Cuando florezcan los almendros (Almond Valley 1) Capítulo Quince #2
34%

Capítulo Quince #2

Lib no sale del vehículo; en su lugar, baja imperceptiblemente el volumen de la música y asoma la cabeza por la ventanilla.

“¡Buenas noches, cascarrabias! ¡Ha bebido un par de cervezas de más, así que cuídamela bien!,” grita a pleno pulmón, como si no estuviera a solo unos metros de mí. Le enseño el dedo corazón y me calo la gorra hasta los ojos.

“Cállate, bocazas,” le recrimina Sage, chistándola y haciendo un aspaviento con la mano.

Mi hermana suelta una estridente carcajada y le dice a Sage algo que no alcanzo a escuchar. Arranca el motor y, antes de que la camioneta desaparezca entre los árboles junto con sus carcajadas, saca la mano por la ventanilla para enseñarme su dedo corazón.

Sacudo la cabeza, conteniendo la risa, y al girarme veo a Sage subiendo las escaleras del porche, agarrándose disimuladamente a la barandilla para no perder el equilibrio.

Si creen que voy a hacer de niñera la llevan clara.

“¿Habéis cenado?,” pregunto en cuanto se para en la cima de las escaleras, a pocos pasos de mí.

La veo asentir, soltando una risita que me eriza la piel, y se apoya con fingida naturalidad en la barandilla. Su vestido amarillo de verano ondea con la suave brisa, haciendo juego con el movimiento de su asalvajado cabello.

“Hemos ido a The Red.”

Me mira fijamente con tanta intensidad que no sé qué coño decir, así que esta vez asiento yo en silencio. Se toma su tiempo para organizar sus pensamientos y continúa hablando:

“Primero fuimos a una tienda de material de campo en River Cross porque quiero poner una valla metálica en el huerto para que no entren los conejos,” comienza a hablar, apenas dándose tiempo para coger aire entre frase y frase.

“Idea de Tate, por cierto,” añade con una sonrisita.

“Luego aprovechamos y pasamos por The Green Basket y saludamos a Julie. ¿Conoces a Julie? Bueno… claro que la conoces, literalmente trabaja para tu familia. El caso es… que es realmente encantadora, quiero conocerla más, incluso ser su amiga. Tengo pocas amigas, ¿sabes?” Suelta una carcajada nerviosa, entrelazando y soltando sus dedos una y otra vez.

“Pocas es ser generoso, aunque Rachel cuenta por un ejército. Es la mejor. Pero no quiero cientos de amigas… con Julie y Lib me llega, dos amigas especiales son más que suficientes. Ya serían más de las que he tenido en toda mi vida…,” balbucea, medio riendo, con la mirada perdida en algún punto por encima de mi hombro hacia los árboles.

Me mantengo en silencio con el ceño fruncido, pensando si realmente la Sage sobria me estaría contando todo esto.

Me parece demasiado… personal. Incluso para ella, que habla hasta con los caballos.

Siento que Sage preferiría estar diciéndole todo esto a una pared antes que a mí, así que no digo nada, y, por si acaso, tampoco me muevo.

A lo mejor si aguanto la respiración se olvida de que estoy aquí…

“¿Crees que sobro?”

La pregunta me pilla totalmente desprevenido, pero es la inseguridad que refleja su mirada lo que me desarma por completo. La sinceridad en su pregunta, la duda real que ronda por su cabeza, me deja en blanco durante unos segundos.

No sé a qué se refiere exactamente. ¿A sus amigas? ¿Al trabajo? ¿Al ahora, aquí, conmigo? Lo pienso unos segundos, intentando entenderla, pero termino respondiendo por todas.

“No creo que sobres, Sage.”

Intento sonar seguro, pero mi voz es apenas un susurro audible. Me pregunto si Sage me habrá escuchado, pero la veo asentir con aire distraído.

“Gracias.”

“¿Por qué?”

“Por ser sincero.”

Mi mandíbula se tensa al darme cuenta de que no le falta razón .

“Mañana trabajarás conmigo.” Cambio de tema con un tono neutral, porque necesito con urgencia hablar sobre algo que puedo controlar. “Espero que seas productiva y no tengas resaca,” añado, señalándola vagamente con la mano.

