Capítulo Ocho
Wade
E l sol se oculta tras las pequeñas montañas que se alzan majestuosas en el horizonte.
Los almendros enmarcan el camino de vuelta como si quisieran esconder lo que hay al otro lado.
Una bandada de pájaros cruza el cielo azul cantando diferentes melodías al unísono.
Da igual que lleve veintisiete años viviendo en el rancho, se me sigue erizando la piel como el primer día cuando me paro un segundo y contemplo lo que me rodea.
Llevo tres días en los que apenas he tenido tiempo de pensar en algo que no fueran caballos o vacas, así que estos pocos minutos de meditación al aire libre me sirven para relajar la mente.
Descarto la idea de ir a cenar a casa de Emily y decido que iré directo a casa cuando termine de limpiar y recoger a Shiny.
Estoy tan cansado, con los músculos tan agarrotados, que dudo que pueda sostenerme en pie mucho más tiempo.
Casi sin aliento por el esfuerzo, termino de cepillar a Shiny antes de llevarlo a las duchas para relajar los músculos de sus patas.
En el establo siempre hace calor, así que no corre ningún riesgo por un poco de agua fría.
Me acerco al guadarnés para aprovechar y limpiar el filete de la cabezada de trabajo.
Estoy caminando para ir de vuelta hacia mi caballo, cuando alguien se estampa de lleno contra mi pecho. Apenas se desequilibra, solo da un paso hacia atrás del golpe, y se queda medio aturdida en el umbral de la puerta del guadarnés con el ceño fruncido.
Reprimo un suspiro al reconocer el pañuelo rojo de Sage, que cubre gran parte de su cabeza. Se restriega las manos por la cara, como si tratara de alejar el cansancio, y me mira a través de sus gafas con los ojos llorosos.
“Perdona, no te he visto,” susurra, parpadeando más lento de lo normal.
Frunzo el ceño, sorprendido por su falta de energía, pero carraspeo para evitar que mi curiosidad se note en mi tono.
“¿Has acabado las tareas?” Hace varios días que no la veo, pero sé que trabaja hasta el límite.
Me recuerda a alguien…
“Sí, Weston. Esta mañana” Asiente, recostándose en el marco de la puerta. “Se me olvidó dejar las espuelas antes, que fui a dar un paseo.”
Así que sí sabe montar a caballo…
Emito un ruido más parecido a un gruñido que a una respuesta, pero Sage parece conformarse porque asiente, reprimiendo un bostezo.
¿Cuánto habrá dormido hoy? Estos días he llegado a casa tan cansado que se me ha olvidado decirle que deje de levantarse antes de que amanezca.
Desconozco la hora a la que sale a trabajar, pero sé que todavía es de noche cuando me despierto al escuchar su emisora matutina.
No es aconsejable ese horario, ya no solo por el cansancio acumulado, sino por los peligros que corre cuando no hay luz y no va preparada.
Voy a decirle que deje de madrugar tanto, pero, antes de abrir la boca, ella se me adelanta:
“¿Me dejas pasar?”
Mi cerebro no es capaz de procesar su pregunta porque me quedo ahí plantado y pregunto de vuelta: “¿Cómo?”
“Pues, ya sabes… pones un pie delante del otro y te mueves... ¿No te enseñó tu madre cuando tenías cinco años? ”
Una pequeña sonrisa divertida asoma en los labios de Sage, pero mi ceño se profundiza mientras aprieto tanto la mandíbula que temo por mis dientes.
“Los bebés comienzan a caminar al año de nacer.”
“Ya, pero he supuesto que a ti te habría costado un poco más, viendo la poca capacidad de comprensión que tienes.”
La observo sin pestañear. Ninguno de los dos dice nada en un largo rato, solo nos sostenemos la mirada.
Estoy seguro de que Sage será la primera en apartar la vista, pero me sorprendo siendo yo quien reacciona de alguna manera.
Me echo hacia un lado para que pueda entrar al guadarnés, sujetando con fuerza el hierro en mi mano.
Sage baja la cabeza, pero puedo ver el atisbo de sonrisa que intenta esconder.
Pasa sin rozarme y, cuando estoy a punto de echar a caminar, escucho a mis espaldas, en un susurro tan bajito que me pregunto si lo habré imaginado:
“Gracias, Wade.”
Contengo mis ganas de darme la vuelta y mirarla. Siempre me llama Weston, y mi nombre en sus labios no sé si termina de gustarme.
Limpio y recojo el establo en modo automático, sintiendo el cansancio sobre mis hombros más pesado que nunca.
No me funciona el cerebro como debería, y por eso me quedo paralizado cuando vuelvo a ver a Sage en la puerta del establo.
Reprimo un resoplido al verla sentada sobre un montón de paja con la cabeza ladeada y los ojos cerrados.
Creo que se le está cayendo la baba.
Me debato internamente entre despertarla o no. ¿A quién no le gustaría hacer una pijamada con un puñado de caballos? Sacudo la cabeza, reprochándome a mí mismo lo que voy a hacer a continuación, y camino hacia ella.
