Cuando florezcan los almendros (Almond Valley 1) Capítulo Veinticinco
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Capítulo Veinticinco

Sage

D ejo la carretilla a un lado del camino, usando todo el peso de mi cuerpo para empujarla y poder pasar por encima de las enormes raíces que sobresalen del suelo.

Los árboles se mecen con la brisa de finales de verano, dándonos una tregua del sol de media tarde.

El calor todavía se nota en esta época del año, pero es evidente que el verano se acerca a su fin cuando sales por la noche en tirantes, confiada en que hará un calor sofocante, y terminas volviendo a casa a por una sudadera.

“Estoy deseando que sea otoño,” dice Lib detrás de mí, tirando con fuerza de una rama para partirla. El clack que suena al romperse hace que me encoja en el sitio, y me giro para ver si le ha caído a alguien encima.

“¿Por qué otoño? ¿No prefieres el invierno?,” pregunta Julie a mi izquierda, agachada en una postura poco ergonómica para recoger las hojas y ramas del suelo.

“¡Por favor!” Rachel se une a la discusión, apoyando la barbilla en el mango de la azada, hundida en la tierra.

“Si tenemos que elegir una estación, sin duda sería la primavera. Los pájaros cantan, no hace un calor asfixiante, las hormonas se revolucionan y es la temporada perfecta para no salir de la cama… con tu pareja.”

Julie ahoga un grito y Lib se parte de risa .

“Sage, me encanta esta chica,” anuncia la última, peleando con la rama para terminar de arrancarla del árbol.

Sacudo la cabeza, pero la sonrisa no falla en mis labios.

“¿Siempre preferís el frío?”

“Nena, el frío en la calle, el calor en la cama. Usa mi mantra como quieras, pero úsalo.”

Rachel me apunta con el dedo, las cejas enarcadas y los labios apretados. Muevo la carretilla de lado para que no me vea reír en silencio, pero las sacudidas de mis hombros me delatan.

“Yo hablaba del otoño no por el frío, sino por el Festival de las Hojas y las Riendas,” dice Lib con la voz entrecortada por el esfuerzo.

“¿Qué es el Festival de las Hojas y las Riendas?,” pregunta Rae sin aliento, enfrascada en su tarea de arrancar malas hierbas.

“Una fiesta que se celebra todos otoños en River Cross,” explica Lib, yendo a por la siguiente rama que bloquea parcialmente el sendero de entrada a la propiedad.

“Dura toda una semana y es para darle la bienvenida a la estación. El pueblo se decora con tonos tierra, como naranja, ocre, marrón… Adornamos los comercios con calabazas, castañas y las hojas que van cayendo de los árboles. Queda precioso, os lo puedo asegurar.”

“Y el último día todo el pueblo se va de ruta a caballo,” añade Julie con emoción, cogiendo un montón de ramas y hojas con los guantes.

“Salimos desde River Cross y cabalgamos hasta Willow Lake para comer. Hay algunos que pasan la tarde allí y luego vuelven a casa, pero la ruta oficial es hasta Oak Valley, donde hacemos una gran barbacoa y festejamos toda la noche.”

“Suena divertido,” murmura distraídamente Rae.

“¡Venga ya! ¿Divertido?,” exclama Lib sin creerse el poco entusiasmo de mi amiga. “Es la mejor fiesta del año.”

“Lo sería si fuera en primavera,” contraataca, sacándole la lengua en un gesto infantil, provocando que la rubia ponga los ojos en blanco y sacuda la cabeza como si se rindiera con mi amiga.

Llenamos la carretilla hasta los topes antes de volver a llevarla a mi camioneta.

Esquivo los baches del terreno como puedo, empujando con fuerza para subir por la tabla de madera hasta la parte trasera del vehículo.

Con la ayuda de Julie, rellenamos los enormes sacos de tela con el contenido de la carretilla.

Todo está cubierto de tierra pero, considerando que el estado natural de mi camioneta es lleno de mierda , no me preocupa demasiado.

“¿Cuánto tiempo tenemos hasta que vuelva Weston?,” me grita Rachel desde el otro lado del camino.

Saco el móvil del bolsillo trasero de mis vaqueros manchados de tierra, y exclamo de vuelta: “¡Una hora y media!”

“¿Cómo sabes que tardará eso?,” me pregunta Julie en un susurro con los ojos bien abiertos de la sorpresa.

“A las ocho me ayuda a trabajar con Mud. Ya lleva tres semanas llegando aquí como un reloj,” murmuro de vuelta, haciendo también una mueca de asombro.

“Uy, uy… eso ya suena a devoción,” canturrea, enseñando los dientes al sonreír.

“¿De verdad, Julie? Por Dios, que todos sabemos lo que pasó el día de la acampada.”

Su boca se abre cómicamente, como en los dibujos animados cuando la mandíbula se les cae al suelo. Balbucea alguna excusa, pero más bien parece que boquea como un pez fuera del agua.

“No pasa nada, Julie. Eres la prueba viviente de que un error se puede cometer muchas veces.”

“Ya os dije que no me gusta,” consigue pronunciar en un susurro.

“Ay, cariño… Una vez es un accidente, dos es un experimento y tres ya es rutina.”

Antes de que pueda contestar, bajo la carretilla por la tabla con cuidado de no caerme y vuelvo con mis amigas, que me miran con el ceño fruncido.

“¿Qué le has dicho?”

“Parece que se ha olvidado de cómo respirar,” añade Lib.

“Nada.” Me encojo de hombros. “Le he dicho cómo son las cosas cuando ya llevas unas cuantas vueltas.”

