Cuando florezcan los almendros (Almond Valley 1) Capítulo Diez
21%

Capítulo Diez

Sage

D esde que tengo memoria soy capaz de perder la noción del tiempo con tanta facilidad que pueden pasar horas hasta que me doy cuenta de dónde estoy.

Una de las principales razones por las que mi cerebro desconecta suele ser por la presencia de animales.

Es como si mi cabeza se perdiera en el entorno, dejándome ensimismada en una simple tarea como puede ser, en este caso, acariciar a la vaca…

¿Sadie? O al menos eso es lo que pone en su chapa.

Mi amiga Rachel tiene una gata llamada Sadie. Bueno… al menos la tenía antes de que me fuera.

Me da rabia darme cuenta de que hacía una semana que no pensaba en ellas.

Nos hicimos amigas el primer día de universidad; no nos despegábamos la una de la otra.

Incluso cuando terminamos la carrera, acabamos trabajando en la misma clínica.

Mentiría si dijera que no la echo de menos, pero mentiría también si dijera que he pensado en ella en el tiempo que he estado aquí.

Me fui de Blackwater con intención de no volver, sin avisar ni dejar una nota de despedida. No tenía pensado rememorar todo aquello, pero ahora que Rachel ha vuelto a mi mente, se me forma un nudo en el estómago al pensar en mi ida —o más bien huida— sin haberle dado una mísera explicación .

Sin duda, debería llamarla.

Pongo un recordatorio en el móvil para hacerlo esta noche y, al fijarme en la hora que es, me llevo mentalmente las manos a la cabeza antes de salir corriendo hacia el destartalado todoterreno para volver al granero.

Han pasado dos horas desde que me marché.

Lib me va a matar. ­­

Para cuando aparco y prácticamente vuelo al establo, me la encuentro en medio del pasillo de las cuadras mirando su móvil con el ceño fruncido.

Mis pasos resuenan en el silencio del lugar, acompañados de mis jadeos por la carrera imprevista, y, al escucharme llegar, mi nueva acompañante levanta la vista y aprieta los labios, como si estuviera preparando para darme una mala noticia.

"Me ha llamado Julie de la tienda,” dice, directa al grano, sin saludar ni nada. “Hay un montón de gente por la llegada del festival y necesita que le eche una mano.”

No dice nada más ni menciona lo ocurrido antes.

Mis hombros se relajan, sorprendiéndome por no haberme dado cuenta hasta ahora de la tensión que cargaba.

Le prometí que se lo explicaría todo cuando me tranquilizara, pero la verdad es que no me siento con fuerzas para hacerlo.

La confianza que tenemos es especial desde que nos conocimos, eso es innegable, pero contarle la peor parte de mi vida me hace sentir demasiado vulnerable y expuesta.

Todavía no estoy preparada, así que no cambio de tema cuando contesto:

"No te preocupes." Sonrío tranquila, sintiéndome mucho mejor que la última vez que la vi. "Si quieres puedo acompañarte y os ayudo si hago falta. Podríamos comer y después me enseñas el pueblo, que tengo la tarde libre."

Lib esboza una amplia sonrisa, como si mis simples palabras hubieran resuelto un problema gigantesco.

"Nos vendrías de maravilla, Sage. Siempre necesitamos ayuda en la tienda," dice medio riendo. "Solo será hoy, te lo prometo."

"Lib," la llamo, usando un tono algo más serio. Me mira con intensidad, la curiosidad reflejada en sus ojos. "Llámame cuando quieras. Ya sabes que suelo terminar temprano y por la tarde no tengo nada que hacer. Si necesitas ayuda más veces, solo tienes que avisarme."

"No te quiero explotar."

"Me exploto voluntariamente," respondo, encogiéndome de hombros.

Lib suelta una pequeña, pero añade como para sellar el trato: "En ese caso, no puedo hacer nada para impedírtelo."

Cargamos su coche con la última recolecta del huerto, cambio mis gafas de pasta por unas de sol y conducimos hasta el pueblo con lo que parecen ser los mejores hits de Doja Cat de fondo.

Si alguien me hubiera dicho que a Lib le gustan las letras explícitas, me habría reído en su cara.

Pero, a juzgar por la manera en la que grita a todo pulmón Go to Town como si estuviera en un concierto privado, supongo que me habrían cerrado la boca.

No puedo evitar reírme al ver cómo se las arregla para mover el cuerpo al ritmo de la música, a pesar de estar al volante.

Nos reímos juntas, cantando sin preocuparnos de nada más, olvidando cualquier rastro de malestar.

Es la primera vez que salgo de la granja; apenas he tenido tiempo para hacer otra cosa que no fuera comer en casa de Emily o saludar a los dos caballos de Weston cuando llego por la tarde.

He trabajado tan duro desde que llegué, que siempre caigo rendida al llegar a casa y no quiero saber nada de nadie.

