Cuando florezcan los almendros (Almond Valley 1) Capítulo Diecisiete
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Capítulo Diecisiete

Wade

S age es un completo desastre. Cada vez que le explico cómo hacer algo nuevo, se las ingenia para hacerlo del revés. Apenas llevamos un par de horas y mi paciencia ya se está agotando. No me quiero imaginar cómo estará mi cabeza después de dos semanas trabajando juntos.

Será un verdadero milagro si sigo vivo para la subasta.

El problema no es que haga las cosas mal.

Sorprendentemente ella lo hace mejor en su primer día que algunas personas que llevan años dedicándose al ganado.

Se concentra para escucharme con interés, y se vuelca en cuerpo y alma en las tareas que debemos ir haciendo por los cercados.

Apenas abre la boca, más allá que para murmurar cosas para sí misma.

No me molesta con verborrea innecesaria ni trata de mantener una conversación.

Jamás lo admitiría en voz alta, pero da gusto trabajar con Sage.

Ahora bien, por cómo lo estoy diciendo, podría parecer la pareja de trabajo perfecta, pero aquí viene el problema…

Mi mente no está tranquila y en paz con ella alrededor porque no hace nada de lo que le digo.

Le explico las tareas, las asimila, las entiende, pero cuando va a hacerlas le da la vuelta a la explicación y lo hace como le da la gana.

Y, por si fuera poco, cuando voy a echarle la bronca, la veo frunciendo ligeramente el ceño, mo rdiéndose el labio inferior y con todo su ser centrado en la tarea.

Y me paralizo. En vez de decirle que deje de hacer las cosas a su manera, termino soltando alguna estupidez como: “Muy bien, Sage, sigue así.”

Todo es un puto desastre.

No sé de dónde ha salido esta faceta indulgente mía, pero no tengo corazón para corregirla cuando pone esa cara de concentración. Se toma tan en serio este trabajo que no puedo decirle nada. Incluso me ha confesado que está aterrada por si hace algo mal porque quiere que sea todo perfecto. Por mí.

Aunque tarde cinco minutos de más en cerrar las vallas porque prefiere hacerlo a su manera a seguir mis instrucciones.

Lo hace por mí.

Y no sé cómo debería sentirme al respecto; no sé si me termina de gustar. Es curioso, porque yo tengo una nueva cara, indulgente, y Sage, a pesar de todo, parece tener un corazón.

¿Que a lo mejor me está ayudando por egoísmo? No lo descartaría.

¿Qué me ayuda de todas formas? Con eso me llega.

No necesito el cariño de Sage para que trabaje aquí. Nuestra relación no va a cambiar, así que no me importa si tiene propósitos retorcidos para ayudarme.

“Una última cosa y acabamos por hoy,” anuncio, girándome sobre la silla de Shiny para mirarla.

Cómo no, mi voz la asusta y la saca del trance en el que estaba: mirando a la nada con la cabeza en otra parte.

Cuando veo que me presta atención, continúo.

“Te voy a explicar cómo se clasifica el ganado con uno de los corrales. Hacemos lo que nos dé tiempo y mañana continuamos con el resto.”

“¿Cuántos corrales tienes?”

“Seis.”

“¿Por qué tantos?,” pregunta, girándose hacia mí. Si no fuera porque veo interés real por saber la respuesta, no me hubiera molestado en contestar.

“Son diferentes tipos de reses.” Me encojo de hombros, pero Sage no parece satisfecha con mi breve respuesta, porque eleva las cejas, esperando a que continúe.

No me queda otra que hacerlo, y pongo a Shiny al paso esperando que me siga.

“Cada tipo de res requiere un manejo diferente. No es lo mismo tener ganado para carne, que ganado para leche, o animales jóvenes que adultos. Además, separar los corrales me ayuda a controlar mejor su alimentación y salud. Y también me evito peleas o estrés entre ellos.”

