Capítulo Nueve #2
Lib imita mi gesto con agradecimiento y sujeto con fuerza la mano que me tiende después de haberse levantado.
Dudo en si acercarme a ella para repetirle que no pasa nada, que ya lo tengo todo controlado, pero ella se me adelanta, dando un paso titubeante al frente con los brazos abiertos.
Me dejo abrazar porque, aunque no sea lo que más necesito ahora, sé que lo es para Lib.
Contengo la respiración en lo que dura el gesto, y cuando me suelta tengo que reprimir con todas mis fuerzas un suspiro de alivio.
No me disgusta el contacto físico, pero todavía tengo en la cabeza el recuerdo de lo ocurrido hace años. El calor que emana su cuerpo sobre el mío, todavía gélido, se siente como una quemadura: dolorosa, inesperada e imposible de ignorar.
Mantengo la mirada clavada en el suelo, deseando salir de aquí cuanto antes, y, sin pensarlo demasiado, carraspeo incómoda y echo a caminar sin atreverme a mirar a Lib.
No espero a que se despida, y yo tampoco lo hago, pero siento su mirada encima de mí hasta que desaparezco en el interior del establo.
Intento apartar los viejos recuerdos que vienen a mi mente como fantasmas de otra vida.
Creí haberlos guardado en un rincón de mi mente bajo llave, tal y como me enseñó mi psicóloga, pero haber estado tan cerca de repetir aquello que pasó tiempo atrás, ha abierto de par en par el baúl que juraba haber sellado para siempre.
Tras unos minutos a solas, me sorprendo dándome cuenta de que haber tenido a Lib a mi lado me ha ayudado a sobrellevar mejor el pánico.
Incluso habiendo sido ella el desencadenante del regreso de ciertos flashbacks, también es la que ha conseguido que me tranquilice en poco tiempo; ha logrado, apenas conociéndome, traerme de vuelta a la realidad sin permitir que me perdiera en mis desastrosos recuerdos.
Trabajo en el establo hasta que vuelvo a mi usual calma y, con la cabeza cada vez más despejada, coloco a los caballos donde dicta la lista hoy.
Cuando el reloj marca las doce, veo que solo me queda un caballo que debe ir a la cuadra, así que, con una pequeña sonrisa ilusionada por volver a verlo, salgo al prado más grande en busca de Milo.
Tate me dio vía libre para salir con él para dar paseos cuando quisiera, y he aprovechado cada pequeño rato libre para hacerlo.
Tengo que caminar varios metros hasta que encuentro al pequeño caballo castaño bajo un árbol.
Cuando llegué al rancho era consciente de lo mucho que echaba de menos a los caballos, pero estar aquí, rodeada de ellos, se siente como si una vieja herida se volviera a abrir.
Todo me recuerda a mi abuelo, es inevitable, pero aunque duela revivir tiempos pasados, es donde quiero estar, donde me siento yo misma.
Por eso sé que necesito cerrar esta herida de una vez.
No debo esconderla, sino sanarla como se debe para que deje de doler.
Este lugar, estos recuerdos, esta vida...
son mi punto de partida. La base sobre la que quiero construir mi futuro.
Y aunque no será fácil, voy a encontrar la forma de hacer que funcione.
Quiero encontrar esa paz interior que me permita vivir como merezco.
Me acerco a Milo con pasos lentos mientras él arranca la hierba del suelo con ansia, como si no hubiera comido en su vida —sin duda nos parecemos.
No es hasta que estoy a unos pasos de él cuando me hago notar: silbo para llamar su atención, que capta al instante, y levanta la cabeza alerta.
Emite un resoplido cuando me reconoce y viene a mi encuentro con rapidez, moviendo la cabeza en todas direcciones como si quisiera hacerme saber la ilusión que le hace volver a verme.
Acaricio su testuz, donde tiene una diminuta mancha blanca en forma de rombo, y cierro los ojos, dejándome envolver por la serenidad que Milo parece regalarme sin esfuerzo.
Es como si sintiera mi ansiedad, mi angustia, y con tan solo unas caricias me infunde el equilibrio que necesito.
Me recuerda que a veces solo necesitamos parar y respirar profundamente varias veces para que todo pese un poco menos.
Le paso la cabezada de cuadra negra por detrás de las orejas, cierro la hebilla con cuidado de que no le apriete mucho pero tampoco se le caiga y engancho el ramal en la anilla que cuelga de la parte baja.
