Capítulo Veintiuno #2
Acorta la distancia entre nosotros para darme un corto abrazo; tan rápido que no me da tiempo a devolverle el gesto y me quedo con los brazos inertes a mis costados. Y menos mal. Lo último que necesito es que me dé un ataque de pánico aquí.
Los pocos momentos tranquilos que he tenido durante esta semana han sido cruciales para poder mentalizarme para este evento, y no es que me lo esté pasando especialmente bien entre tantas caras desconocidas y tanto ruido.
Aunque las visitas esporádicas de mis amigos ayudan, no estoy en mi salsa, que digamos.
Por eso me mantengo en una esquina del corral, alejada un poco de todo pero sin parecer una ladrona que va a salir por patas en cualquier momento.
“¿Vienes a trabajar o a comprar algo en la subasta?”
“Ninguna de las dos,” contesta con una sonrisa ladeada y un brillo diferente en sus ojos.
Barre con la mirada el enorme local antes de volver la vista a mí.
“Solo hemos venido a ver el espectáculo. No sé si terminaremos comprando algo… nunca se sabe.” Me guiña un ojo con complicidad, como si yo supiera lo que se siente.
Mi cerebro no reacciona ni manda ninguna señal para actuar como si hubiera escuchado algo más que las primeras palabras.
“¿Hemos…?”
No termino la frase —que no sé ni cómo pronunciar —, y Dorian abre la boca para contestarme. Pero justo antes de que hable, una niña se lanza a sus piernas, haciendo que se tambalee hacia atrás.
“Daisy, ten cuidado,” le dice en tono suave.
Quién diría que una niña de seis años fuera capaz de hacerle perder el equilibrio a un hombre como Dorian. Más que una persona, parece un armario.
“Ven aquí.” Le pasa unos tirabuzones rubios oscuros por detrás de las orejas y coge una de sus pequeñas manos con cuidado. “Te presento a Sage.” La levanta del suelo sin esfuerzo, acomodándola en su costado sin desviar la vista de sus ojos azules. “Sage, esta es mi hija Daisy.”
Deberían darme un premio a mejor actriz por lograr mantener mi mandíbula en su sitio. Aunque por dentro esté tocando el suelo, de cara al mundo mis labios forman una enorme sonrisa.
“Encantada, Daisy.”
La niña esconde la cara en el cuello de Dorian, haciéndole soltar una risita.
“Es un poco tímida, no es nada personal. ”
“No te preocupes, estoy segura de que es igual de encantadora que su padre.”
No sé ni cómo, consigo que mi tono en la última palabra no refleje la sorpresa que siento. Le guiño un ojo con toda la naturalidad posible, y mis palabras deben dar en la fibra sensible, porque su hija levanta la cabeza y se gira para mirarme con una tímida sonrisa.
“¿Te lo estás pasando bien?” Asiente, estrujando el cuello de la camisa crema de Dorian entre sus dedos. “Entonces os dejo tranquilos para que sigáis viendo la subasta,” digo, desviando la vista al otro par de ojos azules con rizos rubios que me observan con complicidad.
“Despídete, cariño,” murmura con ternura. Daisy me susurra un tímido “adiós” y hace un pequeño gesto de despedida con las manos.
Imito su gesto con una sonrisa, y pestañeo una vez al sentir la mano de Dorian rodeando mi codo para darme un pequeño apretón.
“Nos vemos, Sage. Ha sido agradable verte.”
“Igualmente. Cuidaos los dos, y no compréis muchos caballos.”
Dorian se ríe ligeramente antes de bajar a Daisy de sus brazos y llevarla de la mano. Mantengo la vista fija en ellos hasta que desaparecen por el pasillo y solo escucho los gritos de Daisy los nombres de los caballos que va viendo en los carteles.
Me quedo sola el resto de la tarde, disfrutando del tiempo para mí y las esporádicas apariciones de Julie (porque Lib se siente mal por hacerla trabajar hoy y la echa cada dos por tres para que disfrute y se dé una vuelta).
Todo está yendo sobre ruedas, la gente a mi alrededor está contenta y no veo a Wade en todo el día.
Pero mi estúpido cerebro tiene que estropearlo todo al preguntarse si estará bien o si es posible que necesite ayuda.
La ansiedad me carcome lentamente y, como si de un ángel se tratara, en ese momento diviso a Tate entre la multitud.
En un impulso para seguir el maldito pensamiento que me llena de innecesaria preocupación hacia Wade, en cuanto veo cómo su hermano se intenta esconder detrás de la familia que tiene delante, echo a correr hacia él para placarlo con todas mis fuerzas.
“¡Te toca!,” exclamo antes de echar a correr para no darle tiempo a escaquearse.
“¡Me debes una, Sage!”
“¡ Tú me debes una, listillo!,” grito de vuelta por encima del hombro.
