Capítulo Catorce #2
No insisto, pero tampoco cambio de tema.
No sé exactamente qué decir ni de qué más hablar, así que compartimos un silencio extraño durante un largo rato, diferente al que estábamos sumidos antes de esta breve conversación.
Escuchamos el canto de los pájaros que sobrevuelan el cielo despejado y el sonido de los cascos de los caballos al caminar sobre la tierra.
La brisa se levanta a medida que subimos por la montaña y remueve mi cabello a mi espalda, protegido bajo mi pañuelo amarillo mostaza.
Guío a Milo para que camine bajo la sombra de los árboles que pasamos. El calor cada vez es más intenso y hay que tener cuidado a estas horas del día, tanto por nosotros como por los caballos.
Subimos hasta la cima de la montaña, y Tate detiene a la yegua en un pequeño mirador rodeado de árboles y rocas.
Desde aquí se ve la granja entera, y mi boca se entreabre al ver lo extensas que son las tierras de los Weston.
Ahora entiendo por qué Lib dijo que eran la familia con más terreno de todo River Cross.
Es realmente abrumadora la distancia entre la casa principal y los cercados donde pasta el ganado.
“Allí a lo lejos comienzan las tierras de los Thorne,” dice Tate a mi lado, señalando unos edificios de madera en el horizonte.
“¿Cómo son?”
“¿Las tierras?,” pregunta de vuelta, girándose hacia mí con el ceño fruncido. Suelto una risita, negando con la cabeza.
“La familia.”
No responde al instante, sino que me hace una seña para que lo vuelva a seguir. Conduce a Raven por unos senderos bastante estrechos por los que tenemos que agachar la cabeza para no chocar contra las ramas bajas.
“Bueno, son… especiales,” titubea, como si no supiera cómo responder a mi pregunta.
Espero un rato, sorteando con Milo las enormes raíces de los árboles que se me meten en nuestro camino, hasta que Tate suspira con fuerza y continúa hablando.
“Realmente solo hablo con Dorian, el mayor de sus hijos. Es el veterinario de Almond Valley y yo siempre estoy con el ganado y los caballos, así que pasamos mucho tiempo trabajando juntos. Nos conocemos de toda la vida; Wade, él y yo siempre hemos formado parte del mismo grupo de amigos, pese a los años que nos saca. Hubo un tiempo cuando éramos pequeños, que Evan, el hermano menor, también era uno de mis mejores amigos. Lib y él eran inseparables, siempre juntos como si fueran siameses. Supongo que por eso dejamos de tener relación cuando mi hermana cortó con él.”
“¿Estaban juntos?,” pregunto con incredulidad.
“No,” dice negando, soltando una risa. “Pero siempre estaban tan pegados que todos decíamos que eran como un matrimonio.”
Vaya… Me pregunto qué debió de pasar entre ellos para que una relación tan especial como la suya desapareciera.
“¿Y ahora?”
“Solo Dorian.” Se encoge de hombros con indiferencia, pero aparta la vista. A veces la pérdida de un amigo es peor que una ruptura amorosa…
“¿Pese a las riñas entre vuestras familias?,” no puedo evitar preguntar, lo que causa una gran carcajada por su parte.
“¿Cómo sabes tú eso?”
“Lib.” Me encojo de hombros y pongo mi mejor cara de inocente, haciendo que vuelva a reír.
“Éramos amigos antes de que comenzara el problema, así que sí. A pesar de las diferencias que hay entre la abuela Mira con ellos y Lib con Evan, yo sigo teniendo contacto con su familia. Bueno… con él.”
“¿Qué pasó entre…” La imagen de su hermana dándome una colleja si se entera, hace que me muerda la lengua con fuerza para no preguntar sobre ella y Evan, pero logro rectificar antes de arrepentirme. “…Mira y su familia?”
“El hijo de Mira —mi padre— y el señor Thorne concursaban en Raid en la misma categoría. Se tomaban las competiciones muy en serio, siempre buscando ganar el primer premio, así que eran contrincantes de manual. Había mucha competitividad entre ellos, y, para colmo, tampoco es que se llevaran muy bien. La rivalidad entre ellos salpicó a toda la familia más allá del mundo ecuestre y, tras la muerte de mi padre, nuestra relación no hizo sino empeorar. La abuela Mira no puede ni ver a los Thorne… Cr eo que le recuerdan demasiado a su hijo.”
Me quedo sin palabras, con un nudo en la garganta que apenas me deja respirar. De todas las opciones que se me habían ocurrido sobre el padre de Tate, su fallecimiento es la única que no había sopesado.
Respiro hondo y trato de poner en orden mis pensamientos antes de hablar.
“Yo… lo siento mucho. Por vuestra pérdida, quiero decir.”
Suspira con fuerza y frena un poco a su caballo para que camine a mi lado y así poder mirarme.
“Fue hace solo unos meses... tan de repente que nadie estaba preparado para la noticia.” Aprieta los dientes con fuerza y se gira al frente con la mirada perdida.
“Lo siento mucho, Tate,” repito en un susurro.
Alargo una mano para darle un breve apretón en el brazo, y sus ojos, empañados en lágrimas, buscan los míos en busca de consuelo. Fuerzo una pequeña sonrisa, y Tate imita mi gesto antes de inhalar hondo y soltar el aire despacio.
No volvemos a hablar en todo el camino de vuelta, pero una sensación de familiaridad, consuelo y comprensión nos envuelve mientras cabalgamos por la montaña.
Esa misma atmósfera nos sigue incluso cuando llegamos al establo, desmontamos y nos movemos con soltura por el guadarnés.
Le lanzo miradas de reojo mientras recogemos, pero él parece no darse cuenta, con su postura estoica, fuerte y contenida, como si aún estuviera procesando todo lo que hemos compartido.
No sé cuántos meses habrán pasado desde la muerte de su padre, si tres o diez, pero de lo que estoy segura es que el duelo no es igual para todos y que cada persona necesita su propio tiempo para sobrellevarlo, aceptarlo y recordarlo.
Si Weston es así de distante por su padre…
entonces debería ayudarlo con el ganado y no molestarlo más con comentarios impulsivos.
Porque a veces la tristeza no son solo lágrimas, sino silencios; levantar muros alrededor de uno mismo para que el mundo no se derrumbe.