“Sage.” A juzgar por cómo respira pesadamente, no creo ni que me haya escuchado. Agarro su hombro para zarandearla con delicadeza. No reacciona al instante, por no decir que ni se inmuta, así que la sacudo con más fuerza.
Abre los ojos con sorpresa y se echa hacia atrás todo lo posible cuando me ve, haciendo que la mano con la que la agarraba caiga inerte a un costado de mi cuerpo.
“Sage,” repito, esperando que su cerebro despierte.
“¿Qué?,” pregunta con la voz ronca. Cambio el peso de un pie al otro mientras observo cómo se restriega los ojos con las manos y bosteza a la vez.
En serio, ¿cuánto ha dormido esta mujer?
“¿Qué haces aquí?”
“¿Dormir?,” afirma, aunque parece una pregunta, como si todavía estuviera procesando que se ha echado una siesta en el establo.
“¿Por qué te has quedado ahí?,” pregunto, sintiendo cómo mi paciencia se va agotando rápidamente.
“Te estaba esperando,” dice, como si fuera obvio.
Sostengo su mirada cansada, un reflejo de la mía, y me devano la cabeza intentando entender cómo funciona la suya.
“¿Por qué?” Juro que esta es la última pregunta que le hago. Si le tengo que seguir sacando información a cuentagotas, me va a dar un ictus.
“Porque estoy muy cansada y no me parecía buena idea coger el coche. Todavía no me he familiarizado con los caminos.”
“Tienes que dejar de levantarte tan temprano.”
Ahora es ella quien frunce el ceño y se yergue en el asiento de paja para fulminarme con la mirada.
“Si tienes alguna queja sobre cómo trabajo, dímelo,” dice con sequedad.
“Eres excepcional en tu trabajo, Sage,” digo secamente. Estoy comenzando a desesperarme con sus estupideces. “Lo que no puedes hacer es trabajar cuando es de noche. Es peligroso. Los caminos suelen estar limpios, pero los zorros y lobos nos han visitado alguna que otra vez.”
Espero que salte, que me diga que le importan tres pimientos los animales salvajes, que los matará con sus propias manos si es necesario…
pero no hace nada de eso. Asiente y baja la mirada.
Mi boca se abre sin poder controlarla, pero la cierro de golpe antes de que pueda verla.
Levanta la vista para mirarme con ojos cansados pero muy abiertos, como si reflejara lo que siente a través de ellos.
“Ay madre… No lo había pensado, lo siento mucho. No volveré a ir a trabajar antes de que amanezca. Lo juro por mi madre difunta. De veras que lo siento muchísimo.” Se disculpa unas cincuentas veces más —sin exagerar—, mirándome con cara de arrepentimiento y los ojos llorosos —ya no sé si del sueño o la emoción.
Me incomoda su lamento y necesito que se calle de una vez.
Cierro los ojos respirando hondo, y cuento hasta diez mientras escucho el runrún de su voz al disculparse una y otra vez .
¿No estaba muerta de sueño? Prefería su sermón de mujer empoderada mil y una veces antes que sus eternas disculpas.
Sin esperar a que deje de vomitar por la boca las mismas palabras como un disco rayado, comienzo a caminar hacia la puerta del establo. La abro, todavía escuchándola a mi espalda, y me repito como un mantra las desventajas de tirar un cadáver al río.
La contaminación, Weston. Piensa en la contaminación.
Mantengo la puerta abierta con el brazo estirado, pero como Sage no pasa, me giro en su dirección haciendo contorsionismo. Todavía está sentada en la paja con cara de cordero degollado.
“¿Vienes o a qué estás esperando?,” pregunto impaciente. Una pregunta más y me voy sin ella.
Como si mis palabras fueran el pistoletazo de salida de una carrera, Sage se levanta de un salto y se lleva al hombro su mochila antes de pasar por debajo de mi brazo.
Me quedo paralizado unos segundos por su repentino cambio de energía, pero cuando comienzo a caminar la alcanzo en solo un par de zancadas.
No había sido consciente de su corta estatura hasta ahora. Su cabeza debe estar a la altura de mi pecho, siendo optimistas. Un paso mío es como tres suyos, así que aminoro la velocidad, aunque prefiera arrancarme las piernas, para ir a su lado.
No hablamos hasta llegar a la camioneta. Cuando voy a abrir la puerta tengo mis dudas, y no sé si mandarla a freír espárragos y que vuelva en su coche. La miro con disimulo desde el otro lado del capó y la veo bostezando con los ojos cerrados, dándose palmaditas en las mejillas para espabilarse.
Me recuerda tanto a Lib cuando tiene sueño... Hay que joderse.
El trayecto se hace lento y pesado, pues el cansancio también me pesa a mí. Apenas soy capaz de pensar en nada que no sea intentar no estampar el coche, y Sage tampoco parece tener ganas de mantener una conversación.
Me giro para observarla, esperando que se haya quedado dormida, pero me encuentro con sus ojos observándome con intensidad.
“Tienes que dejar de hacer eso,” digo, pero no aparta la mirada. “Das un miedo de cojones.”
“Me alegro.” Es lo único que dice. No vuelvo a mirarla, pero sé que está sonriendo. Es como un pequeño diablo, siempre acechando para tocarme las narices.