Cuando florezcan los almendros (Almond Valley 1) Capítulo Quince
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Capítulo Quince

Wade

E l paisaje desde la ventana del salón de la casa de mi infancia es monótono, plano y con una carencia de árboles que me hace sentir fuera de lugar.

Aún recuerdo el día que le dije a mi madre que me iba de casa cuando terminé de hacer mi cabaña en mitad del bosque.

Casi me deshereda, pero nada como una buena charla demostrando mi madurez para que horas más tarde me diera el visto bueno y me independizara.

Estuvo presente en todo el proceso de construcción, pero tener la casa terminada y dejarme ir a vivir allí eran dos cosas muy distintas para ella.

Siempre me gustaron el bosque, los árboles frondosos y poder perderme entre los interminables caminos hasta el río.

De aquellas, hubiera preferido escaparme de casa y mudarme con o sin su permiso antes que seguir viviendo en el valle.

En el bosque me siento protegido, aislado de la sociedad y rodeado de lo que me hace sentir bien: mis dos caballos —uno más especial que el otro.

Doy un sorbo a mi café, frío y amargo, con la vista clavada en los establos.

Observo distraídamente cómo los trabajadores se mueven de un lugar a otro para completar sus tareas de la tarde.

Emily y Mira charlan animadamente al otro lado del salón, sentadas en el sofá mientras beben su café humeante y azucarado.

Desde fuera podría parecer que estoy prestando toda mi atención a lo que ocurre en el exterior de la casa, pero lo cierto es que solo tengo oídos para la conversación que están manteniendo mis acompañantes.

“Vaya disgusto se llevó la pobre al recordar que no había recogido el huerto cuando llegó del paseo con Tate,” dice mi madre, riendo con suavidad.

“Hacía tiempo que no veía a Lib reírse tanto. Y todo por la cara que tenía Sage,” añade mi abuela, uniéndose a su risa.

“Lo mejor fue ver a Tate responsabilizándose y asumiendo la culpa y luego ver a Lib recriminándole haberse llevado a su trabajadora favorita.”

“Para una vez que se hace responsable de algo y así le sale…”

Ambas ríen, recordando la absurda escena que montaron los tres al mediodía, y menos mal que estoy de espaldas a ellas, porque así no ven cómo pongo los ojos en blanco con tanta fuerza que casi me quedo ciego.

“¿Crees que estará mucho tiempo con nosotros?,” pregunta mi abuela.

Emily suspira pesadamente, pero dice con esperanza: “Espero que sí. Una trabajadora como ella nos viene demasiado bien como para dejarla ir.”

“Se ha adaptado muy bien a nuestro ritmo de vida, y eso que viene de la ciudad y un trabajo completamente diferente.”

Me muerdo la lengua para no perder el control y preguntar por ese trabajo. La curiosidad me está matando. Joder… ni que estuviera obsesionado con ella.

“Sin duda parece disfrutar de vivir en la granja y trabajar con nosotros. Lib está realmente encantada con ella, creo que se están haciendo amigas,” prosigue diciendo mi madre, con la voz cargada de adoración. “Es como si la conociera de toda la vida.”

“Parece una buena chica,” asiente Mira.

“¿Y tú qué opinas, hijo?”

La repentina pregunta de mi madre me pilla por sorpresa, pero intento fingir que no estaba pendiente de su conversación y me giro con el ceño fruncido hacia ellas.

“¿Cómo?”

Emily me mira enarcando una ceja, esbozando una sonrisa burlona. “No te hagas el tonto, que yo te parí. ¿Qué te parece Sage? Es buena chica, ¿no?”

“No lo sé, mamá, apenas la conozco de unas semanas,” respondo encogiéndome de hombros, fingiendo desinterés.

“Eso es que le gusta,” dice Mira con una sonrisa orgullosa. “Verás cómo poco a poco esa chica consigue derribar esos muros tras los que te has empeñado en esconderte.”

Frunzo el ceño, sabiendo que eso jamás ocurrirá, pero no le llevo la contraria. Pelear todo el día a veces resulta agotador.

“Créeme, cuando le pida ayuda con el ganado, estará perdido,” le responde Emily, riendo.

Resoplo con fuerza, entrelazando con fuerza las manos en mi regazo.

“Ya se la he pedido.”

La boca de mi madre se abre en una gran O, a lo que la sigue la de mi abuela.

Ambas me miran con los ojos como platos, y pasan varios segundos que se me hacen eternos hasta que por fin Emily pestañea.

Mira sigue petrificada cuando mi madre comienza a balbucear cosas sin sentido, abriendo y cerrando la boca una y otra vez sin emitir ninguna palabra coherente.

No recordaba lo bien que sienta cuando dejas a tus familiares sin palabras. Una sonrisa satisfactoria asoma en mis labios, y tengo que apretar con fuerza los dientes para evitar que se ensanche y reciba una colleja por parte de mi madre.

“Bueno…” comienzo, levantándome de la butaca con mi pequeña sonrisa victoriosa. “Como veo que no tenéis nada más que decir, me largo.”

“¡No tan rápido!” Mi madre se levanta tan rápido de su asiento que el cojín del sofá sale disparado y tiene que agacharse para recogerlo.

