Capítulo Trece
Sage
S oy oficialmente una empleada más de Almond Valley. Ayer Emily me dio la noticia, y desde entonces me siento como si estuviera en una nube. Todavía no me creo que me pueda asentar en este lugar de manera atemporal.
Joder… Tengo un trabajo a largo plazo y puedo ser la Sage que tanto anhelaba.
Estoy deseando poder rehacer mi vida aquí y comenzar a sentirme una más de River Cross.
Sin duda, tengo que llamar a Rachel para anunciarle la noticia inevitable: no voy a volver a la ciudad.
Estoy segura de dos cosas; la primera, que me va a querer pegar un puñetazo por no volver a trabajar más con ella y dejarla sola en la clínica; y la segunda, que se va a alegrar hasta emocionarse por mi decisión de quedarme aquí.
Hace demasiado tiempo que no hablo con ella, e iba a llamarla el otro día, pero después de una extraña cena en casa de Weston, tenía la cabeza hecha un lío para cuando volví a mi apartamento.
En ese momento, lo último que me apetecía era hablar con Rachel y ponerla al tanto de la locura que estoy viviendo estos días.
Ahora que mi trabajo es oficial, por fin puedo contarle lo sucedido.
Saco el móvil del bolsillo de mis vaqueros gastados sin dejar de mirar la carretera.
Tengo que dejar de hacer temeridades al volante, pero supongo que es inevitable dada la impulsividad con la que hago las cosas desde que llegué.
Suelo ser ordenada y madura, pero creo que ver tanto espacio abierto me hace tomar decisiones sin pensarlas demasiado.
Intento no estampar la camioneta mientras busco el contacto en el móvil, intercalando la mirada entre el camino de tierra y la pantalla, y pulso sobre el nombre de Rachel en cuanto lo encuentro.
“¡Sage, estás viva!” La familiar voz de mi amiga suena a todo volumen por los altavoces de la camioneta cuando apenas ha sonado el primer tono, casi perforándome los tímpanos con su grito de emoción.
“Estoy viva,” afirmo, sonriendo ampliamente sin dejar de mirar la carretera.
“¿Dónde estás? ¿Estás bien? Llevo una semana sin saber de ti y te echo de menos, ¿cuándo vas a volver?”
La preocupación en su voz, mezclada con esperanza, me estruja el pecho con fuerza, y tengo que tragar para intentar disolver el nudo que se me ha formado en la garganta.
“Sí, Rae, estoy bien.” Titubeo unos segundos, sin saber muy bien cómo decir la noticia. “Yo… no voy a volver a la clínica.”
Contengo la respiración esperando su respuesta, pero el otro lado de la línea se queda en silencio tanto tiempo que desbloqueo la pantalla del móvil para ver si se ha cortado la llamada.
“¿Ha pasado algo, Sage? ¿Necesitas un rescate?” Pongo los ojos en blanco, reprimiendo un bufido. Solo Rachel es capaz de hacer ese tipo de preguntas totalmente en serio.
“No, no me han secuestrado ni estoy en peligro. Es solo… que necesitaba salir de Blackwater, ¿sabes?” Puedo ver una imagen perfecta de su ceño fruncido por no entender ni una palabra de lo que estoy diciendo, así que intento poner en orden mis pensamientos antes de seguir hablando.
“Estoy viviendo en una granja llamada Almond Valley, prácticamente en mitad de la nada, trabajando en el huerto y con el ganado.”
“Sage, de verdad, déjate de tonterías. Dime dónde estás y con quién.”
Suelto una risa nerviosa, girando hacia la izquierda para aparcar en la casa de Emily.
“Va en serio, Rae, ayer mismo me contrataron y me voy a quedar de manera atemporal.”
La línea se vuelve a quedar en silencio, así que aprovecho para desconectar el móvil de la camioneta para llevármelo a la oreja y caminar hacia los establos.
Entiendo que es información difícil de procesar, sobre todo después haber desaparecido toda una semana, así que le dejo su tiempo para pensar.
“¿Almond Valley?,” pregunta con reticencia cuando estoy a medio camino.
“ Sip ,” respondo, colocándome distraídamente el pañuelo en la cabeza. “No te dije nada antes porque estaba haciendo la semana de prueba y no era oficial. Hasta ayer no sabía si volvería.”
“¿Y no podrías haberme dicho que estabas haciendo la semana de prueba en vez de no dar señales de vida durante diez días?,” pregunta con brusquedad. Reprimo un quejido, dándome de cabezazos mentalmente por haber sido tan egoísta y no haber contado con ella.
