Cuando florezcan los almendros (Almond Valley 1) Capítulo Seis
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Capítulo Seis

Sage

L a alarma me pega tal susto que doy un salto en la cama y aterrizo de pie en suelo desconocido.

No sé ni qué hora es ni dónde estoy. El corazón me palpita con furia contra el pecho, a punto de mudarse por la cantidad de ataques que me han dado en las últimas veinticuatro horas.

El cielo todavía está oscuro fuera, así que enciendo la lámpara de la mesa de noche.

Trato de ubicarme mirando al exterior, y siento cómo todo mi cuerpo se relaja al ver a los dos caballos tumbados en el campo trasero, iluminados por las lucecitas que cuelgan de la casa.

Estoy en Almond Valley. Mi trabajo soñado, o mi peor pesadilla, comienza hoy.

Reviso la hora en el móvil por si acaso y verifico que, efectivamente, me he levantado tres horas antes de que empiece mi jornada.

No sé exactamente cuándo termino, pero si Weston se piensa que voy a pasarme el día trabajando, ya puede ir olvidándose.

Prefiero levantarme antes y terminar a una hora decente que acabar a las diez de la noche porque me ha hecho una lista infinita de tareas imposibles.

Me desperezo por última vez y hago unos estiramientos rápidos en el suelo.

Si el día va a estar lleno de trabajo físico, mejor prevenir las agujetas de mañana.

Busco mi maleta con la mirada y la encuentro abierta, tirada en el suelo en mitad del apartamento.

La ropa está desordenada de cuando ayer busqué el pijama a toda prisa porque solo podía pensar en meterme en la cama e irme a dormir.

Saco un conjunto sencillo: vaqueros desgastados y una camiseta de tirantes color mostaza.

También cojo un jersey a juego, porque las mañanas en este rancho seguro que son frías.

Ducharme ahora me parece absurdo, así que me prometo hacerlo cuando vuelva.

Termino de vestirme y me ato un pañuelo rojo en la cabeza para recoger mi pelo sin estropear los rizos.

Quién le hubiera dicho a la Sage de diez años, esa niña rebelde, que algún día los cuidaría con tanto mimo.

Como aquí no voy a poder seguir la rutina que llevaba en Blackwater, porque voy a estar todo el día sudada y llena de mierda, tendré que conformarme con llevar el pañuelo cuando trabaje.

Cojo las llaves de mi camioneta, pero antes de bajar las escaleras del porche para irme, decido ir a la casa de Weston para desayunar algo. Seguro que está durmiendo o trabajando, es imposible que me lo cruce. Además, yo no tengo ni cafetera, así que si me lo encuentro va a tener que joderse.

Para mi suerte, la puerta está abierta. Camino rápido hacia la cocina, no vaya a ser que aparezca de repente y me pille husmeando. Me preparo un café, unas tostadas con mantequilla y salgo al porche con el botín.

Tengo que hablar con Weston de esto. No pienso entrar a su casa a hurtadillas y con el corazón en la garganta todas las mañanas para tomarme un mísero café.

Cuando termino de desayunar y fregar todo, pongo rumbo al establo. Con algo de suerte, esta vez ningún lunático intentará arrollarme contra la cuneta.

Acerté al prever que la mañana sería fría.

Los faros de mi camioneta iluminan el rocío que cubre la hierba de los campos de cultivo; la brisa, lejos de la calidez de ayer, me obliga a mantener las ventanas cerradas.

La música suena a todo volumen por los altavoces del coche y canto con energía para terminar de despertarme.

La zona de la casa principal está desierta, pero no me paro a pensar si la gente estará durmiendo o trabajando y echo a caminar hacia el huerto.

No paso por el guadarnés, pues ayer le hice una foto a la lista de mis tareas y tengo un plan perfecto para poder hacerlo todo.

Por eso he venido más de dos horas antes.

La oscuridad me rodea todo el camino y tengo que usar la linterna del móvil para iluminar mis pasos.

