Cuando florezcan los almendros (Almond Valley 1) Capítulo Dieciocho
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Capítulo Dieciocho

Sage

“¿C uánto tiempo llevas trabajando para Lib?”

“Este año cumplen tres desde que entré por primera vez en The Green Basket,” responde Julie con una tierna sonrisa.

“Julie no es de aquí, como habrás podido comprobar por su acento del sur. Es de una ciudad de la costa, con sus universidades, centros comerciales y esas cosas a gran escala,” dice Lib a mi lado, dándole un sorbo a su botellín.

“Pero parece que la ciudad no es lo mejor, como todo el mundo dice, porque un día vino a visitar a sus primos y no se marchó.”

Julie resopla en su asiento, rodando los ojos antes de centrar su atención en el ventanal a mi izquierda que da a la calle.

“Estudié Marketing en la Universidad de Westburn,” explica, centrando sus ojos verdes en mí.

“No tenía pensado mudarme, y mucho menos a un lugar tan pequeño como River Cross. Pero vine a visitar a mis primos, los Thorne, y me enamoré del pueblo. El ambiente, la gente, el campo… no podía marcharme, sentía que debía quedarme aquí.”

“Y así fue,” concluye Lib con un guiño.

“Me recorrí el pueblo entero en busca de algún puesto de trabajo libre, pero no tuve suerte en ninguno. Cuando estaba a punto de darme por vencida, encontré The Green Basket. Como si de un milagro se tratara, tuve la suerte de que Lib hubiera colgado esa misma mañana un cartel, porque si no me hubiera tenido que volver a Westburn.”

“Estaba cansada de acabar muerta cada verano por la cantidad de gente que viene, así que le concedí una entrevista.”

“Más que una entrevista fue como una charla entre amigas. Le conté mi vida y la cosa derivó a que Lib me contara la suya,” dice Julie riendo.

“Ilusa de mí, la contraté.” Lib la fulmina con la mirada. “Pensé que como tenía un título universitario la mujer sería increíble en lo suyo…”

“El título no me sirvió para nada, más que para secarme las lágrimas después del peor primer día de trabajo de mi vida.” Cambia su vista hacia mí, soltando una carcajada al recordarlo.

“Tendrías que haberme visto, Sage, estaba más perdida que un pulpo en un garaje, tocándolo todo sin saber cómo funcionaban las cosas. Lib estuvo toda la mañana preguntándose en voz alta qué coño nos enseñan en la universidad y por qué no sabía hacer ni lo más básico. Lo pasé bastante mal,” dice con las mejillas sonrosadas.

“No por Lib, ella siempre es maravillosa, sino por intentar responder a las preguntas que se hacía.”

“A día de hoy sigo preguntándomelas.”

“Y yo sigo sin tener las respuestas,” asiente Julie, riendo.

“Meses más tarde, después de ahorrar lo suficiente, pude mudarme a un piso en River Cross, justo frente de la tienda,” concluye con una sonrisa enorme de orgullo que se siente como un abrazo al corazón para cualquiera que la vea.

“Obviamente el grado universitario no tuvo nada que hacer frente a todo lo que me enseñó mi jefa, aquí presente.” Le guiña un ojo, haciendo que la otra ponga los suyos en blanco.

“La que tiene cosas que enseñar es Sage,” dice Lib, desviando el foco de atención lejos de ella. “No sé de dónde ha salido, pero el huerto funciona mejor que nunca. Incluso ha montado ella solita un cercado para que no entren los conejos.”

“¿Con lo que pesan esos chismes y tú lo has hecho sola?”

Me encojo de hombros, restándole importancia. “Tampoco fue para tanto…”

“Eres la salvadora de Almond Valley,” interrumpe Julie riendo. “Lo veo en los periódicos: Sage, la espanta-conejos con un don para las plantas.” Hace un gesto con las manos delante de ella, moviéndolas hacia los lados.

“Perdónala, como he dicho, todavía no me explico cómo contraté a esta idiota,” murmura Lib, inclinándose sobre la mesa para darle un golpe en el brazo a su empleada.

Julie le saca la lengua como una niña y se ríe todavía más, contagiándome hasta que un carraspeo detrás de mí nos interrumpe.

“Una mesa llena de mujeres felices y exitosas,” dice una inconfundible voz grave. “Dos preciosas mujeres… bueno… tres, si contamos a mi hermana. Pero entonces retiro lo de preciosas. ”

“Tate, ¿no tienes mierda de vaca que limpiar o algo?”

Su hermano se echa a reír, deslizándose por el banco donde está sentada Julie. No se me pasa por alto la forma en la que mi amiga aprieta los labios y se pega lo máximo posible al ventanal.

Cuento mentalmente hasta diez para evitar soltar algún comentario de los míos que esté totalmente fuera de lugar.

“¿Te importa?” Lib se cruza de brazos con cara de mosqueo, haciendo que la sonrisa de Tate se ensanche todavía más. “¿Entiendes lo que te digo o ese cerebro del tamaño de un cacahuete no da para más?,” insiste, alzando las cejas.

“Solo venía a saludar a estas señoritas,” se excusa él, mirándome con cara de circunstancias.

Me río de la mueca que pone, pero me encojo de hombros, dándole a entender que Lib tiene razón. Por fin tenemos una noche de chicas tras varias semanas de trabajo duro, y eso no incluye a Tate, aunque sea igual de cotilla que cualquiera de nosotras.