“Tenemos mucho de lo que hablar,” añade Mira, saliendo de su estupor para esbozar una sonrisa pícara desde el otro lado de la sala.

Estoy a punto de poner los ojos en blanco y huir de esta conversación, pues es lo último que quiero hacer en mi vida, pero Emily se interpone entre mi cuerpo y la puerta del salón.

Mi única salida está bloqueada, y no soy una persona muy paciente.

Exhalo con fuerza, pero la mirada severa de mi madre me acojona —aunque jamás lo admitiré en voz alta—, y acepto mi destino sin refunfuñar por lo bajo.

Me siento en la butaca granate, inclinándome hacia delante para apoyar los codos en mis piernas y pasarme las manos por la cabeza.

“Le has pedido ayuda a Sage,” dice Emily, incrédula. Asiento, apoyando mi barbilla sobre mis manos.

“Sage Reid,” repite. Vuelvo a asentir, reprimiendo un resoplido.

¿Es tan difícil de creer?

“Wade Weston pidiéndole ayuda a una empleada nueva que resulta ser todo lo contrario a él,” añade Mira, todavía con una sonrisa en sus labios.

“Si vais a repetir lo mismo una y otra vez, me voy.”

Hago el amago de levantarme, pero mi madre prácticamente se tira encima de mí para pararme.

“No nos juzgues, pero es una información bastante difícil de procesar viniendo de ti. Conocemos tu historial de pedir ayuda al dedillo. Básicamente porque nunca lo has hecho,” dice mi abuela, remarcando la palabra con las cejas alzadas.

“¿Y qué querías que hiciera?,” pregunto a la defensiva.

“Todos los años en estas fechas Luke o Tate me echan una mano, pero parece que se nos ha acumulado el trabajo a todos. Lo que suele ser un trabajo de dos o tres ha pasado a ser de uno, y yo trabajo duro, pero no es suficiente si quiero llegar vivo a la subasta.”

“O sea que era una cuestión de vida o muerte.”

“Prácticamente,” asiento con convicción.

“De no haber sido de vida o muerte… ¿no se lo habrías pedido?”

“Ni en vuestros sueños,” zanjo, intercalando la mirada entre las dos mujeres que me miran con los labios apretados, como si estuvieran conteniendo la risa.

No pueden ser tan inmaduras como para reírse en mi cara.

“Así que vas a trabajar con Sage Reid,” vuelve a repetir mi madre tras unos segundos en silencio.

“¿Necesitas que te haga un croquis?”

“¡Por favor!,” grita Mira, soltando una carcajada.

“Me largo de aquí.”

Me pongo de pie, sin hacer caso a la forma en la que Emily me mira, como si tratara de disculparse por reírse, y escucho sus suaves carcajadas entremezclándose a mi espalda mientras salgo de su maldita casa.

Que piensen y se imaginen lo que quieran, no pienso quedarme a escuchar cómo se ríen en mi cara por una estupidez como esta.

Deben de estar equivocadas, habré pedido ayuda mil veces, solo que no se acuerdan.

Trato de hacer memoria y buscar la última vez que lo hice mientras me dirijo a mi camioneta para volver a casa, pero, para cuando me he subido y estoy girando el volante en la cuarta curva del camino, todavía no he encontrado ningún recuerdo reciente.

Vale, lo admito, puede que no suela pedir ayuda, pero eso no les da derecho a reírse de mí y ridiculizarme por hacerlo.

Deberían estar orgullosas de que no tenga ningún problema en haber hablado con Sage para que me eche una mano con el ganado —aunque me haya costado varios días y muchos quebraderos de cabeza.

Pero eso ellas no tienen por qué saberlo…

A quién quiero engañar, lo último que quería hacer era hablar con Sage, y ahora no solo tendré que cargar con mi orgullo magullado por haberlo hecho, sino que me tocará aguantar los comentarios de mi familia.

Como si no fuera suficiente con tener que soportar la energía de Sage Reid durante más de dos semanas.

El sol desaparece tras los árboles, dejando la zona delantera de mi casa sumida en una densa oscuridad a excepción del porche y la parte trasera.

Los colores sobreviven gracias a las pequeñas luces que cuelgan del techo y rodean la casa, meciéndose con la brisa veraniega y creando sombras danzantes.

Exhalo despacio el humo del cigarro, disfrutando del calor de la noche, el silencio y la sensación de quemazón que el tabaco deja en mi garganta. Es casi poético, el dolor combinado con la soledad.

Pero, como suelen decir, la calma precede a la tormenta, y era evidente que tenía que llegar una explosión de ruido: música, ruedas contra la tierra y risas a todo volumen, rompiendo la silenciosa burbuja que tanto estaba disfrutando.

Primero veo los focos de la camioneta iluminando el bosque y luego a mi hermana al volante, cantando una canción con una letra demasiado explícita. Juro que jamás entenderé su obsesión con la música de Doja Cat.

La camioneta se acerca por el camino y aparca a varios metros de la puerta.

Apaga el motor, pero la música sigue sonando a todo volumen, rompiendo con el silencio de la noche.

No me doy cuenta de que viene acompañada hasta que la puerta del copiloto se abre y distingo una oscura cabellera rizada camuflándose con la noche.

Miro embelesado cómo Sage baja de un salto con las mejillas sonrosadas y los tirabuzones negros despeinados.