Recuerdo que ayer vi un interruptor en la zona del invernadero, así que confío en que haya luces por toda la zona.

Camino a paso rápido, intentando que el frío no me llegue a los huesos y, para cuando llego a la estructura metálica cubierta de una lona transparente, me animo al ver varios interruptores en la pared.

Las luces iluminan el campo como si fuera un escenario a punto de comenzar su espectáculo.

Cojo las herramientas del pequeño cuartito que hay a un lado y comienzo arrancando las malas hierbas del huerto exterior.

Me va a llevar mínimo una hora limpiar todo, así que saco los auriculares del bolsillo de mis vaqueros y me pongo manos a la obra.

El tiempo pasa volando, entretenida entre malas hierbas y tierra húmeda.

Me pierdo en mis pensamientos, y no puedo evitar preguntarme cómo he terminado aquí.

Es curioso la de vueltas que da la vida.

Ayer estaba en Blackwater con un trabajo estable en una clínica, y hoy estoy aquí, con las manos llenas de tierra en una granja perdida en mitad de la nada.

Parece mentira, pero el cambio ha sido a mejor.

Una vez terminada la tarea, estiro la espalda, me seco el sudor de la frente, me quito los restos de tierra de las manos como puedo y voy a por mi siguiente trabajo. Está amaneciendo, así que sonrío con orgullo: creo que no me había organizado tan bien en mi vida.

Reviso que el sistema de riego funcione bien y pongo tutores en las plantas más altas para que no se ladeen.

Lo último que pide la lista en el huerto es plantar los esquejes si tienen suficientes raíces.

Entro al invernadero en busca de los recipientes de agua y los encuentro al fondo, escondidos en una esquina sobre una mesa de madera.

Ninguno tiene raíces lo bastante grandes como para sobrevivir al trasplante, así que doy por finalizada la primera parte de la lista.

Ya llevo la mitad y están a punto de dar las ocho.

Con una sonrisa de suficiencia, imaginándome la cara de sorpresa de Weston cuando vea cómo trabajo, me dirijo a los establos para continuar con mis tareas. A medida que me acerco a la gran estructura de madera, veo a varios trabajadores, todo hombres, saliendo a toda prisa por las puertas.

Me alegro de haberme ahorrado la charla motivacional de Weston o su explicación detallada sobre cómo tengo que hacer mi trabajo.

Estoy revisando por última vez el orden de las tareas del establo en el móvil cuando una voz fría y ronca me obliga a levantar la vista de golpe.

“¡Reid!,” brama Weston con el ceño fruncido y la peor cara de enfado que haya visto nunca.

Y, tristemente, he visto muchas.

“¿Qué hay, Weston?,” pregunto con tranquilidad, apoyando mi peso sobre una pierna.

“Es tu primer día y no has venido a las ocho al establo.”

Vuelvo a mirar el móvil. Las ocho y cinco.

Frunzo el ceño, imitando su expresión.

“Cinco minutos tarde no son nada, Weston,” replico, sabiendo que me la estoy jugando.

Deja de comportarte como una estúpida y sé sincera, Sage.

Debería hacerlo. Pero me hace demasiada gracia verlo tan tenso.

“Lo son si quieres seguir trabajando en mi rancho,” responde con sequedad, cruzándose de brazos.

Vuelvo a imitar su postura, con el sentido de peligro completamente estropeado.

“Ve a ver el huerto y dime si estoy despedida.”

Su expresión de enfado flaquea un momento, y su mirada baja por mi cuerpo sin disimulo.

Se detiene unos segundos de más en mis manos cubiertas de tierra antes de volver a mi cara.

Tengo tierra también en la frente, por haberme secado el sudor, pero no pienso limpiármela mientras Weston me observa con esa atención milimétrica.

“¿Quieres que me limpie la cara o vas a hacerlo tú?,” pregunto, levantando una ceja.

