Cuando florezcan los almendros (Almond Valley 1) Capítulo Catorce
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Capítulo Catorce

Sage

P ese a la ilusión que me embriaga por ser parte oficial de la familia Weston, mi trabajo sigue siendo el mismo de siempre: seguir al pie de la letra las tareas de Weston y ayudar a Lib cuando necesita que le eche una mano en la tienda.

Como mi nueva amiga —a juzgar por la forma en la que cotilleamos y hablamos de cualquier cosa cada vez que nos vemos— no me ha pedido ayuda en River Cross, me dirijo directamente al invernadero para ponerme con las tareas.

Aunque tengo que hacer varios descansos de unos minutos entre planta y planta por el sol que me abrasa la espalda, la mañana se me pasa en un abrir y cerrar de ojos.

El último trabajo, como suelo dejar para el final, es revisar que el riego esté bien.

Nunca ha dado problemas ni se ha roto, así que lucho contra el impulso de irme de aquí sin echarle un vistazo antes.

Y menos mal que mi impulsividad no gana, porque me fijo en que hay una hilera de tomates que no tiene la tierra húmeda.

Me acerco para comprobar que los pequeños tubos estén bien puestos, por si es que se han separado, pero está todo en orden.

Sigo el invento, deteniéndome con cuidado para que no se me pase nada por alto, hasta que llego al comienzo de la fila y encuentro el problema.

Hay un agujero del tamaño de un dedo por donde el agua sale a borbotones, formando un charco en la tierra como si alguien se hubiera dejado el grifo abierto toda la noche.

“Maldita sea… ¿qué coño pasa aquí?”

Maldigo el riego, el agua, la tierra y la persona que me trajo a este mundo. Cuando pensaba que sería una mañana tranquila, tiene que joderse ocurriendo algo inesperado y estresante.

La vida me trata como si yo hubiera parido a Wade Weston.

“¿A quién hay que pegar?”

La voz grave a mi espalda me hace pegar un respingo, pero me controlo respirando hondo, tanto para no entrar en pánico como para no darle puñetazos al maldito riego. Me giro con los labios apretados, conteniendo —no sé ni cómo— la rabia.

“Estaba comprobando el riego y este tubo está roto,” digo, levantando el trozo de plástico negro.

Tate se acerca con el ceño fruncido y se agacha a mi lado, quitándome el tubo de las manos para inspeccionarlo. Suspira con fuerza y lo deja caer de vuelta en la tierra.

“Habrán sido los conejos.”

Odio a esos malditos bichos, son como ratas enormes que se comen todo lo que encuentran en su camino. Además, son verdaderamente idiotas, ¿por qué se comen el plástico y no las hortalizas?

Es como intentar entender a los hombres, me está empezando a doler la cabeza.

“¿Deberíamos cercar fuera o poner algo? El invernadero podemos cerrarlo por la noche, que refresca bastante, así nos aseguramos de que no vuelvan a entrar,” digo, señalando con la cabeza la puerta de plástico transparente.

“Buena idea, sí.” Asiente, levantándose mientras se sacude las manos de tierra en el pantalón. Extiende una mano hacia mí para ayudarme a erguirme. “¿Fuera había algún tubo roto o viste alguna madriguera?” Niego con la cabeza. “Pondremos una valla metálica, por si acaso.”

“¿Pondremos?,” pregunto, llevándome las manos a las caderas .

“¿Vas a hacerlo tú?”

“Pues claro, Tate, el huerto es mi trabajo,” digo con una sonrisa de orgullo. Qué bien sienta decirlo en voz alta.

Tate se echa a reír, pero asiente y me da un golpecito en el hombro como un padre a su hijo.

“En el pueblo hay una tienda de material para el campo, ¿te mando la dirección?” Asiento, fijándome en el orgullo que brilla en sus ojos azules. “Avísame si necesitas cualquier cosa.”

“Gracias, Tate.”

Nos despedimos con un intercambio de sonrisas, pero, cuando se da la vuelta para marcharse, me viene una pregunta a la cabeza que me hace gritar su nombre y esperar a que se dé la vuelta.

“¿A qué has venido aquí? Tu trabajo está al otro lado del rancho.”

Pongo los brazos en jarra, enarcando una ceja, y la sonrisa de Tate se ensancha con un aire travieso.

“Quería saber si terminaste con tus tareas, por si quieres dar un paseo a caballo antes de ir a comer.”

Echo un vistazo alrededor: un montón de macetas vacías, botellas de agua acumuladas en el fregadero del invernadero, las herramientas tiradas por la tierra…

Giro sobre mí misma y vuelvo a mirarlo con una sonrisa enorme.

“Estoy lista.”

Ya limpiaré e iré al pueblo por la tarde.

“¿No deberías estar ayudando a tu hermano con el ganado?,” pregunto, apartándome el pelo de la cara.

Raven, la yegua de Tate, va unos pasos por delante de nosotros, moviéndose con destreza por los caminos llenos de piedras y ramas. Escucho cómo su jinete suelta una risa seca y se gira encima de la silla, haciendo equilibrios para mirarme.

“Sage, cielo, tengo veinte minutos libres, prefiero estar aquí contigo que con él.”