El sitio es más grande de lo que pensaba y, cuanto más me adentro en la nave industrial, más gente hay y más difícil es avanzar. Estoy por darme por vencida y retroceder, comenzando a notar los signos de agobio y ansiedad, pero una gorra azul llama mi atención a lo lejos.
No dudo en apretar el paso hasta llegar a la valla del corral donde se encuentra y parar en cuanto mi nariz roza su ancha espalda.
“Wade,” susurro sin aire, rezando para que me haya escuchado.
Se da la vuelta lentamente con el ceño fruncido, y tiene que bajar la cabeza para poder mirarme debido a la escasa distancia entre nosotros.
“Sage, ¿qué haces aquí?”
Su tono podría resultar recriminatorio para quien no lo conozca, pero dentro de su habitual frialdad, es lo más cercano que tiene a la amabilidad. Me fijo en cómo me recorre el cuerpo con la mirada, buscando algún indicio de daño, y sus hombros se relajan al comprobar que estoy bien.
“Yo también me alegro de verte,” respondo, poniendo los ojos en blanco. “Quería asegurarme de que no te habías metido en ningún lío por hablar demasiado y que estabas bien.”
“Te recuerdo que la última que fue al hospital fuiste tú, no yo,” dice, apretando los labios. Entrecierro los ojos y sujeto con fuerza el tablón de madera que nos separa.
Visto desde fuera, la imagen que damos ahora parece un reflejo invertido de nosotros mismos: yo siempre estoy encerrada en un corral, entre paredes autoimpuestas, mientras que él se mueve libre por el mundo.
“Para la próxima, déjame morir en el granero, por favor.”
“Sin problema.”
Gira la cabeza como si estuviera buscando algo, pero no logra ocultar el atisbo de sonrisa que se dibuja en sus labios.
“¿Necesitas ayuda con algo?,” insisto, ampliando mi sonrisa.
“Está todo controlado, gracias.” Asiento, soltando la madera al dar un paso atrás.
“Pero, Sage…,” añade, casi con urgencia, acortando la distancia entre nosotros al agarrarme con delicadeza de la muñeca.
Me quedo mirando el punto donde su piel roza la mía, pero no digo nada.
“Cuando todo esto termine, ¿puedes quedarte?”
No titubeo ni pienso la respuesta antes de contestar.
“Claro, lo que necesites.”
Wade asiente, y, como si de un imán se tratase, me quedo paralizada al levantar la vista y encontrarme con sus ojos verdes.
El tiempo parece ralentizarse mientras nos observamos con intensidad, como si estuviéramos hipnotizados el uno con el otro.
Estoy a punto de soltar algo como «¿qué me estás haciendo?
», cuando un hombre nos interrumpe tosiendo demasiado fuerte a mi lado.
“Pero si es Wade Weston.”
El nombrado es quien desvía primero la vista, rompiendo con nuestra burbuja. Da un paso atrás y se lleva la mano con la que me estaba sujetando la muñeca a su barbilla. Me deja sola, despachada y con un frío inexplicable en el cuerpo.
Me tomo la intromisión como mi oportunidad para salir de aquí, pero, antes de darme la vuelta, le lanzo una última mirada a Wade. Se vuelve hacia mí un segundo, regalándome una pequeñísima sonrisa que hace que mi corazón rebote en mi pecho descontrolado.
Vuelvo al recinto de los caballos intentando respirar con normalidad, esquivando como puedo a la gente que se cruza sin ningún cuidado.
El camino se me hace demasiado largo, y la simple tarea de controlar mi respiración y permanecer calmada, se me hace demasiado complicada.
Reconozco el puesto de Lib a mi izquierda, pero no me permito parar.
No miro por encima del hombro para saber cuán lejos estoy de la gente que conozco, sino que me concentro en lograr mi objetivo principal: llegar a los establos como sea.
Las personas me empujan al pasar, los gritos en las conversaciones son cada vez más fuertes, la música está tan alta que apenas escucho el latir de mi corazón retumbando en mis oídos… Me siento más pequeña que nunca, y poco a poco noto cómo el oxígeno me comienza a faltar en mis pulmones.
A trompicones y sin apenas poder distinguir lo que tengo delante por las lágrimas que se acumulan en mis ojos, reconozco el relincho que Lili pega al verme. Casi salto de la alegría, y, como puedo, atravieso la lona que cubre una de las puertas de emergencia de la nave.
La brisa de la noche me revuelve los rizos y cierro los ojos, dejando que las lágrimas resbalen por mis mejillas y humedezcan mis labios agrietados del calor. La presión en mi pecho se va aligerando poco a poco, y cada vez se me hace más fácil coger aire y soltarlo lentamente.
Cuando por fin me siento lista para enfrentarme a la realidad, abro los ojos, pero, en lugar de encontrarme con una calle vacía iluminada por unas pocas farolas, me sorprenden dos preciosos ojos verdes cargados de preocupación, esperándome con los brazos abiertos.