Asiente con una sonrisa satisfecha, apretando las piernas para que Milo avance hasta alcanzarme.

Sus rizos negros como el carbón revolotean a su espalda, recogidos de alguna manera en un pañuelo azul cielo.

Es del mismo color que la camisa que visto, remangada hasta los codos como acostumbro a llevar.

No hace falta repetir lo que me dijo Sage al verme después de que nos cambiáramos de ropa al terminar de comer y se diera cuenta de la coincidencia. Tengo su chillido grabado a fuego en mis tímpanos.

Todavía me pita el oído izquierdo, de hecho.

Galopamos suave hasta el terreno sin mediar palabra, envueltos en una nueva burbuja cargada de concentración y seriedad.

Sage apenas ha hecho comentarios sarcásticos ni se ha burlado de mí; y yo he hecho lo propio: apretar la mandíbula y desviar la mirada cuando ha hecho algo que me ha puesto de los nervios.

Si ella es capaz de contenerse, entonces yo también.

“Ata aquí a Milo.” Alzo la voz para que me escuche por encima de los resoplidos y mugidos del ganado. Desmonto al llegar al cercado y cojo el ramal que cuelga del poste para engancharlo a la cabezada de Shiny.

Sage me imita, cogiendo el otro ramal amarillo y asegurándose tres veces de que lo ha puesto bien antes de unirse a mí en la puerta del cercado.

Pero no viene al instante, sino que se mueve con cuidado para quedarse entre los dos caballos.

Me sorprende aflojando la cincha de Milo, y me doy de cabezazos mentalmente por haberme olvidado de ese detalle.

“¿Quieres que haga lo mismo con Shiny?,” pregunta sin girarse, frenando mis pies, que no sabía que habían comenzado a moverse en su dirección.

Cuando su vista se clava en mí, no puedo hacer otra cosa que asentir.

La garganta se me ha secado y, aun tragando varias veces, sé que si intentara hablar no saldría ni un sonido.

Es casi una ley de causa y efecto: Sage clava esos profundos ojos grises en mí, y yo pierdo la capacidad de hablar.

Espero a que termine para abrir la puerta y comenzar la explicación de lo que vamos a hacer, necesitando un momento para entender qué coño está pasando en mi cabeza y por qué me estoy comportando así delante de ella.

“Primero montamos el pasillo por donde van a pasar las vacas,” digo, señalando la estructura metálica que está apoyada a un lado del cercado.

“Tú te vas a encargar de abrir y cerrar las puertas según lo que te vaya gritando, ¿vale?” Asiente, mirando los cuatro recintos en total.

“Izquierda enteros, medio castrados y derecha hembras, ¿entendido? Si dudas lo dices y lo grito también.”

Sus ojos se clavan en los míos con tanta intensidad que creo que mi corazón se salta un latido.

No soy capaz de sostenerle la mirada, llena de tantas emociones.

Tantas palabras sin pronunciar. Siento que si la observo más de dos segundos podré ver lo que oculta, y no logro decidir si quiero correr ese riesgo.

Porque detrás de esa mirada hay algo que no quiero descubrir, algo que podría hacer que nuestra relación deje de ser solo lo necesario.

No quiero abrir esa puerta emocional. Añadir más preocupaciones a mi vida. Cargar con más responsabilidades de las que ya tengo. Prefiero mantener la distancia, proteger lo poco que tengo, aunque eso signifique no saber qué hay detrás de esos ojos .

“¿Empezamos?”

La voz de Sage me devuelve a la tierra, haciéndome fruncir el ceño.

Es la segunda vez que mi cabeza vuela a otro lugar con Sage delante.

Lo que me provoca no me gusta, me distrae, y por esto mismo no quiero mirarla, no quiero entenderla y no quiero que nuestra relación vaya más allá de lo profesional.

“Tienes que ser rápida y cuidadosa, ¿vale? No te bajes de la estructura nunca, o te podrían aplastar las vacas. Cuando el animal se acerque a ti, abres la puerta con fuerza y, en cuanto haya pasado, cierras rápido.”