Vuelvo a mi tarea, pero escucho los cuchicheos de Rae y Lib a mis espaldas mientras siguen trabajando.

“¿A qué se refiere con eso?”

“No tengo ni idea, pero me da miedo preguntar,” responde la de las trenzas.

“¿A quién se ha tirado más de una vez?”

“¿A mi hermano?”

“¿Eso es una pregunta o una afirmación?”

“No estoy segura de querer saber la respuesta…”

Se callan al ver que Julie vuelve a hacer acto de presencia y se pone a recoger el camino, pero, en vez de tirar las hojas secas en la carretilla, me sorprende tirándomelas encima.

“Pero, ¿qué haces?,” pregunto soltando una carcajada incrédula.

“Es un toque de atención.”

“¿Un toque de atención? Pero, qué tengo… ¿diez años?”

“Parece que sí, porque me das la chapa sobre abrir los ojos, pero ni con los tuyos bien abiertos ves lo que tienes delante de las narices.”

Resoplo con fuerza. “Otra más…,” murmuro con hastío.

“¿Estáis hablando del ranchero con brazos descomunales?,” pregunta Rae, uniéndose a la conversación y dejando caer la azada al suelo sin ningún cuidado.

“Espero que no te estés refiriendo a mi hermano mediano…,” murmura Lib, mirándola con una mueca de asco.

“Nena, me encantaría que mis amigas se liasen con mis hermanos.”

“¿Tienes hermanos?,” pregunto extrañada.

Si la memoria no me falla, solo tiene una hermana pequeña.

“No, pero si los tuviera como Lib, estaría la mar de contenta de poder ser dama de honor y madrina en la boda de mis dos amigas.”

“Madre mía…”

Cierro los ojos, echo la cabeza hacia atrás y le pido a quien sea que esté ahí arriba que me libere de esta conversación.

“Estábamos hablando de Wade Weston,” recuerda Julie alzando la voz y cruzándose de brazos con una sonrisa victoriosa.

“Tú lo has dicho… estábamos ,” repito, dándome la vuelta para seguir limpiando.

“Venga ya, Sage. Tu relación con Weston es la gasolina de nuestras vidas, no nos dejes así,” se queja Lib, y veo de reojo que está haciendo un puchero.

Suspiro pesadamente, dándome unos segundos para pensar.

Lo cierto es que no me importa que me pregunten por mi vida privada; yo siempre soy la primera en querer enterarse de todo.

El problema es que no sé qué contestar. Al principio tenía claro que Wade Weston era un hombre distante y maleducado, como muchos otros.

Pero, con el tiempo, me ha dejado ver pequeños fragmentos de un carácter leal y más atento de lo que imaginaba.

Y, sin duda, es el tipo de hombre que cualquier mujer merece.

Por eso estoy hecha un lío. La atracción física es innegable desde el día en que lo conocí, pero esto va más allá de su aspecto…

Cuando está cerca, su presencia y su calidez me envuelven; pero cuando se aleja, mi cuerpo lo anhela en silencio.

Basta con que me roce la mano o me mire con esos ojos verdes para que mi mundo se tambalee.

Y lo peor es que empiezo a querer que me mire así siempre.

“No hay nada que contar,” digo con sinceridad, y mis propias palabras me sientan como una bofetada, deseando que no fueran ciertas.

“Parece que somos amigos, pero ni yo estoy segura. Es algo confuso… A veces siento el ambiente demasiado cargado para ser solo amistad, y otras es como si estuviera hablando con un témpano de hielo.” Suspiro, pasándome la mano por el pelo recogido en una coleta alta.

“No ha pasado nada entre nosotros. Ni ah ora ni nunca. Y dejad de preguntarme cada dos días, porque si ocurriera, seríais las primeras en saberlo.” Intercambio una mirada con cada una de ellas, y me muerdo la mejilla con incomodidad ante su silencio.

“No quiero dar pena, pero mi situación es un tanto patética,” añado, intentando borrar las expresiones de compasión de mis amigas.

“No eres patética, Sage,” dice Lib apretando los labios.

Frunzo el ceño, conteniendo una sonrisa.

“He dicho que la situación es patética, no que yo lo sea, Lib.”

“Ya me entiendes.” Hace un ademán evasivo. “Has visto cómo es mi hermano. Es como una ostra.” Frunce el ceño ante su símil. “Cerrada con cemento,” añade, aguantando la risa. “Lo que quiero decir es que, si le muestras lo que sientes, en algún momento se abrirá y te dejará entrar. Ya lo verás.”

“¿Por qué os creéis que estamos aquí limpiando este desastre de camino?,” dice Rachel con las manos en las caderas.

“Yo no-”

“Sage, te conozco como si te hubiera parido,” me interrumpe, lanzándome una mirada aburrida, leyendo mis intenciones.

“Me dijiste que Weston te lo mandó como tarea,” suelta Julie con la boca abierta.

Me encojo de hombros, sonriendo inocentemente. “¿Sorpresa…?”

“¡No me lo puedo creer!,” chilla Rae como si acabase de caer en la cuenta de algo. “¡Estás enamorada!”

Lo que me faltaba…

“No estoy-”

“¡Por fin sales con un hombre que te merece!”

“Pero si apenas lo conozco,” murmuro, torciendo la boca.

“Sage, has pasado más tiempo con él en los pocos meses que llevas aquí que cualquier otra mujer en toda su vida,” dice Lib, mirándome con intensidad. “Y me incluyo.”