Capítulo Diecinueve
Wade
“G racias por traerme, Weston. Nos vemos mañana, Sage.”
Julie se despide medio dormida después de que Sage haya tenido que zarandearla para que se despertara del asiento trasero de mi camioneta. “Pasáoslo bien,” añade, algo más espabilada desde la ventanilla.
La veo por el retrovisor, caminando sin volver la vista atrás, perdiéndose la cara de asesina en serie de mi copiloto. Espero a que haya entrado en su casa para arrancar y volver a incorporarme a la carretera.
Después de haber pillado a Sage observándome de arriba abajo sin una pizca de pudor y habérselo hecho saber, no ha abierto la boca en todo el camino hasta la casa de Julie.
Si el primer día de trabajo alguien me hubiera dicho que la vergüenza de Sage tenía un límite, me habría reído en su cara.
Pero, visto lo visto, parece que el alcohol es su motor para hacer el ridículo.
Quién lo hubiera dicho…
“Mañana viene Dorian para hacer los chequeos del ganado que ya tenemos organizado,” anuncio, intentando disipar el bochorno en su rostro con una conversación banal.
Mantiene la mirada clavada en la ventanilla de su derecha y emite un sonido afirmativo sin abrir la boca.
La Sage callada me gusta, pero a estas horas me gusta más la que no se calla ni debajo del agua. Prefiero escucharla hablar y enfadarme porque es insoportable, a dormirme y estampar el coche contra un árbol.
Aunque ese final podría ser posible en ambas ocasiones.
“Como nos queda un corral y sueles salir temprano del trabajo por las mañanas, podemos ir cuando acabes…,” continúo, mirándola de reojo. “Dorian suele hacer un corral al día, así que esta última semana estará con nosotros todos los días.”
“Me parece bien,” murmura, sin emoción.
Apoyo el codo en la ventanilla y giro un poco mi cuerpo para observarla con disimulo, aunque no me hace falta mirarla para recordar lo que lleva puesto.
En el bar pude fijarme bien en cómo su falda vaquera se ciñe a sus muslos, dejando sus largas piernas bronceadas a la vista.
Tuve que obligarme a clavar la vista en el ventanal para no comérmela con los ojos y perder el control cuando fuimos a hablar con ellas.
Con la mandíbula apretada y pensando en que no habré sido el único del bar en darse cuenta del cuerpo de infarto de Sage, me obligo a volver a intentar que hable conmigo.
“Tate vendrá un par de días antes de la subasta para ayudarme a elegir qué caballos llevaremos,” prosigo volviendo la mirada a la carretera.
Parece que su falda, que casi no deja espacio a la imaginación, es mágica, porque estoy hablando más de lo que suelo hacer un día normal a las dos de la madrugada.
“Cuando hayamos terminado, volverá a venir Dorian para hacerles una revisión y que nos confirme que está todo bien.”
Sage me vuelve a responder con silencio, así que giro la cabeza para ver si se ha dormido. Pero lo que me encuentro no es una Sage dormida, sino una Sage con los ojos bien abiertos, maquillados con sombras verdes, y el ceño fruncido.
Su cuerpo ya no está girado hacia la ventanilla, sino hacia mí, y, a juzgar por la tensión en su rostro y la forma en que su boca se tuerce en una mueca, parece a punto de lanzarse a mi yugular.
“¿Qué coño te pasa? ¿Te está dando un derrame? ¿Quieres dar la vuelta e ir al hospital?”
“¿Pero qué dices?”
“Estás hablando, Wade. Y tú nunca dices más de dos frases seguidas.” Sus palabras se graban en mi mente, pero no me deja rumiarlas mucho tiempo, porque la Sage que habla durante horas sin respirar hace acto de presencia.
“¿Necesitas que te vea un médico? Te puedo llevar yo si no te ves capacitado para conducir. Ya sabes… por si te está dando algo en el cabeza.”
No creo que me esté dando algo en la cabeza, sino en la entrepierna.
“Sage, no necesito un médico,” mascullo entre dientes, apretando con fuerza el volante para no pensar en su minúscula falda.
“Ya estás de vuelta,” dice, pasándose una mano por la frente como si se estuviera secando el sudor mientras suspira con dramatismo. “Ese es el Wade Weston que conozco: callado, gruñón, molesto con el mundo y apático.”
“Yo no soy apático.”
“Eso diría un apático.”
Bufo en respuesta, centrándome en la carretera, porque si sigo mirándola se me va a hacer muy complicado contenerme.
“Muévelo hacia la derecha. ¡Derecha! ¡No, hacía ahí no! ¡Esa es la izquierda, Sage!”
Me paso una mano por la cara, intentando limpiar la fina capa de sudor que cubre mi rostro, sin darle importancia a la cuerda que estaba sujetando y que cae al suelo, asustando al animal que intentaba retener.
Estoy agotado. Ya no hay luz y seguimos rodeados de vacas.
Esta mañana hemos trabajado sin descanso; luego comimos cualquier cosa en el campo; en cuanto terminamos, vino Dorian a revisar uno de los corrales, y ahora estamos en el primer cercado intentando organizar los diez animales que nos faltan.
Y digo intentando porque Sage ya no es capaz de distinguir la izquierda de la derecha.
“Vamos a intentarlo otra vez,” vuelvo a gritar en su dirección, recolocándome la gorra de béisbol gastada que llevo hoy.