“Rápido y cuidado. Entendido,” asiente con seguridad, añadiéndole una pequeña sonrisa al gesto.

“Vamos,” murmuro, asintiendo de vuelta.

Echo a caminar hacia la estructura metálica, sintiendo la proximidad de Sage a mi espalda.

Iremos muy despacio y me aseguraré de que escucha mi instrucción antes de soltar a los animales de uno en uno.

Lo último que necesito es que se lleven a Sage por delante y tenga que volver al punto de partida.

Y con una empleada menos.

Normalmente la clasificación de ganado se hace con tres o cuatro personas, pero mis cercados son lo suficientemente pequeños como para poder trabajar a dúo sin problema.

Apenas hay diez metros entre la puerta donde voy sacando a los animales y el pasillo donde estará Sage, así que podemos trabajar con soltura sin riesgo de perdernos de vista.

“Coge por ahí y la arrastramos hasta la puerta,” digo, señalando con la cabeza el otro extremo metálico.

Sage no titubea, levantando con fuerza el palo hasta encajárselo al hombro para poder llevarlo con más libertad.

Tiramos de la pesada estructura hasta el punto indicado y la montamos entre murmullos y gestos.

No explico con palabras cómo colocarla, sino que Sage imita mis gestos y por lógica entiende cómo funciona y dónde va cada parte.

Tras casi un cuarto de hora con el sol calentando con intensidad a nuestra espalda, terminamos de instalarla sin aliento y recubiertos de una fina capa de sudor.

Agradezco internamente que Sage esté aquí hoy, porque de haber estado solo me habría dado una insolación y como mínimo veinticinco tipos de arritmia.

“¿Estás lista?,” pregunto por décima vez, sosteniendo entre mis manos el seguro de la puerta del cercado.

Miro a Sage por encima de mi hombro derecho, subida al pasillo metálico a varios metros del suelo, agarrándose como si su vida dependiera de ello a la barra que le queda por la cintura, esperando indicaciones.

Asiente con seguridad. “Lista.” Me guiña un ojo, como si fuera el pistoletazo de salida de una carrera y vuelvo a asentir, mirando al ganado encerrado.

“Allá vamos,” murmuro para mí, abriendo la puerta para dejar pasar a la primera vaca. “¡Entero!,” grito por encima de los latidos de mi corazón, que retumban con fuerza en mis oídos.

Me giro en el momento preciso en el que Sage está cerrando la puerta de la izquierda después de que pase el animal.

Tiene una sonrisa enorme dibujada en los labios y, cuando levanta la cabeza para mirarme, nuestros ojos se encuentran como dos planetas atrapados en la misma órbita.

Asiento imperceptiblemente, dando el visto bueno a su trabajo, y me sorprende ensanchando todavía más su sonrisa y con un ligero rubor coloreando sus mejillas.

“¿Qué tal lo he hecho?”

Aguanto la risa ante el tono esperanzado en la voz de Sage y su energía inagotable.

Camina a mi lado, dando saltitos como si fuera Heidi por la pradera persiguiendo a Niebla.

El trabajo se le ha dado bien. Más que bien, en realidad.

No ha fallado una, y, pese a un comienzo lento y precavido por si acaso se confundía, a los veinte minutos me he dejado llevar y hemos logrado llevar un buen ritmo hasta que, casi sin darnos cuenta, hemos completado el corral entero.

Uno de seis, completado.

Si seguimos a este ritmo, en una semana habremos terminado con la clasificación y tan solo nos quedará pasar el chequeo veterinario reglamentario.

“Ha sido decente,” me limito a contestar, guardándome la verdad para mí. Sage resopla a mi lado, pero no borra la sonrisa que ilumina su rostro.

