Cuando florezcan los almendros (Almond Valley 1) Capítulo Dieciséis
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Capítulo Dieciséis

Sage

“¿C ómo has conseguido que mi hermano te pida ayuda? ¿Tenías una navaja en la mano? ¿Una pistola?”

Lib me mira con los ojos como platos y la boca entreabierta y no puedo evitar soltar una risita al pasar por su lado para seguir mi camino hacia el invernadero.

Acabo de llegar a trabajar, el sol se eleva lentamente por el horizonte y las nubes salpican el cielo azul como si fuera una pintura de Magritte.

Apenas he dormido, dándole vueltas a la forma en que Wade se despidió anoche en el porche: tratando de encontrar una explicación que justifique el cambio repentino en su forma de ser.

No sé si algo ha cambiado entre nosotros, pero, de ser así, no quiero que se pierda nuestra dinámica de fulminarnos con la mirada e intercambiar comentarios sarcásticos.

La gasolina de mi vida es dejarlo sin palabras con mi ingenio, no quiero que la mejor parte de vivir en la misma casa que él llegue a su fin.

“Si te soy sincera, no tengo ni la más remota idea,” contesto, encogiéndome de hombros, todavía de espaldas a ella.

“En sus veintisiete años de vida jamás le ha pedido ayuda a nadie, Sage. Esto es un acontecimiento histórico.” Su voz está cargada de auténtica fascinación, como si todavía no pudiera creérselo.

“Pues podría haber esperado otros veintisiete y pedírselo a alguien más capacitado que yo.”

Lib resopla y me da unos toquecitos en el codo. Me giro con las cejas levantadas, esperando su réplica llena de comentarios alentadores sobre mi capacidad para hacer el trabajo de esta tarde.

“Que le jodan. Eres capaz de hacer el trabajo, Sage. Si algo te sale mal habrá sido culpa suya por no explicártelo bien… Y yo estaré ahí con palomitas disfrutando del espectáculo.” Me guiña un ojo con una sonrisa burlona y suelto una risa.

Vuelvo al trabajo sacudiendo la cabeza, pensando en sus palabras.

«Si sale mal habrá sido culpa suya…»

Podría sonar alentador, liberador incluso, pero lo que Lib no sabe es que, en vez de quitarme un peso de encima, lo ha hecho más pesado.

Porque no quiero que salga mal. Y me da miedo que, aun dando lo mejor de mí, no sea suficiente y todo acabe yéndose a la mierda.

Trabajamos en silencio durante las siguientes horas, Lib preocupada en beber agua para que no le dé una insolación y yo imaginando en mi cabeza escenarios ficticios sobre lo que puede pasar esta tarde.

Una de las opciones es que sea una completa inútil, le haga perder la paciencia y me mande de vuelta a casa. Y eso en el mejor de los casos.

Suspiro con fuerza, obligándome a mantener la mente en blanco mientras termino de colocar la valla metálica para que los conejos no entren en el huerto y se vuelvan a cargar el riego.

“¿Te está dando un ictus?”

Pongo los ojos en blanco aunque tengamos un montón de plantas entre nosotras y no pueda verme.

“No, Lib.”

“Es que estás resoplando tanto, murmurando cosas sin sentido y pataleando el suelo… que no sé si es que estás enfadada con el mundo como una niña enfurruñada porque le han quitado su juguete favorito, o es que te está dando algo.”

Suelto otro resoplido, y escucho su suave risa al otro lado de las hojas. Meto la cabeza entre ellas, apartándolas con mis manos para mirarla a los ojos.

“Lib, estoy cagada,” confieso.

Me mira unos segundos con las cejas alzadas, pero estalla en carcajadas de repente, haciéndome parpadear unas cuantas veces.

“No te vuelvo a contar nada,” digo, resoplando una vez más mientras me aparto. La risa de Lib cesa, y me coge de las mejillas para que no me mueva, inspeccionándome hasta las entrañas.

“Eres de las que se preocupa por todos sin excepciones, ¿no?”

Me encojo de hombros, sin saber muy bien qué responder a eso. No sé si soy ese tipo de persona, pero estoy aquí para reconstruirme, así que si puedo elegir serlo, sin duda lo haré.

“Aunque no se lo merezca, dada la actitud de mierda que ha tenido contigo, estás ahí para ayudarlo,” insiste con la voz cargada de asombro.

Supongo que yo también estoy sorprendida conmigo misma, porque, ¿quién me creo ayudando al imbécil de Wade Weston?

“¿Sabes qué?” Cojo sus manos entre las mías para apartarlas de mis mejillas. “Prefiero no pensarlo. Lo hecho, hecho está. Ya me lamentaré más tarde cuando tenga que aguantarlo más de dos minutos seguidos.”

La fuerte risa de Lib inunda el silencioso huerto. Se agarra la barriga, doblándose por la mitad como si fuera un dibujo animado. La miro con incredulidad, el ceño levemente fruncido y la boca entreabierta, esperando a que termine su episodio de locura.

“Realmente no sabes lo que has firmado.”

