Capítulo Siete
Wade
N o he tenido ni un minuto de descanso en toda la mañana.
Había planeado presentar a Sage al resto de los trabajadores a las ocho en el establo, pero nos sorprendió al no honrarnos con su presencia.
El cabreo no me duró mucho. Primero, por la conversación que tuvimos cuando me la encontré minutos más tarde; y segundo, porque no me quedó otra que enfocar la rabia en otro asunto.
Luke apareció corriendo para avisarme de que una de las máquinas se había estropeado anoche, así que pasé los siguientes tres cuartos de hora arreglándola.
Fue un completo infierno: retorcido en una posición imposible, soltando maldiciones entre dientes cada vez que me golpeaba al moverme para buscar una mejor postura.
Sin duda, esa es la mejor manera de canalizar toda la frustración que puedo sentir hacia Sage Reid.
Ahora la espalda me duele como si veinte vacas me hubieran pasado por encima.
La máquina ha sido un verdadero contratiempo, pues tenía previstas mil tareas para hoy. Estoy llevando a Shiny al box para ensillarlo, cuando mi móvil comienza a vibrar en el bolsillo trasero de mis pantalones negros de trabajo.
“¿Dónde coño estás?,” saluda la voz de Tate sin una pizca de diversión.
Maldito niñato impaciente.
“He tenido que arreglar una máquina de Luke. Ahora voy.” No espero a escuchar su respuesta y cuelgo, guardándome de nuevo el móvil en el bolsillo.
Termino de limpiar a Shiny con una calma inusual en mí, solo por el placer de tocarle las narices un rato más a Tate. El contratiempo de Luke no era intencionado, retrasarme un poco y llegar tarde, sí.
Voy al guadarnés para coger la montura, un sudadero limpio y la cabezada, pero me paro en seco al pisar la pequeña habitación. Respiro hondo y, para mi sorpresa, una fragancia que no esperaba se cuela en mi nariz: una mezcla de pino fresco y desinfectante.
Levanto la mirada y, antes de ser consciente de mis actos, me encuentro buscando la fuente de esos olores con la mente trabajando a mil por hora.
¿Quién ha limpiado el guadarnés? Siempre lo pongo al final de la lista y hasta la tarde o noche no se hace. ¿A quién le tocaba limpiar el guadarnés hoy?
Me acerco al corcho a toda prisa para corroborar la idea que cruza mi cabeza porque, efectivamente, el guadarnés es el último sitio al que debía ir hoy Sage Reid.
¿Sage ha acabado ya las tareas de la lista?
Frunzo el ceño de manera automática, pensando qué intenciones tendrá esta mujer.
La imagen de Sage caminando al comienzo de la jornada hacia el establo bien despierta y cubierta de tierra me viene a la cabeza. Lo que hace que me pregunte: ¿cuánto durmió anoche?
Recuerdo esta mañana, varias horas antes de que el sol hubiera salido, cuando estaba durmiendo profundamente en casa.
El ruido de la puerta de entrada al cerrarse me despertó.
Estuve a punto de saltar de la cama y coger la escopeta que guardo en el armario, pero me paralicé al reconocer su voz.
Murmuraba lo que estaba haciendo, como si estuviera grabando un maldito diario.
Esa mujer no se calla ni estando sola.
Soy de levantarme cuando sale el sol, no antes. Nunca sabes lo que te puedes encontrar por los caminos durante la noche, aunque intentemos mantenerlos limpios. Mi casa está bastante alejada del pueblo, en medio del bosque, así que es difícil defenderse si algo te ataca y no ves una mierda.
Tendré que hablar con ella para que deje de hacer el idiota. Lo último que necesito es que algún animal la ataque a dos días de haberla contratado.
Paso las riendas por encima de la cabeza de Shiny para sacarlo del establo a pie, y veo a lo lejos, en el huerto, las inconfundibles trenzas rubias de Lib.