Por saber, no sé ni cómo se llama el pueblo.

Es para darme de cabezazos contra el salpicadero, lo sé, pero vine con tanta urgencia que no presté atención a los carteles que iban pasando por la carretera.

"Mira, aquí empieza el pueblo," dice Lib, bajando el volumen de los altavoces.

Señala un viejo letrero marrón con letras blancas y desgastadas:

River Cross

"¿Por qué ese nombre?," pregunto, girándome hacia ella con el ceño fruncido.

El único río que he visto es el que se esconde tras la casa de Weston, bastante lejos de la zona principal.

"Ahora lo verás," contesta con una sonrisa.

Vuelvo la vista a la carretera, fijándome en las diferentes casas que vamos pasando.

No están muy cerca las unas de las otras, sino que tienen su terreno con cercados llenos de vacas, ovejas o caballos.

Algunas incluso tienen plantaciones de maíz y trigo, lo que me da a entender que aquí todo el mundo trabaja en el campo.

"¿Sois los que más terreno tiene en todo el pueblo?," pregunto, sin apartar la vista del paisaje. Pasamos varias casas más, todas construidas de madera como las del rancho.

" Sip ," responde, remarcando la P. "Tanto para cultivar como para el ganado. La familia Thorne también tiene muchas tierras, pero se dedican sobre todo a los caballos y a tocar las narices."

"¿Cómo?" Me giro para mirarla, intentando contener una risa tonta.

Lib suspira y sujeta con fuerza el volante entre sus manos.

"No es que seamos enemigos ni nada por el estilo, no estamos en el siglo quince. Es solo que no terminamos de... congeniar," explica, haciendo una mueca al decir la última palabra.

Aprieto los labios, tratando de no sonreír, y elevo ambas cejas.

"¿Son muchos en la familia?"

"Tres, como nosotros." Asiente, con los ojos fijos en la carretera.

"El mayor es Dorian, el más decente de todos.

Me saca cinco años y es el veterinario de la granja, así que suele pasarse por aquí a menudo.

Estos días lo verás mucho por la subasta, es quien se encarga de revisar el ganado.

La siguiente es Alice, que está completamente pirada, si me preguntas.

Trabaja en la peluquería del pueblo y, a no ser que quieras terminar calva, no te recomendaría ir por nada del mundo.

La abuela Mira les hizo la cruz hace unos años así que, a excepción de Dorian, ninguno debería venir al rancho, a no ser que quieran recibir un disparo entre ceja y ceja. "

“¿Tienen la entrada vetada?,” pregunto con sorpresa. Dice que no están en el siglo quince, pero lo de prohibir la entrada a tus vecinos me parece un poco dramático. Necesito enterarme de todo el cotilleo.

“Ajá.”

Asiento, reteniendo y asimilando toda la información nueva. Echaba de menos estar al tanto de las peleas entre familias en los pueblos pequeños.

"¿Y el que falta?," pregunto, recordando que me ha dicho que son tres hermanos.

"A ese no hace falta mencionarlo," masculla entre dientes, apretando el volante hasta que los nudillos se le ponen blancos.

No había visto esta faceta de Lib antes, y no sé si me hace gracia verla tan enfadada o debería darme miedo.

"El más pequeño se llama Evan." Su voz tensa me sorprende después de varios minutos en silencio.

"Nos hicimos mejores amigos cuando nació.

Yo tenía tres años en ese entonces y al principio lo trataba como si fuera mi hermano.

Estaba tan emocionada con su nacimiento que el día del parto fui la primera en conocerlo.

Con el tiempo las cosas cambiaron, maduramos y nos hicimos inseparables.

Éramos la persona favorita del otro… O eso pensaba yo, pero decidió apuñalarme por la espalda y convertirse en la reencarnación del diablo. "

“¿Qué hizo?,” pregunto, necesitando saber la historia completa.

Lib suspira con fuerza y sacude la cabeza, haciendo que su pelo rubio caiga desordenado por sus hombros. Hoy no lleva sus inconfundibles trenzas, pero las ondas que hace su cabello me indica que debió dormir con ellas.

“Es una larga historia que no quiero rememorar ahora mismo,” responde con sequedad, haciendo una mueca que deja claro que le guarda el suficiente rencor.

Asiento en silencio, pero tengo que contener la risa floja y apretar los labios con fuerza para no soltar lo primero que me viene a la cabeza.

Me vuelvo para mirarla, y Lib frunce tanto el ceño que la imagen de su hermano haciendo lo mismo me golpea como el flash de una cámara, sin dejarme más remedio que hacer la pregunta:

"¿Te has liado con Evan?"

Su cara se colorea al instante de rojo. No aparta la mirada de la carretera y respira tan fuerte que parece un toro bravo a punto de hacerme saltar por los aires.