Caminamos en silencio hacia el establo, acompañándonos el uno al otro como un apoyo emocional en un mundo que a veces resulta demasiado desbordante y abrumador.
El consuelo que ofrecen los caballos, sobre todo con los que poco a poco se va construyendo una conexión especial, resulta difícil de expresar con palabras.
Es como una sensación: una calma instantánea que no necesita de explicaciones, una presencia que te hace sentir que no estás sola, incluso cuando todo se tambalea.
Llevo apenas unos días con Milo, pero poco a poco confiamos cada vez más el uno en el otro, y espero quedarme mucho tiempo por aquí para fortalecer nuestro vínculo.
Guardo al caballo en su cuadra y cierro la puerta con pestillo al salir.
Me acerco al guadarnés para dejar la cabezada y reviso la lista de tareas una última vez.
Mi último trabajo es poner de comer a las vacas, así que voy al lateral del granero a por el vehículo para transportar paja: un todoterreno descapotable en el que se engancha un remolque.
Lo he usado varias veces, y la verdad es que da bastante vergüenza ir por la granja subido a él.
Solo tiene dos asientos, que están llenos de tanta mierda que apenas se ve el color original de la tapicería.
Las puertas brillan por su ausencia y, en su lugar, hay unas barras de hierro que hacen como que te protegen, como si eso fuera a servir de algo cuando te deslizas por el asiento en una curva cerrada —porque, obviamente, tampoco tiene cinturones.
Está oxidado, cubierto de tierra y da la sensación de que va a desmontarse con el mínimo bache.
Este trasto debe de tener, por lo menos, cien años.
Cargo el remolque con varios fardos de paja, haciendo malabares para no acabar sepultada bajo ellos, y trato de no pensar demasiado en la porquería que cubre el asiento donde me tengo que sentar.
Conduzco hacia el prado más cercano, siguiendo las indicaciones de la lista de tareas como si supiera lo que hago.
Tengo que pasar con el coche al interior de los cercados, así que me bajo para abrir la enorme puerta blanca de madera y luego lo mismo para cerrarla después de entrar.
La extensión del campo es inmensa, pero encuentro con facilidad las estructuras metálicas donde tengo que dejar los fardos.
Las vacas se aproximan a mí cuando ven cómo descargo el todoterreno; hay marrones, negras y blancas, como si no hubieran podido elegir solo un color cuando las compraron.
Todavía sintiendo el recuerdo lejano del ataque, me esfuerzo por dejar la mente en blanco y centrarme en el momento: el viento fresco en mi rostro, la paja entre las manos enguantadas y la silenciosa compañía de los animales que, de la misma forma en la que lo hizo Milo, me reconforta.
Una risa amarga escapa de mi garganta y, rompiendo el silencio del campo, suspiro con fuerza, restregándome los ojos en un intento torpe de borrar el malestar que sigue anclado a mi pecho.
Hacía mucho que un ataque no me afectaba tanto y dejaba tan rota.
Gracias a muchas sesiones de terapia durante años, autocontrol y aprender a conocer mis límites, sé cómo enfrentarme a las situaciones que pueden hacerme reaccionar así.
He trabajado la anticipación para poder mentalizarme con tiempo: una sala llena por un evento, hombres en grupo porque son amigos, un abrazo de despedida, un beso familiar... Pero los sustos y los cambios bruscos no los puedo anticipar. Eso es lo que me supera, lo que me paraliza.
Sacudo la cabeza, intentando cortar de raíz la dirección de mis pensamientos mientras me llevo las manos a las caderas.
Una vaca parece darse cuenta de mi desasosiego, porque choca su cabeza contra mi costado, haciéndome trastabillar.
Acaricio su suave pelaje marrón con delicadeza y sonrío cuando cierra los ojos y me vuelve a empujar para que siga rascándole la cara.
Paso más tiempo del necesario en el prado, acariciando a las vacas valientes que se acercan a saludar.
Las menos atrevidas se quedan a una distancia prudente, mirándome con curiosidad pero sin decidirse a dar un paso hacia mí.
Me recuerdan a las personas: algunas se lanzan sin miedo, dispuestas a lo que venga aun sabiendo que podrían resultar heridas, mientras que las otras se quedan al margen, alejadas y temerosas de lo que pueda suceder, sin atreverse a descubrir nunca lo que podrían haber encontrado... tal vez algo único.
Supongo que soy demasiado impulsiva como para pertenecer al segundo grupo. Y es que la vida consiste en arriesgarse, equivocarse, aprender de ello y encontrar la manera de seguir adelante.