Capítulo Doce
Wade
U na ducha de agua fría siempre es la mejor opción después de un largo día de trabajo; y aún más cuando termina con una conversación insufrible con Sage.
¿En qué momento me pareció una buena idea decirle que, como Emily la va a contratar, necesito ayuda con el ganado?
Desde luego, no ha sido uno de mis momentos más lúcidos, sobre todo después de intercambiar con ella más de tres palabras y que echara mis planes por la borda.
Llevaba toda la tarde mentalizándome para hacerlo, pero cuando me he visto ahí, con Sage mirándome a través de sus enormes gafas de pasta con cara de querer asesinarme, me he quedado callado como un completo imbécil. Me he echado atrás sin pensarlo dos veces y me he largado.
¿Quería estar sola? Pues lo ha conseguido.
Me froto con fuerza la cara, gruñendo entre mis dedos mientras el agua de la ducha cae por mi espalda.
El frío actúa como relajante para mis músculos, pero no es suficiente para acallar los pensamientos descontrolados que rondan por mi cabeza.
Estoy cansado, saturado y necesito un trago de algo fuerte.
Una parte de mí no puede evitar sentir alivio por no haber sido yo quien le diera a Sage la noticia de su contrato.
No pienso reconocerlo en voz alta, pero aquí la jefa es mi madre.
Realmente yo no he tenido mucho que ver con la decisión final ni era mi deber comunicárselo.
¿Que podría haberlo hecho para quitarle un peso de encima?
Sí. Pero en cuanto me he visto en situación no he podido hacer otra cosa que evitar el tema y ponerme a la defensiva.
No sé qué tiene Sage Reid que me altera tanto. Se me hace imposible mantener una conversación normal con ella sin ponerme de los nervios o a la defensiva.
Por el contrario, Lib está encantada con ella —en serio, no deja de repetírmelo—, es con la que más trabaja y también necesita una ayuda en la tienda, así que mi opinión les importa tres cominos. Palabras textuales de mi hermana.
Estoy exhausto de trabajar con el ganado tantas horas sin descanso, pero no sé si me va a merecer la pena mentalmente trabajar codo con codo con Sage.
El otro día, tras leer su nota, me sorprendí al estar a favor de aceptar su ayuda, incluso pensaba pedírselo ese mismo día, pero algo me echó para atrás y terminé quedándome callado.
Exactamente igual que hoy.
Supongo que si dudo tanto es mejor que no le diga nada. No sé si termino de fiarme de ella y no quiero correr el riesgo de que sea peor que trabajar solo. Mañana, cuando Emily la contrate, tendré tiempo para meditarlo más serenamente antes de la subasta.
Salgo del baño con ropa cómoda para cenar cualquier cosa, pero me quedo paralizado en el pasillo al ver a la mujer que se mueve con soltura en mi cocina.
Es como si estuviera en su propia casa, con el pijama puesto y el oscuro cabello recogido en un moño desordenado del que caen varios tirabuzones perfectos por sus mejillas y su nuca.
La observo en silencio, como hace ella conmigo cuando cree que no me doy cuenta, y me pregunto dos cosas: por qué mis piernas no se mueven cuando estoy dando la orden directa desde mi cerebro, y por qué Sage está en mi cocina.
Como si notara mi presencia, la inesperada invitada gira sobre sus pies descalzos con el ceño ligeramente fruncido y me mira con curiosidad.
Alza una ceja, como si esperara a que sea yo quien diga algo, pero ninguno de los dos dice nada.
Me fijo en su pijama: una camiseta vieja que le queda ancha y unos pantalones cortos que dejan al aire sus piernas bronceadas.
Vuelvo la vista a su rostro y sus labios se entreabren ligeramente, lo que atrae mi mirada hacia ellos como si fuera un imán.
Contengo el aliento, sintiendo una extraña curiosidad ante esta burbuja en la que nos encontramos, pero la voz ronca de Sage me sorprende rompiendo el silencio.
