Capítulo Veintiuno
Sage
L a subasta ya está aquí. Literalmente, aquí.
Los caballos resoplan a mi lado y se mueven nerviosos de un lado a otro de las pequeñas cuadras improvisadas.
Aunque todos parecen acostumbrados al ruido, hay algunos a los que no les deben de gustar del todo las grandes multitudes, porque miran desconfiados a los transeúntes que pasan por delante.
El olor a heno y estiércol inunda hasta la última esquina de la enorme nave, y los gritos de la gente parecen ser los nuevos cantos de los pájaros aquí dentro.
Me apoyo en la valla de madera que limita la cuadra de Lili, la yegua torda que va a participar en la subasta de la tarde.
Curiosa por la cercanía, me descoloca mis habituales gafas de pasta al darme con el hocico en la mejilla.
Acaricio distraídamente su cabeza, fijándome en toda la gente que pasea por el amplio pasillo.
La paja revolotea por el aire, moviéndose con la brisa que provocan los enormes ventiladores que cuelgan del techo.
Tengo que limpiarme las gafas cada dos por tres por el polvillo que se levanta, pero, de no ser por esos chismes, estaría de camino al hospital por un golpe de calor. Otra vez.
Gracias a Wade (menos mal que todavía no se ha inventado el poder de leer la mente) estoy como nueva.
La visita al hospital —que era del tamaño de mi antigua clínica de fisioterapia— es como un borrón en mi memoria.
Lo único que sí recuerdo con claridad es la preocupación de Wade.
El tacto de sus manos sobre mi espalda, mis brazos, mis mejillas…
Es como si su calidez se hubiera quedado grabada en mi piel.
No me soltó en toda la tarde, incluso entró conmigo al llegar a mi apartamento. Le faltó poco para arroparme y quedarse vigilando toda la noche a los pies de mi cama.
Al día siguiente no fui a trabajar, pero hoy ya me encuentro como una rosa. Esta mañana, cuando estábamos viniendo a la subasta, Wade no mostró ni un indicio de que lo ocurrido el otro día hubiera sucedido.
¿Que quiere hacer como si no hubiera pasado nada? Perfecto. Por mí, mejor. Así no tendré que esforzarme en ocultar mi incomodidad después de haberle babeado la camisa cuando me llevó a la camioneta.
La buena noticia es que estoy sola en la zona de los caballos y él está con el ganado, justo al otro lado del recinto ferial.
La mala noticia es que Lib tiene su pequeño puesto de The Green Basket en la zona exterior del recinto. Al lado del ganado.
Así que estoy completamente sola. Abrumada por la cantidad de gente que hay, sola y aburrida.
El tiempo pasa demasiado lento, y mi único entretenimiento consiste en canturrear las canciones que suenan por los altavoces a todo volumen mientras me turno para acariciar a todos los caballos del corral.
“¿Os molesto o necesitáis más privacidad?” El tono divertido en la voz de Tate me obliga a parar de mover las caderas al ritmo del viejo tema de música country, y la mano con la que estaba acariciando el cuello de Sunny se paraliza a medio movimiento.
“¿Quieres unirte?,” pregunto de espaldas a él, esperando que el ardor en mis orejas por la vergüenza se calme antes de girarme con una sonrisa burlona.
“No me lo preguntes dos veces.” Me guiña un ojo enseñando sus dientes perfectos al sonreír .
Bufo y le doy un golpe en el brazo antes de darle un abrazo.
La calidez de su cuerpo me quita un peso de encima y, al apoyar la mejilla contra su pecho, me olvido unos segundos del ruido que nos rodea.
Me permito cerrar los ojos en lo que dura el gesto, y respiro hondo al reconocer su familiar aroma a heno.
Tate apoya la barbilla en mi cabeza, y rompe el momento al abrir y cerrar la boca con fuerza.
“¡Ayy!,” suelto un alarido, soltándome de su agarre a toda prisa. Tate se echa a reír, y se gana otro manotazo, esta vez más fuerte.
“Hay que estar despierta, Sage. Nunca sabes lo que puede pasar en la subasta,” dice en tono místico, como si me estuviera desvelando un secreto nacional.
Levanto una mano, amenazante, que hace que se encoja al esperar otro golpetazo.
“Pareces cansada, Sage. Creía que te ibas a dormir en mis brazos.”
“Ya te gustaría,” murmuro, pasándome la mano por la cabeza para intentar aliviar el dolor.
“¿Por qué estás aquí sola? ¿Mi hermano se ha encerrado en el baño porque ya no aguanta ni un minuto más contigo?”
“Ja, ja. Muy gracioso.” Lo fulmino con la mirada, cruzándome de brazos. “Weston está con el ganado, listillo. A mí me tocaban los caballos.”
“¡Qué curioso, porque a mí también!”
Frunzo el ceño. “¿Y cómo es que apareces…” miro el reloj de mi móvil “…a cuatro horas de haber empezado la subasta?,” pregunto, enarcando una ceja.
Tate abre la boca dramáticamente, retrocediendo lentamente con las manos en alto.
“Verás, Sage…,” comienza diciendo, a la vez que yo voy entrecerrando los ojos. “No es lo que tú piensas…”
Nunca llega a terminar la frase, porque al dar otro paso hacia atrás sin mirar, choca contra alguien.
Se disculpa a toda prisa mientras se gira y la sujeta antes de que siga tambaleándose por el impacto.