“Tendría que haberlo hecho, lo sé. Lo siento, Rae, estaban ocurriendo muchas cosas a la vez. Sé que no tiene justificación y que te merecías saberlo, pero de verdad que no he parado desde que llegué y no he tenido ni un momento para pensar con claridad.”
“Espero que no hayas pensado con claridad por culpa de algún hombre con camisa de cuadros y botas de montar a caballo,” masculla entre dientes, haciendo que una pequeña sonrisa vuelva a dibujarse en mis labios.
“Si yo te contara…,” murmuro, intentando disipar su malestar conduciendo la conversación hacia un terreno más seguro.
“Pues sí, tienes que contármelo todo,” dice, cambiando su tono enfadado a uno ligeramente más amistoso.
“Lo siento de veras, Rae,” repito, sintiéndome como lo que soy, la peor amiga del mundo. “Déjame compensártelo.”
“A no ser que me presentes a un granjero buenorro, no sé cómo pretendes compensarme esta traición.” Reprimo la risa, entrando en los establos vacíos a excepción de los caballos, y siento cómo la tensión entre nosotras se disipa tan rápido como llegó.
“Sage, me has dejado sola en la clínica,” dice, arrastrando las palabras, y puedo imaginar perfectamente el mohín que debe estar haciendo.
“Eras tú quien se encargaba de los pacientes malhumorados y quejicas, me has lanzado sola a los leones.”
“Rachel, te estás comportando como uno de esos pacientes.”
Reviso la lista de tareas antes de irme al huerto, pero, cuando me giro para salir del guadarnés, veo a través de la ventana a Weston mirándome fijamente. Le sostengo la mirada unos segundos, pero de pronto comienza a caminar, dirigiéndose sospechosamente hacia mí.
“Pues sopórtame como tendrías que soportarlos tú de no haberte ido.”
“Por favor… la persona que tengo que aguantar aquí vale por todos los pacientes que vas a atender en toda tu vida,” suplico, mirando fijamente con el ceño fruncido a esa persona.
“¿Y por algún casual esa persona malhumorada es un hombre con los brazos del tamaño de tus muslos?”
“Puede ser,” murmuro, distraída, pensando en cómo huir de aquí sin cruzármelo.
“Ya iba siendo hora de que te quitases a Tom de la cabeza…” masculla entre dientes, simulando una arcada.
Tom, el fisioterapeuta con el que estuve saliendo mientras estudiábamos la carrera. Tom, el que me dejó por una paciente. Ese Tom.
Asqueroso, lo sé.
Pero no estoy —ni nunca lo he estado— con la cabeza en Tom, sino en la figura que sigue acercándose peligrosamente a mí. Escucho la suave risa de Rachel, tan familiar después de tantos años juntas, al otro lado de la línea .
“Se está acercando a ti, ¿verdad?”
“Correcto.”
“Y entiendo que no quieres hablar con él…,” añade, y no paso por alto el tono juguetón en su voz.
“Dime ya qué hago, Rae, me va a dar un infarto.”
“Sal de ahí y punto. Si te habla le señalas el móvil y te vas. Que no moleste.”
“No sé si puedo hacer eso…”
“¿Por qué-,” se interrumpe a sí misma, soltando una risa que me pone los pelos de punta. “No me digas que es tu jefe.”
Me planteo no responder y quedarme callada, pero sé que con Rachel no servirá de nada y sacará sus propias conclusiones.
“Algo así,” mascullo entre dientes.
“¡Sage!,” chilla con fuerza, y tengo que apartar el móvil de mi oreja para no quedarme sorda. Al grito le sigue una risa que dura literalmente un minuto de reloj, y espero con impaciencia a que termine.
“Esto es imposible…” Mi voz es solo un susurro mientras me acerco a la puerta del establo, aceptando mi destino sin quejarme más. “Tengo que dejarte, Rae. ¿Te llamo más tarde?”
“Pues claro, tienes que ponerme al día sobre ese jefe tuyo de brazos de ensueño,” dice con picardía, haciéndome poner los ojos en blanco y colgar antes de que suelte los mismos comentarios que yo ya he pensado alguna vez.
Porque sí, una es débil y tiene ojos en la cara.
Guardo el móvil en el pantalón y me acerco a la cuadra de Milo con naturalidad.
Rebusco entre los papeles de la alimentación que cuelgan de la cuadra como si estuviera buscando algo.
Definitivamente, soy la peor persona en cuanto a disimular, pero no me van a examinar de ello, así que pierdo el suficiente tiempo como para que Weston llegue al establo y me encuentre enfrascada en la lectura.
