar mi cintura.

Me atrae hacia él cuando llega a mis caderas y, cuando siento su dureza contra mi estómago, suelto un gemido que se pierde entre besos.

Enredo los dedos en su nuca, tirando de él hasta que no queda espacio entre nosotros.

Mi pecho roza su abdomen, y sonrío al oír cómo un jadeo escapa de entre sus labios.

La humedad entre mis piernas se intensifica al sentir cómo desliza una mano por dentro de mi camisa empapada, rozando el aro de mi sujetador, y me restriego contra la presión en sus pantalones.

No sabría decir cuánto tiempo nos besamos, pero en algún momento los movimientos de nuestros labios dejan de ser urgentes y se convierten en ligeros roces delicados, llenos de cariño.

Nuestras respiraciones agitadas chocan cuando Wade se separa de pronto, hundiendo los dedos en la piel desnuda de mi cintura. No abro los ojos, temiendo lo que pueda encontrar en los suyos.

“Perdón, yo-”

No le dejo replicar. Me pongo de puntillas y vuelvo a atrapar sus labios entre los míos. Al principio parece sorprendido, pero no pasa ni un segundo antes de que me responda con la misma urgencia, como si llevara esperando este momento demasiado tiempo.

Se inclina hacia abajo y yo dejo que mis talones vuelvan al suelo, saboreando cada caricia. Recorro su cuerpo con las manos, deleitándome con la firmeza de sus músculos, que tanto tiempo llevo deseando desde la distancia.

La temperatura entre nosotros sube con cada gemido ahogado, con cada roce... hasta que el estridente sonido del móvil de Wade irrumpe en el cobertizo.

Nos separamos jadeantes, apoyando un segundo nuestras frentes para tratar de recuperar el aliento. Wade es quien se aparta primero, maldiciendo por lo bajo sin dejar de mirarme mientras rebusca el teléfono en el bolsillo empapado de sus vaqueros.

“Es mi madre,” anuncia con el ceño fruncido antes de contestar. “¿Hola?”

Desvío la mirada, intentando centrar mi atención en otra cosa, pero cuando su tono se tiñe de preocupación, no puedo evitar enfocarlo de nuevo.

“¿Qué? ¿Ahora?” Hace una pausa, cerrando los ojos. “Sí, Sage está aquí.”

Otra pausa, esta vez más larga.

Antes de que cuelgue, mi móvil suena, anunciando un nuevo mensaje. Entre mis manos temblorosas del beso y el agua de la lluvia, lo saco del bolsillo con dificultad.

Lib: Necesito ayuda con el huerto por la que está cayendo. Si no nos damos prisa para taparlo, se va a ir todo a la mierda.

“Tengo que ir a la granja. No habíamos previsto la tormenta y hay que arreglar el campo antes de que empeore.”

La voz ronca de Wade me hace levantar la vista, y me mira como si odiara tener que decirlo. Como si me estuviera pidiendo perdón sin palabras.

“Vamos en tu camioneta,” anuncio, alzando el móvil para que pueda leer el mensaje.

Alterna la mirada entre el mensaje y mis ojos, como si estuviera buscando algo, pero termina asintiendo con firmeza.

Salimos corriendo bajo la lluvia, con el cuerpo todavía ardiendo y el eco del beso pegado a la piel. Y por un momento me pregunto si la lluvia también se llevará este recuerdo y todas las emociones compartidas.