Weston traga con fuerza, obligándome a mirar cómo se mueve su pronunciada nuez de Adán, y aprieta los labios como si necesitara toda la paciencia del universo para no estallar.

“Preferiría que llegaras a la hora.”

“Llevo desde las cinco trabajando,” replico, entrecerrando los ojos.

“¿Qué parte de «a las ocho en el establo» no entiendes?,” pregunta, respirando con fuerza.

“¿Qué más da que no vaya a las ocho si he hecho la mitad de mis tareas?” Me encojo de hombros, viendo que esta conversación no nos está llevando a ninguna parte.

“¿Has hecho ya la mitad de tus tareas?”

Alza una ceja, entre sorprendido y sarcástico.

“¿Qué parte de «la mitad de mis tareas» no entiendes?”

De perdidos al río, supongo.

Me fijo en cómo aprieta los puños, todavía con los brazos cruzados, lo que hace que se tensen los músculos de sus antebrazos. Hoy no se ha remangado la camisa, todavía , pero la imagen de sus tatuajes aparece por mi cabeza como una visión celestial.

“¿Te caíste de la cuna de pequeña?,” masculla, pero ya sin tanta convicción.

Intento con todas mis fuerzas no sonreír, pero su cara de haberlo descolocado me lo pone muy difícil.

“¿Vamos a seguir hablando con preguntas o me dejas seguir trabajando?”

Creo que he ganado, porque vuelve a resoplar y asiente sin mirarme. Sonrío con suficiencia, saboreando la pequeña victoria.

A Weston no le importa que haga bien el trabajo. Si no lo hago a su manera, no le sirve.

Malas noticias, Weston: me encanta inventarme las reglas.

No vuelvo a ver al que se cree mi jefe en toda la mañana, así que disfruto de las soleadas horas de trabajo acompañada de mí misma y mi música a todo volumen.

Canto distraídamente mientras limpio las cuadras y repongo el heno; meto a los caballos del prado en sus cuadras y saco a los que ordena la dichosa lista; barro los pasillos de cemento impreso y termino antes del mediodía.

Solo me queda limpiar y organizar el guadarnés, pero si está igual que ayer cuando vine, dudo que me lleve mucho tiempo.

Empujo la puerta con el hombro y entro, con la seguridad de quien cree que va a hacer una tarea rápida. Hago un paneo fugaz con la mirada y apenas veo suciedad entre las monturas y las bridas, pero me detengo al ver una estantería al fondo cargada de trofeos.

Me acerco, dejándome llevar por la curiosidad que sentí ayer, y en las placas leo un nombre que no reconozco: Paul Weston .

Son de concursos de Raid, un tipo de competición a caballo donde no gana el más rápido, sino el más resistente.

Se ponen a prueba la velocidad, habilidad y la resistencia física y psicológica del caballo y jinete.

Deben recorrer grandes distancias en un día, a través de los más diversos terrenos y contra el clima.

Sin duda es una de mis disciplinas favoritas en la equitación; ver la relación del binomio es algo que siempre me emociona.

Limpio cuidadosamente uno de los trofeos más grandes con un trapo húmedo, concentrada en la tarea para dejarlo impoluto. Cuando termino, dejo con suavidad la copa en la balda y cojo la siguiente .

Siempre he sentido fascinación por los caballos desde niña gracias a mi abuelo, aunque nunca me he dedicado a ellos de forma profesional. Cuando cumplí catorce estuve varios años asistiendo a clases de cross y, durante un tiempo, incluso competí en categorías juveniles, aunque de manera amateur.

Absorta en la tarea, me pierdo en mis recuerdos mientras froto con ganas el sucio material.

No es hasta que escucho un suave carraspeo a mi espalda, que me doy cuenta de que no estoy sola.

Me llevo el trofeo al pecho de la sorpresa, sintiendo el latir de mi corazón retumbando con fuerza en mis oídos.