Se me escapa un tierno “ohhh” y le lanzo un beso teatralmente. Tate niega con la cabeza mientras se ríe y vuelve a enderezarse sobre su montura.

“Hablando de mi hermano… ¿qué tal con él?” No se me escapa el tono burlón en su voz.

No quiero que piense que reñimos todo el día —aunque así sea—, así que mascullo entre dientes: “Muy bien. El otro día incluso cenamos juntos.”

No responde al instante, y no puedo ver su expresión porque sigue mirando al frente, pero, después de varios segundos, sus hombros se sacuden con fuerza y escucho su suave risa.

“Seguro que fue un infierno,” dice, conteniendo una carcajada. “Te juro que no entiendo cómo sigues aquí. No me malinterpretes, nos encanta que trabajes con nosotros, pero tener a mi hermano de casero tiene que ser razón suficiente para querer largarse de aquí.”

Me encojo de hombros, espoleando con cuidado a Milo para que camine al lado de Raven.

“En realidad nos vemos poco y, aunque las veces que lo hacemos sea un completo imbécil, las cosas buenas de la granja prevalecen por encima de las malas. ”

No digo nada sobre la conversación que mantuve con él hace apenas unas horas. Quiero dejarle un momento de calma antes de que la familia se entere y se burle de él por ser tan orgulloso, estúpido y cabezota.

“Vamos por ahí.” Señala con la mano un estrecho camino que se abre a nuestra derecha.

No protesto, sino que lo sigo sin mediar palabra. Estoy deseando saber qué esconde este valle, envuelto por las grandes montañas que nos aíslan del resto del mundo.

“Lib y yo casi hicimos una fiesta cuando se fue a esa casa suya perdida en el bosque,” añade, siguiendo con la conversación con una sonrisa ausente al recordarlo.

“¿Cuándo se independizó?”

“Hace unos cuatro años, yo tenía veintidós y él se creyó lo suficientemente mayor como para hacer su propia casa. ¿Te lo puedes creer? Lib vivía en casa y, siendo la mayor, no le hizo mucha gracia que el mediano se independizara antes que ella. No tardó en seguir sus pasos unos meses más tarde.”

“¿Y tú?”

“Yo vivo detrás de la casa principal,” dice con un guiño.

“Mi padre me ayudó a construirla cuando me quedé solo, para que tuviera mi propio espacio y todo eso. La verdad es que no tengo queja.” No puedo evitar preocuparme al darme cuenta del leve cambio en su expresión al mencionar a su padre.

“Puedo ir a visitar a mi madre y mi abuela cuando quiera, al igual que a los caballos, y lo mejor es que siempre hay comida hecha. Nunca tengo que preocuparme por cocinar, que es uno de mis defectos.”

“¿Tate Weston tiene defectos?,” pregunto, burlona, levantando una ceja.

“Cielo, aquí nadie es perfecto,” responde, volviendo a guiñarme un ojo antes de soltar una risa.

Río mientras sacudo la cabeza, pero no puedo evitar preguntarme qué le habrá pasado a su padre y por qué su tono se ha vuelto melancólico al recordarlo.

Seguimos paseando al trote o a un galope contenido cuando el camino nos lo permite, y de vez en cuando suelto algún comentario sobre el paisaje o el calor abrasador que hace.

Estar con Tate se siente ligero, como si no hubiera necesidad de hablar ni de romper con el silencio que nos rodea.

Me siento cómoda con él, y, a juzgar por cómo me sonríe cada cierto tiempo cuando se gira para ver si va todo bien, sé que él se siente igual.

“En verdad no sé por qué Weston la ha tomado contigo,” me sorprende diciendo después de un buen rato en silencio.

Intento con todas mis fuerzas no poner los ojos en blanco, sabiendo perfectamente por qué su hermano no me soporta; cualquiera que haya convivido con hombres cabezotas y orgullosos podría adivinarlo rápidamente.

“Supongo que no le hizo mucha gracia que le ocultarais mi género; además de haber sido el último en enterarse; que viva en su casa y… que no sea tan amargada como él,” digo con tranquilidad, encogiéndome de hombros.

No hay que ser un genio para darse cuenta.

“Bueno…,” murmura, medio pensativo. “Supongo que tienes razón. Tiene bastante sentido… desde el punto de vista de Weston, claro.”

“¿Habéis intentado hablar con él?”

“¿Sobre qué? ¿Ser un imbécil?” Resopla con fuerza; la frustración en su tono es evidente.

“A veces es imposible hablar con él, es como si se encerrara en sí mismo y no dejara entrar a nadie, ni siquiera a su propia familia. Antes no era así, ¿sabes? O sea, sí que parecía que tuviera un palo metido por el culo. Imbécil es desde siempre. Aunque lo de no hablar, no confiar en nadie, tomándoselo siempre todo a pecho y estando a malas… eso es de hace relativamente poco.”

Espero a que siga hablando, pero se queda en silencio como si estuviera rumiando sus propias palabras.

Debe ser frustrante no poder hablar con tu hermano ni entender su distanciamiento emocional, pero supongo que yo no puedo hacer nada para mejorar su situación.

Algunas personas no saben lidiar con sus problemas emocionarles y eligen distanciarse, adoptando una actitud fría en vez de pedir ayuda o hablarlo con alguien cercano.