“Ha sido más que decente, Weston. Lo he hecho increíble para ser mi primera vez clasificando ganado.” Me adelanta, girándose un segundo para caminar hacia atrás y guiñarme un ojo, y se vuelve hacia los caballos antes de que le dé tiempo a ver mi reacción.

Y mejor así, porque prefiero que no vea la pequeña sonrisa que asoma en mis labios ante la ausencia de mentiras en su réplica.

“Mañana continuaremos con los otros cercados,” anuncio, girándome hacia la derecha para mirar a Sage, que cabalga a mi lado sobre Milo.

Observo ensimismado cómo se quita las gafas para limpiarlas con el extremo de su camisa, y carraspeo antes de añadir: “Si seguimos a este ritmo no nos faltará tiempo hasta la subasta, así que no tenemos prisa.”

La sonrisa ilusionada de Sage no ha desaparecido desde que salimos para volver a mi casa, pero se convierte en una sonrisa maliciosa cuando se vuelve hacia mí.

“Entonces… ¿estás admitiendo que he trabajado no bien, sino muy bien?,” pregunta, subiendo y bajando las cejas varias veces con un tono juguetón.

Casi suelto una carcajada, pero la contengo en el último momento y toso para disimular.

“Te la estás jugando, Sage...”

“Admítelo. He trabajado mejor que Tate en su primer día,” insiste, sin borrar la sonrisa.

“No lo recuerdo,” murmuro, desviando la mirada hacia el frente sellando mis labios con fuerza, haciendo como si no lo recordara.

Pero es que jamás olvidaré lo mucho que me reí ese día.

De aquella yo ya llevaba varios años ayudando a mi padre con el ganado.

Demostré seguridad y soltura desde el primer día, un poco como Sage hoy, pero a Tate no le terminaba de hacer gracia estar rodeado de tantos animales de más de una tonelada que podrían aplastarlo en cualquier momento —palabras suyas, no mías.

Ese día, cuando teníamos diecisiete y dieciséis años respectivamente, le dio por venir con nosotros a echarnos una mano. Estaba nervioso, más bien al borde del infarto, y mi padre trató de tranquilizarlo desde la puerta del cercado mirando hacia arriba, donde Tate estaba esperando instrucciones.

Mi padre gritó antes de abrir su puerta, pero Tate estaba tan nervioso que metió al animal en el cercado equivocado.

La vaca entró tan tranquila al corral de los becerros mientras a mi hermano le daba un ataque ahí arriba.

Los terneros corrieron en círculos como pollos sin cabeza, y él se quedó paralizado, sosteniendo una bisagra rota entre sus manazas.

Después de esa siguió intentándolo, sin éxito, hasta que mi padre, en uno de sus muchos juegos, le gritó: “¡Abre la izquierda! ¡Rápido!”, y Tate lo hizo tan apresurado y con tanta fuerza que se cayó de la plataforma haciendo una voltereta hacia atrás.

Estuvimos riéndonos de él varias semanas, recordando cómo se pegó la hostia de su vida sin que mi padre hubiera liberado a ninguna vaca.

“Eso lo dices porque tengo razón, pero tienes la cabeza tan dura que te cuesta admitir las cosas que te dan rabia. Como yo trabajando bien.”

¿Ha clasificado bien al ganado? Sí. ¿Me ha puesto de los nervios el ochenta por ciento restante de todo el trabajo que hemos hecho durante la tarde? También.

Y por eso no le voy a dar el beneficio de escucharme admitirlo, sino que murmuro una advertencia para que deje de insistir.

“No juegues con fuego, Sage. Podrías quemarte.”

Esa misma noche, después de guardar a los caballos en sus cuadras y subir en silencio las escaleras hasta el porche que compartimos, algo se sintió diferente entre nosotros.

Y ahora, tras dar demasiadas vueltas en la cama, también le doy vueltas a la cabeza, repasando cada momento del día, buscando en qué instante cambió la dinámica entre nosotros, y si merece la pena encontrar la forma de revertirla o ya no hay forma de salvarme.