Mi boca se abre por la sorpresa al ver cómo la mujer se zafa de su agarre y le da una colleja al reconocerlo…
pero entonces soy yo quien sonríe al reconocerla.
La mirada de Julie arde con tanto odio que podría llegar al núcleo de la Tierra con la fuerza de su fuego. Su expresión se suaviza al encontrarme detrás de Tate, y una sonrisa asoma en sus labios carnosos pintados de rojo carmesí.
“¡Sage, cielo! ¿Sigue en pie lo de este fin de semana?,” pregunta avanzando hacia mí, olvidándose por completo de Tate.
“¡Claro!” Doy un par de palmadas, sonriendo hasta que me duelen las mejillas. “Estoy deseando ir con vosotras. ¿A qué hora nos vemos en el establo?”
“Sobre las diez de la mañana está bien, así salimos antes de que haga demasiado calor.”
“¿Dónde vais?,” pregunta Tate, incluyéndose en la conversación.
“Tate Weston, ¿no te han enseñado que entrometerse en conversaciones ajenas es de mala educación?”
Tate le lanza una mirada significativa a Julie, ladeando la cabeza, a juego con su sonrisa.
“Cariño, cuando hay tres, no se habla para dos.”
Mi amiga resopla, cruzándose de brazos.
“Eres un maleducado,” dice secamente, pero sus dientes atrapan su labio inferior en un intento de reprimir la sonrisa.
“Este sábado vamos a ir con Lib de ruta por las montañas todo el día,” explico sonriente, haciendo caso omiso a la mueca de desagrado de Julie. “Si el tiempo lo permite y tenemos ganas, acamparemos por allí para volver el domingo.”
“Qué envidia me dais. Hace años que no salgo a hacer una ruta larga con amigos.”
“¿Quieres venir?,” pregunto de sopetón, antes de preguntarme si es una buena idea. No creo que lo sea, a juzgar por la mirada asesina que me lanza mi amiga.
“Ni de broma.”
“Me encantaría. ”
Responden a la vez, pero la fuerza en la voz de Tate es superior a la de Julie, que me fulmina con los ojos al darse cuenta. Ambos me miran, pero no me atrevo a abrir la boca: Tate me sonríe, encantado, y Julie planea una muerte lenta y dolorosa.
Parece que la decisión está tomada, porque Tate sonríe como si hubiera ganado la lotería y Julie aprieta tanto los puños que espero que no tenga pensado acercarse a menos de dos metros de mí.
“Está decidido. Nos vemos el sábado, señoritas,” dice Tate, despidiéndose con un gesto exagerado sobre su cabeza como si estuviéramos en el siglo quince en Europa.
Lo veo marcharse, fundiéndose entre la muchedumbre. Varias mujeres se giran para mirarlo y los hombres lo saludan sonrientes, apartándose para dejarlo pasar. Sin duda, Tate evoca lo mismo en todo el mundo.
“¿Por qué has hecho eso?” Julie me pellizca el brazo y, pese al dolor, la sonrisa no se borra de mis labios.
Me encojo de hombros, volviendo la vista hacia mi furiosa acompañante.
“Me pareció una buena idea.” Veo cómo sus cejas se juntan lentamente y sus dientes vuelven a su labio inferior. Mi sonrisa flaquea, y mi tono se baña de preocupación. “No sabía que fuera a molestarte, Julie, lo siento. ¿Quieres que vaya a por él y le diga que no venga?”
Suelta el aire con fuerza, bajando la mirada a sus pies, pero niega con la cabeza.
“No, está bien,” dice, forzando una sonrisa. “Ya os dije que no quería nada con Tate ni me gusta, así que no hay riesgo de que me haga daño.” Frunzo el ceño, buscando la mentira en sus palabras, pero se mantiene impasible ante mi escrutinio.
Termino asintiendo de vuelta, aunque no muy convencida y con la curiosidad picándome por todo el cuerpo. Julie se agarra distraídamente el lóbulo de la oreja, mirando a todas partes menos a mí, y ese simple gesto es como si una brisa disipase la niebla que tenía cubriendo mis ojos.
“¿Os habéis vuelto a acostar?”
Julie se atraganta con… ¿nada?, y tose descontroladamente durante un buen rato.
Tengo que apretar los labios con fuerza para aguantar la risa. Cuando por fin se calma, me mira con los ojos vidriosos y un cartel con la frase: «Voy a huir» pintado en la frente. Con neones.
“Voy a ver cómo va Lib… por si necesita ayuda…,” dice atropelladamente. No contesta a la pregunta, pero me da la respuesta que quería.
“Esta vez te libras, Julie.”
“Atrápame si puedes,” responde sin vergüenza, guiñándome un ojo antes de inclinarse hacia mí para darme un sonoro beso en la mejilla. “¡Nos vemos, cotilla.”
Pongo los ojos en blanco, viendo cómo ella también desaparece entre la muchedumbre.
No pasan ni veinte minutos desde que mi matrimonio de ancianos favorito se marcha cuando reconozco una cara entre la gente. Una pequeña sonrisa asoma en mis labios a la vez que mis hombros se relajan al ver cómo se acerca en mi dirección.
“¡Dorian!” Alzo la voz para que pueda escucharme por encima del sonido de la música, la voz que anuncia las subastas y las conversaciones entremezcladas del público.
“Pero bueno, Sage, ¿cómo estás?”