Cuando florezcan los almendros (Almond Valley 1) Capítulo Veintiséis
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Capítulo Veintiséis

Sage

R achel se marcha al día siguiente, no sin antes asegurarme que volverá algún día y hacerme prometer que la llamaré si pasa algo entre Wade y yo. Aunque… después de lo de ayer, no me sorprendería que mi casero se distanciara de mí, porque dejé bastante claro que me falta un hervor.

Nos abrazamos en el andén sin dramatismos, sabiendo que no será la última vez. La despedida en la estación es bonita y corta, sin lágrimas ni caras largas, y la sigo con la mirada hasta que desaparece en el tren de vuelta a Blackwater.

Voy al trabajo con la mente en otra parte, tarareando distraídamente la canción Agora Hills, que inunda mi camioneta.

Podría estar pensando en mi amiga, en lo mucho que la echo de menos cuando no está y en el recuerdo que ha dejado con esta visita, pero otra persona le ha robado el sitio en mi cabeza.

La cena de ayer fue sorprendentemente entretenida.

Wade se olvidó de mi faceta ataca-bolsas y no comentó ni una palabra sobre mi incapacidad para articular frases coherentes cuando mis hormonas se descontrolan.

Y menos mal, porque hubiera preferido levantarme de mi asiento y marcharme del local para después mudarme al pueblo más recóndito de la Tierra antes que admitir en voz alta que todo es por culpa de lo que me hace sentir cada vez que clava esos ojos verdes en mí .

Hace unas semanas no me provocaba ese efecto, pero algo ha cambiado entre nosotros y la complicidad que hemos construido está comenzando a atraer nuevos sentimientos a nuestra órbita.

Ahora lo busco en cada lugar, deseando sentir su presencia, su cercanía.

Sin darme cuenta, me descubro intentando arrancarle un amago de sonrisa, limpiando su casa solo por verlo quedarse sin palabras durante unos segundos, liberando mis impulsos con la esperanza de que apriete los labios para contener la risa.

Tengo la sensación de que Wade ha aprendido a dejarse llevar conmigo, sin cuestionarse continuamente qué me pasa por la cabeza.

Ya no interrumpe mis monólogos en el coche con resoplidos ni camina a grandes zancadas cuando va conmigo.

Tampoco me pone mala cara cuando repito la misma pregunta al no entender una explicación mientras me ayuda a domar a Mud. Bueno… al menos no siempre.

Lo que más me sorprende es que nunca me ha llamado la atención por disociar y perderme en mi mundo. Me espera con discreción, y cuando vuelvo a la realidad simplemente reanuda el camino a mi lado como si se hubiera tratado de un paréntesis en la línea temporal.

Desconozco si es consciente de que me he dado cuenta, pero algunas cosas no deberían decirse en voz alta. Detalles como ese deberían guardarse en un rincón del corazón, a buen recaudo.

Aparco la camioneta en la explanada vacía frente a mi apartamento al regresar del huerto.

La tierra no requiere mucho trabajo en esta época del año, tan cerca del otoño, con la humedad y el frío asomando.

Lib tenía que ocuparse de la tienda, así que he estado sola toda la mañana.

Cocino algo rápido y aprovecho que unas espesas nubes cubren el sol y suavizan su intensidad para comer en la pequeña mesa del jardín trasero, acompañada solo por dos aburridas sillas metálicas grises.

Tomo asiento en una de ellas, dejando que mi vista se pasee por los caballos que pastan en el cercado.

Mud va progresando a velocidad de caracol, pero no tenemos prisa y mi paciencia parece haberse recargado después de unos primeros días demasiado duros.

Me estoy ganando su confianza, hace unos días logré ponerle la silla, a la que no le hizo mucho caso, y pude empezar con algunos ejercicios sobre los estribos para que se vaya acostumbrando a mi peso.

Debe ser extraño para él sentir un cuerpo extraño sobre la espalda, así que es reglamentario pasar con mucho cuidado por este proceso.

Mi idea es pasarme la tarde entera con Mud, repetir los ejercicios que ya hemos hecho e intentar hacer nuevos, como pasar la pierna por encima o incluso sentarme en la montura.

También juego con la cabezada de cuadra para que se acostumbre a los movimientos de mis manos.

Todavía no le he puesto el bocado, porque no quiero que se sienta abrumado por hacerlo todo de golpe.

El trabajo con los caballos debe ser lento, progresivo y siempre escuchando al animal.

Mi plato está vacío en la mesa, pero mi cabeza está a rebosar de nuevas ideas con ejercicios para Mud.

Mientras friego y limpio la cocina, divago sobre lo que se me va ocurriendo.

Pensaba que se me haría extraño vivir en una casa a medias, solo usando la cocina, pero me recuerda un poco a cuando en la universidad vivía en una residencia y tenía zonas comunes con mis compañeros, con los que apenas coincidía.

Wade es como si fuera un estudiante aplicado: sale bien temprano de casa y vuelve por la noche, solo que, en vez de estudiar, trabaja.

No debe ser muy bueno pasar tanto tiempo con la cabeza metida en el trabajo.

