Capítulo Veinticinco #2
“Eres su hermana, es físicamente imposible,” rebate Julie volviendo al trabajo .
“Créeme, lo es,” insiste.
Bufo, rodando los ojos.
“Y… esta conversación ha finalizado,” sentencio, dándome la vuelta para seguir con el trabajo.
“Si necesitas consejos románticos, aquí estamos,” canturrea Lib, soltando una risa.
“Venga, nenas, nos queda media hora para terminar con esto,” exclama Rae aplaudiendo con energía como si estuviéramos en el ejército. “Si le vamos a dar una sorpresa, mejor que sea perfecta.” Me guiña un ojo con picardía.
Miro a mi alrededor con detenimiento: ramas cortadas y apiladas, hojas secas volando, y Julie tarareando mientras llena la carretilla. Trabajamos en un cómodo silencio y sin ningún inconveniente hasta que el estridente chillido de Rae nos hace alzar la vista en su dirección.
“¡Sage! ¡Felicidades!,” exclama, dando saltitos hacia mí para rodearme en un fuerte abrazo.
“¿Felicidades por qué?,” pregunta Lib con una rama entre sus manos. “¿Por fin te ha admitido que le gusta mi hermano?”
“En cualquier caso… esa sería Julie,” murmuro dando un paso atrás cuando mi amiga me libera de sus brazos.
“Cállate,” dice ella, resoplando mientras me fulmina con la mirada.
“Aunque me encantaría decir que sí… No, hoy es el cumpleaños de Sage.”
La boca de mis amigas se abren en una enorme O y ambas se giran para mirarme con incredulidad.
“¿Por qué no nos lo has dicho antes?,” pregunta Julie llevándose las manos a las caderas.
“No es algo que me guste y nunca lo celebro. Para mí no es algo especial.”
“Pero aun así podrías haberlo dicho… ¡Felicidades, Sage!,” exclama Lib con una enorme sonrisa.
“Espero que Wade te haga pasar un buen cumpleaños… ”
“…metiéndote un buen meneo,” añade Rae subiendo y bajando las cejas con una sonrisa ladeada.
“¡Por Dios, dejad de hablar así de mi hermano!”
“¿Qué? Sage se merece que le metan la lengua hasta la garganta. Es su cumpleaños.”
Me llevo las manos a la cara para restregarme los ojos, y suspiro con fuerza mientras medito unos segundos si debería poner fin a esta locura o sería más sensato quedarme al margen.
“Esto es una sorpresa para Wade,” termino diciendo. “Yo no quiero nada que esté relacionado con lenguas ni meneos.”
O sí…
“Lo que tú digas,” murmura Julie con resignación.
“¿No ves? Dime una fuente más fiable que la de Julie, que ya se ha comido a un Weston.”
Lib mira a Rae con la boca abierta y Julie se pone roja como un tomate.
“Madre mía…”
“¡Solo faltas tú!,” chilla señalándome con una sonrisa de oreja a oreja. La mataría de no ser mi mejor amiga.
Sonrío sin poder evitarlo. Vale, puede que haya sido una locura pedirles ayuda, viendo por dónde tira la conversación todo el tiempo… pero no cambiaría este caos por nada.
El ruido de un motor acercándose por el camino nos hace levantar la cabeza y dejar lo que estamos haciendo.
Rachel está terminando de rellenar una bolsa con malas hierbas mientras Julie añade hojas secas; Lib ha trepado a un árbol para terminar de cortar una rama, y yo espero abajo por si se cae y tengo que hacer de colchón.
“Este es capaz de atropellarnos,” mascullo entre dientes, saliendo a toda prisa hacia la camioneta que se aproxima.
En cuanto veo el vehículo oscuro levantando una nube de polvo al internarse por el camino de entrada, comienzo a agitar los brazos como una loca para que pare. Tan pronto como pone el freno de mano, me acerco a paso rápido hacia la ventanilla del conductor.
Wade asoma la cabeza por encima del cristal a medio bajar con el ceño fruncido.
“¿Qué pasa? ¿Va todo bien?,” pregunta atropelladamente, escaneándome de arriba abajo con la preocupación pintada en la cara. “¿Y por qué tienes la cabeza llena de… hojas?”
“Todo bien, no ha pasado nada,” respondo con calma. “Estamos limpiando el camino de entrada. De ahí las hojas. Y la tierra. Y… bueno, el caos general.”
Su expresión se suaviza, capturando el labio inferior entre sus dientes, como si quisiera reprimir una risa, y me sorprende al sacar el brazo por la ventanilla para acercarlo a mi rostro.
Con movimientos demasiado lentos, alcanza algo en mi coleta y tira con cuidado.
Sostiene entre los dedos una hoja seca, que me muestra con una pequeñísima sonrisa antes de dejarla caer.
Mis labios se entreabren por la sorpresa. No tanto por la hoja, sino por la inesperada ternura del gesto. Wade también parece afectado; sus ojos no se apartan de los míos, y sus mejillas están, por primera vez en semanas, levemente sonrojadas.
