Cuando florezcan los almendros (Almond Valley 1) Capítulo Once
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Capítulo Once

Sage

E l letrero de madera oscura que nos da la bienvenida cuando bajamos de la camioneta anuncia en letras amarillas:

The Green Basket

No voy a mentir, imaginaba que estaría el nombre de los Weston por todas partes, pero, quitando a Lib, no hay nada que indique que esto pertenece a su familia.

La tienda de Lib tiene un enorme escaparate lleno de frutas y verduras expuestas desde el otro lado del cristal. El olor a huerto me inunda cuando traspasamos la puerta de madera, y una pequeña sonrisa brota en mis labios ante el familiar aroma.

Una chica rubia, bajita y con cara de cansancio está al otro lado del mostrador. Coge notas a toda velocidad de todo lo que le está pidiendo un cliente.

“Vale, señor Miller, en cuanto lo tenga listo le mandaré un mensaje,” le dice con voz dulce, nada que ver con la expresión de agobio que refleja su rostro.

Lib entra detrás de mí y se acerca con pasos rápidos hasta la chica, que esboza una enorme sonrisa de alivio en cuanto la ve.

“Ya he llegado, Julie,” la tranquiliza mi amiga. “He traído refuerzos.”

Ambas se giran para mirarme y le sonrío a la desconocida.

“Soy Sage Reid,” me presento, acortando la distancia que nos separa y alargando una mano en su dirección. Julie me la estrecha sin vacilar e imita mi expresión con ilusión.

“Encantada, soy Julie. Estaba deseando conocerte.”

Dejo que en las siguientes horas sean ellas quienes me guíen, diciéndome qué hacer y cómo hacerlo.

Me explican cómo se toman los pedidos, cómo se colocan los productos y cómo está organizado el almacén, al otro lado de la puerta tras el mostrador.

La mañana avanza sin respiro; los clientes no dejan de entrar y, para cuando llega la hora de cerrar, las tres estamos exhaustas.

“¿Es así todos los días?,” pregunto, dejando que mi espalda resbale por el mostrador hasta que mi culo toca el suelo. Estiro las piernas e inclino la cabeza hacia atrás para apoyarla contra la madera.

Lib y Julie asienten a la vez, cerrando los ojos mientras se apoyan en la pared para descansar.

En apenas unas horas me he dado cuenta de que son como gemelas: siempre moviéndose igual, terminando las frases de la otra y anticipando cada pensamiento.

Da un poco de mal rollo cuando te quedas observándolas un rato.

“Sobre todo en esta temporada,” dice Julie. “En invierno no vienen ni los ratones.”

“En invierno se trabaja muy poco y se vive muy bien,” asiente Lib.

“El mundo sería un lugar mejor si no existiera el calor.”

“A mí me gusta el calor,” añado, fingiendo ofensa.

“Oh, Sage Reid, no sé de dónde vienes, pero Almond Valley es el peor lugar para pasar el verano trabajando en el campo,” dice Julie, lanzándome una mirada apenada.

Abro la boca para rebatirlo, pero Lib niega con la cabeza, sabiendo que el argumento de su empleada es irrebatible.

“Bueno, va siendo hora de ir a comer,” anuncia Lib tras un pequeño momento en silencio. Se separa de la pared para ir hacia la puerta, pero se gira hacia Julie antes de preguntar: “¿ Cierras tú?”

Julie asiente, y se vuelve hacia mí para darme un breve abrazo.

“Gracias por venir a echar una mano, Sage. Espero verte pronto por aquí. Podríamos ir las tres a tomar unas cervezas algún día.”

"Hoy es mi último día de prueba, puede que no nos volvamos a ver," respondo con dramatismo, haciendo un puchero.

Veo cómo Lib pone los ojos en blanco y se cruza de brazos antes de acercarse a mí para darme un codazo en las costillas.

“Claro que vas a volver. Deja de ser tan pesimista."

Julie se echa a reír y nos despedimos, prometiendo volver a vernos pronto.

Caminamos hacia el bar donde Lib me prometió que comeríamos, un lugar llamado The Red , donde, según ella, todo —literalmente todo— es rojo. No tardo en entenderlo cuando entramos. Suelto una risa entre dientes apenas cruzamos la puerta, y me detengo para observar el interior con atención.

Todo el mobiliario es rojo, incluso los cuadros que cuelgan de las paredes.

Sin embargo, y para mi sorpresa, el conjunto no resulta estridente ni exagerado.

La calidez de la madera que recubre el suelo y el techo suaviza la intensidad del color y, de alguna manera que todavía no alcanzo a descifrar, la combinación funciona.

El ambiente es acogedor, pero está a rebosar de gente comiendo, familias, parejas y grupos de amigos, así que nos movemos con lentitud entre las mesas bajas buscando una que esté vacía.

Lib saluda con naturalidad a la gente del pueblo a medida que avanzamos, sonriendo o estrechando sus manos.

La sigo de cerca y, cuando me presenta, los vecinos me regalan la mejor de sus sonrisas.

No puedo evitar sentir una pequeña punzada de envidia sana por ese sentimiento de pertenencia, y disfruto de la cálida bienvenida de River Cross.

Varios grupos de gente joven nos invitan a comer con ellos, pero Lib declina sus propuestas con educación.

La veo contener una risa al ver mi expresión de asombro.

Sabía que los vecinos del pueblo eran agradables, pero no tan familiares.