“Mi sentencia de muerte, con algo de suerte,” murmuro con un bufido.

Lib asiente, y compartimos una mirada cómplice, pero en mi pecho algo se encoge, como si me estuviera advirtiendo que esta historia va a doler.

Intento centrarme en el alambrado, desenrollándolo y clavándolo a los postes de madera que coloqué alrededor del huerto al comienzo de la mañana.

Al cabo de varios minutos, mecanizo la tarea, pero resulta peor que estar pendiente, porque ahora mi cabeza vuelve a estar libre y el dolor en mi pecho reaparece sin previo aviso.

No acostumbro a ponerme nerviosa ante las cosas nuevas. Adoro los retos y me encanta ponerme a prueba. Pero hay algo en este trabajo, unas expectativas, unos plazos que cumplir sin demora, que hace que mi corazón se acelere ante la perspectiva de fallo.

Se siente como una prueba definitiva.

Y no estoy segura de si la voy a pasar.

“Oye, cielo, una pregunta antes de que te vayas a la guerra…”

Sonrío, poniendo los ojos en blanco y le doy un pequeño codazo amistoso. Me pongo a su lado mientras recogemos el huerto antes de irnos a comer; Lib a la casa de su madre y yo a mi pequeño apartamento.

Estoy demasiado nerviosa como para comer delante de más gente y aparentar serenidad. Prefiero hacerlo sola para poder angustiarme con libertad. Llorar si hace falta, romper algo… lo que sea necesario.

“Dime, Lib, cualquier cosa.”

“Esto… era sobre lo que pasó el otro día.” Vacila antes de continuar. “Sé que te di un susto de muerte, lo siento por eso, pero tu at aque de ansiedad me dejó con mal sabor de boca. Estaba muy preocupada, Sage.”

Aprieto los labios con fuerza, sintiéndome como una mierda de persona por haber aplazado una y otra vez una conversación tan importante como esta. Si quiero tener una amistad con Lib, tengo que ponerla al tanto de mis limitaciones.

“Perdona por preocuparte y por no habértelo contado. No sabía que me daría un ataque aquí; hacía muchos meses que no me pasaba.” Reprimo un suspiro, soltándolo todo de golpe sin pensarlo.

“Tiene un nombre específico, TEPT, pero me gusta llamarlo traumas de infancia , así no suena tan grave. Mi cuerpo reacciona como el otro día con los sonidos fuertes, los gritos, el contacto físico no deseado y los movimientos bruscos.” Inspiro con fuerza, observando la reacción de Lib.

“Tenía lo que podría haber sido un arma en la mano, estaba distraída, y entre tu voz y tu grito, todo se descontroló. Es como si dejara de ser consciente del ahora y en mi cabeza solo hubiera espacio para mis ecos del pasado. Me transporta allí, puedo ver los recuerdos, sentirlos, tocarlos, y, mientras mi mente está allí atrapada, mi cuerpo está aquí colapsado.”

El silencio se instaura entre nosotras, y, después de lo que me parece una eternidad, Lib levanta la cabeza y me mira con ojos tristes.

“Vaya… Lo siento mucho, Sage. No tenía ni idea.”

“No es que lo vaya pregonando a cada sitio que voy,” digo, intentando quitarle hierro al asunto mientras me encojo de hombros, pero Lib no se ríe, sino que la tristeza se acentúa en su mirada.

“Lo siento de veras.”

“No tienes que disculparte, Lib, tú no me generaste el trauma.”

“Aun así…. Si necesitas cualquier cosa, estoy aquí, ¿vale? Puedes contar conmigo siempre.”

Asiento, esbozando una pequeña sonrisa agradecida .

“El otro día me ayudaste mucho, gracias.”

“Pero si no hice nada,” dice, apretando los labios.

“Estabas ahí, pendiente y preocupada. Ya es más de lo que nunca nadie ha hecho por mí.”

Me lanza una sonrisa aguada, y es por eso por lo que no me gusta hablar de mi infancia.

Detesto ser la víctima y que me miren con pena.

Como dije antes: lo hecho, hecho está. No puedo cambiar el pasado, el dolor, las cicatrices…

Pero sí puedo decidir cómo quiero que sea mi futuro.

Con trauma o sin trauma, mi dirección siempre es hacia delante.

Siempre avanzando. Siempre hacia algo mejor.

Recojo el sobrante del alambrado de la húmeda tierra y lo doblo con cuidado de no cortarme.

“¿Vienes a comer?,” pregunta Lib desde la nueva puerta, poniéndose la mano de visera para mirarme.

“No, no, voy a casa. Ve tirando y yo recojo,” respondo, amarrando el material con una cuerda para guardarlo con el resto de las herramientas en el invernadero.

“¿Estás segura?”

“Sí, está controlado.”

Le hago un gesto con las manos para que se marche, pero, si quiero ser mi mejor versión, tengo que mejorar algunas cosas, así que la llamo antes de que se vaya.

Se gira para mirarme, entrecerrando los ojos por el sol.

“Gracias por todo.”

Lib aprieta los labios y apoya las manos en sus caderas.