En realidad no estoy leyendo nada, es como si las letras estuvieran desenfocadas y no soy capaz de entender ni una palabra, por lo que me limito a esperar con el corazón en la boca a que me grite o haga algún comentario de mierda sobre mi forma de trabajar.
Escucho sus pasos acercándose por el enorme pasillo de cemento impreso, y el papel que sostengo entre mis manos comienza a temblar peligrosamente. ¿Por qué coño estoy tan nerviosa… y desde cuándo me importa lo que Weston pueda decirme?
Estoy preparada para girarme y fulminarlo con la mirada, cuando me toma por sorpresa al pararse a varios pasos de mí sin gritarme ni exigirme nada.
“Sage.” Su voz es grave pero delicada, lo que me hace soltar los papeles sujetos a la madera por una cuerda y girarme hacia él con la boca un poco entreabierta. “¿Estás ocupada?”
Frunzo el ceño como nunca.
¿Quién es esta persona y qué han hecho con el Weston que conozco?
“Iba a ir ahora al huerto.” No sé ni cómo, consigo pronunciar las palabras sin morir en el intento, aunque mi voz suena floja y temblorosa. Me odio por ello, así que carraspeo con fuerza antes de añadir: “¿Por qué? ¿Necesitabas algo?”
“Sí, yo…,” titubea un momento, abriendo la boca y cerrándola como un pez fuera del agua. Me reiría en su cara de no ser por la sorpresa del momento, aunque me encantaría sacar el móvil y grabarlo para poder revivir esta situación en los días tristes.
No aparto la mirada de sus ojos verdes, llenos de dudas. Le doy su tiempo, como hice hace tan solo unos minutos con Rachel, y espero pacientemente a que se decida a hablar.
“Quería preguntarte si me ayudarías con el ganado estos días, ya sabes… prepararlo todo para la subasta de verano.”
No me reprimo y sonrío con satisfacción, sabiendo que tarde o temprano vendría a pedirme ayuda.
No es que piense que soy la mejor candidata para el trabajo —probablemente sea la peor—, pero hay algo profundamente satisfactorio en ver cómo deja su orgullo de lado, en que sea él quien me lo pida, los dos solos y sin nadie cerca para mofarse.
Nadie excepto yo, claro. Pero no me daré el gusto de hacerlo. Sé lo difícil que es pedir ayuda a veces, sobre todo cuando se es tan cabezota, así que no dejo de sonreír cuando asiento lentamente.
“Claro, sin problema.”
Weston ladea ligeramente la cabeza, mirándome con desconfianza, supongo que esperando a que haga algún comentario burlándome de él.
Me sostiene la mirada unos segundos, pero al ver que no voy a decir nada más, asiente una vez y extiende una mano hacia mí.
“Trabajaremos juntos mañana por la tarde, si te parece bien y estás libre.”
Se ha caído de Shiny y se ha golpeado en la cabeza.
Es eso, ¿no? Tiene que ser eso, sino no entiendo la repentina educación y empatía que me está regalando.
“Realmente te importa mucho esa subasta, ¿no?,” pregunto con curiosidad, sin rastro de ironía en mi tono.
“Así es,” se limita a responder, todavía con la mano extendida.
La miro apretando los labios, valorando si me merece la pena pasar más tiempo con Weston. Aunque… si este trabajo realmente significa algo importante para él, no puedo negar que la parte sentimental de mí se muere por mejorar nuestra relación y ayudarlo en todo lo que pueda.
“Está bien.” Extiendo mi mano, y la suya la cubre por completo al estrecharla.
La calidez de su piel, en comparación con la frialdad de la mía, hace que un escalofrío recorra mi columna.
Trato de hacer como si nada —como si no hubiera sido la primera vez que siento eso con alguien—, retirando la mano y bajando la mirada a mis pies.
“Nos vemos mañana, entonces,” digo en un hilo de voz, esbozando una tensa sonrisa, y salgo de aquí lo más rápido posible .
Reprimo el impulso de mirar atrás para ver su expresión, intentando hacer caso omiso a la voz interna que me grita que lo haga. Esta nueva versión de Weston me da escalofríos —literalmente—, y solo espero que la subasta acabe cuanto antes para que todo vuelva a la normalidad.
Nunca pensé que diría esto…, pero prefiero la versión gruñona y callada de Weston a la empática y preocupada. Es como ver a un perro caminando sobre sus patas traseras; fascinante y absurdo a partes iguales. Una pesadilla de la que quiero despertar cuanto antes.