Capítulo Once #3
Siento impotencia al comprobar que pueden desarmarme en cualquier momento y no puedo hacer nada para evitarlo. Nada me puede preparar para un susto porque, bueno, hoy tenía una piedra y una pequeña azada, pero… ¿y si llego a tener una motosierra y la música a todo volumen?
No me doy cuenta de que he empezado a acariciar con más presión el cuello de Mud hasta que resopla y se sacude para espantarme como si fuera una mosca que no deja de tocarle las narices.
Respiro hondo, alejando cualquier pensamiento autodestructivo e intentando escuchar a mi cuerpo por todo lo ocurrido esta mañana.
No puedo cambiar lo que pasó y tampoco puede hacerme daño.
Anoto mentalmente pedir cita con la doctora Miles para mantenerla al tanto de mi recaída.
Llevo sin hablar con ella varios meses, así que espero que esté contenta de saber que he estado bien todo este tiempo.
Con un poco de suerte, podré decirle que tengo un trabajo nuevo y una vida nueva.
Shiny levanta la cabeza de golpe, dejando de mordisquear la hierba para caminar hacia el lateral del cercado.
Lo sigo con la mirada, esperando a ver qué hace.
No sé a quién ha escuchado o qué ha olido, pero espero que no sea un maldito lobo.
Aunque dudo que sea una amenaza, porque Mud no se mueve, sino que me pide más mimos como si nada.
“Eres igual de pesado que algunos hombres…,” murmullo, rascando detrás de sus orejas hasta que estira el cuello, encantado.
“Cualquiera diría que hablas por experiencia propia,” gruñe una voz áspera a mi espalda.
Me tenso al reconocerla, pero no me giro. Ni en broma pienso darle el gusto. Mud parece pensar lo mismo, porque resopla y se da la vuelta, enseñándole la grupa.
Una sonrisa asoma en mis labios, y me alegro de que el intruso en nuestro pequeño paraíso no pueda verme.
“¿No tienes nada mejor que hacer?,” pregunto, mirando cómo el caballo se relaja cuando vuelvo a tocarlo.
Escucho cómo bufa a mis espaldas y sus pasos se acercan, lentos y pesados. Me revuelvo en mi improvisado asiento y no dejo de mover las manos por el cuello de Mud, intentando mantenerme impasible.
“¿Vas a echarme de mi propia casa, Sage?” Su tono es seco y condescendiente. Me está empezando a hervir la sangre y no sé si aguantaré mucho antes de saltarle a la yugular para cantarle las cuarenta .
¿Por qué tiene que ser tan cretino conmigo? ¿Su madre no le dio las suficientes collejas de niño?
“Haz lo que te dé la gana, Weston, pero si has venido solo para tocarme las narices, prefiero que te vayas.” Me sorprende lo tranquilo que suena mi tono, teniendo en cuenta que las manos me tiemblan de pura rabia.
Llevamos toda la semana hablándonos lo justo y necesario. Nunca nos cruzamos a menos que sea obligatorio, así que no entiendo por qué tiene que venir ahora a joder lo único bueno que me queda de este día. Especialmente cuando ni siquiera sé si mañana seguiré aquí.
No sé de dónde saco el valor, pero me obligo a mirarlo de reojo.
Weston está apoyado en la valla con los brazos estirados; sus dedos aprietan con tanta fuerza la madera que los nudillos se le han puesto blancos.
Todo su cuerpo está en tensión, al igual que su mandíbula, cerrada como si estuviera conteniendo algo que no pienso preguntarle.
Mantiene la mirada fija al frente, en Shiny, que lo observa en silencio, tan inmóvil como yo.
“Ya hemos hablado de esto,” masculla con los dientes apretados. “Deja de mirarme así, Sage.”
Pongo los ojos en blanco, reprimiendo la tentación de seguir haciéndolo solo para molestarlo; tal y como él ha hecho al venir aquí. Respiro hondo, dejando que la rabia se disuelva un poco en mi pecho, y desvío la mirada hacia Mud.
Permanecemos en silencio durante varios minutos. No es incómodo, pero tampoco agradable. Es como si ambos estuviéramos esperando a que el otro haga el primer movimiento: un comentario hiriente o una mirada fulminante, cualquier cosa que rompa la calma tensa que se ha instalado entre nosotros.
Como no sé estar callada más de cinco minutos seguidos, soy yo quien rompe el silencio.
“¿Ya habéis tomado una decisión?” Me giro como puedo en mi asiento para mirarlo, pero él no me devuelve el gesto, centrado en su caballo tordo.
“¿Sobre qué?,” pregunta de vuelta. Reprimo un resoplido con todas mis fuerzas y vuelvo a intentarlo.
“Sobre qué vais a hacer conmigo.”
Estamos a varios metros de distancia, pero no se me pasa por alto el gruñido apenas audible que emite mientras vuelve a apretar la valla entre sus manos.
“Mañana te lo comunicará Emily,” suelta, sin dar más detalles.
Mi paciencia se está acabando, y hoy no estoy de humor para jueguecitos absurdos.
“¿No puedes decírmelo tú? Como… ¿ahora mismo?”
Weston pone cara de fastidio, haciéndome sentir como si fuera una cría pequeña impaciente.
No se da cuenta de que para mí esto no es ninguna tontería.
Se pasa una mano por el rostro, dejando en evidencia su cansancio.
Pero su mirada, esa mirada fría y distante, de repente se posa en mí, y me muestra lo que piensa: mi futuro le importa una mierda.
“No.”
Es todo lo que dice antes de darle un toque a la madera con los nudillos y largarse sin mirar atrás.
He perdido la cantidad de veces que me ha dejado plantada, hecha un mar de dudas y con la cabeza a punto de estallar de la rabia.
Hasta hace dos minutos, deseaba con todas mis fuerzas haber superado con creces la semana de prueba y quedarme. Pero, viendo que no he hecho ningún progreso en mi relación con Weston, creo que prefiero que me den la patada y no volver a pisar esta granja en mi vida.
Mud relincha a mi lado, como si estuviera celebrando la huida de su dueño; y ese pequeño gesto me hace sonreír.
Pensándolo mejor, que le den. No pienso tirar por la borda los pequeños pasos que he dado en la dirección correcta por un hombre.
Y menos por uno tan detestable como Wade Weston.