Cuando florezcan los almendros (Almond Valley 1) Capítulo Once #2
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Capítulo Once #2

“A veces la granja es como un mundo aparte,” añade, asintiendo. “Hay que salir de vez en cuando, porque esa burbuja te atrapa y no te suelta. Mira a mi hermano, se ha convertido en un amargado que no sale de ahí ni aunque le paguen.”

Me río como si lleváramos años haciendo ese tipo de comentarios sobre Weston y nunca fueran suficientes para cansarnos. Lib se une a mi risa, y añade casi sin aire: “¿Tengo razón o no? Ese cascarrabias necesita salir un poco, vivir experiencias, interactuar con gente nueva…”

“No debe ser bueno estar rodeado de tanta mierda de vaca, debe de estar afectándole al cerebro.”

Nos reímos y seguimos hablando como si fuéramos viejas amigas que hacen bromas sobre cualquier cosa, metiéndonos con su hermano y sus ligues.

Porque a mí nadie me baja del carro de los ligues .

“Entonces... Sage Reid,” comienza Lib, apoyando los codos sobre la mesa después de que el camarero, que no era Jax, nos haya traído la comida. “Ya hemos hablado mucho sobre mí y mis supuestos ligues.” Pone los ojos en blanco en cuando salen las palabras de su boca. “Dime algo que no sepa sobre ti.”

Sonrío, imitando su postura al apoyar la cabeza en mis manos.

“En… tres meses exactos, cumplo veintisiete años.”

“¿¡Qué tú qué!?,” prácticamente grita, lo que hace que todo el bar se gire para mirarnos. Abre tanto los ojos que temo que se le vayan a salir de las cuencas.

No puedo evitar reírme al ver su reacción.

“Pensé que todo el pueblo ya habría visto mi currículum,” respondo entre risas.

“Claro, pero no tengo memoria suficiente para recordar tu carta astral,” se justifica, resoplando.

Asiento varias veces antes de explicarle: “Acabé la carrera a los veintitrés y trabajé tres años.”

“¿Qué estudiaste?”

“Fisioterapia.”

Lib frunce el ceño y hace una mueca como si hubiera chupado un limón.

“¿Fisioterapia?,” repite. Asiento, parpadeando lentamente. “Perdona si te ofende, pero no te pega nada.”

Me río ligeramente, pero estoy de acuerdo con ella.

“Lo sé. No es que fuera lo que más me gustaba hacer, pero estudié la carrera con mi amiga Rachel, así que la compañía hizo que mereciera la pena.”

Lo hice porque debía, no porque quisiera. No me arrepiento de haberla estudiado y, si pudiera volver atrás, no habría elegido otra carrera. De haber hecho otra cosa, no habría acabado aquí de ninguna manera ni sería quien soy ahora.

Aunque ahora me cuesta reconocerme después de tantos años haciendo lo que otros me dictaban.

“¿Y qué te gusta hacer?,” pregunta con una sonrisa, ladeando la cabeza con curiosidad.

“Trabajar en el campo, rodeada de animales, oliendo a paja y heno. Levantarme por las mañanas y ver verde cuando miro por la ventana. Hablar sin parar, estar acompañada de personas que realmente aprecian lo que hago y que no me tratan como si fuera inferior a ellos. Pero mi cosa favorita siempre será montar a caballo y dar largos paseos por las montañas.”

Lib me mira atentamente con los ojos anegados en lágrimas. Parpadea varias veces muy rápido, intentando que no se derramen, sin dejar de sonreír.

“No me preguntes qué me gusta a mí porque cualquier cosa que diga va a parecer una tontería en comparación,” dice, riendo. “¿Crees que aquí sientes eso? ¿O que puedes llegar a sentirlo?”

No respondo al instante, sino que medito sus palabras un momento.

Es probable, ¿no? Me encanta trabajar en el huerto, hablar con Lib y Emily, que Tate me anime a meterme con Weston cuando cenamos juntos y acariciar a los caballos de su casa.

Todavía me falta dar un paseo largo a caballo e investigar más la zona del bosque, pero todo lo que he dicho ha sido posible en este lugar.

Bueno... todo menos que me traten como si no fuera inferior.

“Quitando al idiota de mi hermano,” añade apresuradamente, como si me estuviera leyendo la mente. Aprieto los labios para reprimir una sonrisa, pero asiento sin dejar lugar a dudas.

“¿Crees que podríais despedirlo a él y no a mí?,” pregunto, haciendo un puchero, lo que hace que Lib estalle en carcajadas.

“Me gusta Almond Valley,” continuo diciendo más seria. “Es cierto que tu hermano a veces no ayuda a que sea todo fácil y sencillo, pero esta semana ha sido lo que yo necesitaba. Como si por fin pudiera volver a donde realmente pertenezco."

"Me alegra escuchar eso," dice, mirándome con una tierna sonrisa.

"Espero que me contratéis o mi corazón se romperá en mil pedazos."

“No te vamos a despedir, Sage. Aunque seas demasiado vieja para el puesto.”

“¡Pero vamos a ver!,” exclamo, alzando los brazos con la boca abierta. “Tú no debes ser más pequeña, ¿qué tienes, veintiséis?”

Niega con la cabeza, mordiéndose el labio inferior.

“Veintinueve.”