No sé ni cómo, encontramos una mesa vacía junto a la ventana sobre una tarima.

Todas las de la hilera que está pegada a la cristalera están en alto, por lo que tenemos vistas tanto a todo el local.

No pasan ni dos minutos cuando un camarero con rizos oscuros se acerca hacia nosotras con una sonrisa ladeada. No le prestaría demasiada atención de no ser porque las zonas de piel que tiene descubiertas están repletas de tatuajes y sus brazos son enormes.

“¿Qué hay, Lib?,” saluda, situándose delante de la mesa, justo en medio de las dos.

Su pelo revuelto le da un aire desenfadado y, por la forma en la que mira a mi amiga, me atrevería a decir que está esbozando su mejor sonrisa seductora.

“Nada nuevo, Jax. Todo el día trabajando.”

“No te tomas ni un descanso, ¿eh?,” responde divertido, guiñándole un ojo.

No se me pasa por alto cómo las mejillas de Lib se sonrojan ligeramente. Mantengo una sonrisa tranquila, pero por dentro me muero por sonsacarle a mi amiga toda la información que pueda sobre su relación con el camarero buenorro.

“Nuestro descanso son las alitas de este lugar,” exclamo con energía, sumándome a la conversación. O me centro en hablar de comida o voy a decir algo que no debería. “Lib dice que son las mejores del país.”

Jax gira la cabeza en mi dirección y, aunque intenta ocultarlo rápidamente, me fijo en su expresión de sorpresa al encontrarme aquí, como si no se hubiera fijado en mi presencia. Como si solo tuviera ojos para Lib.

Dios, necesito que se vaya para bombardear a Lib a preguntas .

“Es que son las mejores del país,” asiente él con convicción, clavando sus ojos verdes en mí.

“Eso tendré que confirmarlo yo,” digo, guiñándole un ojo disimuladamente a la rubia. Resopla y pone los ojos en blanco, pero una pequeña sonrisa asoma en sus labios.

“Jax, esta es Sage, nuestra nueva empleada.”

Hago un leve gesto con la cabeza en su dirección, que me devuelve mientras se gira hacia mí.

“¿Llevas mucho tiempo por aquí?”

“Una semana,” respondo, encogiéndome de hombros.

“¿Una semana?,” repite con lo que supongo que es incredulidad. “¿Y cómo es que no te he visto por aquí hasta ahora?”

Pues no era incredulidad…

Puag.

El exceso de interés en su voz y la sonrisa —calcada a la que tuvo con Lib hace apenas un momento— me resultan más irritantes que agradables.

Me fijo en la mirada inexpresiva de mi amiga, que me dice sin necesidad de palabras que siente lo mismo que yo.

“He estado ocupada. Todo el día trabajando,” respondo, encogiéndome de hombros, usando las mismas palabras que Lib.

No sé si Jax se da cuenta de la incomodidad repentina que parece rodear la mesa, porque su sonrisa flaquea y carraspea con fuerza antes de preguntarnos con un tono más profesional qué vamos a comer.

Lib le pasa la comanda más seca que cuando llegamos y espero a que él se haya dado la vuelta para elevar una ceja.

“Eso ha sido… raro,” murmuro con el ceño fruncido en cuanto lo veo desaparecer tras la barra.

Lib suelta una pequeña carcajada y se tapa la cara con las manos, apoyando los codos sobre la mesa.

“Madre mía…,” dice con la voz amortiguada. Su cuerpo se sacude en lo que parece ser una risa silenciosa, y necesita varios minutos para serenarse y mirarme a través de sus dedos con lo s labios apretados. “Ha sido incómodo de cojones.”

Asiento varias veces, totalmente de acuerdo con la que puede haber sido la interacción más extraña de mi vida.

“¿Estáis liados?”

Mi pregunta la pilla por sorpresa, porque se atraganta con su propia saliva y comienza a toser sin parar mientras su rostro se tiñe de rojo.

“Sage, ¿puedes parar de emparejarme con todo el mundo?,” pregunta con el ceño fruncido y la cara descompuesta.

Me río mientras me encojo de hombros. “Ya sé que no es Evan, tu amor de infancia, pero parecía que ahí había algo.”

Elevo las cejas repetidas veces y esbozo una sonrisa pícara, pero Lib pone los ojos en blanco y murmura una retahíla de insultos tan bajito que apenas escucho un par de palabrotas.

“¿Qué te ha parecido la tienda?” Su intento de cambiar de tema es bastante penoso, pero reprimo mi curiosidad y no insisto.

Tendré que preguntarle por su triángulo amoroso en otro momento.

“Me recuerda a mi infancia, cuando vivía con mi abuelo y vendíamos la recolecta de nuestro pequeño huerto en el mercadillo del pueblo,” digo, sonriendo al recordar los calurosos domingos bajo el toldo del puesto de la granja que teníamos.

“No se parece en nada a la tienda, claro está, pero la sensación es la misma: ver a los vecinos, hablar con ellos, vender los alimentos que has recolectado con tus propias manos, sentir que recibes una buena recompensa por tu esfuerzo…”

“Es bonito verlo así,” dice sonriéndome con ternura. “¿Lo echabas de menos? Vivir en el campo, me refiero.”

“Sí, claro. Aunque no había sido consciente de lo mucho que lo echaba de menos hasta que he venido al pueblo y he experimentado la vida rural al completo.”