“Estoy calentando la cena,” dice como si nada, antes de volver a girarse.
¿En qué momento se ha vuelto algo normal que Sage me traiga la cena? Lleva haciéndolo varios días, pero siempre se va antes de que me dé tiempo a abrir la boca para agradecérselo.
“¿Te quedas a cenar?,” pregunto como un estúpido. Es obvio, viendo que ha puesto dos platos en la mesa y se está acomodando en una de las sillas.
“No tengo microondas en el apartamento.” Se encoge de hombros, desviando la mirada hacia la pantallita que marca la cuenta atrás.
Me acerco a la mesa, demasiado cansado como para responder con un comentario distante o intentar echarla de mi casa. Arrastro la silla con cuidado y me dejo caer, soltando un fuerte suspiro. Solo quiero cenar rápido e irme a dormir; mañana ya tendré energía para lidiar con ella.
El pitido que marca el fin del temporizador me hace pegar un respingo, pero intento camuflarlo restregándome las manos por la cara.
Estoy tan cansado que cualquier cosa me sobresalta.
El tacto de mi barba también me desconcierta, pues nunca dejo que crezca demasiado, pero es que estos días no he tenido tiempo ni para afeitarme.
Mi pelo también está bastante más largo y ya no rasca cuando me paso la mano por la cabeza.
Sage deja la comida sobre la mesa, que me hace fruncir el ceño en cuanto la reconozco: alitas de The Red.
No sabía que había ido al pueblo, y no entiendo por qué me pregunto con quién lo ha hecho si ni siquiera es asunto mío ni me importa lo suficiente como para planteármelo.
“¿Fuiste a cortarte el pelo con Alice Thorne?”
La pregunta que me hace mientras llena la jarra de agua en el fregadero me pilla desprevenido, y mi expresión de sorpresa me delata por unas milésimas de segundo.
Como me quedo en silencio, gira la cabeza y me pilla mirándola con el ceño fruncido.
“¿De qué estás hablando?” Me cruzo de brazos, recostándome contra el respaldo de la silla de madera oscura.
“Lib me dijo que trabajaba en la peluquería de River Cross,” dice, dándome la espalda para parar el grifo. “No me la recomendó ni muerta y sus palabras exactas fueron: «A no ser que quieras quedarte calva».”
Se hace el silencio entre nosotros durante un largo rato.
Sage sigue sin darse la vuelta y mis cejas están tan fruncidas que apenas las separan unos pocos milímetros.
Estoy a punto de abrir la boca para replicar que se meta en sus asuntos, cuando me fijo en que sus hombros comienzan a moverse enérgicamente como si le estuviera dando un ataque.
Una respiración entrecortada sale de sus labios, y no entiendo si le está dando un ictus o está llorando.
Mi expresión cambia de confusión a completo horror.
Si se echa a llorar, pienso dejarla aquí sola. Nunca he sabido lidiar con las lágrimas y Sage no va a ser la excepción.
Para mi sorpresa, y un poco de alivio, la pelinegra se da la vuelta y veo cómo deja la jarra en la mesa para llevarse la mano a la boca y así ocultar su risa. Los ojos anegados en lágrimas y una expresión de completa alegría iluminan su rostro.
Frunzo todavía más el ceño y espero a que comience a hablar. Porque si hablo yo, pienso echarla de mi casa.
“Perdón… perdón…,” dice, sin aliento. Cont iene las carcajadas con dificultad, sin dejar de mirarme, pero su risa nasal rompe con el silencio entre nosotros.
Sage se ríe tan fuerte que tiene que doblarse sobre sí misma y agarrarse el abdomen.
No sé qué pintas debo de tener, pero siento la boca torcida en una mueca que no sé explicar.
La escena que tengo delante me tiene más descuadrado que cuando Tate trajo a casa a su primera novia.
Todavía no logro quitarme de la cabeza su expresión de enamorado.
Me dan escalofríos solo de recordarlo.
