Cuando florezcan los almendros (Almond Valley 1) Capítulo Veinte
48%

Capítulo Veinte

Sage

E l atardecer baña mi pequeño apartamento de tonos rojos, naranjas y rosas tan intensamente que parece el escenario para una película independiente.

Con el mobiliario que me rodea, sencillo pero detallado, sin duda podría hacerle ganar el Oscar a mejor fotografía.

Además, si yo fuera la protagonista, no me haría falta salir del plano; mi cuerpo cansado, quieto y entristecido es perfecto para una escena melancólica.

El agotamiento se hace notar en mi cerebro, y ya no soy capaz ni de elegir el rumbo de mis pensamientos ni de darle órdenes a mi cuerpo para moverse. Estoy agotada, física y mentalmente.

Con un bostezo que me hace cerrar los ojos y echar la cabeza hacia atrás, consigo levantarme de mi asiento.

Todavía tengo la toalla envuelta en mi cuerpo, y eso que salí de la ducha hace una media hora.

Un vistazo rápido al reloj del móvil me hace comprobar que, efectivamente, he perdido cuarenta y cinco minutos de mi tiempo mirando a la nada disociando.

Me quito la humedad del pelo y me pongo ropa interior limpia antes de pasarme la enorme camiseta que uso para dormir por la cabeza. El calor que hace en este pueblo es inhumano, pero cuando trabajo no termino de ser consciente de ello.

Es al llegar a casa cuando me asfixio .

Y no es por el reducido espacio —he vivido en habitaciones mil veces más pequeñas que esta durante años—, sino por la repentina soledad que me embarga.

Acostumbrada a estar rodeada de gente en una ciudad grande, donde cada uno va a lo suyo pero te sientes acompañada de alguna manera, es extraño no escuchar el ruido al otro lado de la ventana.

Me subo a la cama y me pongo de rodillas para subir el pesado marco de madera y abrirla. Compruebo mi teoría al no escuchar el sonido de los coches y el murmullo constante de la gente. No quiero seguir recreándome en mis pensamientos autodestructivos, pero me quedo paralizada al mirar al exterior.

¿Y sabes por qué?

No me quedo quieta porque haya un lobo, un payaso o un caballo haciendo la voltereta. No. Mi cuerpo se congela al ver unos pectorales perfectamente musculados y los hombros más anchos que he visto en mi vida.

Porque Wade está bañando a Shiny.

Sin camiseta.

Mis ojos recorren sin ninguna prisa su cuerpo de arriba abajo.

¿He dicho ya que es mi jefe? Porque lo es.

Pero, aun con esa información, mi cerebro parece estar lo suficientemente frito como para ignorarla y seguir enviando órdenes a mis ojos para no apartarse de él.

De su pecho descubierto, para ser exactos.

Los músculos de sus brazos se tensan con cada movimiento: haciendo círculos con el cepillo sobre el lomo del caballo, levantando el cubo con agua, sujetando con firmeza el ramal…

Mi cuerpo parece estar librando una batalla interna entre bajar y tirarme a sus brazos o quedarme quieta y meter una mano entre mis piernas para calmar el calor que se acumula ahí.

Estoy a punto de tomar una decisión, quizás demasiado concentrada en la tarea, cuando el tono de llamada de mi móvil rompe el momento.

El susto es tan fuerte que doy un salto y me choco contra el marco de la ventana, haciéndome soltar un alarido de dolor.

Echo un rápido vistazo al exterior, y, para mi desgracia, Wade me está mirando con el ceño fruncido.

“¡Estoy bien!,” grito, esperando que en la oscuridad no vea mi cara roja de la vergüenza.

Antes de darle tiempo a contestar, cierro la ventana y me alejo lo máximo posible de ella. Cojo el móvil de la pequeña mesa, pongo el altavoz y respondo con una voz demasiado contenta para hablarle a alguien que ha estropeado los planes lascivos que tenía en mente para esta noche.

“¡Pero si estás viva!” La voz igual de alegre de Rachel inunda mi silencioso apartamento, haciéndome poner los ojos en blanco.

“Tan viva que iba a masturbarme antes de que llamaras.”

“Diría que lo siento, pero no me gusta mentir,” contesta, soltando una risita. Me acuesto en la cama, intentando no volver a asomarme por la ventana, y apoyo el móvil en mi pecho. “¿Cómo estás? ¿Ya te has tirado a tu jefe?”

Suelto un quejido, levantándome las gafas para restregarme los ojos con las manos.

“No, Rae. No.”

“Ese tono suena a frustración… No me digas que ibas a masturbarte pensando en él.” No contesto al instante, y Rachel se lo toma como una respuesta. “¡Sage Reid, eres una guarra!”

Sus carcajadas retumban por la habitación, y mi amiga siempre ha tenido la risa tan contagiosa que es imposible no acabar imitándola.

“Creo que voy a tener que hacerte una visita muy pronto. Yo también quiero conocer a ese jefe tuyo…”

“No hace falta que lo conozcas, Rae. Es igual o peor que tus pacientes malhumorados que dejan claro que saben más que tú sobre cómo hacer tu trabajo.”

“Dios, no aguanto al señor Smith…”

“Pues imagínatelo multiplicado por diez.”