"¿¡Que yo qué!?," grita, fuera de sí, con la boca torcida del horror. "¿Por quién me tomas? No tocaría a Evan Thorne ni con un palo. Ni aunque me pagaran millones. Es la peor persona que conozco. Por mí, como si se cae en un pozo y se muere de inanición."

Elevo ambas manos en señal de rendición, mordiéndome el labio inferior para ocultar mi sonrisa.

"Solo preguntaba," digo, haciéndome la inocente.

Lib me fulmina con la mirada y me enseña el dedo corazón antes de murmurar una retahíla de insultos hacia su ex-mejor amigo y centrarse en la carretera.

"Ese hombre no existe para mí, así que no lo vamos a volver a mencionar en la vida."

"Entendido." Asiento, seria, haciendo un saludo militar en su dirección. "Alto y claro."

Lib bufa, pero, a medida que los terrenos de las casas que pasamos van menguando, va relajando el agarre con el que sujeta del volante. Los árboles comienzan a escasear y un pequeño pueblo aparece frente a nosotras.

Ahí está, River Cross .

¿Que dónde está el río? A mí también me encantaría saberlo.

Con el rugido del motor y la música como acompañantes, nos adentramos en las estrechas calles asfaltadas con la camioneta, dejando atrás el traqueteo de las ruedas sobre la tierra.

Nos cruzamos con varias personas, que saludan a Lib con la mano o con una inclinación de cabeza.

Intuyo que todos se conocerán, pues solo hay un puñado de casas en todo el lugar.

Los pequeños comercios tienen carteles llamativos, cada uno con su estilo, prometiendo todo tipo de productos y actividades.

Miro por la ventana para fijarme en la variedad: una tienda de alimentación, otra de animales de granja, la siguiente es de material hecho a mano, con arreos para los caballos y ropa...

Es como si el tiempo no hubiera pasado aquí, como si siguieran siendo las mismas tiendas, las mismas caras, y la misma vida de hace cuarenta años.

"No es precisamente moderno todo esto, ¿verdad?," le pregunto a Lib sin mala intención, solo movida por la curiosidad, mientras sigo mirando por la ventana. Unas ancianas que caminan por la calle con los brazos enganchados me saludan, y yo sonrío, devolviéndoles el gesto.

"Esta es la que llamamos la zona vieja," explica Lib, soltando una risa. "Conservan la estética de hace casi cien años para darle ambiente al pueblo. O eso es lo que dicen... Al otro lado del río es todo más moderno y hay más gente joven. Es donde tengo la tienda."

“¿Cómo que al otro lado del río?” Frunzo el ceño mientras me giro para mirarla, pero a mitad de movimiento me quedo quieta, clavando la mirada al frente.

Un enorme puente, de madera oscura y vigas de metal oxidado, corta el paisaje como una cicatriz.

Bajo sus cimientos, el río ruge, ancho y caudaloso, golpeando las rocas con fuerza.

El sonido del agua arrastrando ramas y espuma retumba en mis oídos mientras intento procesar lo que veo.

La estructura no solo divide el pueblo en dos; parece separar dos mundos distintos. La parte vieja y la moderna.

Una risa se escapa de mi boca antes de poder contenerla.

“Como para no verlo,” digo, entre carcajadas. Lib me mira, sus ojos chispeantes de diversión, y enseña sus dientes perfectos antes de unirse a mi risa delirante.

Estaba tan ensimismada en los comercios y la música de fondo, que no había sido consciente de que el sonido del río se había estado haciendo más fuerte a medida que nos acercábamos.

"Es impresionante," susurro, alucinando con el paisaje que tengo frente a mis ojos. El contraste del río con el viejo puente y el resto del pueblo al otro lado me pone la piel de gallina.

Conduciendo despacio, cruzamos el río mientras el traqueteo de las ruedas sobre la madera resuena bajo nosotras, mezclándose con el estruendo del agua.

Abro la ventana para sacar la cabeza —o, más bien, casi todo mi cuerpo—, y observo cada detalle: las casas antiguas alejándose detrás, el reflejo tembloroso del cielo despejado en el agua, el aroma a humedad colándose por mis poros y la brisa removiéndome los rizos sueltos.

Miro hacia el frente para ver las calles de ese lado.

Son iguales que las del otro, pero las casas se ven más seguras y nuevas.

Tienen la estética de cualquier otro pueblo de la zona: casas en vez de pisos, patios traseros, plantas por doquier, decoraciones simples pero cuidadas y muchos comercios familiares.

No sé qué me esperaba al venir aquí; no sé qué esperaba encontrar. Pero mientras cruzamos el puente, no puedo evitar pensar que, de algún modo, también estoy dando un pequeño paso hacia lo que sea que estoy buscando para volver a conectar con la Sage del pasado.

Una puerta hacia lo desconocido se abre frente a mí, y estoy deseando encontrar a la Sage que una vez dejé atrás y quiero volver a ser.