“No te dejes ningunear, Sage. Y si se pone pesado sácale el palo que tiene metido por el culo para golpearlo.” Me señala con un dedo amenazante, haciéndome entender que va completamente en serio.

Niego con la cabeza mientras suelto una pequeña risa, liberando con éxito el malestar en mi pecho.

Termino de hacer la pasta en la cocina de Wade tarareando distraídamente una canción de Doja Cat que me enseñó Lib de la que no recuerdo el nombre.

Remuevo con energía la salsa de setas y queso fundido para que no se pegue y, cuando me giro para ir a por la bandeja para presentar la comida, me quedo paralizada al ver que no estoy sola.

Wade me observa con el ceño fruncido y los brazos cruzados desde el hueco de la puerta.

Creo ver un atisbo de sonrisa, pero me lo habré imaginado, porque al pestañear ya no está.

Está apoyado contra el marco de la puerta, y la tensión en su cuerpo no hace sino acentuar los músculos de sus brazos.

Me tomo la libertad —culpa del shock— de comérmelo con los ojos.

Mi mirada se mantiene fija en sus antebrazos durante unos segundos que se me hacen demasiado cortos.

“Oh, por favor, haz como si no estuviera,” dice con la voz ronca, enarcando una ceja al verme prácticamente babeando.

Ruedo los ojos y les doy algo que hacer a mis manos, recolocándome la camiseta de tirantes granate por dentro del pantalón.

“No sabía que vendrías tan temprano. Asumí que comerías en casa de Emily,” me excuso, dándome la vuelta para centrar mi atención en la comida y no en cómo me arde la cara de la vergüenza.

Me acerco a la estantería para coger la bandeja, pero ni poniéndome de puntillas logro alcanzarla. Estoy con medio cuerpo sobre la encimera, cuando un brazo se alza por encima de mi cabeza y coge la bandeja sin esfuerzo.

Siento el calor del cuerpo de Wade a mi espalda, y un escalofrío me recorre de arriba abajo.

No me muevo, con miedo a que si lo hago, el mundo estalle o deje de girar.

Escucho su respiración cerca de mi oreja, y sé que si giro levemente la cabeza, mi vista estará a la altura de sus labios.

Esa simple imagen hace que mi corazón se acelere y me pase la lengua por los labios.

Espero sin moverme ni un centímetro a que Wade dé un paso atrás o haga algo para acallar la sensación cálida que está comenzando a crecer en mi cuerpo.

El frío que me inunda cuando se aleja de mí me hace fruncir el ceño, y me sorprendo al sentir como si también hubiera dejado un extraño vacío en mi pecho. Trato de que no se note lo que provoca en mí, cogiendo rápidamente la bandeja de sus grandes manos sin mirarlo a los ojos.

Trago varias veces, intentando aliviar la repentina sequedad en mi garganta, y mezclo la pasta con la salsa en la bandeja.

“¿Has comido? He hecho pasta para un ejército,” pregunto fingiendo serenidad, aún de espaldas. No responde al instante, lo que hace que me gire para mirarlo por el rabillo del ojo.

Pero él ya me está mirando, con tanta intensidad que temo que pueda leer todos los pensamientos que se me han pasado por la cabeza durante nuestro íntimo momento. Me vuelvo a sonrojar y lo veo fruncir el ceño, pero asiente imperceptiblemente y va a por dos platos limpios.

“Gracias, Sage,” murmura, dejando uno de los platos delante de mi sitio habitual.

Se sienta en la silla de siempre, justo frente a la mía, y no levanta la cabeza buscando mi reacción.

“No es nada, Wade,” respondo en un susurro.

¿Lo habrán abducido los aliens y me han devuelto a un Wade con el cerebro lavado? Me preocupa que se quede así para siempre, prefería el Wade furioso con el mundo y distante, siempre dispuesto a soltar algún comentario mordaz.

Imagino la cantidad de comentarios sarcásticos que podría haber hecho sobre mi estúpida reacción al estar tan cerca de él o mi inintencionado sonrojo al recordarlo.

“¿Todo bien?” Me muerdo la lengua según las palabras escapan de mis labios.

Wade levanta la vista con las cejas prácticamente fusionadas, y responde en un murmullo: “Todo bien.”

Vuelve la vista a su plato y sigue comiendo, ajeno a mi mirada curiosa. Trato de leer su rostro, intentando ver más allá de lo que muestra, pero solo distingo cansancio y preocupación.

Estoy a punto de centrarme en lo mío cuando él levanta la vista, mirándome de nuevo. Un segundo. Una milésima.

Y entonces lo veo.

Quizás su nueva actitud conmigo no sea porque está cambiando como persona, sino por agotamiento.

Esta subasta lo es todo para él, su vida entera: el cierre de un ciclo, la prueba de todo lo que ha logrado...

Tiene las expectativas altas. Una presión porque no quiere fallar, sino superarse a sí mismo.

Tiene miedo al fracaso y a no ser suficiente.

Y lo entiendo. Sus ojos me cuentan una historia. Su historia.

Y puedo leerla tan claramente… porque es la misma que la mía.