“Pero con unos músculos de revista…”

“Y, en vez de decirte con palabras lo que piensa sobre ti, lo hace con miradas.”

“Supongo que tiene su punto sexy…”

“Rae, no sabes lo que estás diciendo.” Reprimo un suspiro, pasándome una mano por la cara, descolocando mis gafas. “Lo que quiero decir es…”

“Que no te importa que sea tu jefe porque tienes sueños húmedos con él que en algún momento se harán realidad. No te preocupes, Sage, si necesitas un empujón para lanzarte, solo invítame a ir y te lo pondré en bandeja. No tendrás que mover ni un dedo.”

Finjo un sollozo, cogiendo la almohada en la que estaba apoyada y, plantándomela en la cara, grito con fuerza. Mi grito se escucha lejano, pero la risa de Rae no.

“Venga, Sage, no me digas que no tienes ganas de que ese tal Weston te estreche contra su cuerpo musculado de trabajar en el campo.” Cierro los ojos, soltando el aire lentamente.

“Joder, hasta de imaginármelo me pongo cachonda, y no sé ni cómo es su cara. No me quiero imaginar por lo que estás pasando tú. Irás todo el día detrás de él con las bragas mojadas.”

“No es cierto,” digo en un hilo de voz, odiándome por sonar tan poco convincente.

“Debe ser muy duro ser tú, Sage. No te envidio ni un poquito.”

Contengo una risita, mordiéndome el labio inferior con fuerza.

Contestar sería como marcar mi sentencia y darle el gusto a mi amiga de haberlo admitido.

Es innegable que tengo ojos en la cara y se me han pasado cosas por la cabeza.

Imágenes, escenarios… Pero son todo fantasías imposibles.

Porque, aunque Rachel sea la tercera persona que me dice que a la mierda el impedimento por ser mi jefe, a mí me importa.

No quiero que las cosas se pongan incómodas entre nosotros. Nuestra relación no es que sea normal, pero tiene sentido. Al menos para nosotros lo tiene, y no quiero romper esta extraña tregua que hemos construido solo porque mi imaginación se está tomando demasiadas libertades.

“¿Cómo estás, Rae? Te echo de menos,” pregunto, cambiando de tema con un tono más cálido. Pongo el móvil en la almohada y me tumbo de lado. Escucho cómo suspira al otro lado de la línea, haciéndome desear estar ahí con ella.

“Estoy bien, Sage. Solo… cansada. Supongo que no eres la única que necesita salir de aquí una temporada. O quizá para siempre,” añade en un susurro. “Tal vez necesito un nuevo rumbo, irme de la ciudad, cambiar de trabajo… No lo sé.” Coge aire con fuerza, y la línea se queda en silencio.

Yo mejor que nadie sé lo que es sentirse perdida, cansada y con ganas de un cambio radical en la vida.

“Creo que deberías venir a Almond Valley,” digo sin pensarlo. Pero, aun habiendo sido un impulso, la idea no me suena del todo mal.

Rae suelta una suave carcajada.

“Era broma, Sage. No quiero robarte a tu jefe.”

Chasqueo la lengua contra el paladar, pero sonrío al añadir: “Es todo tuyo, yo no lo quiero.”

“No sé si es buena idea…”

“¡Pero si no paras de sacarlo en cada conversación que tenemos!”

“¡No me refiero a tu jefe, Sage!” Su carcajada disuelve la pequeña presión que estaba comenzando a sentir en el pecho.

“Es una visita, Rae. No te estoy pidiendo que dejes tu trabajo, vengas, conozcas al amor de tu vida y te quedes para siempre. Es algo con fecha de caducidad, sin ataduras. Tómatelo como unas vacaciones.”

“Sin ataduras,” repite en voz baja.

Reprimo un suspiro, irguiéndome en la cama para apoyar la espalda en el cabecero.

“Tenemos la subasta de verano la semana que viene, así que puedo preguntarle a Weston si le parece bien que vengas el mes que viene cuando ya haya terminado. Que yo sepa no tenemos más trabajo a la vista, así que tendrías tiempo para ti sola todas las mañanas.”

“Está bien,” contesta después de pensarlo durante un buen rato. Si hay algo que me gusta de Rachel, es el tiempo que se toma para reflexionar. No tiene ninguna prisa, y me encanta esperar a que tome una decisión, porque eso significa que está cien por ciento segura y no se va a echar atrás.

“Pregúntale y me avisas con lo que sea.”

“Muy bien.”

Hablamos hasta que el sol se pone y solo se escuchan los cantos apagados de los pájaros al otro lado de la ventana. Para cuando la llamada termina y me asomo al cristal, los caballos ya están guardados y las luces apagadas.

No reprimo el bostezo que me hace cerrar los ojos, y vuelvo a acostarme en la amplia cama. Mis párpados no vuelven a abrirse, mi respiración es cada vez más pesada, y poco a poco mi cuerpo se va rindiendo ante el sueño.

Lo último en lo que pienso antes de dormirme es si la imaginación de la persona que duerme a apenas unos metros de mí, separados por unas cuantas paredes, toma de manera inconsciente el mismo rumbo que la mía.