Capítulo Veinticuatro
Sage
“¿Q uién coño ha invitado a este tío?,” murmura Lib con cara de hastío.
Julie me lanza una mirada asesina por encima del hombro, y yo le muestro mi sonrisa más inocente.
“Da gracias a que haya invitado al Thorne que soportas,” contraataco, apretando con fuerza las piernas para no caerme de la montura cuando Lib me empuja con su caballo.
“No vayas por ahí o voy a tener que cambiar de objetivo esta noche. Una almohada da para mucho.” Me señala con un dedo amenazante con los ojos entrecerrados y yo me paso los dedos por los labios como si cerrara una cremallera.
“Eres tú quien debería dar las gracias por seguir viva después de hacernos esta encerrona,” añade Julie, frenando a su caballo alazán para caminar a nuestro lado.
“Yo no he hecho ninguna encerrona. No sabía que los iba a invitar,” replico, comenzando a molestarme.
“Si no hubieras sido la alegría de la huerta en la subasta invitando a todo el que preguntara, nada de esto hubiera pasado.”
“Estaba siendo educada, Julie.”
“No tienes que ser educada con mi hermano, Sage,” gimotea Lib .
“Sois unas quejicas.” Intercalo la mirada entre ellas, ambas ofendidas, y suelto una pequeña carcajada para intentar animar el ambiente. “Venga, chicas, no puede ser tan terrible… es solo una noche.”
“Una noche da para mucho,” dice Lib torciendo la boca.
“Lib, literalmente eres su hermana. Llevas soportándolo toda tu vida.”
“¿Y no ha sido ya suficiente?,” gimotea, mirándome mientras hace un puchero.
Ruedo los ojos, pero cedo con un suspiro.
“¿Quién se ofrece a tirarlo por un acantilado si sobrepasa el límite?”
“¡Yo!,” grita Julie con demasiada efusividad, soltando las riendas para levantar las manos.
“Vendido.”
Estrechamos las manos entre las tres, haciendo equilibrios para no caernos de los caballos.
No llevamos ni dos horas de ruta y ya puedo asegurar que este va a ser el viaje más intenso de mi vida…
Dejamos atrás la llanura de Almond Valley, adentrándonos en el espeso bosque de las montañas.
Nuestro plan inicial era cabalgar hasta cansarnos y parar en algún lugar decente, pero Tate nos propuso ir hasta el río y pasar la tarde bañándonos a la sombra.
No pudimos negar que su idea era mil veces mejor que la nuestra.
Ni siquiera su hermana tuvo nada que objetar.
La sonrisa orgullosa de Tate fue todo un poema, especialmente al convertirse en una mueca de dolor al recibir un golpetazo de Lib y otro de Wade por hacerse el listillo.
Unas veces por tonto y otras por listo… El pobre recibe de sus hermanos independientemente de cómo actúe.
Estos días me he mantenido ocupada por las tardes intentando domar a Mud. Parece sencillo desde fuera cuando veo cómo lo hace Tate con los caballos nuevos, pero intentar que un animal de seiscientos kilos confíe en ti y reaccione a tus comandos es una tarea bastante compleja. Y exasperante.
Mi paciencia peligra cada vez que me meto en el corral.
Ponerle la cabezada a Mud fue lo más fácil; ¿enganchar el ramal y hacer que me siga?
Hecho; pero, al cambiarlo para ponerle uno más largo para darle cuerda…
Tarea imposible. Parece que el appaloosa no es fan de andar en círculos.
Y así me lo aseguró cuando se me quedó mirando sin intención de moverse.
Estoy segura de que desde fuera se vio cómico: una mujer adulta chasqueando la lengua, haciendo ruiditos, moviendo la cuerda para que el caballo que tiene sujeto la mire como si le estuviera pidiendo que hiciera una voltereta.
Es posible que no tenga la suficiente paciencia con Mud.
Pestañeo varias veces, buscando a mis amigos en todas direcciones, y los veo a lo lejos, adentrándose en una arboleda.
He vuelto a quedarme en las nubes. ¿Hasta dónde llegará mi poder de disociación, que incluso logro hacerlo subida a un caballo?
La facilidad que tengo para quedarme pensando en mis cosas me sorprende hasta a mí misma.
Tengo que galopar para alcanzar a Wade, que también parece haberse quedado rezagado, trotando ligeramente con Shiny a varios metros del resto del grupo.
“¡Hey!,” saludo, situándome a su lado.
Me lanza una mirada de soslayo, y me dedica un asentimiento con el que su gorra esconde su rostro.
“¿Tú también te has quedado atrás por pensar en tus cosas o es que no te caen demasiado bien?”
“La única que no me cae bien eres tú y, mira por dónde, aquí estás,” contesta sin apartar la mirada del camino.
Ruedo los ojos, pero una sonrisa se instala en mis labios.
“¿Qué es eso que acabas de hacer?,” pregunto, fingiendo sorpresa.
“No he hecho nada, Sage.” Su tono es cansado, como si fuera un padre diciéndole a su hijo por enésima vez que no se va a comer un trozo de plastilina con supuesta forma de magdalena.
“Si, si, eso que has hecho. ¿Qué es? ¿Humor?”
“Sage,” dice, como si fuera una advertencia, girando la cabeza para mirarme con los labios apretados. “Todo lo que digo es cierto. No miento y no hago bromas.”
