Cuando florezcan los almendros (Almond Valley 1) Capítulo Cinco #2
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Capítulo Cinco #2

Al llegar al salón, dejamos las bandejas sobre la mesa de madera del comedor, y justo cuando Emily se gira para mirarme con la cara roja y los labios apretados, ya no puedo más. Su expresión me remata. Una carcajada escapa de mis labios, llenando el silencio de la sala.

“¿Estáis bien?,” pregunta una voz masculina al otro lado de la habitación. El tono divertido me hace alzar la vista, y trato de contener la risa para enfocarlo.

Está sentado en una butaca frente a la televisión.

El parecido con Emily es increíble, y me permito unos segundos para observar sus rasgos detenidamente.

Todo en él emana masculinidad, diversión y un brillo de picardía en los ojos que lo vuelve magnético.

A simple vista cuesta creer que comparta genes con Weston.

De no saber que son hermanos, ni siquiera diría que son de la misma especie. Apostaría lo que fuera a que Wade es adoptado.

De un psiquiátrico.

“Perfectamente, Tate,” consigue decir Emily a mi lado, recuperando el aliento.

La veo de reojo secándose las lágrimas que corren por sus mejillas con la manga de su camisa negra. No aparto la vista de su hijo, intentando adivinar si mi plan de molestar a Wade podrá ser efectivo o si tiene el mismo carácter huraño que su hermano.

“No nos han presentado, soy Tate Weston,” dice con una sonrisa ladeada, levantándose del sillón para acercarse a mí con el brazo extendido.

Mi cuerpo se relaja al ver que lo único que tiene en común con Wade Weston es el cuerpo musculoso.

“Sage Reid,” me presento, estrechando su cálida mano con firmeza.

Le sostengo la mirada varios segundos, observando embelesada esos ojos, azules como el cielo en un día soleado. Pero soy la primera en apartar la vista por su intensidad. Me incomoda. No por dureza, sino porque me da la sensación de que ve más allá de lo que muestro a simple vista.

Se aparta de mí sin comentar nada, rodeando la mesa de madera oscura para quedar frente a nosotras.

“Estaba deseando conocerte, Sage. Mi hermano me ha contado verdaderas maravillas sobre ti.” Me guiña un ojo, y no puedo evitar reírme. No porque me lo crea, sino porque no lo hago.

Estoy convencida de que Weston se ha quejado de mí como si Tate fuera su psicólogo o algo por el estilo. Lo imagino diciéndole que hablo mucho, que soy muy intensa, que lo saco de quicio…

Pues que se joda. Si le pica que se rasque.

“No llevo ni un día aquí.”

“Suficiente para dejar huella,” dice, encogiéndose de hombros.

“¿Eso es algo bueno o malo?,” pregunto, cruzándome de brazos.

Emily suelta una risa a mi lado, y elevo una ceja mirando a Tate.

“Depende de quién lo mire. Para mí, algo bueno. Para Weston, algo terrible,” responde con una sonrisa sincera, guiñándome el ojo otra vez.

Resoplo, poniendo los ojos en blanco, pero imito su sonrisa.

“Mi hermano no es precisamente fan de las sorpresas,” continúa diciendo. “Ni de las personas que hablan con frases compuestas.”

“Entonces le va a encantar que me quede.”

“Cuento con ello,” asiente, divertido.

Se deja caer en la silla y yo hago lo mismo, acomodándome junto a Emily. No tengo ni idea de si este es el sitio de Weston pero, sinceramente, por mí como si se pilla un berrinche y se va a cenar al porche. Solo.

“Hablando del rey de Roma…,” murmura Tate, apoyando los codos en la mesa.

“Vamos a cenar ya, antes de que se enfríe la comida.” La voz profunda y grave de Weston suena a mis espaldas, erizándome la piel y provocándome un desagradable escalofrío.

“Te estábamos esperando, listillo,” dice su hermano, pellizcándole el brazo cuando se sienta a su lado.

“Te la vas a llevar,” amenaza en un susurro, fulminándolo con la mirada.

Si todas las noches vamos a estar juntos, esto va a parecer más un campo de batalla que una cena familiar.

Sin embargo, la velada transcurre en un ambiente sorprendentemente cálido.

A pesar de ser la nueva, me tratan como si llevara años sentada en esta mesa, como si fuera una Weston más.

Excepto Wade, claro. Él se limita a comer con el ceño fruncido, mirando a su plato como si tuviera ganas de cogerlo y estampárnoslo en la cabeza.

Aunque estoy segura de que yo sería su único objetivo.

Cuando terminamos, todos ayudamos a Emily a limpiar y recoger. Tate me va pasando los platos para colocarlos en el lavavajillas después de echarles agua en el fregadero. Seguimos hablando y riendo, contándome anécdotas de la granja y cualquier ocurrencia que se nos pasa por la cabeza.

Es extraño… hacía mucho que no me sentía tan arropada por una familia. Después de mi paso por varias casas de acogida, ver una que funciona —aunque sea con sus rarezas—, me hace pensar en los años con mi abuelo y en lo mucho que lo echo de menos. Aquí me siento cerca de él…

Nos despedimos de Emily y Tate con una sonrisa y un abrazo. Digo “nos” por educación, claro. Weston no sonríe ni abraza ni se despide con efusividad.

“Por cierto, Sage.” La voz de Tate me hace girarme para mirarlo, todavía con el asa de la puerta de la camioneta de Weston entre mis dedos. “Si quieres montar a caballo puedes coger a Milo de los establos de arriba.”

“Genial,” respondo con una amplia sonrisa, y me despido una vez más con la mano.

El trayecto de vuelta está envuelto en el más absoluto silencio. Weston no enciende la radio, no habla, no carraspea siquiera. Solo se oye el ruido de las llantas sobre el camino de tierra y, de vez en cuando, el canto lejano de algún búho escondido entre los árboles.

Para alegría de Weston, estoy bastante cansada, así que no me molesto en fingir energía para seguir sacándolo de sus casillas.

Tate y yo ya hicimos un buen trabajo durante toda la cena; seguir sería abusar.

Y, francamente, no tengo ganas de averiguar cuáles son los límites de este hombre mientras conduce.

Suelto una risa seca al ver mi camioneta varada a un lado de la carretera, a pocos metros de la entrada. Anoto mentalmente sacarla mañana del camino.

Subimos las escaleras del porche en completo silencio y, cuando llego a mi puerta, me giro para mirarlo.

“Buenas noches, Weston.” Sonrío en su dirección, esperando que me corresponda. Pero, para sorpresa de nadie, emite un gruñido apenas audible, sin molestarse en devolverme la mirada, y entra en su casa cerrando la puerta con un golpe seco.

Segunda vez en el día que me deja plantada sin decir una palabra.

“Idiota,” mascullo entre dientes.

Entro en la oscuridad del apartamento y cierro la puerta con llave. Me acerco hasta la mesilla de la cama para encender la lamparita de noche y contemplo con las manos en las caderas la calma que emana el lugar. Esta casa es mía a partir de hoy.

Porque mañana, en mi primer día de trabajo, voy a demostrarle a Wade Weston que sé perfectamente lo que valgo.