Capítulo Veinticuatro #3
Apoyo la espalda en la encimera de la cocina intentando enfocar bien a Rachel. No me ha dado tiempo a ponerme las gafas, que reposan en la mesa de la cocina. Las limpio antes de ponérmelas, y observo a mi amiga medio dormida.
Lleva el pelo caoba recogido en una trenza que le llega hasta la mitad de la espalda, con un par de mechones rebeldes sueltos que enmarcan su rostro. El pijama que lleva se parece al mío: una camiseta vieja ancha y unos pantalones cortos de deporte escondidos debajo de la enorme tela.
“Pues supongo...” Frunce el ceño con cara de qué me estás contando . “¿Y a mí qué me importa? ¡No quiero seguir tocando pies sin uñas, Sage! Es asqueroso y da repelús.”
“Al menos tiene dedos…”
Sus ojos se abren de golpe, y el terror transforma sus facciones afiladas.
“Dime por favor que no lo dices por experiencia propia.”
“No responderé afirmativamente, si es lo que quieres.”
Lanza un grito, demasiado alto y demasiado agudo para estas horas del día, y no puedo contener una carcajada igual de fuerte. Quien nos vea desde fuera debe pensar que nos acabamos de escapar de un psiquiátrico.
Rachel lleva poniéndome al día sobre Blackwater casi media hora, y mentiría si dijera que he retenido más de un dos por ciento de la información.
Entre los gritos ahogados que lanza de vez en cuando —recordando alguna experiencia traumática— y mis quejidos por lo bajo porque me encantaría volver a la cama, hacemos el Dúo Dinámico .
Hoy soy yo la que está dormida, pero mañana es posible que intercambiemos los roles y sea ella quien no se mantenga ni en pie mientras yo hablo por los codos. Espero que Wade ya esté despierto… y no porque nosotras hayamos sido la causa.
“Necesito café para enfrentarme a esta conversación,” anuncio, dando un sorbo a la taza amarilla que me ha traído Rae de Blackwater. Tiene dibujados a mano un montón de tulipanes rosas, haciendo un contraste bonito con el fondo pastel.
“Te envidio por haberte ido,” dice Rachel en un suspiro.
“No dirías eso si no existiera el señor Smith.”
“Es que si el señor Smith no existiera, el mundo sería un lugar demasiado perfecto,” asiente con firmeza.
Sonrío por su tono, pero me muerdo el interior de la mejilla con los ojos entrecerrados al observarla con detenimiento.
“Necesitas unas vacaciones,” sentencio al fijarme en las grandes bolsas que tiene bajo los ojos.
Cuando llegó ayer por la tarde estaba radiante, contenta de verme y conocer el lugar donde vivo.
Apenas me fijé en sus marcas de expresión, demasiado concentrada en escuchar con atención las anécdotas del viaje y tratando de explicarle en qué consiste mi trabajo en la granja y por qué tuve que ir a una subasta con cientos de personas.
La única persona que sabe mis traumas de infancia —además de mi psicóloga— es Rachel.
Han pasado muchos años desde que nos conocimos, y fue inevitable que la verdad saliera en ciertos momentos.
Algunos no se pueden controlar, como que te dé un ataque de ansiedad en medio de una fiesta universitaria, pero los detalles y recuerdos fueron saliendo a la luz a medida que nuestra confianza aumentaba.
Todo el mundo sufre y, aunque Rae no haya pasado por los mismos traumas que yo, en la adolescencia también tuvo que enfrentarse a un dolor inesperado como fue la muerte de su madre.
Estaban tan unidas que Rae la consideraba su mejor amiga; todavía me habla de ella cuando nos vemos.
Aunque el dolor siga presente, el recuerdo siempre prevalece.
“Por eso estoy aquí, Sage,” contesta con una pequeña sonrisa. “Para desconectar, descansar y disfrutar.”
“Y eres consciente de que para descansar no tienes que levantarte a las siete de la mañana… ¿no?”
Hace un gesto con la mano como si le restara importancia.
“Ya estoy acostumbrada a madrugar.”
“Entonces tachamos descansar de la lista.” Alzo una ceja y hago el gesto de tachar algo en el aire, como si tuviera un papel en una mano y un bolígrafo en la otra.
“Siempre puedo echarme una siesta,” rectifica, haciendo un mohín.
Ruedo los ojos, pero imito el gesto de borrar, sacándole una risa a Rae.
“Me tengo que ir en…” miro el reloj de la pared “…diez minutos. Puedes quedarte en el apartamento, fuera con los caballos o investigar por el bosque. Con cuidado, por favor. Volveré al mediodía para comer. Si necesitas algo, llámame. ”
“Oído.” Saluda con el gesto militar y los labios apretados, haciéndome reír.
“Wade también trabaja por las mañanas, así que puedes estar aquí en la cocina.”
“¿Solo en la cocina?,” pregunta, subiendo y bajando las cejas varias veces con una sonrisa ladeada.
Resoplo con fuerza, rodando los ojos.
“No sé qué estaréis planeando tú y tu mente perversa, pero ya puedes ir olvidándote.”
“Nena, qué bien me conoces,” susurra, llevándose una mano al pecho con teatralidad.
“Eres una descarada y no tienes arreglo,” asiento, pellizcándome el puente de la nariz con los ojos cerrados.
“Me quieres tal y como soy, y te aburrirías muchísimo sin mí,” añade haciendo un puchero.
“No lo pongas a prueba, Rae.”
Me lanza un beso al aire mientras salgo por la puerta, negando con la cabeza con una sonrisa inevitable.