Cuando florezcan los almendros (Almond Valley 1) Capítulo Veinte #2
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Capítulo Veinte #2

Sigo a los hermanos Weston como si estuviera en un sueño lúcido.

Apenas he dormido unas horas. Los recuerdos de mi infancia me han acompañado durante toda la noche, haciéndome dar vueltas en la cama y despertándome sobresaltada tantas veces que he perdido la cuenta.

Ha sido una de las peores noches desde que estoy aquí y no logro entender a qué se debe.

Es cierto que los nervios de la subasta me acosan desde hace unos días, cuando he sido consciente de lo poco que falta para el gran evento.

Pero no tanto como para hacerme revivir en sueños los peores momentos de mi vida como si de una película de terror se tratara.

Los hombres que tengo delante discuten sobre qué caballos llevar a la subasta, pero estoy tan cansada que apenas les presto atención y solo escucho palabras sueltas.

Los sigo sin saber muy bien por qué, cuestionándome la razón por la que Wade sigue necesitando mi ayuda.

Ya hemos terminado de organizar al ganado y de supervisar que esté todo bien con Dorian.

Cualquiera diría que mi trabajo aquí ha terminado, pero Wade no me ha dado ninguna señal para que deje de venir.

Supongo que por eso los estoy persiguiendo como un patito por todo el establo.

“¿Qué hay de Mud?”

La pregunta que hace Tate me hace levantar la vista del suelo, y menos mal que me ha sacado de mi estado de trance, porque se han parado en seco y casi me choco contra la espalda de Wade.

“¿Qué pasa con él?,” pregunta él de vuelta, lanzándole una mirada fulminante.

“Pregunto si te vas a deshacer de él. ¿Lo llevarás a la subasta?”

Miro con la boca entreabierta a Wade, que frunce tanto el ceño que sus cejas forman una única línea sobre sus ojos.

Niega con la cabeza con las mejillas sonrosadas. “¿Cómo me voy a deshacer de él? Realmente eres tan tonto como pareces.”

Continúa caminando, dejándonos atrás, pero su hermano no parece contento con su respuesta, porque añade: “No sé… No lo montas y ni siquiera te deja acercarte a él. Tal vez sea hora de… bueno… ya sabes.”

Los labios de Wade esbozan una sonrisa afilada, y estoy segura de que si su hermano sigue pinchándolo así, va a ser su cadáver de quien se deshaga.

“No, Tate. No lo sé. Ilumíname, por favor.”

Tate suelta una risa seca, negando enérgicamente con la cabeza.

“Me refería a venderlo, madre mía.... Era una broma, tío. Qué poco sentido del humor.”

Aminoro el paso para quedarme a su lado, y le doy unas palmaditas en el hombro. Lo miro con pena, porque realmente es idiota, y sigo a mi jefe casi corriendo para alcanzarlo.

Caminamos uno al lado del otro en silencio.

No sé a dónde estamos yendo, pero siempre es buena idea seguir a Weston cuando trabajo para él, así que no me lo cuestiono.

Desconozco si Tate nos está siguiendo o se ha quedado refunfuñando en el establo, pero una parte de mí no quiere darse la vuelta por si está viniendo con nosotros.

“¿Todo bien?” Mi voz suena estrangulada y tres tonos más aguda, y me reprocho mentalmente por no haberme aclarado la garganta antes de hablar.

Wade gira la cabeza hacia mí y me mira un instante. No soy capaz de descifrar las emociones que revolotean por su rostro, pero parece más relajado que hace cinco minutos.

“Todo bien,” contesta con la voz rasposa.

Es reconfortante que su voz haya sonado igual de ridícula que la mía, y tengo que apretar los labios para no sonreír.

Comprendo el destino al que nos dirigimos a medio camino, y mi corazón salta de alegría por volver a estar rodeada de animales otro rato más.

Aunque el cansancio sigue presente y me encuentro más débil de lo normal, espero que unos minutos entre caballos sea suficiente para hacerme sentir algo mejor.

Vamos a uno de los prados donde se encuentran varios de los ejemplares seleccionados para la subasta.

Sin decir una palabra, cogemos los ramales del poste y nos acercamos a ellos.

Me tropiezo unas tres veces en el corto trayecto y la vergüenza se ve reflejada en mis mejillas sonrojadas.

Con un caballo alazán a mi izquierda y otro castaño a mi derecha, nos dirijo hacia el exterior del paddock.