Sage necesita varios minutos para serenarse, y cuando se acerca a la mesa, lo hace con otro plato lleno de alitas de pollo. Murmuro un “gracias” tan bajo que dudo que me haya escuchado y comienzo a comer en cuanto se sienta en la silla frente a mí.
No volvemos a hablar ni nos miramos en toda la cena. No saco en ningún momento el comentario de antes e intento borrarlo de mi cabeza, pero la risa descontrolada de Sage vuelve a mi mente como un flashback involuntario, arrastrándome hacia esa escena cada vez que la miro de reojo.
El reloj de la cocina marca las diez, y estoy tan cansado que creo que podría dormirme mientras mastico.
Hago todo lo posible por permanecer despierto y esperar a que Sage acabe de comer, que no es mucho más tarde que yo.
Me levanto de la mesa para fregar y recojo el plato de mi inesperada acompañante sin decir ni una palabra.
Friego la vajilla a mano y después el recipiente donde estaba la comida. Pongo los platos a secar al lado del fregadero, ordenados en la estructura de plástico negra, y escucho la silla de Sage arrastrándose cuando se levanta.
“Me voy ya,” murmura en voz baja. No me giro para mirarla, solo asiento sin dejar de limpiar. “¿Necesitas algo más?”
“No.” Es todo lo que digo. Solo quiero que se largue e irme a dormir.
“Vale,” susurra .
Escucho sus pasos alejarse, pero se para de pronto, como si no se decidiera a irse de una vez.
“Si me contratáis…,” comienza, titubeante. Me aguanto el suspiro que amenaza con salir, y aprieto con fuerza el plato que sostengo entre mis manos. “¿Necesitarías ayuda con el ganado?”
Estoy a punto de decirle que no, que se marche y me deje en paz de una vez, pero una parte de mí —la que no es tan cortante y no le muestro a nadie— me frena en el último momento.
“Ya te avisaré de necesitarte.”
Sage parece tomárselo como una pequeña victoria porque cuando me giro para mirarla me sonríe y asiente con energía. Reprimo un bufido, pero no mi cara de hastío.
“Nos vemos mañana. Buenas noches, Wade.”
Se da la vuelta sin esperar respuesta y, antes de que pueda abrir la boca, ya está saliendo de mi casa y cerrando la puerta tras de sí.
“Buenas noches, Sage,” gruño, chasqueando la lengua contra el paladar.
No dudo en que Emily vaya a contratarla. Tampoco dudo en que yo vaya a pedirle ayuda con el ganado. Y lo peor de todo, es que no dudo en que esta va a ser la peor subasta de mi vida.
Al día siguiente, la camioneta de Sage no está en su sitio.
Saco el móvil del bolsillo de mis pantalones, que no he encendido desde la cena de ayer, y veo que tengo un mensaje nuevo de mi madre.
Lo envió ayer por la noche y básicamente dice que nos convoca a toda la familia en la casa principal ahora mismo.
Conduzco con calma, sabiendo lo que va a anunciar y, para cuando llego, me los encuentro a todos esperándome en el porche. Incluida Sage.
“Siempre el último, Weston. Cómo te gusta hacerte el importante,” exclama Tate en cuanto salgo del coche y mis pies tocan la tierra del aparcamiento.
Reprimo un bufido y me muerdo la lengua para no soltarle una impertinencia. Lo último que necesito es empezar el día dándole un puñetazo a mi hermano.
Subo las escaleras con la vista fija en mis pies, preguntándome para qué me hacen venir si mi opinión importa una mierda y todo este espectáculo de sonrisas y diversión me saca de mis casillas.
Abro la puerta para que todos pasen, y no se me pasa por alto la expresión angustiada de Sage.
“Acabemos con esto,” murmuro, mirando a Lib con los ojos entrecerrados.
“No te queda nada…,” susurra ella de vuelta, dándole un par de golpecitos a la visera de mi gorra antes de entrar.
