Cuando florezcan los almendros (Almond Valley 1) Capítulo Nueve
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Capítulo Nueve

Sage

C asi sin darme cuenta, la semana de prueba en Almond Valley llega a su fin.

Hoy es el último día y, a partir de aquí, la decisión de si voy a quedarme o no, no depende de mí.

Debería estar nerviosa y ansiosa por saber el veredicto de mis jefes provisionales, pero estoy más tranquila que nunca.

Lo he hecho lo mejor que he podido, así que ya no puedo hacer nada para hacerles cambiar de opinión.

Vine a esta granja como una oportunidad para volver a empezar.

Un lugar nuevo, donde nadie me conoce; un trabajo diferente, que me gusta y disfruto haciendo; una casa pequeña y familiar.

Todo lo que siempre quise en mi adolescencia pero que, desgraciadamente, nunca llegué a rozar con los dedos.

Aunque a los catorce años estuve en una casa maravillosa, no me dio tiempo a sentirme parte de la familia, pues a los dos años ya estaba haciendo las maletas para ir a otro lugar.

El cambio constante, las despedidas forzadas y la distancia emocional se fueron acumulando en mi pecho entre mudanza y mudanza, creando una brecha imposible de cerrar. Supongo que lo peor no fue la carga emocional, sino todas las malas experiencias que me generaron traumas imposibles de solucionar.

Siempre había algo —ya no sé si era mi cabeza o simplemente el peso de todo lo vivido— que me recordaba que no encajaba ahí, que era una intrusa y no merecía formar parte de aquellas familias.

Incluso cuando cumplí dieciocho y seguí viviendo con la última familia, fue como si, después de cargar con tantos traumas a la espalda, mi mente me hubiera convencido de que no merecía las cosas buenas que la vida me ofrecía.

Estuve años en modo automático, conformándome con lo que me daban y reprimiendo mis verdaderos objetivos.

Así que antes de venir aquí, decidí que algo tenía que cambiar.

Necesitaba sentirme bien por una vez en la vida, volver a ser yo.

Volver a la época en la que era feliz junto a mi abuelo Reid, conectar con él y con la Sage de diez años que alguna vez fui. Tenía que encontrarme de nuevo.

Después de tanto tiempo vagando sin rumbo, haciendo lo que otros querían, dejándome siempre en último lugar, limitándome a sobrevivir... sentía que todo eso debía acabar. Y gracias a este lugar, ahora puedo decir con certeza que aquí hay una oportunidad para mí donde puedo reconstruirme.

Es curioso, porque en el poco tiempo que he pasado en el rancho, he conectado de una manera inesperada con la familia Weston, con su forma de trabajar, su huerto, sus animales... con su vida.

Anhelo, con toda mi alma, tener algún día una familia como la suya.

No sé si este será mi lugar definitivo ni si las personas que he conocido se convertirán algún día en mi familia, pero, por primera vez en mucho tiempo, siento que tengo algo que vale la pena conservar. Algo por lo que merece la pena luchar.

Y por eso esta mañana llego temprano a trabajar, con energía y lista para dar lo mejor de mí, aunque no antes de las ocho.

Ya aprendí la lección; no quiero que me coman los lobos.

Reviso las tareas en el tablón del guadarnés antes de ponerme en marcha.

No suelen cambiar demasiado de un día para otro; como mucho me intercambian el dar de comer a las gallinas por las vacas, así que puedo seguir el mismo orden de siempre.

Lo bueno de trabajar en el huerto la mayor parte del tiempo es que apenas coincido con Weston.

Siempre está dedicándose a llevar al ganado de un prado a otro o arreglando vallas aquí y allá, así que no lo veo mucho.

No me quejo. Si tuviera que trabajar con él codo con codo, acabaríamos tirándonos por un puente. Y, a poder ser, él sin cuerda.

Me paso gran parte de la mañana en el huerto, disfrutando de la habitual calidez del día.

Me he acostumbrado a trabajar durante horas seguidas sin notar apenas un ápice de cansancio, e incluso hoy me siento con más energía que nunca.

No tener a nadie molestándome ni desconcentrándome o mirando lo que hago con lupa es agradable.

Me da libertad para hacer las cosas a mi manera y perderme en mi mundo.

Pensar me gusta casi tanto como hablar. El trabajo en el campo es solitario y delicado, cosa que me encanta, pero también disfruto con el contacto humano y poder mantener una conversación para despejarme entre planta y planta.

Las malas hierbas son mis enemigas y mi pequeña azada de mano, mi mejor amigo.

Juntos formamos un gran equipo, pero si paso más horas a solas con él, acabaré hablándole en voz alta.

“¿Me volveré loca?,” musito para mí, mirando la vieja azada con dramatismo.

Una nube tapa el sol a mi espalda, y una sombra se dibuja en el suelo frente a mí. Suele estar despejado todo el día, con los rayos calentando la granja con intensidad, así que un respiro del abrasador calor se siente como una victoria para mi espalda chamuscada.