Pero alguien carraspea entre los árboles, y el hechizo se rompe como si nunca hubiera existido. Doy un paso atrás, como si por poner distancia entre nosotros pudiera pensar con claridad.
“¿De verdad estáis limpiando la entrada de mi casa?,” pregunta con confusión.
Asiento con energía, emocionada por mostrársela.
“Sal del coche y lo verás,” le digo con una sonrisa ladeada.
Camino de vuelta a los árboles sin esperar a que conteste, y tan solo unos segundos más tarde, escucho la puerta de su camioneta cerrarse a mi espalda.
Siento su proximidad como una sombra que me sigue a cada paso, y un hormigueo me recorre las puntas de los dedos al luchar contra el impulso de girarme.
Me encuentro con la mirada inquisitiva de mis tres amigas y trato de poner mi mejor cara para explicar lo inexplicable. Soy la viva imagen de alguien que no tiene ni idea de qué coño está pasando.
Rachel suelta una ruidosa carcajada, y no me corto un pelo al darle un codazo cuando llego a su lado. Suelta un quejido por lo bajo, esbozo una sonrisa angelical y extiendo los brazos, mostrándole al propietario su nueva entrada.
Las ramas que había que esquivar con los coches ya no están, cortadas y reemplazadas por unos farolillos que hemos colgado a lo largo de todo el acceso hasta la casa.
El terreno irregular ha desaparecido, los baches han sido rellenados con tierra compacta, libre de hojas y ramas secas.
El aire huele a tierra húmeda y al caminar ya no cruje el suelo bajo los pies.
A ambos lados del sendero, un pequeño montículo de tierra recorre el límite de los árboles, marcando la separación entre el bosque y la entrada, que ahora se mantiene limpia y despejada.
Parece otra casa.
Me giro hacia Wade, esperando su reacción, pero mantiene la boca cerrada mientras observa todo a su alrededor.
Después de lo que parecen horas —y de que Lib por fin haya conseguido bajarse del árbol—, coge aire con fuerza y ladea la cabeza.
“¿Habéis hecho solas todo esto?”
Su tono no refleja ninguna emoción, pero lo conozco lo bastante bien como para reconocer la auténtica curiosidad detrás de la pregunta.
“Sí, cavernícola. Las mujeres también podemos hacer algo más que atarnos los cordones de los zapatos,” le suelta Lib con sarcasmo.
Reprimo una risa, pero él hace como si no hubiera escuchado la réplica de su hermana, clavando sus ojos en mí.
“Alguien tenía que poner orden en este desastre,” respondo, encogiéndome de hombros. Siento la intensidad de su mirada incluso cuando me giro para mirar a mis acompañantes.
“Rachel se ha encargado de la azada.” Hace una reverencia exagerada cuando la señalo.
“Y eso que es una chica de ciudad,” mascullo por lo bajo, ganándome un pellizco.
“Lib ha hecho el trabajo peligroso cortando las ramas.” Enseña la sierra, apuntando hacia su hermano.
“Y Julie y yo hemos limpiado el camino.”
“Habréis tardado horas en hacerlo todo.”
“Ya sabes lo que dicen: Con la motivación necesaria, cualquier cosa se hace rápido . Y aquí tenemos la gasolina de nuestras vidas,” dice Rae con una sonrisa ladeada. “¿Verdad, Sage?”
Julie y Lib se echan a reír mientras el calor se acumula en mi cara y la vergüenza me hace balbucear una respuesta sinsentido que nadie escucha.
“Voy a llevar los sacos a River Cross,” consigo decir después de un rato con la boca pequeña, cuando mis supuestas amigas dejan de reírse. “¿Me acompañáis?”
“Yo no puedo, tengo que hacer la maleta para mañana.”
La excusa de Rae me hace entrecerrar los ojos. Esboza una enorme sonrisa enseñando los dientes, y se marcha hacia la casa.
Será traidora…
“Julie y yo tenemos que revisar la tienda, por si ha pasado algo en nuestra ausencia,” dice Lib, enganchando su brazo con el de la otra rubia antes de seguir los pasos de Rachel.
“Pero si hoy ni siquiera abrías,” le recuerdo, frunciendo el ceño.
“¡No me fío!,” grita sin darse la vuelta.
“¿Y por qué no me acompañáis si vamos al mismo sitio?”
“¿Qué has dicho? ¡No te escucho desde tan lejos!”
Apenas está a cincuenta metros de mí, pero tampoco hace el amago de volverse para que repita mis palabras.
“Felicidades otra vez, Sage,” grita Julie a su lado por encima del hombro mientras sacude el brazo con efusividad. “¡Disfruta de tu sorpresa!”
Está confirmado: estas tres ya no son mis amigas.
“¿Por qué te felicita?”
Doy gracias a Dios de que no haya preguntado por la última frase de mi examiga .
“Nada, nada. Solo es mi cumpleaños,” contesto restándole importancia.
“¿Ah, sí? ¿Y no has dicho nada?”
Joder… ¿otro más?
“Solo lo sabía Rachel, y se le ha escapado delante de todas.”
“Entiendo…”
Nos quedamos sumidos en un silencio extraño mientras vemos cómo mis supuestas amigas se marchan de la propiedad.