“¡Se ha atascado!,” grita Sage de vuelta, tirando con violencia de los hierros de la puerta.
Lo que me faltaba.
“Espera, voy a intentarlo,” anuncio, cerrando la puerta de abajo con el pestillo.
No lo pienso dos veces cuando cojo impulso y trepo por la valla para saltar hacia el otro lado. Me acerco a la bolsa de herramientas que guardo en la montura de Shiny antes de ir donde me espera Sage, murmurando cosas para sí.
“Cómo no, el hombre viene a salvar a la mujer débil con su fuerza de macho,” la escucho refunfuñar por lo bajo.
Escalo por la estructura metálica, intentando no hacer movimientos bruscos para que no se tambalee por mi peso.
“Déjame sitio,” digo, con la cabeza a la altura de las rodillas de Sage.
Lleva unos pantalones desgastados y llenos de tierra tan apretados que parecen una segunda piel.
Aprieto la mandíbula, obligándome a apartar la mirada, y sigo subiendo por su cuerpo.
Pero la cosa empeora, porque la camisa granate de manga larga le queda ajustada por todas partes.
La lleva remangada hasta los codos, al igual que yo, y las manos se sujetan con fuerza a las barras de metal que tiene a los costados.
Cuando mi mirada llega a su rostro, los ojos grises como una tormenta de verano ya me están esperando.
Aunque más que una tormenta parecen un huracán sin otra previsión que la de destruir todo a su paso.
Sus ojos brillan de la ira, y tiene los labios rojos apretados en una fina línea .
“¿Has terminado?,” pregunta con la voz tirante.
“Ahora estamos en paz,” me limito a contestar, desviando la mirada hacia el corral.
Abro la puertecita y entro al pequeño cubículo, dejando unos pocos centímetros entre mi cuerpo y el suyo. No puedo evitar estar tan cerca de ella, el espacio es demasiado limitado, pero intento con todas mis fuerzas mantenerme pegado a la barra horizontal que tengo delante.
“Voy a intentarlo,” vuelvo a repetir, y frunzo el ceño al escuchar mi voz ronca.
Tengo que moverme para coger el pestillo que abre las puertas, así que me inclino hacia la derecha lentamente, pero Sage me sorprende moviéndose a la vez para intercambiar los sitios.
Lo hace tan apresuradamente que su hombro roza mi brazo, mandando una descarga eléctrica por todo mi cuerpo.
Mantengo una expresión impasible, terminando de colocarme mientras un huracán se desata en mi pecho.
Sostengo con fuerza la manilla entre mis manos, y aguanto unos segundos sin moverme, esperando a que los latidos de mi corazón se ralenticen.
“¿Vas a demostrar tu fuerza de hombre o a qué estás esperando?,” pregunta a mi espalda, tan cerca de mí que su cálido aliento acaricia la piel de mi nuca.
No respondo, sabiendo que si lo hago no seré capaz de emitir sonido por el nudo que se ha formado en mi garganta, y me agacho como puedo para entender cómo se ha enganchado el pestillo.
Encuentro el problema al instante, recordando cómo a Tate le pasó lo mismo el año pasado y también se estuvo peleando un rato con la puerta a la fuerza.
Para arreglarlo hay que ser delicado y simplemente girar uno de los tornillos que aseguran la puerta, desenganchando la barra metálica con un click .
“Ya está,” anuncio, todavía de espaldas a ella. “Y sin tener que demostrar «mi fuerza de macho». ”
Resopla, moviéndose agitada de un lado a otro por la pequeña plataforma. El movimiento hace que todo se tambalee, y mis brazos salen disparados hacia los lados, buscando estabilidad para no caerme. Pero, como la mala suerte me persigue, termino rodeando su rodilla con mi mano.
Me quedo paralizado demasiado tiempo, girando la cabeza hacia donde mi piel roza la suya. Aun a través de la tela de sus vaqueros, siento el calor de su cuerpo bajo mis dedos. Sage no dice nada, pero una exhalación temblorosa escapa de sus labios, haciéndome apretar la mandíbula.
No retiro la mano de inmediato, sino que la miro desde abajo, observando cómo su pecho sube y baja acorde con su respiración inestable. Ella tampoco se mueve, y me devuelve la mirada con los ojos ligeramente entrecerrados.
“¿Qué estás haciendo?,” pregunta en un hilo de voz.
“Intento no caerme,” respondo en voz baja, apenas escuchándome por la fuerza con la que los latidos de mi corazón retumban en mis oídos. “No habría tenido que sujetarme a ti si no te hubieras movido como si fueras un pato mareado.”
“¿Un pato mareado?,” pregunta, alzando una ceja.
Resoplo, poniendo los ojos en blanco, y aparto mi mano mientras me levanto. Siento un cosquilleo en los dedos ahí donde he tocado a Sage, pero trato de ignorarlo. Me sacudo la mano con disimulo, como si así pudiera borrar el rastro de su calor.
“Solo había que mover un tornillo. Pasa todos los años,” digo, desviando el tema de conversación a un lugar más seguro.
“¿Y no te compensa cambiar el tornillo o poner una puerta nueva?”
Cojo aire con fuerza, restregándome las manos por la cara. Tate usó esas mismas palabras hace exactamente un año.
“No.”