Sigo desenterrando las malas hierbas, lanzándolas hacia atrás para luego recoger el montón cuando termine.

Tan solo me queda una hilera, así que espero terminar el trabajo en una hora.

Normalmente me retraso porque tengo que parar cada cinco minutos a limpiarme el sudor pero, si la nube se queda, hoy podría acabar antes .

Clavo la azada en la húmeda tierra con facilidad, pero algo duro me para cuando intento profundizar el agujero.

Aun con la herramienta en la mano, escarbo con la otra para desenterrar la enorme piedra que ha decidido fastidiarme lo que me quedaba de uñas.

La saco con fuerza y, cuando estoy a punto de lanzarla hacia atrás, un grito me hace caer de culo y girarme en el acto.

"¡Para, para! ¡Ni se te ocurra lanzarme eso!"

La voz de auténtico terror de Lib me hace tirar la piedra y ponerme la mano a modo de visera al instante.

Tiene los antebrazos cruzados sobre la cara, como un casco improvisado, y los ojos cerrados, como si eso pudiera protegerla de mi ataque.

Mis latidos desbocados retumban en mis oídos con tanta fuerza que temo quedarme sorda.

Mi cuerpo está en shock por el susto; me quedo paralizada con la boca abierta, incapaz de moverme ni de emitir un solo sonido.

El miedo me consume por completo y, como si el tiempo se hubiera detenido a mi alrededor, me quedo atrapada en una burbuja de pánico.

El grito, el miedo en su voz, la piedra, la azada, lo que he estado a punto de hacer... Todo me explota en el cerebro como una granada. Mi mente se nubla, incapaz de procesar lo que acaba de ocurrir. No logro convencerme de que estoy bien, de que no ha pasado nada grave y que nadie corre peligro.

Lib reacciona a toda velocidad, cambiando su expresión de miedo por una de profunda preocupación. Se agacha para quedarse a mi altura, pues sigo tirada en la tierra, y alarga una mano hacia mí.

"Madre mía, Sage. ¿Estás bien?"

No soy capaz de asentir ni de articular palabra. Estoy demasiado concentrada en intentar respirar, luchando por no hiperventilar, sin éxito. Lib se acerca un poco más, pero al ver cómo me llevo una mano al pecho y el aire comienza a faltarme, retrocede, guardando de nuevo las distancias.

"Si puedo ayudarte en algo, intenta decírmelo," susurra con voz temblorosa, mirándome con tanta pena que parece que va a romper a llorar en cualquier momento.

No sé cuánto tiempo pasa hasta que consigo controlar mi corazón y la velocidad de los latidos disminuye.

Cierro los ojos para respirar profundamente varias veces y recorro mi cuerpo con una mano en busca de alguna herida.

No encuentro nada, solo viejas cicatrices.

Mis músculos se relajan poco a poco y, al fin, abro los ojos.

No tengo que alzar la vista para encontrarme con la mirada preocupada de Lib. Trato de sonreír, pero solo consigo hacer una mueca torpe.

“Si quieres que siga trabajando aquí, tienes que dejar de intentar que me dé un infarto, Lib. No podré ayudarte desde el más allá."

Intento que mi tono suene burlón, pero mi voz es tan solo un murmullo ronco que delata lo afectada que estoy.

“Por favor, no. No quiero que te conviertas en un espíritu y te dediques a atormentarme durante toda mi existencia," suplica, juntando las manos con gesto arrepentido.

Verla tan afectada, aunque trate de ocultarlo como yo, me destroza por dentro.

"Estoy bien, Lib," susurro, intentando tranquilizarla, aunque mis palabras no suenan tan convincentes como quisiera.

Asiente en silencio y parece entender que necesito despejarme y no hablar ahora mismo sobre lo que acaba de ocurrir, porque no insiste y se deja caer en el suelo con un profundo suspiro.

Se acerca un poco más y, sin decir nada, atrapa mis manos entre las suyas.

El contraste de temperatura me sobresalta —las tengo tan frías que el contacto se siente casi eléctrico—, pero no me aparto.

Cierro los ojos otra vez, dejando que su gesto calmado me ancle mientras trabajo por recuperar el control total de mi respiración.

"Cuando me haya tranquilizado, te lo explicaré todo," digo en un hilo de voz. Lib me da un apretón cariñoso y suspira otra vez .

"No hace falta, Sage. Si te ayuda y prefieres estar sola, ve a terminar tus tareas y yo me quedo aquí.

" Abro los ojos y voy a replicar, pero ella se me adelanta.

"Déjame recompensarte. Casi te mato. Ve a despejarte y luego nos vamos de aquí; te enseño el pueblo y te invito a comer las mejores alitas de pollo del país," dice en voz baja, casi como una súplica.

Su voz suena esperanzada, y aunque quiero decirle que no hace falta, no puedo negarlo: tiene razón.

Sé que necesito un momento a solas para volver a encontrarme bien, así que, tras unos segundos de silencio, me decido. Asiento despacio y esbozo una pequeña sonrisa, más sincera esta vez.