“Me has dado un susto de muerte,” logro decir en un hilo de voz, girándome lentamente hacia la mujer que me observa mordiéndose el labio. No la conozco, pero sus rasgos son indiscutibles.

Sin duda es una Weston.

“Perdóname. Estabas tan concentrada limpiando que no quería interrumpirte,” dice con voz suave. Su expresión de disculpa es tan sincera que me resulta imposible enfadarme con ella. “Soy Lib Weston,” se presenta, alargando una mano hacia mí.

Es adorable.

Lleva el pelo rubio recogido en dos trenzas que caen a los lados de su rostro, dándole un aire infantil que contrasta con la seriedad de su mirada.

Me saca un par de centímetros de altura, así que no me tengo que desnucar para mirarla —al contrario que con sus hermanos.

Sus ojos marrones emanan una calidez que me hace sentir cómoda de inmediato, y el conjunto que lleva puesto, tan parecido al mío pero en verde, me saca una sonrisa.

“Sage Reid,” me presento, estrechando su pequeña mano.

“Te esperaba en el huerto, pero me he llevado una sorpresa al verlo.”

Me sonrojo sin poder evitarlo y esbozo una sonrisa de disculpa, sin saber muy bien si he hecho algo mal.

“Es impresionante, Sage,” continúa, mostrándome su asombro. Se acerca a mí y alarga una mano como si quisiera coger la mía, pero se retracta en el último momento y le deja caer, inerte, a su costado. “¿Cuánto has tardado? ¿Toda la noche?”

“Que va,” respondo, riendo levemente. “Solo un par de horas.”

“¡Tienes que enseñarme!” dice, abriendo los ojos con tal entusiasmo que no puedo evitar contagiarme y sentir una chispa de emoción. Me alegra saber que, en apenas un día, ya puedo aportar algo útil al rancho.

Asiento, prometiéndole que le mostraré cómo trabajo.

“Lo siento si lo que voy a decir te parece mal… pero ayer, cuando vi la cantidad de tareas que tenía para hoy, casi me da un infarto. Estuve a punto de negarme al calcular la hora a la que terminaría, por eso he venido tan temprano.”

Lib se echa a reír sacudiendo la cabeza.

“Tranquila, te entiendo perfectamente. A mí me daría algo si tengo que estar todo el día trabajando aquí. Sobre todo con la incertidumbre de no saber si mi hermano estará acechando en alguna esquina. Pero no te preocupes, no suele estar por esta zona de la granja.”

Reprimo un suspiro de alivio al ver su comprensión.

A veces soy demasiado sincera y no me doy cuenta de a quién tengo delante. Han sido muchas las veces que me he metido en líos por decir lo que se me pasa por la cabeza, pero me alegra saber que Lib piensa lo mismo que yo y no le importa que no haya medido mis palabras.

“A Wade no le va a gustar nada que hagas las cosas a tu manera,” dice, con una sonrisita divertida.

Niego con la cabeza, antes de decir: “No es que le haga mucha gracia verme por aquí, y eso que no llevo ni veinticuatro horas.”

“No te lo tomes como algo personal. A Wade no le gusta hacer amigos, y menos que le lleven la contraria,” dice resoplando. “Pero no te preocupes, tú serás la excepción.”

“¿Cómo estás tan segura?,” pregunto, cruzándome de brazos mientras elevo una ceja.

Lib abre la boca con asombro, señalándome de arriba abajo.

“Mírate, Sage Reid. Cualquier hombre o mujer estaría loco si te rechazara.”

“No soy inalcanzable,” digo, soltando una risa sonrojada.

“No, pero si eres mejor y más productiva haciendo las cosas a tu manera… Wade va a tener que cerrar esa bocaza que tiene y asentir.”

La imagen de Wade Weston callado como un buen chico se instala en mi cabeza, provocándome una carcajada silenciosa. Si eso llegara a pasar, pediría un deseo, porque es más fácil ver llover dentro del guadarnés.