Capítulo Veintitrés
Sage
L o primero que hago al llegar a casa es coger el móvil y llamar a la doctora Miles. Por suerte, me coge al segundo tono.
“He tenido una recaída,” anuncio sin saludar.
“A mí también me alegra saber de ti, Sage. Estoy bien, gracias por preguntar.”
Su tono dulce y familiar de siempre me hace poner los ojos en blanco, y resoplo sin ocultar la sonrisa en mi voz.
“Perdona, Miles, estoy angustiada por haber tenido dos ataques de ansiedad en un mes.”
“Te entiendo. No pasa nada, no te lo tendré en cuenta…” hace una pausa “…hoy.”
“Tendría que haberte llamado antes, lo sé, recrimíname lo que quieras. Después del primer ataque debería habértelo comunicado, pero estaba aquí tan… rodeada de gente preocupada… y yo me sentía tan contenta… que- bueno… lo pensé, te juro que lo pensé. Pero de algún modo me olvidé.”
“No tienes que disculparte, Sage. Tú eres la que decide cuándo acudir a mí. Si no sentiste la necesidad de llamarme con urgencia como ahora, está bien. Es algo bueno, realmente. Significa que puedes hacerlo tú sola y que cada vez me necesitas menos. ”
“Pero me han dado dos ataques.” Suspiro, masajeándome la sien con la mano libre. “Un mes es muy poco tiempo.”
“Sí, pero es la primera vez en años que estás sola, Sage. No tienes amigos como Rachel cerca, no estás en un ambiente que conozcas del todo… Y, aun así, me llamas ahora; un mes más tarde de haberte ido.”
“Es que aquí me siento-,” me corto a mí misma, procesando sus palabras. “¿Cómo sabes…?”
“Eso es información confidencial, Sage,” contesta riendo. “Pero, hipotéticamente hablando, digamos que tu amiga me vio en una cafetería, me soltó la bomba con los puños apretados y se fue. Hipotéticamente, claro.”
“¿Hace cuánto?”
“Cuando te decidiste a llamarla por primera vez. Y cito textualmente: «Cuando ya llevaba una semana entre cowboys sin camiseta y músculos de revista».”
“¿Y el hipotéticamente?”
La escucho suspirar por el altavoz, e incluso puedo imaginármela poniendo los ojos en blanco.
“No tengo tanta imaginación, Sage.”
Me echo a reír, sintiendo cómo el nudo que tenía en el pecho se va aflojando.
Hablar con Miles es como una charla entre amigas: hay momentos de risa, de llanto y de reflexión.
Lo que más me gusta de nuestras sesiones es la cercanía que hay entre nosotras.
Después de tantas horas juntas, tantos años yendo a terapia, es agradable poder hablar con soltura, sin miedo a decir en voz alta hasta el pensamiento más profundo.
“Entonces, cuéntame, ¿qué ha pasado con Sage Reid este mes y por qué parece que has desaparecido de Blackwater?”
Suelto una risa nasal, y le cuento todo lo que he hecho desde que estoy en Almond Valley mientras camino por la parte trasera de la casa de Wade.
Me siento en la valla sin dejar de hablar, y Miles no me interrumpe ni una vez, haciéndome saber que me escucha emitiendo breves sonidos de asentimiento o soltando alguna risa.
Mud se acerca a mí con curiosidad y lo acaricio distraídamente, disfrutando de la sensación de sentirme apoyada cerca y lejos a la vez.
“Suena ideal, Sage,” dice, después de darme unos segundos de silencio por si quería añadir algo más. “Por lo que me cuentas y cómo lo haces, parece que es el sitio que necesitabas. Algo que te recordara a tu infancia, cuando eras feliz con tu abuelo Reid, y trabajando en lo que realmente te llena.”
“La fisioterapia me gustaba…,” añado con un suspiro. “Está claro que lo disfrutaba, pero no quería seguir siendo la doctora Reid toda la vida. Y no hay comparación, Miles. Aquí me siento yo, me siento Sage Reid.”
Puedo escuchar su sonrisa a través de su voz cuando dice: «Construye tu hogar, Sage. Hazlo por ti y para ti. Te lo mereces».
Todos los muros, las barreras que parecían elevarse a mi alrededor, parecen caerse con la brisa que revuelve mis rizos sueltos. La vocecita que me perseguía cada día parece desvanecerse también, dejando mi cabeza libre de «no te acostumbres... » y llenándola, por fin, de «te mereces un hogar».
Podría buscar piso en River Cross y así dejar de molestar a Wade ocupando su apartamento y su cocina cada mañana.
Después de que Miles cuelgue, fantaseo durante un buen rato con la idea de tener mi propio espacio.
No quiero un apartamento como el de Blackwater, sobrio, sin personalidad y minimalista.
Quiero color, detalles que me representen y muebles a mi gusto; como la casa de Wade.
Debería dejar de pensar en él, porque cada vez que lo hago, es como si lo invocara y apareciera de la nada.
Los cascos de Shiny avanzando por la tierra suenan cada vez más cercanos, pero Mud no parece muy interesado en la persona que cabalga sobre su compañero de cuadra, porque estornuda y sacude la cola con desconfianza.
Me saluda con un gesto de la cabeza y murmuro un “qué tal”, observando cómo desmonta y le quita las cosas a Shiny cuidando cada detalle.
“Se nota cuál es tu favorito.”
