Capítulo Veinticuatro #2
“No, Lib.” Ruedo los ojos, suspirando al ver su expresión pícara. “Olvídate de mí si quieres que siga tu estúpido plan. No. Va. A. Pasar.” Hago una pausa entre cada palabra para enfatizarlas.
“Está bien, está bien,” dice riendo, levantando ambas manos. “No insistiré más… Si es lo que quieres, claro.”
Resoplo negando con la cabeza. Algunas personas aseguran tener mucha paciencia y ser persistentes, pero creo que es porque no han conocido a Lib Weston.
“¿Y tú qué?,” pregunto de vuelta, sabiendo que de alguna manera se saldrá por la tangente.
“¿Yo? Lo del incesto no me va, pero gracias por preguntar.”
Lo que yo decía...
Desensillo a Milo mientras espero su respuesta, aprovechando el silencio para concentrarme en la tarea y asegurarme de que no estropeo el material al dejarlo en el suelo.
Han hecho una especie de cercado improvisado con ramales y cuerdas donde los demás caballos pastan en la linde del bosque.
Suelto a Milo tras comprobar por tercera vez que no me he dejado nada y las cosas están bien colocadas, y me giro hacia Lib, que observa a los animales con la mirada perdida.
“No hace falta que te pienses tanto la respuesta, Lib. Tampoco es obligatorio contestar,” digo, dándole un empujoncito para restarle importancia y que vuelva su usual despreocupación.
Se encoge de hombros, desviando la vista hacia la orilla. La veo apretar los labios, y mi corazón se encoge cuando dice:
“Supongo que lo echo de menos.”
No añade nada más, pero no hace falta que me explique cómo se siente para que mi primer impulso sea abrazarla.
Deja salir el aire poco a poco y me rodea con sus brazos con fuerza, devolviéndome el gesto con urgencia.
Apoya la cabeza en mi hombro y nos balanceamos ligeramente unos segundos hasta que se aparta y esboza una sonrisa triste.
Asiento, como si hubiera respondido a una pregunta, y le agarro de la mano para conducirnos al pequeño oasis.
Pasamos la tarde bañándonos en el agua helada de Cinder Lake, riendo hasta que Julie casi se ahoga por intentar limpiarse las lágrimas mientras nadaba y cenando las provisiones que trajimos mientras disfrutamos de la calidez de los últimos rayos de sol sobre la piel húmeda.
La luz va desapareciendo, y uno a uno vamos cayendo, rendidos ante el sueño.
Wade es el primero en marcharse, murmurando entre dientes que está cansado de nuestra energía infinita —creo, a un ochenta por ciento, que se refiere a su hermano…
El veinte restante apunta a mí y las seis ahogadillas que traté de hacerle a su hermana en el agua.
El siguiente en irse es Tate, pero no a dormir, sino a revisar si los caballos están bien.
Y no es eso lo que me hace dudar de sus intenciones…
La huida por patas de Julie ni diez minutos más tarde hace que mi mandíbula se desencaje y roce el suelo.
“Voy a ver si Tate necesita ayuda,” anuncia a toda prisa en un susurro, levantándose de un salto y andando apresuradamente hacia el otro lado del lago.
La sigo con la mirada y la boca abierta, pues no me ha dado tiempo ni a hablar. Podría haber dicho algo como “qué bien disimulas” o “ya sabemos a qué vas”, pero desaparece en la oscuridad de la noche antes de que mi cerebro procese la información.
Me giro para mirar a Lib, que tiene la misma expresión que yo pero medio adormecida. Intercambiamos una mirada de asombro, pero ninguna dice nada.
Y así nos quedamos durante lo que parecen horas: Lib y yo recostadas en unas mantas a la orilla, rodeadas de rocas tan oscuras que se confunden con las sombras y estrellas que surcan el cielo como pequeñas pecas.
En algún momento mi amiga se queda dormida y su respiración se vuelve más lenta y pesada, dejándome las vistas para mí sola. El insomnio parece no darme tregua nunca, así que aprovecho para repasar mentalmente todo lo que me espera lo que queda de verano.
Por fin conseguí ponerme de acuerdo con Rae para su visita a Almond Valley y viene dentro de una semana. Solo puede quedarse diez días, pero Julie dice que son suficientes para enamorarse de River Cross y querer quedarse para siempre. Y puede decirlo por experiencia propia.
Domar a Mud me va a llevar varios meses si no soluciono el caos que se arma cada vez que entramos en el corral de trabajo.
Hasta otoño no creo que consiga subirme a él y ser capaz de ir hacia delante.
Y eso con la esperanza de no haber muerto en el intento.
Todavía estamos trabajando pie a tierra, y, sin la ayuda diaria de Wade —porque hemos vuelto a la rutina de antes de la subasta y él trabaja casi todas las tardes—, la tarea se me va a complicar.
“Tienes que dejar de hacer eso,” susurra una voz grave a mi derecha. Me giro hacia Lib, que sigue dormida, y casi pego un grito al girarme hacia el otro lado y encontrarme con unas rodillas en la cara.
Levanto la vista para llegar a su rostro —no sin tomarme mi tiempo—, y contengo la respiración al ver a Wade mirándome con los ojos brillantes y sin gorra que oculte su incipiente cabello, a juego con su barba.
