Cuando florezcan los almendros (Almond Valley 1) Capítulo Diecinueve #2
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Capítulo Diecinueve #2

Contesto de la misma forma que hice con mi hermano, frunciendo el ceño y bajándome del cubículo con cuidado.

Vuelvo a mi posición inicial, dentro del corral con las manos agarrando el pestillo de la puerta.

Con la mirada clavada en el suelo, espero a que Sage me grite que está lista y así poder terminar con este trabajo de una vez por todas.

“¿Todo bien?,” pregunta en su defecto, haciéndome levantar la cabeza hacia ella.

Tiene los brazos cruzados y el rostro teñido por una expresión preocupada.

Como si se hubiera dado cuenta del giro drástico que han tomado mis pensamientos, me escudriña con la mirada, intensa y analítica.

Me incomoda y me descoloca algo en el pecho, y juro que mi corazón se salta un latido ante la posibilidad de que su preocupación sea sincera.

“Todo bien,” digo, asintiendo una vez. Cojo aire y lo retengo unos segundos. Me fuerzo a esbozar una pequeña sonrisa sin mirarla a los ojos.

“Lista.”

Con los faros de la camioneta y los pequeños focos del corral iluminando el lugar, terminamos de organizar el ganado del último corral. Trabajamos de manera automática, más rápidos que nunca pese al cansancio acumulado y que apenas se ve entre las sombras.

La brisa cálida de la noche agita el cabello trenzado de Sage, y me quedo ensimismado mirándola cada vez que abre y cierra las puertas.

No sé de dónde nace la atención que le dedico, pero hay algo visceral, casi primitivo, que me mantiene atrapado, hipnotizado con cada uno de sus movimientos.

Hay algo en mi cabeza que se apaga cada vez que la miro, obligándome a hacer algo tan sencillo como complejo a la vez…

No poder apartar la vista de Sage.

El calor no se va por la tarde pese a que el sol se mantiene oculto tras las espesas nubes.

Todos los veranos son iguales en Almond Valley, siempre trabajando codo con codo bajo las altas temperaturas.

Al comienzo se hace difícil trabajar en estas condiciones, pero al cabo de varias semanas el cuerpo se acostumbra a que su estado natural sea cubierto de sudor y sosteniendo una botella de agua.

Como Dorian tiene que venir a revisar las reses de los corrales organizados, me adelanto unos minutos para hacerle compañía.

Lleva trabajando con nosotros desde que se licenció, hace unos diez años.

Pese a ser un Thorne, lleva tanto tiempo con nosotros que es como de la familia.

No hay persona que sepa mejor que él cómo se encuentra nuestro ganado.

Voy hacia el primer corral que hicimos Sage y yo hace unas semanas, y me viene a la mente la expresión que ponía cuando estaba concentrada escuchándome y haciéndolo lo mejor que podía.

Es curioso cómo se me ha quedado grabada una imagen tan clara y específica en la cabeza.

El ceño fruncido, los labios apretados, la cabeza ligeramente ladeada…

Me escuchaba como si lo que estuviera explicando fuera la solución a todas las enfermedades del mundo.

Todavía lo pienso por las noches. Su honesto interés, sus ganas de ayudarme y que saliera todo bien. Supongo que por eso nunca he sido capaz de llevarle la contraria cuando estaba en el pequeño cubículo abriendo y cerrando puertas.

Con la mente donde no debería estar, llego al pequeño corral donde veo que Dorian, con su habitual camisa gris de trabajo, ya me espera. Lo saludo con un gesto de la cabeza, que me devuelve acompañado de una sonrisa ladeada que estoy seguro de que le funciona muy bien con las mujeres.

Sus largos rizos rubios oscuros se mecen con la brisa veraniega, y la característica chispa traviesa en sus ojos, azules como la noche, se clava en mí.

Sin duda es un Thorne .

“Mirad quién decide honrarme con su presencia,” dice, dando una vuelta sobre sí mismo con los brazos abiertos como si tuviéramos público. La vaca que estaba revisando se gira para mirarlo, pero no debe de interesarle lo que ve, porque sacude la cabeza y vuelve a su posición inicial.

“Ni las vacas se ríen, Dorian,” digo, conteniendo una sonrisa.

“No me hace falta su aprobación para saber que soy muy gracioso,” murmura, volviendo la vista al animal.

Pongo los ojos en blanco, aunque no me vea, y me acerco para quedar frente a él.

“¿Cuántos llevas?”

“Diez. Me va a llevar toda la tarde revisar este corral entero, ya sabes cómo va esto,” responde, sin dejar de trabajar. “¿Cómo ves la subasta este año? ¿Muchas expectativas?”

Me tomo un momento para pensar la respuesta. Todos los años espero una buena subasta, suele ir bien. Si no funcionan los caballos, lo hace el ganado o la tienda de Lib. Siempre hay beneficio, y es una muy buena oportunidad para conocer personas del sector y hacer contactos.

“Bien. Expectativas las justas, como siempre. Llevamos la misma cantidad de ganado que los otros años, y conozco a varios compradores que van a estar interesados. Caballos todavía no tengo ni idea de cuáles llevar, así que le preguntaré a Tate cuando lo vea.”

“Suena bien, Wade. Viéndolo por encima, el ganado está sano y parece estar todo correcto. Confío en ti y en que lo cuidas como se debe. Ya sabes que por mí ni vendría, pero estas revisiones son reglamentarias.”

“Lo sé. No te preocupes.”

“En cuanto hayas escogido a los caballos dame un toque y me paso para hacerles un chequeo a ellos también.”

“Vale.” Asiento, cambiando el peso de una pierna a la otra.

“¿Y qué tal Lib y su tienda?,” pregunta, pasando a la siguiente vaca. “¿Va a llevar a Julie a la subasta?”

Me lanza una mirada por encima de la vaca sin reprimir la sonrisa, y yo tampoco me contengo.

En todos los años que Julie ha trabajado para mi hermana, este es el primero que va a ir a la subasta.

Y es que Lib se sentía mal por hacer que Julie trabajara un día entero, así que se las arreglaba para explotarse a sí misma y acabar reventada.

“Este año sí,” respondo, recordando que me lo dijo mi madre hace unos días.

No sé quién la habrá hecho entrar en razón, pero la familia Weston estará eternamente agradecida por no tener que ver a mi hermana como un alma en pena al día siguiente.

“Lib tiene preparados más productos gracias a los arreglos que ha hecho Sage en el huerto.”

“¿Ah, sí?” No se me pasa por alto el tono travieso que adquiere su voz, y, al mirarlo, veo que sus labios esbozan una enorme sonrisa. “¿Y qué tal con Sage? Parece una buena chica.”