Wade se para un segundo y me mira por encima del hombro con el ceño fruncido. Es como si tuviera una enorme interrogación en la cara.
Levanto la barbilla, señalando al caballo.
“Mud. Le hace verdadera justicia a su nombre.”
Wade aprieta la mandíbula y sigue a lo suyo. Pasan varios segundos hasta que responde entre dientes.
“No me deja ni acercarme a él.”
“¿Cómo?”
La conversación que tuvimos hace unos días viene a mi mente, y el recuerdo de sus palabras resuenan en mi cabeza: «tendrás que estar al menos a dos postes de distancia…
». No voy a mentir, cuando me lo dijo me reí al pensar que bromeaba, pero, al ver su expresión severa, justo como la que está poniendo ahora, creo que comienzo a ver que Mud y Wade no son uña y carne.
“No he podido tocarlo desde su rescate. Ni cepillarlo ni montarlo,” añade, pasándose una mano por su incipiente barba. “Ni siquiera he podido domarlo, y con su edad dudo que alguien lo haya hecho.”
Giro mi cuerpo para acariciar a Mud, que cierra los ojos relajado, sin dejar de mirar a Wade.
“¿Cuántos años tiene?”
“No es seguro, pero Dorian dice que tres.”
La edad perfecta para montarlo. Aunque antes debe ser desbravado.
“¿Qué le ocurrió?”
Exhala con lentitud, como si recordarlo fuera como clavarse una estaca en el pecho y, cuando pasan varios segundos y asumo que no me lo va a contar, me sorprende girándose hacia mí sobre la valla.
“Me llegó un aviso por parte de Luke. Trabaja en tu zona, no sé si lo conoces… Al parecer un primo suyo tenía un caballo en su propiedad, en Silvermoor. Luke lo encontró de casualidad un día que fue a visitarlo, pero su primo se hizo el loco, diciéndole que no tenía ningún caballo y terminó echándolo de su casa. No tenía pensado ir a verlo, ni mucho menos traérmelo, pero Luke me insistió para que al menos fuera a echar un vistazo.”
Cierra los ojos, y mi mirada se desvía momentáneamente a su nuez de Adán para seguir el movimiento que hace al tragar.
“Estaba muy mal, Sage…” Sus ojos se clavan en los míos con un dolor y una intensidad que hace que me hace apartar la vista.
“No había esperanzas para él, la única solución que se me ocurría era sacrificarlo y terminar con su sufrimiento. El dueño, si es que se le puede llamar de esa manera, lo tenía encerrado en una cuadra minúscula que no le permitía ni moverse, sellada de arriba abajo con tablas de madera. Y lo peor no era eso… Lo peor era que había agujeros del tamaño de un puño alrededor de toda la cuadra. Al principio no entendí el porqué, hasta que vi colgado a un lateral del cubículo un palo de madera astillado.”
“Dios mío…”
“Luke me llevó a escondidas a ver al caballo, el dueño no se enteró, y podría habérmelo llevado de no ser porque Luke me paró. Pensamos en denunciarlo, pero no tenía pruebas de que lo golpeara. Al día siguiente me presenté en su puerta y se lo compré por una cantidad absurda de dinero con la condición de que no lo denunciaría.”
“¿No lo denunciaste?,” pregunto con la voz tomada de la emoción, sorprendida de que no hubiera repercusiones para el maltratador.
“Claro que lo denuncié. Pero primero quería asegurarme de que el caballo estuviera a salvo y no pudiera hacerle nada.”
“¿Y qué pasó?”
“La policía se hizo cargo,” responde, encogiéndose de hombros. “Al parecer ya tenía antecedentes y no era la primera vez que alguien lo denunciaba por maltrato animal.”
Acaricio distraídamente el sucio pelaje, asimilando su pobre e injusta historia.
No le hago más preguntas a Wade, pues no sé si estoy preparada para recibir más detalles sobre el rescate ni el estado en el que Mud llegó a su casa.
Además, estoy aprendiendo cuál es su límite de palabras, y no quiero ponerlo a prueba ahora.
Sobre todo con un tema tan delicado. No puedo imaginar lo que es rescatar a un caballo, la carga emocional que conlleva, verlo en un estado deplorable y sentir esa impotencia de no saber si lograrás salvarlo o no. Si logrará sobrevivir.
Sabe Dios cómo estaba Mud cuando vino para que ahora no deje que su nuevo dueño se acerque. La impotencia que yo sentiría de ser él no me dejaría dormir por las noches. Tiene que ser frustrante y agotador.
“Deberías intentarlo tú.”
Su voz ronca me sorprende, sacándome de mis cavilaciones, así que me giro para mirarlo, encontrándome con sus ojos verdes. Estoy a punto de responder, pero él se me adelanta sin dejar de mirarme.
“A domarlo, me refiero,” aclara, llevándose la mano a la nuca con… ¿incomodidad? “No va a ser tarea fácil y te vas a llevar muchos golpes, pero eres la primera persona a la que le deja acercarse. A Tate tampoco puede ni verlo.”
Frunzo el ceño, repasando mentalmente cada elemento que puede haber dejado al caballo traumatizado.
“¿Y Emily o Lib?”
Parece sorprenderse por mi pregunta, porque durante dos milésimas abre un poco más los ojos. “Pues… no lo sé. En su momento solo le pedí ayuda a Tate.”
Respondo con un sonido de aprobación, pensativa, tomándome un minuto para contestar.
“Está bien,” aseguro con firmeza.