“Tú sí que tienes que dejar de hacer eso,” replico de vuelta, también en susurros.
Frunce el ceño, ladeando la cabeza. “¿Hacer el qué?”
“Ya sabes, aparecer por arte de magia como si te estuviera invocando cada vez que pie-,” me corto a mí misma, castañeando los dientes al cerrar la boca con demasiada fuerza.
Wade eleva una ceja, esperando a que continúe, pero cambio de tema rápidamente.
“¿Qué es lo que tengo que dejar de hacer exactamente?”
Resopla pasándose la mano por la cabeza en un gesto reflexivo, y me sorprende agachándose para sentarse a mi lado. Me muevo un poco hacia Lib para dejarle sitio en la manta y se acomoda murmurando un pequeño “gracias” .
Lo miro expectante, viendo que me observa apretando los labios, y parece recordar que le he hecho una pregunta porque aparta la vista y carraspea.
“Me refiero a lo de murmurar cosas en voz alta. Es bastante molesto para quien te tiene cerca.”
Señalo a su hermana con la cabeza. “A ella no parece importarle,” digo, mordiéndome el interior de la mejilla al escuchar sus ronquidos.
“Muy graciosa…”
“¿A ti te molesta?,” pregunto, con la certeza de que no va a contestarme o cambiará de tema.
Pero me sorprende al mirarme con una postura relajada y con un brillo diferente y tierno.
“No, Sage,” me contesta en un susurro apenas audible.
Casi cometo el error de pedirle que lo repita, pero eso no impide que mi corazón dé un vuelco. Asiento varias veces, volviendo la vista al reflejo de la luna y las estrellas en la quietud del agua del lago.
Me inclino hacia atrás, apoyando los codos en la manta, y me giro para observar su marcado perfil.
“¿Qué hacías?” Mi voz suena algo tomada cuando pregunto, en un intento torpe de cambiar de tema.
“Revisar que los caballos estuvieran bien,” contesta encogiéndose de hombros. Abro mucho los ojos, y su boca se transforma en una mueca al entender mi expresión de asombro. “Sí, he tenido que irme en cuanto me he dado cuenta de que no me habían visto.”
“Ay, madre.” Me tapo la boca para contener la risa y no despertar a Lib.
“Tendría que haberme quedado aquí a escuchar los ronquidos de mi hermana,” murmura, mordiéndose el labio inferior.
Me río por lo bajo, sacudiendo la cabeza.
“Cualquier cosa hubiera sido mejor que presenciar eso.”
Wade emite un quejido mientras se deja caer hacia atrás y se cubre la cara con el antebrazo.
Bajo la tenue luz de la luna, sus tatuajes se ven difusos y oscuros, y tengo que reprimir el impulso de acercarme para leer las cicatrices dibujadas.
Con las hormonas alborotadas y el corazón desbocado, me acomodo de lado, imitando su postura, y apoyo la cabeza sobre mis manos entrelazadas.
“¿Has vuelto a pensar en lo de mudarte?,” pregunta en susurros.
Hago un ruidito afirmativo, mirando sus preciosos ojos verdes.
“Creo que lo voy a aplazar por el momento.”
“¿Y eso?”
Bajo la mirada a su boca para ver cómo atrapa el labio inferior entre sus dientes.
“Me he dado cuenta de que no tener microondas no es para tanto…”
Escucho cómo tose con fuerza, como si intentara disimular una risa.
“Siempre puedes usar el mío.”
“Esa idea me gusta.”
Lo miro con una sonrisa, e intento que no se note mi sorpresa al ver cómo él me imita.
Siento la necesidad de pronto de alargar una mano y tocarle la mandíbula para sentir el roce de su piel, y, como si me hubiera leído el pensamiento, Wade me deja sin respiración al acercarse más a mí.
Roza mi mejilla con las puntas de sus dedos, y cierro los ojos al sentir el cálido contacto.
“Puedes quedarte el tiempo que quieras,” dice con la voz ronca.
“¿No quieres que me vaya?,” pregunto intentando sonar burlona, pero mi voz sale en un susurro tembloroso. Abro los ojos de nuevo y me encuentro con su mandíbula apretada.
“Te regalaría un microondas con tal de que no te marcharas, Sage.”
Nos miramos en silencio durante lo que parecen horas, y en algún momento volvemos a hablar en susurros sobre algo que no recuerdo, porque el peso de mis párpados vence.
En algún momento me quedo dormida, y tengo el vago recuerdo de seguir sintiendo su roce en mi mejilla incluso en sueños, protagonizados por Wade Weston.
“El señor Smith me está volviendo loca. Es entrar a consulta y quejarse de cómo hago mi trabajo como si él fuera el profesional o tuviera un carácter envidiable. Y lo peor de la clínica no es él —como lleva siéndolo dos años—, sino una señora que podría ser mi abuela difunta que viene a que le haga masajes en los pies. Los pies no me dan asco, son peores las axilas, y estos no me lo darían de no ser porque… ¡No tiene uñas!”
Tengo la boca abierta, los ojos todavía pegados por las legañas y una taza con café humeante entre las manos. Se nota que son las siete de la mañana y apenas he dado un sorbo, porque mi cerebro no está procesando bien la información.
“¿Que el señor Smith tiene mujer?,” pregunto, cerrando los ojos al bostezar.