Entrecierro los ojos con una sonrisa ladeada.
“Entonces, ¿qué es lo que no te gusta de mí?”
“Somos completamente diferentes.” Se encoge de hombros. “Yo soy callado, mantengo las distancias, prefiero el silencio; y tú eres como un cervatillo recién nacido que no es consciente de lo que hacen sus extremidades, distraído y ruidoso.”
Suelto una carcajada que se pierde entre los árboles, y tengo que inclinarme hacia el cuello de Milo para no caerme de la risa.
“Sobre todo ruidoso,” murmura entre dientes, haciéndome reír todavía más.
“Wade, no hace falta que seamos iguales para caerte bien,” digo sin aliento, intentando serenarme. “Estoy segura de que si fuera como tú no me soportarías.”
Me lanza una mirada, enarcando una ceja, y se me escapa la risa.
“No creo que sea un problema de personalidad, Wade. Simplemente es… que no te gustan las personas.”
“¿Y dónde está el problema en eso?,” pregunta con el ceño fruncido, visiblemente interesado en la respuesta.
“No hay ningún problema, Wade. Es lo que trato de decirte. Entiendo que no te gusten las personas, pero no puedes negar que yo no estoy en ese grupo.”
Aprieta la mandíbula, pero la tensión con la que sujetaba las riendas de Shiny parece aflojarse como si mis palabras hubieran calado en él.
He admitido que algo ha cambiado entre nosotros, que no sentimos lo mismo que cuando llegué hace meses.
Las cenas, los trayectos en camioneta, los largos silencios que compartimos mientras trabajamos, mis interminables monólogos que él parece apreciar cada vez más…
Puede que no le guste el ruido ni la gente, pero estoy segura de que, si le molestara que hablara tanto, ya me habría mandado callar.
Compartimos un silencio cómplice mientras avanzamos para alcanzar al grupo, acompañados de una calidez que me recuerda al día de la subasta, cuando estuvo ahí para ayudarme después de mi ataque de ansiedad.
El recuerdo de sus manos recorriendo mi cuerpo en busca de la fuente de dolor me hace estremecerme cada vez que lo pienso.
Si tan solo supiera que las cicatrices van por dentro y no por fuera…
“¿Dónde se han metido?,” me pregunto en voz alta, buscando por todas partes las trenzas de Lib o el sombrero de Julie.
“Es por ahí,” responde Wade, señalándome un camino a mi derecha.
“¿Has venido más veces?”
“Claro.” Se encoge de hombros, adelantándose para guiarnos entre los senderos. “Todos en River Cross han ido alguna vez a Shadow Lake.”
Todos menos tu hermana y su empleada , pienso, intentando distinguir algo entre los frondosos árboles. La temperatura desciende notablemente a medida que avanzamos, y el murmullo del río me hace sonreír al escucharlo, mitigado por el canto de los pájaros.
“¿Y por qué se llama Cinder…?” No llego a terminar la frase porque llegamos al claro y mi cerebro deja de ser capaz de mandar órdenes al resto de mi cuerpo. Toda mi energía se ve concentrada en memorizar cada detalle del paisaje.
El azul del cielo se refleja en el agua calmada del lago, rodeado de arena blanca como si fuera un paraíso en mitad de la naturaleza.
Los árboles rodean el lugar como si fueran un muro de protección, aislándonos del mundo, envolviéndonos en una burbuja llena de paz y una brisa ligera de media tarde.
Lo que más me llama la atención, en contraste con los tonos claros y tenues del paisaje, es descubrir la razón por la que se llama Cinder Lake.
Piedras negras como el carbón, con formas irregulares —algunas anchas como barcos y otras altas como montañas— manchan el paisaje como gotas de pintura en la hierba.
Parece un cuadro de Van Gogh, con colores irreales combinados con formas que lucen oníricas, pero tan reales como el viento que mece las hojas de los árboles, creando sombras ondulantes sobre la quietud del agua.
Como si estuviera en medio de un sueño, desmonto con movimientos lentos y la vista clavada en las piedras negras.
Sujetando a Milo por las riendas, camino hasta la orilla embriagada por el frescor del río.
Me agacho para coger una al azar, dándole vueltas entre los dedos para sentir la superficie lisa de los cantos rodados, pulidos por el tiempo.
Cojo aire con fuerza y cierro los ojos con una pequeña sonrisa, porque si esto no es el paraíso, debe estar muy cerca.
“¿Tú también necesitas reconectar con la naturaleza después de intercambiar tres frases con mi hermano?”
La voz de Lib suena por encima del borboteo del agua, y suelto una risita al abrir los ojos y encontrarme con el reflejo del cielo en los suyos, acompañados de una mueca divertida.
“No podías haberlo descrito mejor,” bromeo, levantándome no sin antes guardarme la piedra en el bolsillo delantero de los pantalones.
“¿Habéis hecho las paces o algo así?,” pregunta, acompañándome a atar a Milo en la sombra junto al resto de caballos.
“Algo así.”
“Me alegro,” dice con una sonrisa que ilumina su rostro. “Llevo meses diciéndole que debería hacer algún amigo. Parece que por fin está entrando en razón…”
“Tampoco llamaría amistad a lo que tenemos.”
“¿Tenéis algo más?”