Ahora soy yo quien la mira con incredulidad durante unos segundos con la cara completamente desencajada.

“Eres una caradura, Lib Weston.”

Nos reímos juntas una vez más hasta que nos quedamos sin aire, y terminamos de comer las mejores alitas de pollo del país —o incluso del mundo.

La conversación salta de un tema a otro sin parar, pero ninguna de las dos parece tener problema con ello.

Hemos congeniado desde el principio, y todo resulta sencillo entre nosotras.

Mañana me dirán si me van a contratar o no y, pese a no estar nerviosa porque Lib no para de repetirme que soy perfecta para el trabajo, una parte de mí no puede evitar dudar.

"Pues claro que te van a contratar,” asegura Lib una vez más mientras me termino sus alitas.

Está tan llena que incluso se ha desabrochado el botón del pantalón para no vomitar. Sus palabras, no las mías. Como mi estómago es el mismo que el de cinco caballos, me he comido lo que quedaba de su plato mientras me contaba cómo conoció a Julie y acabaron trabajando juntas en la tienda.

Cómo no, el tema ha vuelto a saltar a mi hipotético contrato.

"Tu hermano no creo que esté tan seguro," replico, masticando con gusto. Sin duda son las mejores del mundo.

"Que le den a mi hermano," dice con un bufido. "¿Te ha pedido ayuda para que le eches una mano con el ganado?”

Me pregunto cómo lo sabe, si me lo dijo Emily; supongo que le gustará hablar tanto como a mí.

" Nop . Parece que se lo está pensando.”

Lib frunce el ceño.

"Suficiente tiempo ha tenido ya. Te necesita y punto. Que deje el orgullo de lado por una vez y te hable," dice, recostándose en la silla. "Madre mía, ¿por qué los hombres son tan idiotas?"

Se lleva el vaso de agua a la boca y suelto antes de pensarlo:

"No sé, pregúntaselo a Evan Thorne."

Veo cómo se atraganta con la bebida y, cuando consigue recuperarse, me lanza una patata a la cara sin pensárselo dos veces.

"¡Oye!"

"Traidora," masculla entre dientes, fingiendo molestia, pero la delata la manera en la que se muerde el labio para contener una sonrisa.

El ambiente cercano que se crea entre nosotras me hace relajarme y sonreír para mí.

Puede que haya una pequeña posibilidad de que este pueblo no sea mi destino final, pero al menos ha sido una forma de volver a empezar. Ahora tengo el camino marcado, solo me falta seguirlo.

El sol se esconde lentamente tras las copas de los frondosos árboles del bosque.

Estos días he descubierto que la parte trasera de la casa de Weston es un buen refugio cuando quieres desconectar y necesitas un momento a solas.

Está apartada de todo y de todos, con la única compañía de la pareja de caballos que, a diferencia de algunas personas, nunca molestan.

Shiny y Mud no se han alejado de mí desde que llegué y me senté en la impecable valla blanca.

Me he encajado entre las tablas, mirando hacia el cercado, y mi pecho se mantiene pegado a la madera, haciendo presión para no caerme para atrás. Balanceo las piernas como si fuera una niña en un columpio, pues cuelgan a medio metro de altura sobre la hierba.

El appaloosa parece contento de que esté aquí, pidiéndome que lo acaricie al empujarme con la cabeza. No puedo negarme; me he convertido en su nueva esclava, y la verdad es que no puedo quejarme.

Los tonos anaranjados del cielo bañan el cercado de una luz preciosa, como si estuviéramos en el paraíso; la suave brisa, aunque cálida, mueve ligeramente las hojas de los árboles, creando una atmósfera idílica.

Podría quedarme aquí para siempre. Si cierro los ojos, incluso puedo imaginarme viviendo en este lugar: subiéndome a esta valla después de un largo día, acariciar a los caballos como si fuera mi terapia, esperando a que mi marido vuelva del trabajo para hablarle por los codos y contarle cada detalle de mi día.

Pero el hombre que vive en esta casa no es ni mucho menos mi marido. En cualquier caso, el candidato más cercano a serlo algún día es Mud.

“¿Verdad, chico?”

Ya estoy otra vez hablando sola en voz alta.

El caballo resopla y sacude la cabeza como si estuviera de acuerdo con mis palabras. Parece que no soy la única que detesta a Wade Weston.

Su pelo está lleno de tierra y polvo, pero sigo acariciándolo ensimismada.

La verdad es que no les vendría nada mal esquilarlos ahora que llega el verano y comienza a hacer bastante calor.

Tendré que comentárselo a Weston cuando lo vea.

Aunque ya imagino su respuesta tipo: «¿y qué tal si te esquilamos a ti la cabeza? »

Resoplo con frustración, y repaso mentalmente la interminable lista de insultos que podría dedicarle. Al menos me alegro de no haberlo visto en todo el día; parece que algo bueno debía tener lo que podría ser mi último día aquí.

El trabajo ha sido intenso, el ataque de ansiedad desgarrador y la visita al pueblo revitalizante.

Lo bueno supera lo malo, pero algo dentro de mí no puede evitar preocuparse por el momento de pánico de esta mañana.

Suelo tenerlo todo bajo control, he trabajado muchas horas, muchos años, para conseguir estar bien y convertirme en una persona estable a pesar de sus traumas.