No está sola, sino acompañada de… Sage. Bufo sin poder controlarlo y aparto la vista para subirme a mi caballo, deseando alejarme cuanto antes de aquí.
Se me va a ir la cabeza si tengo que ver a esa mujer más de dos veces al día, sobre todo cuando parece haberse apoderado también de mis pensamientos.
Reorganizo el ganado con Tate durante las siguientes horas, hasta que el sol del mediodía es tan potente que nos vemos obligados a parar.
El calor es sofocante, y seguir trabajando sería como buscarse una insolación.
Hacemos una pausa bajo un frondoso árbol, protegiéndonos en la sombra para beber agua.
“¿Qué tal la mañana?,” me pregunta Tate con la vista clavada en el campo.
“Bien,” murmuro distraídamente.
No me gustan especialmente las conversaciones banales, ni siquiera con mi hermano.
Tate hace un ruido parecido a un gruñido a mi lado y pone una pierna por encima de la otra, recostándose en el tronco del árbol a su espalda.
“¿Qué le ha pasado a la máquina de Luke?”
“Es la segadora; vuelve a dar problemas,” respondo, encogiéndome de hombros sin dar más explicaciones .
Cada año pasa lo mismo: hay que segar el trigo y justo la máquina deja de funcionar.
“Llevo años diciéndote que hay que cambiarla.” Suspira, pasándose la mano por los rizos. Hoy no lleva gorra ni sombrero, así que su pelo castaño está revuelto de haberse pasado toda la mañana repitiendo el mismo gesto.
“No pienso cambiarla.”
“Tienes que dejar esa cabezonería tuya a un lado, Weston,” replica, mirándome con seriedad. “Si la máquina no funciona, se reemplaza. La puedes guardar, si eso es lo que quieres, pero no es justo para ti que cada verano te revientes la espalda por arreglarla.”
No respondo de inmediato. Me jode que tenga razón.
De haber sido otra máquina, la hubiera reemplazado hace años, pero el valor sentimental que tiene esa maldita segadora es irreemplazable.
La idea de guardarla me ronda la cabeza desde hace meses, pero no acabo de decidirme.
Me suena a rendición. Sería como tener un trozo de chatarra inútil en mi jardín, pero cargada de demasiados recuerdos.
“Ya veré lo que hago,” murmuro al fin.
Tate suspira y me lanza una mirada cargada de significado, pero no insiste.
Aguantamos varios minutos en la misma posición en silencio y mirando la extensión infinita de campo, cada uno perdido en sus propios pensamientos.
No solemos hablar del pasado, supongo que duele demasiado, pero cuando lo hacemos no acostumbramos a sacar nada en claro.
Cada uno lo lleva como puede, unos estamos en una etapa que a lo mejor otro ya ha pasado o nunca va a pasar.
Nos apoyamos sin necesidad de hablarlo, como un pilar silencioso al que puedes recurrir siempre que lo necesites.
Y quizá por eso preferimos mantenernos callados.
Entendemos que nuestros tiempos no siempre se alinean y que el proceso es diferente para cada uno.
Eso no significa que estemos distanciados o que nos sintamos solos, tan solo reconocemos que el dolor se manifiesta de formas distintas: hay quienes lo exteriorizan y quienes lo cargan en silencio.
“Voy a volver ya,” anuncia mi hermano, poniéndose en pie, rompiendo el rumbo de mis reflexiones. “Tengo que ver lo que necesitamos reponer del guadarnés antes de ir a comer a casa de mamá.”
Se sacude la hierba de los pantalones y me tiende una mano, pero niego con la cabeza.
“Me quedo. Tengo que seguir con esto,” explico, señalando con la cabeza el cercado.
Tate frunce el ceño. “¿No vienes a comer?”
Vuelvo a negar con la cabeza.
Sabía que no me iba a dar tiempo a ir a comer a casa de mi madre, así que esta mañana me preparé algo rápido antes de salir. Me felicito en silencio por haberlo previsto.