La sigo de cerca hasta el salón, donde se han acomodado todos de cualquier manera.
“Sage, tu semana de prueba ha acabado,” dice Emily desde el sofá, mirándola con una sonrisa. Reprimo un bufido, colocándome detrás de la butaca donde está sentado Tate. ¿Es necesario hacerlo todo tan dramático? “Después de hablar con Lib y darle un par de vueltas…”
“No le hemos dado ni una,” interrumpe mi hermana, guiñándole un ojo a Sage, que sonríe ligeramente.
“…hemos decidido contratarte a tiempo completo,” finaliza mi madre.
“¿De verdad?” La incredulidad en su tono casi me hace poner los ojos en blanco.
Sonríe enseñando los dientes mientras se lleva las manos al pecho, casi llorando por la noticia. ¿Acaso dudaba? ¿Y por qué parece tan aliviada? ¿Tantas ganas tiene de trabajar aquí?
Joder… Todo este rollo emocional me está quitando años de vida .
“Puedes hacer tus tareas como has hecho hasta ahora, siguiendo las listas de Weston, pero tengo que mirar a ver si cambio tu horario para que también puedas ir a la tienda con Lib algún día de la semana,” añade mi madre.
“Ahora que eres empleada oficial puedo enseñarte nuestras tierras a caballo,” dice Tate desde el sofá con una sonrisa ladeada.
“¡Me encantaría!,” responde ella con la emoción iluminando su rostro, asintiendo frenéticamente como si fuera la mejor idea que le hayan dicho jamás.
Tengo que salir de aquí antes de que saque la escopeta y me vuele los ojos y, con un poco de suerte, me exploten los tímpanos. Sin duda, prefiero eso a seguir viendo y escuchando estas tonterías.
Que la traten como si la conocieran de toda la vida o fuera alguien más de la familia escapa de mi entendimiento. Apenas lleva una semana aquí, es la definición de desconocida, no entiendo la necesidad de hacer toda esta parafernalia sentimental para otra empleada más.
Me mantengo apartado a un lado del salón, y frunzo el ceño cuando Lib se acerca a mí y me da un apretón en el hombro.
“¿Contento?,” pregunta sarcásticamente. “Tus cejas todavía no se han fusionado, así que algo es algo.” Me guiña un ojo con una sonrisa burlona y me vuelve a dejar solo para ir hacia Sage y estrecharla entre sus brazos.
Que es una empleada, no una amiga.
Resoplo con fuerza y me giro para irme de aquí. Si tengo que ver más tiempo a esta gente confraternizar, la bala no será para mis ojos, sino para mi frente.
“Weston.”
La voz de Tate me para. Suelto una maldición por lo bajo, con el pomo de la puerta en la mano, y me giro para mirarlo con cara de hastío. Tan cerca y a la vez tan lejos.
“¿Qué?,” prácticamente espeto.
“Nos vemos en dos horas y te ayudo con el ganado,” dice, asomando la cabeza por el lateral del sofá.
Mis cejas se disparan hacia arriba de la sorpresa.
“¿Tienes tiempo libre?”
“No,” responde, riendo. “Pero necesitas ayuda urgente.”
Lo miro unos segundos, preguntándome entonces por qué se ofrece a venir. Mi mirada se desvía automáticamente a la mujer que tiene al lado, y la mera idea de tener que pedírselo delante de toda mi familia me poner enfermo.
Tate me mira con socarronería; sabe perfectamente lo que está haciendo.
Aprieto tanto la mandíbula que me duele la cabeza y, tras soltar un gruñido y mandarlo todo a la mierda por lo bajo, salgo de esta casa sin mirar atrás.
Si pretende que le pida ayuda a Sage cuando están en medio de un ritual de arcoíris y fantasías, ya puede esperar ahí sentado. A cabezonería no me gana nadie, y si tengo que hablar con ella, no será delante de estos buitres. Lo haré cuando crea conveniente. Y, con un poco de suerte, será nunca.