Cuando florezcan los almendros (Almond Valley 1) Capítulo Veinte #3
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Capítulo Veinte #3

“¿Solo vais a llevar estos?”

“No,” responde de espaldas a Dorian. “Mañana te traeremos los demás.”

“Está bien.” Comienza a sacar cosas del maletín con soltura, organizándolas sobre uno de los bancos de madera. “Mañana ya estaremos listos para la subasta,” murmura con una pequeña sonrisa satisfecha.

Dorian se mantiene abstraído en su trabajo, Wade va de aquí para allá haciendo las tareas que se le van ocurriendo, y yo me tengo que sentar en el montón de paja apilada.

No estoy en el establo principal, sino en la zona lateral, donde se guarda el forraje y la comida de los animales.

Apoyo la cabeza en el fardo de paja que tengo a mi espalda, intentando mitigar el mareo que revuelve mi cabeza, pero me siento como si me hubieran dado mil vueltas en una lavadora industrial.

No sé cuánto tiempo pasa desde que me quedo sola, tirada como un muñeco de trapo sobre la paja.

Me doy cuenta de que en algún momento he cerrado los ojos, porque, cuando los abro, las luces que rodean el lugar están comenzando a encenderse y los tonos naranjas y rojos han sustituido al azul habitual del cielo.

La cabeza todavía me da vueltas y tengo el cuerpo entumecido, pero prefiero pensar que es por la postura tan extraña en la que estoy tumbada.

Trato de recordar cuándo fue la última vez que bebí agua, y me doy de golpes mentalmente al darme cuenta de que fue al levantarme esta mañana.

El calor que hace hoy, incluso a la sombra, es fulminante si no te hidratas lo suficiente.

Trato de levantarme, pero el mundo se tambalea a mis pies, así que me rindo soltando todo el aire de mis pulmones de la frustración.

“¡Sage!” El grito autoritario de Wade se siente como una caricia, y escucharlo me devuelve la esperanza que creía perdida hace dos segundos.

“¡Estoy aquí!,” grito de vuelta, aunque mi voz suena rasposa y sin la potencia suficiente como para que se me escuche más allá del granero.

Escucho sus pasos firmes acercándose, y cuando logro verlo entrar en la nave, una sensación de alivio me inunda de pies a cabeza.

“Me estoy muriendo, Wade,” digo con la garganta seca, cerrando los ojos como si fuera un quejido, intentando poner el tono más dramático posible.

“¿Qué has hecho?”

Su pregunta me haría reír si no estuviera medio moribunda y con el pelo lleno de paja, porque lo primero que se le ocurre es que he hecho algo para merecer estar así.

“Más bien es qué no he hecho, que ha sido beber agua.”

Abro los ojos lentamente, y me quedo paralizada al comprobar lo cerca que estamos. Arrodillado a mi lado, me analiza el cuerpo con el ceño levemente fruncido y una mueca de preocupación en la boca.

Sí, he dicho preocupación .

Preocupación y Wade en una misma frase. Que alguien pida un deseo.

“No soy como el resto de gente, como habrás podido comprobar,” dice, volviendo la vista a mi rostro.

“Así que no vas a escuchar nada alentador saliendo de mi boca; como que todo va a ir bien o que te ves igual de guapa aun estando más blanca que el papel.” Frunce el ceño y, de estar lúcida, yo también lo habría hecho al escucharlo.

“Lo que quiero decir es… que creo qu e tienes que escuchar esto.” Aprieto los labios mientras lo observo hacer una pausa en la que no me quita los ojos de encima.

“Sage… creo que eres todavía más idiota que Tate.”

Mi boca se abre lentamente al asimilar sus palabras, y espero que en mi tono no se note que estoy reprimiendo una sonrisa.

“Si sintiera los brazos te daría una colleja, Wade. Nadie es más idiota que Tate.”

Lo veo morderse el labio inferior y, de no ser por la fiebre que se me está subiendo a la cabeza, juraría que también se está aguantando las ganas de sonreír.

“Vamos, te llevo al hospital.”

Intento resoplar, pero más bien emito un graznido parecido al grito que haría un gato al que le han pisado la cola.

“Deberían verte a ti también. Entre que estás diciendo más de cuatro palabras seguidas y que estás demostrando más emociones que el enfado, creo que un médico tendría que comprobar si todo funciona correctamente en tu cerebro.”

“Si no dejas de hablar, pienso dejarte aquí,” contesta con fingido fastidio, porque se inclina hacia mí para pasar un cálido brazo por mi espalda para levantarme.

“Mensajes contradictorios, Wade. ¿Va a empezar a salir humo de tus orejas?”

Trato de poner un pie delante del otro para que no tenga que cargar conmigo, pero la tarea se me complica más de lo que debería.

Me siento débil, casi diminuta a su lado, y algo tan simple como caminar se vuelve completamente imposible.

Termino rindiéndome con un pesado suspiro y, haciendo de tripas corazón, apoyo todo mi cuerpo en su costado.

“Tú como en tu casa,” murmura entre dientes, pero el agarre en su brazo se hace más firme, y mi cabeza también termina apoyada sobre su cálido hombro.

Mi vista se vuelve borrosa, todo se tambalea a mi alrededor, y lo último que siento antes de volver a desmayarme, son los pequeños círculos que Wade dibuja con el pulgar sobre mi cintura.