Cuando florezcan los almendros (Almond Valley 1) Capítulo Veinticinco #3
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Capítulo Veinticinco #3

Suelto el aire que no sabía que estaba conteniendo, y me muerdo el interior de la mejilla sopesando mis opciones.

No quiero ni girarme. Ver la expresión que estará poniendo Wade después de este numerito va a ser como un puñetazo en la cara.

No debería estar de espaldas a él más de un minuto o crearé un ambiente todavía más incómodo.

No sé cuánto tiempo llevo paralizada, pero tengo que hacer algo.

Tampoco puedo largarme sin decir nada, aunque la idea me esté haciendo ojitos en la cabeza.

Todas las opciones me parecen una mierda.

“¿Quieres que te acompañe a tirar eso?”

Cierro los ojos, respirando hondo. ¿Y si hago como si no lo hubiera escuchado? No sería la primera vez que me hablan y no me entero porque estoy en mi mundo… Pero hacerlo ahora me parece muy inoportuno.

“Claro,” respondo, girándome hacia él con una sonrisa tonta en los labios, que refleja perfectamente lo estúpida que me siento.

“¿Está tu camioneta cargada?”

¿Por qué decide justo ahora, en el momento más vergonzoso de mi existencia, hablar sin usar monosílabos? ¿No puede volver a la actitud despreocupada y distante de hace unas semanas?

“Sí. Me falta esa bolsa.”

Señalo la tela a mi derecha, y, antes de que me dé tiempo a cogerla, Wade pasa por mi lado y se la carga al hombro. Sus músculos se tensan por el peso, y me quedo mirando su ancha espalda como una idiota mientras sube a la parte de atrás de mi camioneta.

Me voy a quedar sin neuronas como siga mucho más tiempo delante de este hombre. Antes de que Wade se gire y me pregunte si necesito limpiarme las babas o ya estoy lista, me apresuro a subir al asiento del conductor.

Arranco el motor y espero a que Wade aparque su camioneta en casa y se suba a la mía.

Bajo el volumen de los altavoces para que apenas se escuche la canción de mi playlist, demasiado explícita para este momento.

Tengo que abrir la ventanilla de mi lado al sentir la calidez del cuerpo de Wade demasiado cerca como para poder concentrarme en la carretera.

“El punto limpio está después de The Green Basket,” murmura a mi lado, bajando también la ventanilla, como si sintiera lo mismo que yo.

No hablamos en todo el trayecto, rodeados de una tensión diferente, aunque lejana de ser incómoda.

El aire todavía huele a tierra mojada, mezclado con el cuero que siempre emana de Wade.

A medida que nos acercamos a nuestro destino, aprieto con más fuerza el volante, intentando distraerme de la sensación de tener su atención fija en mí.

Descargamos las bolsas al llegar, volcando su contenido en el pequeño montículo de residuos de la explanada.

Nuestras manos se rozan cada vez que Wade me pasa una bolsa para agilizar el proceso, y todas y cada una de las veces, siento cómo un calor intenso se extiende desde mis mejillas hasta mi bajo vientre, haciendo que pierda ligeramente el control y me tambalee al caminar.

“¿Todo bien?,” me pregunta después de que yo pierda el equilibrio y logre recomponerme antes de comerme el suelo.

“Sí, sí, estoy bien. Esta pesa algo más.” Suelto una risa nerviosa, dándole la espalda a toda prisa para que no lea la mentira en mi cara.

¿En qué momento mi cuerpo reacciona así a un contacto tan simple como un roce de manos?

Contengo un quejido al intentar recordar cuándo fue la última vez que me acosté con un hombre.

No encuentro ninguna imagen reciente en mi cabeza, y mi frustración se ve reflejada en la manera que dejo caer la bolsa y le pego una patada antes de vaciarla.

“¿Te ha insultado o qué te ha dicho?,” pregunta Wade a mi espalda, todavía sobre la camioneta.

No me puedo creer que me haya visto… Y tampoco me puedo creer que haya hecho una broma. ¿Debería tirarme por el terraplén de mi izquierda?

La vergüenza me come por dentro, pero me obligo a darme la vuelta para encararlo con una sonrisa forzada.

Me muerdo el interior de la mejilla al encontrarme con su ceja enarcada y un amago de sonrisa ladeada.

Mi cerebro se reinicia, olvidando por completo cómo mandar instrucciones al resto de mi cuerpo.

Abro la boca para contestar, pero no sale nada de ella, multiplicando mi mortificación.

Wade apoya las manos en las caderas, estudiándome como si intentara adivinar si he perdido la cabeza o solo el equilibrio.

“¿Necesitas ayuda?” Su tono no es burlón, pero tiene esa chispa que me hace querer lanzarle una bolsa… o hacer algo completamente estúpido, como lanzarme yo a sus labios.

¿Pero qué estoy diciendo? Definitivamente, algo no anda bien en mi cerebro. Tal vez sea el cansancio, el calor, o, más probable aún, que me esté por venir la regla y mis hormonas estén revolucionadas como si fuera una adolescente.

“Se me quedó atascada en el pie,” balbuceo, bajando la mirada dejando salir una risa nerviosa. “¿Hemos terminado?”

Por favor, que diga que sí.

“Sí.” Bien . “He pensado… que para compensarte por limpiar mi casa, y porque es tu cumpleaños, podríamos ir a The Red.”

¿Ahora mismo? ¿Y viendo la dirección a la que van una y otra vez mis pensamientos? Por supuesto que no.

“Claro.”

¿¡Pero cómo que claro, Sage!?

Si mis hormonas no se calman, esta va a ser la cena más tensa y excitante de mi vida.