“Oh, venga, vamos, solo estoy un poco contentilla,” dice medio riendo mientras sacude la cabeza. No queda ni rastro de la Sage pensativa de hace unos segundos, pero, antes de que me pregunte en qué estará pensando, continúa hablando. “Lib es una exagerada, ni siquiera estoy borracha.”

“Bebe agua antes de irte a dormir,” insisto, apagando el cigarro antes de levantarme de la vieja silla de madera que traje de la casa de mi madre cuando me mudé.

Mi repentina altura hace trastabillar a Sage y da un par de pasos tambaleantes hacia atrás. Cuando se estabiliza tiene que levantar la cabeza para mirarme. O más bien fulminarme .

“Mañana trabajaré de la misma manera que he trabajado desde que estoy aquí,” dice secamente, sin romper el contacto visual.

“Si tienes algún problema con mi rendimiento puedes hablar con Emily o Lib, que saben tan bien como tú —con la diferencia que ellas no tienen ningún problema en decirlo en voz alta— lo bien que trabajo.”

Su tono brusco me sorprende y no me gusta por dónde está yendo la conversación, pero mi vena impulsiva gana y no soy capaz de no contestar de la misma manera.

“No tienes ni idea de tratar con el ganado, según lo que me ha dicho Emily, así que es imposible que trabajes igual de bien que en el huerto, Sage” respondo, usando el mismo tono cortante, lo que la hace apretar los dientes y entrecerrar todavía más los ojos.

“Lo sé, Wade, pero esperaba que no tuvieras ningún problema en enseñarme y tener paciencia, ya que has sido tú quien me ha pedido ayuda.”

Se cruza de brazos tras soltar la última palabra con rabia y se me queda mirando durante varios segundos echando fuego por los ojos.

No sé cuánto durará esta nueva batalla de miradas fulminantes en la que nos hemos adentrado, pero la intensidad de la suya me incomoda —como tantas otras veces— y, al final, soy yo quien rompe primero el contacto visual, desviando la mirada hacia los árboles del bosque a su espalda.

Sage se mantiene firme, sin rastro de su pequeña borrachera, y, tras unos segundos pensativo, vuelvo la vista hacia ella con la intención de imitar su sinceridad.

“No tengo ningún problema en enseñarte ni en tener paciencia contigo. Sé que no tienes apenas conocimientos en cuanto a trabajar con el ganado, y aun así te pedí ayuda. Mis razones tendré —aunque todavía no sé ni yo cuáles son—, así que mañana te enseñaré todo lo que sé para que seas útil y puedas trabajar conmigo,” suelto sin respirar, sintiéndome algo aturdido por las palabras que acaban de salir de mi boca.

¿Por qué digo todo esto? No tengo que explicar por qué pido ayuda. Sage ya sabía que quería contar con ella, así que, ¿por qué coño me veo dando lecciones sobre paciencia y trabajo? Necesito salir de aquí ahora mismo.

“Buenas noches, Sage,” murmuro, llevándome la mano a la visera de la gorra como despedida.

No levanto la mirada del suelo, pero escucho cómo inhala con fuerza y retiene el aire el mismo tiempo que yo tardo en girarme y estar a punto de entrar en casa.

Pero vacilo. No sé por qué vacilo. Yo nunca vacilo.

Me paro justo antes de que mi mano roce el pomo y me giro lentamente, forzándome a levantar la vista y encontrarme con esos enormes ojos grises que me miran con tanta intensidad que cualquiera creería que puede ver todo lo que ocurre en mi cabeza.

“No sobras, Sage. Y, por lo que he podido comprobar con el huerto y lo contentas que están mi madre y mi hermana contigo, sé que aprendes rápido y vas a lograr lo que sea que te enseñe mañana.”

Las palabras salen de mi boca en un tono suave y calmado, pero no soy capaz de filtrarlas ni procesarlas hasta que ya están dichas en voz alta y el pánico por lo que pueda pasar ahora comienza a invadirme.

No espero a que responda. Huyo como el cobarde que soy y me adentro en la seguridad de mi casa, con un único pensamiento rondándome la cabeza: no puedo bajar la guardia con Sage. Debo mantener las distancias y no sobrepasar la línea jefe-empleada.

Porque si el mundo es lo bastante cruel como para arrebatarme a la persona que más he querido, también será capaz de arruinarlo todo si me acerco más de lo que debería a Sage.