“Bueno, pues pásatelo bien con las vacas, porque yo me lo voy a pasar espectacular con Sage,” dice, guiñándome un ojo antes de caminar hacia su caballo.
Pongo los ojos en blanco, aunque no me vea, pero algo en mi pecho se retuerce al ver el doble sentido de sus palabras.
No es de mi incumbencia si a él le interesa Sage, ya son mayorcitos para saber si influiría en su trabajo. Además, no es que no puedan llevarse bien, es que no entiendo cómo Tate la aguanta. Cómo puede soportarla más de dos minutos sin agotarse mentalmente.
Y, sin embargo, ahí está él, tan campante y cómodo a su lado sin apenas conocerla.
Quizás el problema soy yo.
O quizás es ella. Sí… seguro que es ella.
Saco la bolsa de las alforjas de Shiny y me vuelvo a tirar en el campo para comer. Este es el único descanso que puedo tomarme en todo el día si quiero llegar a casa pronto y recuperar las horas de sueño que he perdido hoy .
Cuando Sage me despertó antes del amanecer, no fui capaz de volver a conciliar el sueño. Me quedé tumbado en la cama, con los ojos abiertos y el ceño fruncido, escuchando su voz en la distancia, como si hubiera puesto la radio de fondo.
¿Quién se levanta a esas horas para hablar sola? ¿Y por qué coño tuve que ser yo quien la escuchara?
Definitivamente, tengo que hablar con ella para poner unas reglas de convivencia.
El sol está a punto de desaparecer en el horizonte cuando termino de trabajar. Tengo entumecidos todos los músculos, y solo pensar en lo mucho que me dolerán mañana hace que desee dormir y no despertarme jamás.
Desensillo a Shiny murmurando una retahíla de insultos hacia todo lo que se me pasa por la cabeza. Cada vez que levanto los brazos para quitar algo de la montura es como si un cuchillo me desgarrara por dentro.
Voy al guadarnés con pasos largos y pesados, respirando con dificultad mientras sostengo la silla con un antebrazo y la cabezada con la otra mano.
Cojo aire profundamente cuando por fin los dejo en su sitio, sintiendo el alivio al instante.
Estoy a punto de irme, pero cuando me giro para hacerlo, algo que reluce en la balda del fondo llama mi atención.
Esta mañana, cuando el guadarnés estaba recién limpiado, no me di cuenta de ese detalle.
Me acerco para ver qué es, frunciendo el ceño, y me quedo petrificado al reconocerlo. Un trofeo de competición. Brilla como si acabara de ser pulido, aunque sé que tiene más de un año.
Lo sostengo con cuidado entre las manos y leo la placa:
Primer Puesto en Raid para Paul Weston y South .
Trago saliva con fuerza para deshacer el nudo de mi garganta que amenaza con derrumbarme.
Hacía mucho que no veía uno de estos trofeos tan limpio.
Siempre les recuerdo a los chicos que no los toquen, que los dejen como están.
Supongo que se me olvidó decirle a Sage que mantuviera sus manos alejadas de esta esquina
Giro el trofeo entre mis manos, sintiendo cómo el frío metal acaricia mi piel, como un recordatorio de todo lo que ha pasado después de que llegara a esta estantería.
Lo dejo con cuidado con los otros y doy un paso atrás, intentando aplacar mis emociones al alejarme físicamente, como si así también lo hicieran los recuerdos que resultan demasiado dolorosos.
Lo observo desde la distancia, inmóvil en su sitio, brillante incluso con la luz tenue del atardecer que entra por la ventana.
El aire del guadarnés está demasiado cargado de repente y se me hace imposible respirar con normalidad.
Me obligo a salir sin darme la vuelta para echar un último vistazo a ese rincón lleno de ecos del pasado.
No miro atrás, intentando convencerme de que no duele tanto.