Cuando florezcan los almendros (Almond Valley 1) Capítulo Veintidós
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Capítulo Veintidós

Wade

C uando los ojos grises que podría reconocer en cualquier parte se clavan en mí, por fin puedo respirar. Enmarco su rostro entre mis manos y trato de no reaccionar al sentir como si me hubiera dado una pequeña descarga al tocarla.

“Estás helada, Sage,” murmuro, acercándome a ella con cuidado.

“Lo sé… Me pasa siempre,” susurra, cerrando los ojos al sentir la calidez de mis manos.

Trazo círculos sobre sus mejillas con mis pulgares, secando las lágrimas que brotan sin control de sus ojos. Espero a que su respiración se ralentice y el color vuelva a su rostro. Respira hondo varias veces, y me sujeta por las muñecas como si necesitara aferrarse a algo.

“¿Qué haces aquí?,” pregunta en susurros, todavía con los ojos cerrados.

“Estaba detrás de ti.”

“¿Cuándo?”

“Todo este tiempo.”

No me paro a pensar en el doble sentido de mis palabras y en la declaración a medias que conllevan. No sé si Sage se da cuenta, pero traga con fuerza antes de coger aire.

“¿Por qué? ”

Aprieto la mandíbula, y el movimiento de mis dedos no cesa.

Miro sus ojos, cerrados y tranquilos, y paso los pulgares sobre sus párpados; trazo sus suaves facciones, recreándome en cada hueco, cada curva.

Acaricio sus mejillas, ahora levemente sonrojadas, y la arruga entre sus cejas para que desaparezca; continúo bajando por su nariz hasta llegar a sus labios entreabiertos.

Trazo la forma de su boca con lentitud, como si fuera un ciego leyendo en braille el secreto que ocultan sus ojos.

“Porque quería estar contigo.”

La escucho contener la respiración. Uno, dos segundos… Aparto las manos de ella, y suelta el aire poco a poco. El rojo sin duda es su tono, ahora coloreando su rostro con intensidad.

“Pero si cuando me fui estabas hablando con…”

“Me marché para ir detrás de ti.” La corto, volviendo a sostener su rostro entre mis manos como si no me pudiera mantener alejado de ella. Como si necesitara sentir el tacto de su piel. “Dejé a Luke con el ganado para ir a buscarte.”

Dolorosamente despacio, abre los ojos como si se estuviera despertando de un profundo sueño y los fija en mí.

Estamos tan cerca que las puntas de nuestras botas se tocan.

La brisa revuelve su cabello y me llega un ligero aroma a lirios.

Después de tanto tiempo trabajando juntos, el olor me resulta incluso familiar.

“¿Qué ha pasado?,” pregunto, buscando la respuesta en la tormenta de su iris.

Tuerce la boca, desviando la vista hacia mi barbilla como si se avergonzara de lo ocurrido. Siento los latidos de su corazón entre mis dedos todavía acelerados, pero sin rastro del frenesí de hace unos minutos.

“La multitud me agobia un poco,” murmura, encogiéndose de hombros.

“¿Un poco?” Alzo una ceja, apretando los labios.

“Bueno… un poco bastante. Del nivel que necesito mentalizarme para ir a eventos donde va a haber muchas personas.

Del nivel que no puedo respirar si estoy mucho tiempo rodeada de gente.

Del nivel que si lo hago me va a dar un ataque de ansiedad, da igual la preparación, y después solo quiero volver a casa y estar sola durante un mes.

“¿Quieres volver a casa y estar sola?”

“No,” susurra al instante, mirándome sin un deje de duda en sus ojos.

Parpadeo lentamente, revolviendo en mi cabeza todas las preguntas que quiero hacer hasta encontrar la adecuada.

“Cuando viniste a verme… ¿estabas bien?” Tuerce la boca, pero asiente. “Comenzaste a agobiarte cuando te fuiste,” me lanzo a adivinar, leyéndola como si fuera un libro abierto.

“Mi propósito era encontrarte. Y al lograrlo fue como si la barrera que me separaba del mundo se volviera a abrir, dejándome en un mar de gente que empujaba y gritaba a mi alrededor. El ataque me dio en cuestión de segundos.” Inhala con fuerza, cerrando los ojos un momento antes de añadir: “Mira que me mentalicé antes de venir, pero justo ese escenario no me lo había preparado.”

Vuelve a mirarme, esta vez con los ojos brillantes, anegados en lágrimas.

“¿Siempre te tienes que preparar cuando vas a socializar?”

“No siempre.” Niega con la cabeza. “Solo es para los momentos específicos donde sé que me voy a sentir observada, me van a tocar o voy a tener que hablar con desconocidos. Por ejemplo… una subasta en un pueblo perdido en las montañas.”

Suelto un bufido, apartándome ligeramente de ella.

“Tendrías que habérmelo dicho, Sage. No te habría pedido que vinieras.”

“Habría venido de todos modos,” dice, encogiéndose de hombros. “Es algo con lo que tengo que convivir. No te martirices, Wade, no merece la pena. Cada vez me dan menos ataques y puedo controlarlos o preverlos antes de que vayan a más.”

“Pero aun así los tienes…”

“Sí, porque es consecuencia de un trauma,” responde apretando los puños a sus costados.

“¿Y lo has trabajado con un profesional?”

Me doy una palmada en el hombro mentalmente por arruinar lo que podría haber sido la conversación más cercana a amistosa que haya tenido con Sage hasta la fecha. No pretendía que mi tono fuera acusador, solo era curiosidad, pero ha sonado exactamente así.