Y tampoco debe ser muy bueno pasarse todo el día con la cabeza metida en Wade Weston …

El entrenamiento con Mud funciona muy bien: no se asusta con nada, sigue mis movimientos con soltura, se mantiene quieto y tranquilo cuando me subo al estribo y apenas reacciona cuando paso la pierna por encima.

Hago lo mismo varias veces, subiendo y bajando de él para no sobrecargarlo y que me vea venir.

Trabajo sobre un taburete para que se acerque y pueda montar con facilidad. Repetimos, repetimos y repetimos.

Hasta que, por fin, me siento en la silla.

Me muevo hacia los lados y sujeto las riendas con firmeza.

El siguiente paso sería animarlo a que camine hacia delante, pero un ruido a nuestra izquierda alerta a Mud.

Eleva las orejas hacia el sonido, con el cuerpo en tensión, ignorando mis intentos por calmarlo.

Un ruido se acerca, y el caballo, presa del pánico, se lanza bruscamente hacia la derecha, desestabilizándome sobre la silla y mandándome directa al suelo.

Caigo de pie con tanta fuerza que pierdo el equilibrio y me voy de espaldas. Mis pulmones se quedan sin aire por un segundo, pero, en cuanto me recupero, una sonora carcajada escapa de mi garganta.

Maldito viento.

“¡Sage!”

No, si ahora hablará y todo.

“¡Sage!” Repite. Esa voz… “Sage, ¿estás bien?”

Me incorporo sobre la tierra con los codos doloridos y frunzo el ceño al ver a Wade venir hacia mí a toda prisa.

“¿Te has hecho daño?,” pregunta, agachándose a mi lado.

“Solo en los codos,” murmuro, tratando de asimilar lo que ocurre. No puedo apartar la vista de sus ojos, repletos de preocupación y dudas.

“¿Estás segura? ¿Te has golpeado la cabeza al caer?,” repite, recorriéndome el cuerpo con las manos en busca de alguna herida.

Me estremezco al sentir su mano en la piel expuesta de mi estómago, donde la camisa se ha subido sin que me diera cuenta, pero Wade interpreta el gesto como un quejido.

“¿Te duele?” Acorta un poco más la distancia entre nosotros, con la inquietud reflejada en su mirada.

Madre mía, me está dando algo.

“Estoy bien,” consigo decir en un hilo de voz.

Necesito alejarme de él si no quiere que me dé un infarto.

Trato de incorporarme, aguantándome el pinchazo de dolor en el culo cuando me siento.

“Espera, despacio.” Wade me ayuda a levantarme, tirando de mis manos hacia arriba, pero pierdo el equilibrio de nuevo y me choco contra su pecho.

“Dios… perdón,” me disculpo a toda prisa, sintiendo el calor subiendo a mis mejillas. Apoyo las manos en su sólido pecho para incorporarme y mantengo la mirada en algún punto de su camisa gris.

No sé si es por el impacto o por lo que Wade provoca en mí, pero siento las piernas de gelatina.

“¿Segura de que estás bien? No tengo problema en llevarte a urgencias,” insiste, recorriéndome el cuerpo otra vez con la mirada.

Dios… o deja de mirarme así o me voy a desmayar.

“Sí, sí,” asiento, dando un paso atrás para poner algo de distancia entre nosotros. Necesito pensar con claridad, y los pectorales como piedras de Wade no ayudan. “Iba todo bien hasta que has llegado y Mud se ha asustado.”

Frunce el ceño y aprieta los labios, como si lo hubiera ofendido.

“No tendrías que haberte subido sola. Podrías haberte hecho daño de verdad.”

Ruedo los ojos y reprimo un bufido. ¿Cómo puede pasar de estar preocupado a darme lecciones en cuestión de segundos?

“Voy a volver a intentarlo,” anuncio sin mirarlo. Me sacudo la tierra de los pantalones, y hago una mueca al ver que tienen un agujero en la pantorrilla.

“¿Qué? Ni de coña.”

Se mete en mi camino, dejándome atrapada entre la valla del corral y él.

Vuelvo a suspirar, mirándolo a los ojos.

“Es lo que hay, Wade. Tú fuiste quien me dijo que me iba a llevar más de un golpe, y yo acepté el trato. Me caigo y me levanto, así es cómo se avanza.” Aprieto los labios, sintiendo que me he pasado de borde, y añado en un tono más amable: “No va a pasar nada. Se ha asustado cuando has llegado, pero antes iba todo bien.”

Fuerzo una pequeña sonrisa, esperando que ceda. Y parece funcionar, porque deja caer los hombros con un suspiro de derrota y se pasa las manos por la cara, arrastrándolas también por el pelo que empieza a crecerle.

Pasa por mi lado, rozándome el hombro sin querer para salir del corral, y me obligo a no girarme para mirar su ancha espalda.

Mordiéndome el interior de la mejilla, me acerco a Mud con cuidado de no asustarle, pero parece igual de tranquilo que cuando Wade no estaba.

Sujeto las riendas gastadas para moverlo hasta el taburete, y repito el ejercicio del estribo varias veces.

Todo es como antes, no se asusta con nada ni se tensa con mi peso.

Pero siento una mirada clavada en mí observando cada movimiento, como un roce invisible que me eriza la piel.