Pese a que me encantaría que se quedara, mi inagotable curiosidad por naturaleza necesita que se vaya para poder preguntarle a Julie a qué viene esa cara.

Está apretando la mandíbula tan fuerte que los músculos de su cara se contraen en una mueca de enfado descomunal.

En mi vida había visto a alguien tan molesto con una persona, y menos que lo demostrara teniéndolo delante.

Tate no parece darse cuenta de las emociones que crea en su compañera de asiento —supongo que porque es hombre—, y se enfrasca en un tira y afloja típico entre hermanos con Lib.

Cuando parece cansarse de molestarla, ajeno completamente a la mujer que lo ha asesinado unas diez veces con la mirada, por fin se levanta sin borrar la sonrisa satisfecha en sus labios.

“Ha sido un placer, señoritas.”

“No podemos decir lo mismo,” masculla su hermana entre dientes.

“No hablaba de ti, Lib,” dice, guiñándole un ojo. “Me voy a la barra, donde me espera mi hermano favorito.”

“¿Cómo has conseguido sacar a Weston de casa?,” pregunto sin pensarlo, sorprendida por el hecho de que Wade haya levantado la cabeza del trabajo por un día.

“Cada diez años se alinean los astros y me hace caso por una vez,” responde, encogiéndose de hombros.

Suelto una risa, lo que hace que Lib se gire lentamente para fulminarme con la mirada.

Puede parecer inofensiva por su similitud con Dorothy y sus trencitas en El mago de Oz , pero cuando pone esa cara da un miedo de cojones.

Me atraganto con mi propia saliva, convirtiendo la risa en un grito ahogado, y vuelvo los ojos a Tate.

Si miro más de cinco segundos seguidos a su hermana, estoy segura de que invocará a un demonio o algo peor.

“Nos vemos, Tate.”

Esbozo una pequeñísima sonrisa de despedida y lo sigo con la mirada por el local hasta que se sube a un taburete de la barra. Efectivamente, sentado al lado de Wade Weston.

Mis ojos se clavan en su nuca rapada, y, como si sintiera el peso de mi mirada en él, Wade se gira lentamente en su asiento y fija sus verdes ojos en los míos.

Mi boca se entreabre ligeramente por la sorpresa, y la vista de Wade baja a mis labios.

Entro el pánico al instante, y me giro a toda prisa hacia Julie con las mejillas ardiendo.

Mis acompañantes no parecen darse cuenta de mi repentina inquietud, demasiado concentradas en su enfado.

“¿Este de qué va sentándose con nosotras sin ser invitado?,” exclama Lib elevando los brazos.

“¿Por qué tiene que molestar todos los días con lo mismo?,” pregunta a su vez Julie con la cara roja de la rabia.

Intento seguirlas, entender algo de lo que dicen sus voces entremezcladas, tan enfadadas que ni se preocupan en si están hablando a la vez o no.

Mi cabeza gira de un lado a otro como si fuera un partido de tenis, pero solo me quedo con palabras sueltas como: idiota, cacahuete, imbécil, sinvergüenza y mil insultos más que Lib inventa según su enfado aumenta.

No sé cuánto tiempo transcurre antes de que el tono de sus voces se eleve tanto que acaban gritando y los clientes de otras mesas comienzan a girarse hacia nosotras.

Pero, de repente, Lib se queda sin palabras y se escucha alto y claro a Julie exclamar: “¿Qué le da derecho a ser un mujeriego descerebrado que solo tiene espacio en su cabeza para preocuparse por sí mismo?”

Mi boca se abre en una O perfecta, y de reojo veo que la de Lib se cierra con fuerza, callando de golpe la retahíla de insultos que tenía preparada.

La cara de Julie pasa de estar roja de la ira a roja de la vergüenza y, como si así pudiera protegerse de nuestras miradas inquisitivas, entierra la cara en sus manos soltando un quejido por lo bajo.

“¿Julie…?,” comienzo yo, tanteando terreno con una sonrisa contenida .

Suelta otro quejido, negando con la cabeza, y a mi lado Lib ahoga un grito llevándose la mano a la boca.

“¿Qué ha pasado, Julie?”

Por cómo se ha encogido al ver cómo Tate se sentaba a su lado y cómo ha explotado cuando se ha marchado…, sé perfectamente qué es lo que va a confesar y, para desgracia de Tate, él no va a acabar muy bien parado…

“Julie, puedes contárnoslo. Te prometo que aguantaremos la risa si es lo que Sage tiene en mente,” dice Lib en un murmullo bastante lejos de sentirse tranquilizador.

“Lo que Lib quiere decir es que no pasa nada si sientes algo por Tate o tienes algo con él. No vamos a juzgarte,” añado, dándole una patada en la espinilla a Lib.

“Me he tirado a tu hermano, ¿vale?,” suelta de sopetón, volviendo a ponerse roja como un tomate antes de llevarse de nuevo las manos a la cara.

Hago el esfuerzo de mi vida por aguantar la risa, pero Lib se lleva las manos a las mejillas como si estuviera sorprendida por la revelación y no soy capaz de contenerme. Lib se une a mi risa y Julie gime quejumbrosamente mientras se retuerce en su asiento como si estuviera sintiendo dolor físico.