Sigo a Wade con los ojos bien abiertos para dejar de tropezarme, que lleva otra pareja a sus costados.

Antes de abrir la puerta, mira por encima del hombro, buscándome con la mirada, y me hace un pequeño gesto con la cabeza.

Interpreto que es por si necesito ayuda, así que niego con una pequeña sonrisa, agradecida por el ofrecimiento.

Un hormigueo desconocido me recorre de arriba abajo y salgo del prado medio tambaleándome.

Agradezco estar detrás de él y que no pueda ver cómo mi cuerpo se descompone y recompone a cada paso que doy.

Es como si esta complicidad hubiera descolocado algo dentro de mí.

No sé si en mi cabeza o en mi pecho. Pero agradezco tener a dos animales de seiscientos kilos a mis costados por si las piernas me fallan y me tengo que agarrar a algo.

Una vez en el establo, amarramos a los caballos a un largo poste horizontal y Wade saca el teléfono del bolsillo trasero de sus vaqueros.

Observo ensimismada cómo habla y se mueve por la zona para gesticular.

La llamada no dura mucho y, por las palabras que ha pronunciado, imagino que Dorian va a venir a hacerles el chequeo veterinario a los animales.

Mientras esperamos, mi cerebro parece despertarse un poco al recorrer con la mirada el cuerpo de Wade.

Lleva una camisa azul marino que ya he visto otros días remangada hasta los codos.

Da igual la temperatura que haga, parece que la forma natural de sus camisas es así, enseñando sus bronceados y tatuados antebrazos.

Lo que más me enerva no es lo poco que le importa cómo viste, sino el calor traicionero que me atraviesa cada vez que me fijo.

Me obligo a cerrar los ojos para mitigar el fuego interior que se está comenzando a propagar entre mis piernas.

Mi temperatura corporal baja notablemente, aunque por cómo todo me da vueltas aun estando apoyada en la pared exterior del establo, creo que está bajando demasiado.

Trago saliva con dificultad al notar la boca pastosa, y cambio de postura al sentir las piernas débiles .

Vuelvo a abrir los ojos, buscando con desesperación aliviar mi malestar, y, al hacerlo, veo que Wade me está mirando con el ceño fruncido. No sé qué aspecto debo de tener, pero si me veo un cuarto de cómo me siento, debo de parecer un cadáver andante.

Antes de que a mi jefe se le ocurra preguntarme si estoy bien —lo cual sería la mayor muestra de preocupación que le habré visto dar hacia otro ser humano—, Dorian llega por el camino de almendros que conduce a la casa de Emily.

“¿Ya habéis terminado?,” pregunta en cuanto llega a nuestra altura. Me lanza un guiño sin ocultar su sonrisa, y Wade gruñe a mi lado.

“ Sip . Hace un ratito.” Le devuelvo el guiño, lo que hace que su sonrisa se amplíe hasta enseñar sus dientes perfectos.

“Están dentro,” añade Wade secamente, lanzándome una mirada extraña al pasar por delante de mí para perderse en el interior del establo.

No sé qué mosca le habrá picado, pero si vuelve a su actitud fría, voy a seguir las indicaciones de Lib con el palo.

“¿Vienes?,” me pregunta Dorian con una sonrisa torcida. Asiento, siguiéndolo con pasos inseguros.

Esta semana Dorian me ha demostrado que es como el hermano mayor que nunca tuve; haciéndome reír y manteniendo conversaciones como si nos conociéramos de toda la vida.

Y es que también tiene su lado paternal, como si una parte de él siempre estuviera pendiente de la salud de los que lo rodean.

No sé si será alguna neura de veterinario y se siente responsable de los seres vivos, pero, lejos de ser molesto, es incluso tierno.

Además, haciendo realidad todo lo que la gente del pueblo me ha contado sobre los Thorne, tiene un lado pícaro muy divertido, con sus originales rizos rubios oscuros, esas sonrisas ladeadas y unos ojos azules como el mar.

Cualquiera podría sentirse hechizado solo con mirarlo.

Y no me atrevería a juzgar a nadie al que le haya ocurrido.

De no ser por el filtro que tengo delante de los ojos, que me hace verlo como a un hermano, estoy segura de que me habría convertido en una víctima más.

“Hoy tengo un poco de prisa, así que espero que no tengáis muchos caballos. Tengo que ir a recoger a Daisy a las siete,” le dice el veterinario a Wade.

“Tenemos cuatro aquí,” responde con despreocupación mientras se gira para revisar una de las cuadras del otro lado.