Capítulo Ocho #2
Cuando aparco en mi casa, me quiero dar de cabezazos contra el volante y gritar hasta quedarme sin pulmones.
Antes de traerla no había pensado en que mañana tendré que llevarla de vuelta al establo porque no tiene su maldito coche.
Me maldigo una y otra vez por no pensar las cosas varias veces antes de hacerlas y haber sido tan flojo.
Hago un plan mental para mañana, y creo que la mejor idea será ir a casa de Emily a desayunar.
Así podrá darle la tabarra a ella y yo podré escabullirme a alguna parte para no escucharla.
Subimos los escalones en silencio y al llegar a mi puerta me despido murmurando un “Buenas noches” tan bajito que ni yo me escucho, así que suena como un gruñido.
Me da completamente igual. Escucho a Sage resoplar a mi lado, pero entro en mi casa sin esperar a que se despida y suelto el quejido que llevaba conteniendo todo el día.
Estoy hecho polvo y solo quiero darme una ducha, comer cualquier cosa que tenga en la nevera —a poder ser, no caducada— e irme a dormir.
El agua caliente se siente como un calmante para mis músculos, y mientras me seco con la toalla, me pesan tanto los párpados que creo que lo mejor será no cenar nada e irme a la cama.
Salgo del baño bostezando con la camiseta de algodón negra que uso para dormir en la mano. Voy a la cocina a por un vaso de agua, cuando unos suaves golpes en la puerta hacen que la camiseta casi se me caiga al suelo.
Estoy a dos pasos de cometer homicidio contra mi nueva vecina.
Abro la puerta mientras me pongo la camiseta. No veo a Sage, pero tampoco la escucho. Ni siquiera su respiración en la silenciosa noche.
“¿Querías algo?,” pregunto después de acomodarme la prenda y mirarla durante varios segundos. Está medio petrificada. Creo que la siesta en el establo la ha dejado tarumba.
“Sí, sí…” Parece salir de su trance, desviando la mirada de mí con las mejillas sonrojadas. “He cogido parte de lo que sobró de la comida para que cenes,” dice, tendiéndome un par de envases de plástico.
Los miro con sorpresa, aunque externamente no lo demuestro. Tan solo frunzo el ceño.
“Gracias,” respondo tan bajito que creo que no lo ha escuchado, pero Sage me regala una sonrisa.
La primera sonrisa de verdad.
Me observa en silencio. No suelta ningún comentario mordaz ni intenta hacerme rabiar, simplemente me clava la mirada. Al principio no me molesta —lo prefiero a que hable sin parar—, pero pasa más de un minuto sin apartar los ojos de mí.
Cuando se da cuenta de que la intensidad se le ha ido de las manos, cambia el peso de un pie al otro y dice:
“No te preocupes, no te haré el desayuno ni ningún otro favor para que no tengas que volver a darme las gracias.” Me guiña un ojo y, sin esperar respuesta, gira sobre sus talones y desaparece en el interior de su apartamento.
Me quedo ahí plantado con el envase caliente en mis manos. No me doy cuenta de que estoy sonriendo hasta que, al pasar por delante del espejo de la entrada de camino a la cocina, la veo reflejada: una media sonrisa, tranquila y sincera.
Sage no se levanta a las cuatro de la mañana al día siguiente, sino a la misma hora que yo, a juzgar por la luz que veo que sale de su apartamento cuando bajo al salón.
Me sorprende saliendo por su puerta con una sonrisa deslumbrante y ni rastro de la cara de cansancio de ayer.
Parece haber dormido más de dos horas, como imagino que habrá estado haciendo estos últimos días.
“¡Qué buen día hace hoy!,” exclama a nadie en particular.
La fulmino con la mirada, pero hay algo diferente en ella que hace que me quede unos segundos contemplándola.
“¿Vamos, Weston?” El movimiento de sus labios me hace bajar la mirada a su boca, y me sorprendo al darme cuenta de que me he quedado embobado.
Yo nunca me quedo embobado. Nunca pierdo el tiempo.
Sage parece especialmente contenta esta mañana, y no puedo evitar que su felicidad injustificada me saque de quicio. Estoy harto de su mierda de Mr. Wonderful; hoy ha alcanzado su límite de sonrisas conmigo… y apenas llevamos unos minutos de día.
Mientras desayunamos en casa de mi madre y hago oídos sordos a todo lo que están hablando ella y Sage animadamente, repaso mentalmente todo lo que tengo que hacer. Me doy cuenta de que no voy a tener tiempo ni de comer aquí. Otra vez.
Quiero tenerlo todo listo para la temporada de siega y la subasta de ganado que se hace en el pueblo en unas semanas. También he pensado en vender algunos caballos, pero todavía no sé cuáles elegir. Apunto en mi lista mental hablar con Tate.
No me encuentro a Sage en toda la mañana, pero tampoco tengo tiempo de pensar en ella. Parece que se las arregla bien trabajando sola, y ahora mismo es el menor de mis problemas. Todo el ganado parece estar sano y fuerte, según el doctor Thorne, nuestro veterinario.
Me asegura varias veces que está todo correcto y que va a ser una buena subasta, aunque tiene que volver para hacer las revisiones reglamentarias los días previos al evento. No dudo de mi ganado, pero puede pasar cualquier cosa en menos de dos meses.
Cuando vuelvo por la noche, esta vez más tarde que ayer, me quedo de piedra al ver un plato de comida humeante encima de la encimera de la cocina. Hay una nota al lado donde pone:
Te lo he dejado para que no tengas que darme las gracias.
Sé lo mucho que te cuesta ser agradable…
Si necesitas ayuda con algo, puedo echarte una mano.
Emily me ha dicho que el trabajo duro se puede alargar varias semanas, con todo lo del evento del ganado y eso…
Yo acabo pronto mis tareas, así que si me necesitas solo dame un toque.
A lo mejor puedes estrenar el walkie antes que yo…
Sage.
Es increíble lo mucho que habla, incluso en una minúscula nota de papel.
Respiro profundamente, pensando en sus palabras mientras contemplo el plato que contiene mi cena.
Una ayuda extra no me vendría mal. Tate está hasta arriba y Lib tiene que encargarse de la tienda.
Podría preguntarle a Luke, pero lo descarto enseguida al recordar que tiene que segar todos los campos de cereal.
Imagino la respuesta de Emily si le pido ayuda, su típico: «Weston, no me dedico a los números y al papeleo para andar detrás de las vacas en mis ratos libres».
Es una pésima idea, pero, muy a mi pesar, no estoy seguro de que haya otra opción.
Voy a tirarme del pelo con frustración, pero cuando me paso las manos por la cabeza solo consigo rascarme lo rapado.
Un gruñido de resignación nace de mi garganta cuando apoyo los codos sobre la mesa y dejo caer la cabeza en mis manos, sintiéndome derrotado.
Puedo imaginar la sonrisa de suficiencia que pondrá Emily cuando se entere.
Al menos, con Sage ayudándome, espero que el trabajo se haga llevadero y que, una vez terminemos, no tenga que volver a verla por el rancho.
Me voy a dormir con ese pensamiento, sabiendo desde lo más profundo de mi ser que la suerte rara vez me ha acompañado en mi vida.