Sage entrecierra los ojos y dice con sequedad:

“Sí, Weston. Los problemas de la cabeza no se arreglan de un día para otro —si es que tienen cura—, y ni tú ni nadie que no tenga paciencia y busque inmediatez va a quitarme el sentirme agradecida con mis resultados. Lo que me ocurre es algo que se puede solucionar con el tiempo.”

Abro la boca para retractarme, pero Sage levanta una mano y se me adelanta.

“Gracias por preocuparte por mí, Wade. Te lo digo de corazón. Pero no voy a dejar que me hagas sentir mal por tener un problema y sobrellevarlo de la mejor manera que sé.”

La observo en silencio, viendo cómo aprieta los labios, se cruza de brazos y su pecho sube y baja con energía. No queda ni rastro de la cercanía que compartíamos hace diez minutos, y el calor que comenzaba a asentarse entre nosotros se sustituye por un aire gélido a pesar de estar en verano.

“Este escenario no lo habría previsto en mi vida,” murmura poniendo los ojos en blanco, rompiendo el incómodo silencio. “Perdóname, ¿vale? No pretendía soltar un discurso súper intenso sobre la salud mental.”

“No, perdóname tú a mí,” me apresuro a decir.

“No pretendía acusarte ni enseñarte nada que ya supieras. Tú mejor que nadie sabes lo que has pasado y lo que estás pasando. No era mi intención sonar condescendiente ni arrogante; no tengo el derecho a darte lecciones sobre cómo deberías sobrellevar lo que sea que hayas pasado.”

Nos quedamos en silencio y, de no ser por el latir constante de mi corazón, juraría que el tiempo se ha congelado. Sage permanece inmóvil, ladeando la cabeza con indecisión mientras me observa con un brillo diferente en sus ojos.

“TEPT,” dice a toda prisa.

“¿Cómo?”

“TEPT,” repite, pronunciando cada letra lentamente como si estuviera hablando con un niño. “Así se llama lo que estoy pasando.”

“Lo que sea…,” murmuro, asintiendo lentamente.

Me muerdo la lengua para no bombardearla a preguntas, y la veo contener una sonrisa mientras se muerde el interior de la mejilla.

Me apunto mentalmente averiguar más tarde qué significan esas siglas.

He estado muy cerca de perder la poca cercanía que estábamos consiguiendo. Y, a pesar de lo que creía hace unas semanas sobre estrechar lazos, ahora no quiero perder esta confianza.

Echo un vistazo por encima del hombro de Sage hacia la nave, y veo que la gente está comenzando a salir por un lateral a lo lejos. Las luces se van apagando en el interior a medida que van cerrando el lugar.

No quiero que se sienta presionada por contarme lo que le ocurre y, por cómo me mira, sé que si le pregunto me va a decir todo lo que sabe.

Ha tenido un ataque de ansiedad hace menos de una hora, y lo último que necesita es abrirse conmigo para después arrepentirse cuando recobre la claridad mental.

En un intento de olvidarme del tema y que Sage termine este día con buen sabor de boca, agarro su mano para conducirnos al otro lado de la explanada.

El gesto la coge por sorpresa, pero no le doy tiempo a replicar y tiro de ella hasta que llegamos a una zona apartada donde está estacionada mi camioneta.

“¿Adónde vamos? ¿Qué pasa con los animales?,” pregunta a mi espalda.

“Luke y mi familia se encargan. Los avisé antes de venir a por ti,” contesto sin girarme para mirarla.

“¿Y por qué has aparcado aislado del mundo? ¿Pretendías robar algo o tenías intenciones guarras con alguien?”

Hago caso omiso de lo que dice, pero algo la hace frenar en seco, haciéndome parar a mí también. Me giro hacia atrás, y una Sage con la boca abierta y los ojos como platos me devuelve la mirada.

“No me digas que he arruinado tus planes de esta noche,” suelta, tapándose la boca con la mano que tiene libre para ahogar un grito.

“¿Qué estás diciendo, Sage? ¿El ataque te ha freído el cerebro?”

“¿Es cierto? ¿Habías hecho algún plan con alguien? ¡No me digas que vuestra cita incluía robar algo!”

“Estás delirando,” murmuro, sacudiendo la cabeza y reanudando el paso.

“Estoy diciendo lo que pienso, Wade,” insiste, dándome un apretón en la mano. “Por qué sino irías a aparcar tan lejos del resto de coches…”

Le lanzo una mirada por encima del hombro, y eleva las cejas con una sonrisa ladeada, como si lo que dijera tuviera todo el sentido del mundo.

Bufo, volviendo la vista a la camioneta que está entre unos camiones.

“Porque es un aparcamiento privado para los que participamos como vendedores.” Me río internamente ante lo absurdo de la situación. “A veces me pregunto qué tienes en esa cabeza tuya…,” añado, abriendo la puerta del copiloto.

“Muy gracioso…,” murmura entre dientes, sacándome la lengua como una cría.

Se suelta de mi agarre para subir a la cabina con un salto que me resulta extrañamente tierno, y me veo frunciendo el ceño al sentir cómo mi cuerpo echa de menos la calidez de su tacto al instante.

“¿Vamos? ¿O es que acabas de recordar que esa cita para revivir el romanticismo sí que existía?”

Cierro su puerta con un gruñido, y al otro lado del cristal me espera la sonrisa burlona de Sage.